«Hay una gran riqueza en la mierda, en el excremento, en aquello que desechamos. Lo escatológico es lo que tiene que ver con la defecación, el excremento y la suciedad, pero también lo que tiene que ver con la salvación, con los mundos ulteriores. Para el ser humano, la salvación, el cielo, pasa por el inframundo, por enfrentar la sombra, por hacernos responsables de nuestra propia mierda y encontrar las joyas ocultas. Las joyas que son de alguna manera el excremento de la tierra en el cual, paradójicamente, se puede ver el cielo» James Hillman en los sueños y el inframundo
Los sueños con excrementos o materia fecal son frecuentes y adoptan múltiples formas: baños atascados o desbordados, manos cubiertas de suciedad, lluvias de excremento, la incomodidad de ser visto mientras se defeca o la frustrante búsqueda de un baño siempre inaccesible, entre muchos otros motivos recurrentes.
Desde la perspectiva junguiana, los sueños expresan el movimiento de la psique en su proceso de transformación, maduración y refinamiento. Los sueños con excrementos pueden aludir a dos imágenes arquetípicas fundamentales relacionadas con este proceso: la primera es la redención que se encuentra en lo desdeñado, en aquello considerado de poco valor y despreciado; la segunda imagen se refiere a la renovación y evolución de la vida a través de los ciclos de muerte y renacimiento. Ambas imágenes se pueden englobar en la imagen más abarcadora de la luz que emerge de la oscuridad,
La redención de lo desdeñado
En numerosos cuentos populares y relatos mitológicos, lo despreciado y considerado indigno se revela como la clave de la transformación y la redención. El patito feo, objeto de burla y rechazo, se convierte en un majestuoso cisne; Cenicienta, relegada a las tareas más humildes y despreciada por su familia adoptiva, acaba revelando su verdadera nobleza. El sapo repulsivo resulta ser un príncipe encantado, y la paja, símbolo de lo inútil, se transforma en oro. A menudo, también, el personaje que parece más ignorante o menos capacitado es quien resuelve el enigma, y el más débil, aparentemente sin poder, logra vencer al más fuerte.
Esta misma idea aparece en la Biblia, en el Salmo 118:22: «La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular», y se refuerza en la imagen del Salvador, quien nació en un establo, en un contexto de persecución y humildad. Lo que se desprecia o se considera insignificante se revela, una y otra vez, como portador de una fuerza transformadora.
En la psicología junguiana, la imagen de la redención de lo marginado se vincula con la idea de que en lo inconsciente —donde residen los aspectos reprimidos o rechazados por resultar amenazantes, perturbadores o incompatibles con la imagen ideal del ego— se encuentra también aquello que, aunque desestabiliza e inquieta, tiene el poder de sanar, corregir y completar.
La perspectiva luminosa de la sombra
Jung plantea la existencia de una instancia psíquica denominada sombra, que alberga todo lo rechazado o marginado por nuestras identificaciones conscientes. La sombra contiene el registro de las heridas no sanadas, de los aspectos y actitudes reprimidos, y también de los potenciales aún no desplegados y las actitudes no desarrolladas.
En este sentido, la sombra no solo representa aquello que ha sido excluido, sino que también guarda tesoros ocultos. A medida que los aspectos inconscientes entran en diálogo con el yo consciente, pueden integrarse, refinarse y transformarse, posibilitando un proceso de maduración interior que Jung denominó individuación: el despliegue paulatino de nuestro auténtico ser
Jung señala que el proceso de maduración de la personalidad rara vez sigue las expectativas conscientes; más bien, suele desencadenarse a partir de circunstancias que nos confrontan de forma inesperada, desafiando nuestras seguridades y obligándonos a un reajuste interior profundo, que es precisamente la manera en que actúa la sombra.
En Psicología y Alquimia Jung menciona al respecto: “Lo inconsciente es, en verdad, siempre el pelo en la sopa; la imperfección que se oculta con miedo, el desmentido penoso de todas las pretensiones idealistas, el residuo de tierra que mantiene atada la naturaleza del hombre y enturbia dolorosamente su tan ansiada claridad cristalina… Según una concepción alquímica, la herrumbre, lo mismo que el verdín o cardenillo, son las enfermedades del metal. Pero precisamente esta lepra es la vera prima materia, la base para preparar el oro filosófico”.
Para Jung, el oro filosófico de los alquimistas representa el anhelo inherente de la psique por desplegar su totalidad; es decir, nuestra luz interna, nuestra vocación profunda, nuestro aporte singular al mundo, que requiere una confrontación con lo no consciente, con lo oscuro, con aquello que preferiríamos evitar, pero que resulta ineludible para el crecimiento auténtico.
La integración de la función inferior: lo rechazado nos completa
Jung propuso un modelo de cuatro funciones psicológicas básicas a través de las cuales las personas perciben y se relacionan con el mundo: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición. Estas funciones se dividen en dos grupos: las funciones racionales (pensamiento y sentimiento), que implican juicios y valoraciones, y las funciones irracionales (sensación e intuición), que se refieren a la percepción de la realidad, ya sea a través de los sentidos o de imágenes internas.
