Es preciso atravesar las grandes aguas: el llamado a la aventura como imagen arquetípica

“Si uno sueña con el bautismo, con la entrada en el baño o en el agua, es claro lo que esto significa cuando uno está siendo analizado: que está siendo empujado al inconsciente para purificarse; debe entrar en el agua a fin de renovarse”

Carl Jung

El relato prototípico del héroe solar, profundamente explorado por el mitólogo Joseph Campbell,  es posible identificarlo no solo en mitos y expresiones creativas de todas las épocas, sino también en los sueños de todas las personas  y en los delirios de quienes atraviesan experiencias psicóticas. 

Para la psicología junguiana esta estructura narrativa es considerada como una expresión simbólica de la dinámica evolutiva de la psique tanto individual como colectiva. 

El letargo del mundo cotidiano

Historias antiguas y contemporáneas suelen comenzar describiendo el mundo cotidiano y familiar del personaje heroico: un entorno aparentemente estable pero atravesado por una cierta insatisfacción, una carencia o una tensión latente que anticipa la necesidad de un cambio. 

A nivel psicológico, este mundo ordinario representa nuestro estado habitual de conciencia, nuestras rutinas, creencias y roles sociales, que en cierto momento pueden comenzar  a teñirse con una sensación de estancamiento, vacío o inquietud interior que, aunque sutil, señala que algo dentro de nosotros pide ser transformado.

El llamado a la aventura: el viaje de transformación

La inquietud latente del mundo ordinario se intensifica y surge el “llamado a la aventura”: momento en que el héroe o la heroína es convocado a abandonar su cotidianidad  para adentrarse en un territorio desconocido, afrontar experiencias inciertas o arriesgadas, o asumir responsabilidades que ha estado evitando.  

Se trata de una invitación —o más bien  una exigencia— a salir del ámbito seguro y familiar para emprender un viaje de transformación. 

 Marie-Louise von Franz señala que, en los cuentos tradicionales, el llamado a la realización del ser suele presentarse como una herida infligida a la personalidad, acompañada por el sufrimiento inevitable que ello conlleva.

Este motivo simbólico aparece bajo múltiples formas: la enfermedad de un rey anciano, la infertilidad de la pareja real, el rapto de mujeres o niños por un monstruo, pozos secos, ríos agotados o heladas que asolan el reino. Todas estas imágenes expresan un desequilibrio profundo que exige ser enfrentado y transformado para que la vida pueda renovarse.

La perturbación inicial opera como catalizador del proceso de transformación que obliga al héroe —o a quien se halla en el umbral de su madurez psicológica— a asumir una tarea que lo trasciende, a emprender un viaje hacia la totalidad.

A nivel psicológico el llamado a la aventura hace referencia a situaciones que desestabilizan el sentido previo que sostenía la vida cotidiana. Lo que antes resultaba suficiente para orientar nuestras decisiones y sostener nuestra identidad deja de tener validez, obligándolos a reconsiderar lo que hasta entonces habíamos dado por sentado y  encontrar otras fuentes de sentido. 

Estas crisis pueden activarse por eventos significativos de la vida individual: una pérdida repentina, el fin de una relación, una enfermedad, el nacimiento de un hijo, un cambio drástico en el entorno laboral o sentimientos internos de insatisfacción, agotamiento o hastío. 

El rechazo del llamado: la resistencia al cambio

El héroe, en un primer momento, suele sentirse incapaz o insuficientemente preparado para afrontar el desafío que se le presenta. No acepta de inmediato el llamado a la transformación, sino que lo rechaza, evidenciando así el temor a abandonar lo conocido, a desprenderse de los vínculos protectores del mundo infantil o a enfrentar las exigencias y responsabilidades que conlleva la misión propuesta. 

En un primer momento, parece existir un margen de elección: el héroe puede postergar la partida, replegarse o incluso rechazar el desafío inicial. Sin embargo, las circunstancias que lo confrontan se intensifican progresivamente, y la presión hacia el cambio se vuelve cada vez más apremiante, hasta tornarse inevitable.