Cada persona tiene una función dominante que estructura su modo principal de experimentar la vida, mientras que las demás funciones ocupan posiciones secundarias. La función inferior, la menos desarrollada, permanece en gran medida en el inconsciente, manifestándose de forma torpe, desproporcionada o incluso conflictiva. Integrarla conscientemente forma parte del proceso de maduración de la personalidad: solo al incluir aquello que nos resulta ajeno o incómodo podemos desarrollarnos de manera plena y equilibrada, pues la autorrealización es una prerrogativa inherente a la psique.
Los sueños con excrementos pueden aludir al proceso de integración de la función inferior. Por su carácter primitivo y reprimido, esta función suele emerger en el mundo onírico a través de imágenes cargadas de incomodidad o rechazo, asociadas a lo sucio, lo débil, lo desordenado o lo despreciado.
La imagen de los excrementos, en su asociación con lo inferior y desdeñado, se vincula simbólicamente con imágenes como la basura, los desperdicios y con figuras marginales o excluidas, como los mendigos, los locos, los ogros o los monstruos de los cuentos.
Los excrementos —o el estiércol—, además de aludir a lo inferior o desdeñado, poseen una atribución particular más específica: su relación simbólica con los procesos de descomposición y renovación, con los ciclos arquetípicos de muerte y renacimiento y las operaciones psíquicas asociadas. En esta clave, se aproximan a imágenes como los hongos, los gusanos, el moho o el compost, todas ellas expresiones de una transformación radical, donde lo aparentemente inmundo y desagradable se convierte en semilla de lo naciente, de la vida nueva.
En búsqueda de un sanitario: la urgencia de la individuación
En algunos sueños, la imagen de un baño se convierte en un objetivo esquivo, que el soñante busca sin descanso. Atraviesa pasillos, entra en edificios desconocidos pero el baño siempre está fuera de su alcance, bloqueado o inaccesible por alguna razón, dejándolo con una sensación de impotencia y creciente ansiedad.
En el plano físico, existen funciones fisiológicas que podemos retener o postergar por un tiempo, pero que tarde o temprano se vuelven impostergables: orinar, defecar, respirar, comer. La urgencia fisiológica en un sueño puede interpretarse como una metáfora de la urgencia del alma: la necesidad inevitable de individuarse, de encontrar el propio camino, de distinguirse de las expectativas externas, de asimilar las experiencias vividas, de expulsar lo caduco, sanar las heridas y desarrollar los potenciales aún no realizados.
Por evitar responsabilidades o enfrentar dolores, miedos o culpas, podemos huir durante un tiempo del impulso hacia la maduración, pero en algún momento se torna impostergable. Jung concibe la individuación como esa urgencia interior, numinosa, tremenda, imperiosa e ineludible de llegar a ser lo que auténticamente somos.
La Dra. Marie-Louise Von Franz, colaboradora cercana de Jung afirma en este sentido «Orinar generalmente tiene el simbolismo de expresarse genuinamente. Orinar es una de las pocas funciones que las personas no pueden reprimir… Nos gobierna y, por lo tanto, es una expresión de «Aquí estoy, así soy». Siempre significa ser genuino»
Lo escatológico: el tránsito por el inframundo como salvación
En el libro Los sueños y el inframundo James Hillman explora el simbolismo de los excrementos en los sueños. Señala como las heces no son simplemente desechos, sino residuos cargados de significado arquetípico: expresan creatividad primaria, sabiduría inconsciente, el surgimiento del yo a través de la separación y el rechazo, y los valores ocultos que se encuentran en lo más vil. Vincula esta riqueza simbólica con Hades y Plutón, dioses del inframundo y los tesoros ocultos.
Resalta Hillman en este sentido como lo escatológico remite, por un lado, a lo relacionado con la defecación, el excremento o la suciedad; y por otro, alude a la salvación, al destino último y a los mundos ulteriores “En la experiencia humana, la promesa del cielo pasa inevitablemente por el descenso al inframundo: por el encuentro con la sombra, por la asunción de nuestra propia miseria y la responsabilidad sobre ella. Solo al enfrentar“nuestra propia mierda” es posible descubrir las joyas ocultas: fragmentos de verdad y vitalidad que estaban sepultados bajo lo rechazado. Como si la tierra, al recibir lo que expulsamos, lo transformara lentamente en algo precioso —y en ese brillo secreto, pudiera entreverse una parte del cielo”
En el Libro Rojo de Jung está presenta también la imagen del tránsito por el inframundo, habitáculo de lo repugnante como camino a la redención “El camino hacia tu más allá conduce por el infierno y, por cierto, por tu particular infierno cuyo suelo se compone de escombros hasta las rodillas, cuyo aire ha sido exhalado millones de veces, cuyos fuegos son pasiones de enano y cuyos diablos son letreros quiméricos.Todo lo odioso y todo lo repugnante es tu propio infierno. ¿Cómo podría ser de otra manera? Todo otro infierno sería al menos digno de ser visto o resultaría divertido. Mas el infierno nunca lo es. Tu infierno está hecho de todas las cosas que siempre echaste de tu santuario con una maldición y un puntapié.Cuando ingreses en tu infierno, nunca pienses que llegas como alguien que padece la belleza o como un despreciador orgulloso, sino que vienes como un estúpido tonto y curioso, y admiras las migajas que han caído de tu mesa”
Los excrementos como elemento ritual o medicinal: la mierda como energía vital
En diversas culturas tradicionales, los excrementos no solo fueron considerados desechos, sino también depositarios de una parte significativa de la fuerza vital que acompaña a todo ser viviente. Esta concepción simbólica les confería un valor ambivalente —a la vez impuro y sagrado—, razón por la cual se empleaban en prácticas de sanación y rituales de renovación espiritual. En algunos casos, esta visión se extendía a formas de coprofagia ritual, donde la ingestión ceremonial de excrementos simbolizaba la integración de esa fuerza vital expulsada, en un acto destinado a restaurar la continuidad entre el ser humano, la naturaleza y lo sagrado.