A nivel psicológico, el rechazo del llamado suele manifestarse como resistencia al cambio, una negación de los síntomas o la evasión de aquellas experiencias que desafían nuestras certezas y nos convocan a  nuevas perspectivas de vida. Este rechazo inicial expresa la resistencia natural del ego ante el cambio profundo que supone el tránsito hacia una nueva identidad. 

Al principio, como en los cuentos populares, las circunstancias que desafían nuestro crecimiento interior suelen manifestarse de forma sutil, y el ego aún puede evadirlas recurriendo a distracciones, racionalizaciones o manteniendo viejos hábitos. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, estas experiencias se vuelven cada vez más exigentes y el llamado interior —que se expresa mediante sueños, crisis emocionales, síntomas físicos o una sensación constante de insatisfacción— se intensifica hasta volverse imposible de ignorar sin sufrir implicaciones profundas.

Jung planteó en este sentido que lo que evitamos enfrentar no desaparece, sino que vuelve con mayor intensidad obligándonos a prestarle atención. Para Jung, en este sentido,  quienes no aprenden de las dificultades de su vida están condenados a revivirlas repetidamente, ya que aquello que negamos o evadimos nos somete, mientras que lo que aceptamos o asumimos nos libera y transforma.

El llamado a la aventura: el viaje como imagen arquetípica

En diversas tradiciones filosóficas y espirituales,  está presente la idea de que ciertos momentos de la vida representan un quiebre inevitable con el mundo conocido, una ruptura que impulsa al individuo hacia una transformación profunda.

Una de las temáticas simbólicas que frecuentemente expresa el tránsito hacia un estado más maduro o elevado de la personalidad es la del viaje.  

Esta representación se vincula con la idea, también ampliamente difundida, de un origen divino de la humanidad, seguido por una caída o expulsión, y el anhelo de regresar a la patria celestial o al paraíso perdido. 

En muchas mitologías, el ser humano aparece entonces como un exiliado, un extranjero en tránsito por el mundo terrenal, impulsado por la nostalgia de su lugar originario.

El doble movimiento del viaje arquetípico

El viaje arquetípico de la individuación, del desarrollo de la conciencia— representa, desde la perspectiva junguiana, un doble movimiento. 

En primer lugar, implica un alejamiento de la fuente originaria, de la naturaleza primordial, lo que en términos psicológicos se traduce en el desprendimiento de la dependencia de las figuras parentales. 

Este distanciamiento permite la construcción de un ego suficientemente sólido, diferenciado de lo inconsciente,  con sentido de identidad y singularidad.  

El segundo movimiento, complementario al primero, es el retorno simbólico a la totalidad originaria, ya no como fusión inconsciente, sino como integración consciente de los aspectos reprimidos, olvidados o proyectados durante la primera parte del viaje. 

Es en este regreso donde el ego se reconcilia con el sí-mismo, con la fuente originaria,  reconociéndose como parte de un orden más amplio que le trasciende y sustenta.

Los lenguajes simbólicos y el proceso de individuación: El I Ching o el libro de las mutaciones

Jung investigó en profundidad cómo el proceso de maduración de la personalidad —al que denominó individuación— se manifiesta a través de diversos lenguajes simbólicos. Entre ellos, dedicó especial atención a la alquimia, el yoga, la astrología y el I Ching, un libro sapiencial de la tradición china compuesto por 64 hexagramas que expresan aspectos arquetípicos de la existencia y su dinámica cíclica.

El I Ching entrelaza la sabiduría del taoísmo y del confucianismo, y transmite la idea de que los ritmos del cambio que atraviesan el cosmos, la naturaleza, la historia y la vida interior del ser humano no se desarrollan de forma aislada, sino que se reflejan mutuamente, como ecos de un mismo pulso esencial que vibra en distintas escalas de la existencia. Este pulso está animado por una fuerza primordial, impersonal y constante, de la que todo brota y a la que todo finalmente retorna: el Tao.