Los excrementos también ocuparon un lugar en contextos rituales como símbolos de fertilidad, abundancia y regeneración, especialmente en culturas agrícolas, donde el estiércol desempeña un papel esencial en el renacer de la tierra.
Esta percepción de lo fecal como portador de una fuerza vital se mantiene, de modo atenuado, en ciertas expresiones culturales contemporáneas: en el mundo del teatro, por ejemplo, desear «mucha mierda» a un artista antes de salir a escena constituye un augurio de éxito y buena fortuna.
Los sueños pueden considerarse como una especie de rituales simbólicos que se suceden en nuestra psique, promoviendo iniciaciones, transformaciones, maduración y sanación. En estos rituales espontáneos a los que nos exponemos cada noche, los excrementos oníricos pueden desempeñar un papel significativo, no solo como expresiones de una fuerza vital, sino también como elementos sanadores, facilitadores de los procesos de descomposición y renovación en la psique.
El sistema digestivo psíquico
Los sueños, al igual que la actividad creativa y el arte, se expresan a través de símbolos y metáforas. En los sueños, los diferentes fenómenos fisiológicos pueden leerse como una analogía de fenómenos en el ámbito psíquico.
La presencia de excrementos en los sueños podría reflejar aspectos relacionados con nuestro “sistema digestivo psíquico”: es decir, la forma en que asimilamos, transformamos y eliminamos experiencias emocionales, pensamientos y vivencias internas.
En este sentido, podemos soñar que estamos constreñidos, es decir, con una incapacidad de evacuar o de expulsar algún contenido psíquico; o, por el contrario, experimentar ensoñaciones con diarrea, lo cual puede aludir a una pérdida de control o contención sobre algún aspecto.
Las particularidades de las excreciones en el sueño pueden reflejar aspectos de nuestro funcionamiento psíquico: cómo procesamos lo que vivimos, qué retenemos innecesariamente, qué no logramos integrar o qué necesitamos expulsar para recuperar la homeostasis, el equilibrio interior.
La materia fecal tiene un valor médico porque proporciona información valiosa sobre el estado general del organismo si hay infecciones, desequilibrios, carencias nutricionales o problemas de absorción. De modo análogo, en el plano simbólico, los excrementos en los sueños pueden ofrecernos pistas sobre el funcionamiento de nuestra psique.
Los alimentos de la psique
En consonancia con la imagen del sistema digestivo de la psique, Hillman resalta cómo, de manera similar al cuerpo, la psique necesita ser alimentada. Relaciona esta idea con la práctica común de dejar alimentos y utensilios para prepararlos en las tumbas de los difuntos. Menciona igualmente una ceremonia anual en Grecia, en la que se alimenta a las almas del inframundo, un rito que, según Hillman, perdura en la celebración del Halloween y la fiesta de Todos los Santos, cuando se ofrece alimento a los espíritus de los muertos.
La tradición mexicana del Día de Muertos, en la que se preparan altares con ofrendas de comida, bebida y objetos significativos para nutrir a los difuntos que visitan a sus familiares, también puede interpretarse como una alusión a la idea de alimentar el alma. Esta festividad tiene sus raíces en las antiguas civilizaciones mesoamericanas, especialmente en la cultura mexica, donde la muerte no era vista como un final, sino como una transición. Durante el mes de agosto, los mexicas celebraban el «Mictlan», un festival dedicado a los dioses de la muerte, como Mictlantecuhtli, en el que se honraba a los difuntos con ofrendas y rituales para asegurarles un buen viaje al inframundo,
Hillman menciona igualmente como los alquimistas tenían una operación llamada cibatión (alimentar) y otra llamada imbition (empapar o sumergir), en las cuales el material psíquico sobre el que uno estaba trabajando precisaba el alimento y la bebida adecuados en el momento oportuno durante la obra de hacer alma,
Los sueños con excrementos pueden ofrecernos información valiosa sobre la manera en que estamos alimentando nuestra psique. Así como podemos nutrir nuestro cuerpo con alimentos saludables o, por el contrario, con sustancias que nos causan malestar o enfermedad, nuestra psique también se alimenta de diversas formas. Puede nutrirse con belleza, arte, vínculos y conversaciones significativas, experiencias profundas, pero también puede intoxicarse con imágenes perturbadoras, rumiaciones mortificadoras, entornos tóxicos, vínculos instrumentales o hábitos destructivos que la empobrecen y limitan.
El baño desbordado: el atascamiento en la psique
Hay sueños en los que el soñante se encuentra en un baño donde el agua comienza a desbordarse o los conductos están obstruidos, impidiendo su uso normal. A pesar de los intentos por resolver la situación, el agua sigue acumulándose, creando un ambiente de caos.
Al igual que las actividades fisiológicas en los sueños pueden ser una metáfora de actividades psíquicas, los espacios y la funcionalidad de una casa onírica pueden representar aspectos de la psique. El sistema eléctrico, por ejemplo, puede simbolizar el sistema nervioso, con sus conexiones, impulsos y la energía que fluye a través de él. Las puertas y ventanas pueden representar los canales de comunicación y la posibilidad de acceso a diferentes partes del inconsciente, permitiendo o bloqueando el flujo de pensamientos y emociones. La cocina, como espacio de preparación y transformación, podría reflejar procesos internos de digestión psicológica y asimilación de experiencias.
El sistema sanitario, como mecanismo de eliminación, puede simbolizar los procesos de purificación emocional y psíquica, donde los aspectos no procesados o reprimidos son finalmente liberados y expulsados, permitiendo la renovación.
El sueño de un baño desbordado, lleno de excrementos o inundado por aguas sucias, puede reflejar un atascamiento en la psique, donde las emociones reprimidas o los pensamientos no procesados se acumulan hasta generar una sensación de desbordamiento. Puede aludir, entonces, a duelos no elaborados, miedos o culpas no suficientemente transitados, y también a un estancamiento de la psique, cuando la energía vital no fluye o cuando no desplegamos potenciales o talentos debido a autosabotajes o bloqueos internos.
La escoria como materia prima para la individuación
En los tratados alquímicos, en los que Jung encontró profundos paralelismos simbólicos con el proceso de maduración de la personalidad, el camino hacia la obtención del oro comienza con materiales impuros y despreciados, como el plomo. A través de un refinamiento progresivo, estos elementos se transforman en algo puro y valioso: el oro filosófico, símbolo de la realización del ser, de una personalidad que ha alcanzado madurez e integración.
La materia prima de la transformación se presenta, en los tratados alquímicos, como una sustancia aparentemente ordinaria, vulgar o impura, pero que encierra en su interior el potencial de transmutación.
En el extenso ensayo Símbolos de transformación, Jung menciona la relación simbólica entre los excrementos y el oro de los alquimistas “También hay que mencionar que entre las heces y el oro existe una íntima relación; lo que menos valor posee se asocia a lo que lo posee en mayor grado. Los alquimistas buscaban, entre otras cosas, en los excrementos su prima materia, de la que provenia la figura mística del filius philosophorum”
En el plano psicológico, esta imagen alude a los aspectos más rechazados de la psique —heridas, emociones incómodas, pulsiones reprimidas, secretos, defectos, debilidades o potenciales no desarrollados— que, al ser confrontados y elaborados e integrados en la conciencia, pueden convertirse en fuente de sabiduría y crecimiento. Aquello que al principio aparece como desecho o escoria puede, en realidad, contener el germen de la realización interior.
Desde esta perspectiva, los sueños con excrementos pueden estar señalando precisamente esa materia psíquica bruta y desdeñada que, al ser reconocida y trabajada, se revela como el punto de partida para una transformación profunda.
La domesticación del cuerpo, el refinamiento de las bajas pasiones
En la alquimia, se postula que el plomo, denso y pesado, puede ser transmutado, mediante una serie de operaciones, en una sustancia sutil y elevada, representada por el oro filosófico o la piedra filosofal. De manera análoga, en la psique, las pulsiones y afectos inconscientes, inicialmente crudos y burdos, se van refinando y transformando a lo largo de la vida.
Mediante la contención, la reflexión y el desarrollo del observador interno, las emociones comienzan a expresarse mediadas por el símbolo y la cultura, en un movimiento que va de lo concreto a lo sutil, de lo dicotómico a lo paradójico, favoreciendo así una expresión más profunda, creativa e integral de la personalidad.
Los sueños con excrementos actúan como llamados a reconciliarnos con lo rechazado, lo incómodo y lo primitivo en la psique. Nos confrontan con aspectos instintivos que es indispensable reconocer, ya que, cuando se expresan en su justa medida, favorecen nuestro desarrollo y se convierten en fuentes de orientación y en herramientas valiosas para responder a las demandas del entorno.
Las heces negras: la confrontación con la sombra, la integración de lo no vivido
En la alquimia la materia prima para la transformación, descrita como aparentemente indigna y despreciada, es nombrada como las heces negras, dragón, poderoso etiope, lobo voraz.
Edinger cita al respecto un tratado alquímico en el que se menciona «Luego extrae todos los desechos que quedan en el matraz, de color negruzco como el hollín. Estos desechos son llamados nuestro Dragón. Calcinad estos desechos… en un fuego ardiente y fervoroso… hasta que se conviertan en una cal viva, tan blanca como la nieve”
Desde la perspectiva junguiana, la confrontación con la sombra —con nuestros dolores no asimilados y con las posibilidades de vida no desarrolladas— constituye la puerta de entrada a los procesos de maduración psíquica.
Enfrentar la sombra supone batallar con el dragón interno, lidiar con nuestros propios demonios, adentrarse en la cueva oscura donde se oculta el tesoro. En términos psicológicos, esto se refiere a los miedos, las angustias, las tristezas y las culpas que es necesario transitar como parte de los procesos de sanación y crecimiento interior.
En la alquimia, la negrura era considerada el punto inicial de la gran obra. Un texto clásico afirma: “Cuando veas que tu materia se pone negra, alégrate: porque eso es el comienzo del trabajo.”
Se plantea, entonces, que detrás de nuestros aspectos vergonzosos, de nuestros miedos y debilidades, se oculta la clave para el refinamiento de la personalidad. Al igual que el alquimista purifica la burda materia, el individuo debe confrontar su sombra para manifestar la luz oculta en lo inconsciente, y así desarrollar consciencia, que, según Jung, constituye la meta fundamental de la vida.
Los sueños en los que estamos untados de excrementos pueden aludir a la necesidad de tomar conciencia de nuestros aspectos oscuros, de hacernos cargo de ellos y reconocerlos como propios. Este proceso reduce la proyección de la sombra en los otros, especialmente en aquellos que nos irritan, nos generan temor o fascinación.
La confrontación con la sombra implica la apropiación de los contenidos proyectados, es decir, asumir nuestra «mierda» interna en lugar de embadurnar a los otros con ella.
En el Libro Rojo se encuentra escrito “Ocúpate tranquilamente de todo lo que quiera provocar tu desprecio o ira; así pones en camino el milagro que yo viví con la muchacha pálida. Le das un alma al desalmado y así, desde la horrible nada, él puede llegar a algo. Así tu otro es redimido a la vida”
Los excrementos como tributo o acto agresivo
Podemos tener sueños en los que los excrementos, propios o ajenos, son parte de una ofrenda o un regalo, o, por el contrario, se presentan como un acto agresivo o violento. En el imaginario simbólico, los excrementos no son solo un residuo del cuerpo, sino también una expresión ambigua que oscila entre el ofrecimiento y la hostilidad.
Como tributo, representan una entrega de lo más íntimo, algo que ha pasado por el cuerpo y ahora se devuelve a la tierra o al otro como señal de conexión, rendición o fertilidad. Sin embargo, también pueden encarnar un acto agresivo: una forma de marcar territorio, despreciar, invadir o violentar los límites del otro con lo propio.
Un sueño con excrementos puede ofrecernos una visión sobre cómo nos relacionamos con nuestros propios límites y los de los demás, cómo recibimos las sombras ajenas y cómo nuestra propia sombra se manifiesta en los otros.
Los excrementos como tabú y transgresión
La defecación, a pesar de ser una función vital y universal, ha sido históricamente envuelta en un manto de silencio, vergüenza y represión. Su carácter corporal, instintivo y descontrolado la convierte en un recordatorio incómodo de nuestra condición animal, lo cual choca con los ideales de pureza, dominio y racionalidad que muchas culturas han exaltado
En muchas expresiones culturales, el excremento aparece vinculado al humor, la risa y la transgresión. Lo escatológico ha sido históricamente parte del imaginario carnavalesco, donde las jerarquías sociales se invierten, lo solemne se parodia y lo reprimido se libera. En estos contextos, hablar de lo sucio o mostrarlo —aunque sea simbólicamente— no solo provoca risa, sino que desestabiliza el orden establecido y permite aflorar lo que normalmente es censurado. En este tipo de representaciones, lo excrementicio deja de ser únicamente repulsivo y se vuelve vehículo de crítica, desahogo o catarsis colectiva.
Esta dimensión humorística también puede estar presente en los sueños. Soñar con excrementos puede resultar grotesco o absurdo, pero muchas veces esa misma exageración encierra un mensaje liberador. El alma onírica, como el bufón, se permite decir lo indecible, mostrar lo oculto y reírse de lo que el yo consciente quisiera controlar. En este sentido, el excremento no solo remite a lo reprimido, sino también al permiso de ser humanos, con todo lo que eso implica: vulnerables, contradictorios, imperfectos. Desde esta óptica, lo escatológico se transforma en una vía para integrar lo rechazado con ligereza, sin solemnidad, y con un atisbo de sabiduría cómica.
La nigredo o putrefacción: la disolución del ego caduco, lo que necesita morir y ser expulsado para la renovación
En la alquimia se describen una serie de operaciones —como la destilación, la fermentación, la calcinación y la coagulación— que permiten transformar la materia prima en una sustancia más pura y elevada.
En la psicología junguiana, cada una de las etapas de la obra alquímica encuentra su correspondencia en procesos psíquicos, simbolizando los distintos momentos del trabajo interior y del camino hacia la individuación.
La nigredo es la etapa inicial en la que la materia se somete a un proceso de putrefacción y descomposición que permite separar las impurezas y aspectos indeseables de la materia para poder avanzar en el proceso alquímico.
La nigredo, a menudo vinculada a la mortificación, se asocia con la oscuridad, la derrota, la tortura, la mutilación, la muerte y la descomposición. Sin embargo, estas imágenes conducen a otras profundamente positivas, como la resurrección, el renacimiento y la renovación
La descomposición de la materia vieja y corrompida es necesaria para dar paso a una nueva forma, purificada y más refinada “la putrefacción precede la generación de toda nueva forma hacia la existencia» menciona un texto alquímico.
Edinger resalta el significado renovador de la putrefacción “en la medida en que borra la vieja naturaleza y transmuta todo en una nueva naturaleza, dando así otro fruto. Todos los seres vivos mueren en ella, todas las cosas muertas se descomponen, y luego recobran la vida. La putrefacción elimina la acidez de todos los espíritus corrosivos de la sal y los vuelve suaves y dulces”.
En términos psicológicos, la nigredo se manifiesta como el tránsito por estados de depresión, desesperanza y desorientación, en los que se disuelven las identificaciones caducas del ego, se destruyen los mecanismos de defensa que ya no resultan adaptativos, así como las actitudes enquistadas y aspectos que han dejado de corresponder al momento vital.
Estas “noches oscuras del alma”, cuando nos sentimos con la mierda hasta el cuello o nadando en lodo, son las crisis a las que de tanto en tanto nos vemos confrontados y se constituyen en una forma de muerte simbólica, un preludio necesario para el renacimiento en un orden psíquico de mayor complejidad y profundidad.
Edinger menciona que la putrefacción alquímica se manifiesta, además de en sueños con excrementos, heces o malos olores, en sueños de inodoros desbordados, de olor a carne en descomposición o de contaminación severa. Los sueños de gusanos, que suelen acompañar la descomposición, también hacen referencia al movimiento psíquico de la putrefacción.
Edinger relaciona la imagen de la descomposición con el tránsito por el desierto, un pasaje simbólico en el que el individuo se ve expuesto a ayunos, tentaciones y tormentos como medio de purificación y maduración: “Los israelitas vagaron por el desierto durante cuarenta años; Elías ayunó en el desierto durante cuarenta días; y Jesús fue tentado en el desierto durante cuarenta días. Además, el procedimiento de embalsamamiento egipcio se decía que tomaba cuarenta días (Gén. 50:3), y, de manera análoga, pasaron cuarenta días entre la resurrección y la ascensión de Cristo”
Jung, por su parte, vincula la nigredo no solo con esta travesía desértica, sino también con el embarazo psíquico, esto es, un proceso de incubación interior en el que un aspecto aún latente de la psique, contenido en lo inconsciente, comienza a gestarse en dirección a la conciencia “El ennegrecimiento normalmente tomaba cuarenta días… En este estado, el sol está rodeado por la anima media natura y, por lo tanto, está negro. Es un estado de incubación o embarazo”
Se plantea que los sueños que enfatizan la negrura, lo turbio, lo sucio, suelen ocurrir cuando el ego está identificado de manera unilateral con alguno de los aspectos de una polaridad, esto es, con la luz, lo bueno, lo claro, la salud.
Ante un sueño con excrementos, podemos preguntarnos: ¿qué necesita morir en mí? ¿Qué aspecto se ha vuelto tóxico y requiere ser expulsado para dar lugar a una expresión más auténtica y madura de mi ser?
La semilla debe morir para dar fruto: el sacrificio del héroe
Además de en la alquimia, Jung advirtió que el proceso de maduración de la personalidad se refleja también en la historia prototípica del héroe viajero. Este relato simbólico —que emerge espontáneamente en los mitos y cuentos de todas las épocas y culturas, así como en las fantasías y sueños de las personas— describe el camino de un personaje que, impulsado por una llamada interior o por una crisis, se ve forzado a abandonar su mundo conocido, atravesar territorios inciertos, enfrentar obstáculos y descender a regiones oscuras.
Este viaje, cargado de desafíos, simboliza el proceso de confrontación con las sombras internas y los aspectos reprimidos. Solo al atravesar estas pruebas y acoger los aspectos negados de sí mismo, el héroe puede regresar transformado, con una conciencia ampliada y un sentido más profundo de su identidad
En el periplo del héroe, el sacrificio o la muerte simbólica representan un momento decisivo de transformación. A nivel psicológico, esto significa que el ego debe morir a sus antiguas identificaciones —creencias, puntos de vista, mecanismos de defensa— para renacer con una conciencia más profunda y auténtica. Este proceso se puede entender como un equivalente psicológico de la nigredo alquímica, donde las estructuras caducas se disuelven, dando paso a una nueva forma de ser que ha pasado por una purificación y transmutación.
Edinger cita un texto alquímico en el que está presente la imagen de la descomposición relacionada con la regeneración, la muerte como preludio de un renacimiento “Así como el grano de trigo sembrado en la tierra se putrefacta antes de que brote una nueva vegetación o crecimiento, así nuestra Magnesia…siendo sembrada en la Tierra Filosófica, muere y se corrompe, para que pueda concebirse a sí misma de nuevo”.
Edingar resalta además que la germinación y la decadencia, la luz transformándose en oscuridad, la muerte y el renacimiento—todo esto pertenece al simbolismo de la luna, que muere y renace cada mes.
Los sueños con excrementos pueden estar invitándonos a transitar por las fases oscuras de descomposición que forman parte de los movimientos cíclicos de actualización de nuestra psique.
El secreto, lo vergonzante, la confesión: la terapia como purificación
Jung propone como primera etapa del proceso analítico la confesión, un momento en el que exponemos nuestras «mierdas», contradicciones y secretos en el espacio contenedor y transformador de la terapia.
Es común que, al exponer los aspectos más ocultos y vergonzantes del yo con nuestro terapeuta, surjan sueños en los que nos vemos defecando en un baño sin puertas o que estamos cubiertos de excrementos, con el temor a ser señalados por ello. Estas imágenes aluden a la vulnerabilidad que experimentamos al confrontar lo reprimido y lo no aceptado de nosotros mismos, temiendo el juicio o el rechazo.
La terapia nos nutre, alimenta el alma y es también un espacio para eliminar los desechos, para hacer catarsis.
Jung señala que todo paso evolutivo en la psique implica aprender a transitar y trascender el miedo, la culpa o la vergüenza, que actúan como los guardianes del umbral. Estos sentimientos, a menudo descritos como dragones internos, representan los obstáculos emocionales y psicológicos que debemos enfrentar y superar para acceder al tesoro de la maduración y la sabiduría superior
Se plantea además que, para que la confesión en el análisis tenga un verdadero efecto transformador, no basta con enunciar los hechos de manera intelectual; es necesario liberar los afectos que los acompañan. Esto implica sumergirse en una catarsis profunda, un proceso que nos lleva a enfrentarnos con las aguas turbias y pantanosas de nuestra psique, aquellos aspectos que hemos temido confrontar.
Solo al permitir que las emociones asociadas afloren y sean procesadas, podemos dejar que su fuego, además de generar movimiento, se convierta en portador de luz, conciencia y reflexión.
Para Jung, en este estado de caos y desorientación que conlleva una cierta humillación del ego, se encuentra el germen de un nuevo orden, de una estructura psíquica más compleja e integral. La actitud contenedora del terapeuta, libre de juicio moral sobre nuestras oscuridades, permite que este proceso pueda desplegarse y encontrar su cauce
Muchos pacientes abandonan la terapia tras experimentar el alivio momentáneo de confesar sus angustias, sintiendo una mejora superficial. Sin embargo, este primer paso, aunque valioso, no es suficiente para una verdadera transformación. La integración profunda de las sombras y emociones reprimidas requiere un compromiso continuo, que va más allá del alivio inmediato y demanda una inmersión emocional que, a largo plazo, conducirá a la maduración psíquica
Del anhelo de perfección a despliegue de totalidad
Jung plantea que el proceso de individuación no busca alcanzar la perfección, sino desplegar la totalidad del ser, en la expresión singular y única que habita en cada persona. Esta totalidad abarca tanto la luz como la sombra, lo elevado y lo abyecto, lo espiritual y lo instintivo, la salud y la enfermedad, lo puro y lo impuro, lo limpio y lo sucio, la aceptación y el rechazo. A lo largo del camino, estas polaridades dejan de percibirse como aspectos contradictorios y comienzan a asumirse paulatinamente como paradojas cada vez más complejas, que trascienden la lógica binaria.
Abrazar la totalidad supone renunciar a la ilusión de construir un yo ideal: completamente bueno, sin fallos y querido por todos. Implica también desarrollar la capacidad de tolerar el malestar de no gustar a los otros, de no responder a sus expectativas, y asumir cierto grado de soledad y de dolor como partes inevitables del camino hacia uno mismo. Este camino no conduce al aislamiento ni al individualismo, sino que nos permite reconocernos, experimentarnos y despertar una responsabilidad cada vez más profunda no solo hacia la humanidad, sino también hacia todas las expresiones de la vasta trama de la vida de la que formamos parte.
En psicología y alquimia menciona Jung al respecto “La paradójica observación de Tales de que sólo la herrumbre confiere a la moneda un verdadero valor, es una especie de paráfrasis alquímica que en el fondo no quiere significar sino que no hay luz sin sombras, ni totalidad psíquica sin imperfecciones.La vida, para cumplirse, no necesita ser perfecta, sino completa. Para ser completa no es posible evitar tener metido «un aguijón en la carne». Es menester tolerar la imperfección, sin la cual no se puede avanzar ni retroceder”
La analista Marion Woodman hace una lúcida y esclarecedora distinción entre escoria como una impureza que debilita el metal y la aleación que es una impureza que lo fortalece “El alma, como el oro, si es demasiado refinada o pura se vuelve blanda y no logra mantener su forma. Necesita contener una impureza que le permita endurecerse y conservar una forma identificable. Si el alma cree que está por encima de toda identidad, por ser demasiado pura para tener forma (tal como sienten las anoréxicas o las obesas), entonces considerará la aleación del cuerpo como una escoria. La tarea de la mujer es perseverar con el cuerpo hasta reconocer que no es escoria sino aleación. Y la forma de hacerlo es permitir que el cuerpo juegue, darle espacio y permitirle hacer los movimientos que desee hacer”
En este sentido, los sueños con excrementos no solo confrontan al soñante con lo rechazado, sino que evocan la complejidad intrínseca de la existencia. Nos recuerdan que la vida no está hecha solo de lo elevado y lo deseable, sino también de lo oscuro, lo incómodo y lo impuro. Nos instan a soportar la tensión entre los contrarios, pues esta tensión es la fuente de la energía vital que cataliza la transformación interna. Solo así podemos reconocernos como una unidad viva, en dinamismo continuo y funcionando como parte de la totalidad que nos abarca.
La visión escatológica de Jung en la catedral de Basilea: la lluvia de excrementos
En su autobiografía, Memorias, Sueños, Reflexiones, Jung relata su lucha por permitir que una visión perturbadora entrara en su conciencia hasta que finalmente se vio abocado a experimentarla.
En la visión se encontraba frente a la catedral de Basilea, su ciudad natal. El cielo se abría y desde lo alto descendía una enorme masa fecal divina que caía directamente sobre la catedral, destruyéndola. Lejos de experimentar horror, Jung se despertó con una sensación de profunda paz.
“Hice acopio de todo mi valor como si tuviera que precipitarme en el fuego infernal y dejé volar mi imaginación: ante mis ojos surgió la hermosa catedral, sobre ella el cielo azul, Dios sentado en trono dorado, en la cumbre del mundo, y bajo el trono cayó una enorme cantidad de excrementos sobre la cúpula de la iglesia, la destrozaron y despedazaron los muros del templo. Esto era pues. Experimenté un gran alivio y un indescriptible consuelo. En lugar de la esperada condenación me llegaba la gracia y con ello una inexpresable dicha, como nunca había experimentado. Lloraba de alegría y agradecimiento de que se me hubieran revelado la sabiduría y bondad de Dios, tras haber sentido su inflexible rigor. Muchas cosas que anteriormente no había podido comprender se me hicieron claras”
El acto escatológico, que combina lo destructivo con lo sagrado, representó para Jung una ruptura con la imagen convencional de un Dios moralista y patriarcal. En su interpretación, comprendió que lo divino no se expresa únicamente en lo elevado y puro, sino también en lo oscuro, lo grotesco y lo impuro. Este acto simbólico en el sueño representaba la necesidad de disolver las estructuras religiosas heredadas y abrirse a una experiencia más profunda, directa y total de lo numinoso. En este contexto, el excremento divino no se presenta como castigo, sino como una revelación: un mensaje de que la totalidad de lo humano, incluso aquello que es rechazado, abyecto o considerado impuro, forma parte del ámbito sagrado.
Desde una perspectiva junguiana, la lluvia de excrementos puede interpretarse como una manifestación del inconsciente colectivo, donde se irrumpen los aspectos reprimidos o negados no solo por el individuo, sino por la sociedad en su conjunto. Lo que desciende del cielo no es una luz reveladora, sino suciedad, materia fecal, que simboliza todo aquello que la cultura y el individuo rechazan y excluyen.
Como parte de este proceso evolutivo del desarrollo de la conciencia, lo inconsciente, vinculado a lo femenino y a la naturaleza, es percibido por el ego en formación como algo bárbaro, hostil y caótico, que debe ser sometido y reprimido. Esta dinámica ha conducido a una sobreidentificación con la racionalidad y el progreso, promoviendo un «endiosamiento» de la conciencia en detrimento de los aspectos inconscientes.
En este sentido, Jung señala que la civilización occidental se caracteriza por una actitud soberbia y rapacidad, que se traduce en una relación instrumental, explotadora y abusiva hacia todo aquello que, simbólicamente, se asocia con lo femenino: la naturaleza, el cuerpo, la intuición, la imaginación.
Para Jung, el alejamiento de la perspectiva simbólica, característico de nuestra civilización, ha dado lugar a un desequilibrio y una crisis colectiva que exigen la transformación de principios y símbolos fundamentales.
En este proceso, los mecanismos de autorregulación y compensación del psiquismo buscan promover la integración de los aspectos reprimidos, excluidos y no vivenciados como puede ser el caso de la visión de la lluvia de excrementos.
La perspectiva junguiana: una psicología de lo desdeñado
La psicología junguiana se propone como una psicología de lo desdeñado, al otorgar valor a los sueños, la imaginación, la fantasía, las sincronicidades y otros fenómenos que suelen ser rechazados o minimizados por la mirada racional y positivista del pensamiento científico.
Para Jung, las cualidades singulares del alma, objeto de estudio esencial de la psicología, no podían ser abordadas por métodos que la fragmentaran o redujeran; debía buscarse un enfoque que se adecuara a ella. Su fidelidad como psicólogo era a la comprensión profunda del alma, no a la implementación de un método preestablecido.
A partir de esta premisa, Jung construye su propuesta psicológica utilizando herramientas como la hermenéutica, la fenomenología, el estudio comparado de mitologías y religiones, la antropología y la filosofía de distintos pueblos. Al abrirse a lo simbólico y a lo marginado, la psicología junguiana no solo amplía el campo de lo comprensible, sino que nos invita a reconciliarnos con lo olvidado en nosotros mismos.
Uno de esos aspectos marginados y tratados como escoria en la visión reduccionista del pensamiento científico son los sueños. En El libro rojo, en el que Jung narra un diálogo entre el pensamiento racional predominante y el espíritu de las profundidades que representa lo inconsciente marginado, menciona «Tengo que aprender que la escoria de mi pensar, mis sueños, son el lenguaje de mi alma. Debo llevarlos en mi corazón y moverlos una y otra vez en mi sentido, como las palabras del hombre más preciado. Los sueños son las palabras rectoras del alma. De ahí, ¿cómo no habría de amar mis sueños y no hacer de sus enigmáticas imágenes un objeto de mi contemplación diaria? Tú opinas que el sueño es tonto y poco bello. ¿Qué es bello? ¿Qué no es bello?»
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano
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