En la psicología junguiana, este principio primordial encuentra correspondencia con el concepto del Sí Mismo o Self, centro unificador de la psique, símbolo de totalidad y factor orientador del proceso de individuación. 

Varias de las imágenes y pasajes del I Ching evocan la figura arquetípica del llamado a la aventura: ese impulso interior que invita a dejar atrás lo familiar y a emprender un camino de transformación y autoconocimiento. 

La necesidad y las crisis como motor de transformación: Ananke, lo que no podemos eludir

En un apartado del I Ching se mencionan los tiempos de necesidad como experiencias que pueden conducir al “éxito”, dependiendo de la manera en que se aborden. 

En este contexto, el concepto de éxito no se entiende  como un triunfo material o un logro externo, sino como la armonía alcanzada al actuar en concordancia con el Tao y con los ritmos naturales del cambio.

“Épocas de necesidad son lo contrario del éxito. Pero pueden conducir al éxito si le tocan al hombre adecuado. Cuando un hombre fuerte cae en necesidad, permanece sereno pese a todo peligro, y esta serenidad es el fundamento de éxitos ulteriores; es la constancia, que es más fuerte que el destino. Ciertamente no tendrá éxito quien interiormente se deje quebrar por el agotamiento. Pero en aquél a quien la necesidad sólo doblega, ésta engendra una fuerza de reacción que con el tiempo seguramente habrá de manifestarse. Sin embargo, ningún hombre vulgar es capaz de eso. Únicamente el hombre grande obra ventura y permanece sin mácula”

Jung señala en este sentido que el desarrollo de nuestros potenciales y el proceso de maduración de la personalidad no suelen ser fruto de la voluntad consciente del ego, sino que responden a exigencias o necesidades —internas o externas— que emergen en el transcurso mismo de la existencia y que hacen insostenible seguir viendo la vida del mismo modo en que lo hacíamos hasta entonces.  “El inconsciente siempre trata de producir una situación imposible para forzar al individuo a exteriorizar lo mejor de sí mismo. Si uno no lo intenta, no se completa, no se realiza.”

Las circunstancias forzosas que se nos presentan pueden comprenderse como expresiones de Ananké, esa necesidad ineludible que, como en la tradición griega, marca los momentos de giro en el destino. Es una fuerza que confronta y limita al yo, pero que, al mismo tiempo, lo impulsa hacia una transformación necesaria.

Desde la perspectiva junguiana, Ananké no es simplemente una fatalidad, sino una manifestación del Self que, a través de síntomas, crisis o rupturas vitales, convoca al individuo a salir de sus viejas formas y avanzar hacia una mayor totalidad psíquica, hacia el despliegue de su propio destino.

Un tiempo de caos se adelanta a los tiempos del orden: el sufrimiento legítimo y el ilegítimo

En el I Ching “De un modo parecido a cómo durante una tempestad el trueno y la oscuridad de la cerrazón de las nubes preceden a la distensión, también en las condiciones humanas un tiempo de caos se adelanta a los tiempos de orden” 

Jung afirmaba que la neurosis no es más que un sustituto del sufrimiento verdadero. Se trata, en el fondo, de una forma de padecimiento desviada, que se vive como algo sin sentido, estéril y ajeno al flujo natural de la vida. 

En cambio, el sufrimiento auténtico, aunque doloroso, lleva implícita una dirección: contiene la intuición de que, al atravesarlo, puede alcanzarse un sentido más profundo y una transformación interior. Según Jolande Jacobi, el proceso de volverse consciente consiste precisamente en esto: en convertir un sufrimiento vacío y desviado en una experiencia fecunda y reveladora, capaz de enriquecer el alma.

Jung sostenía, relacionado con lo anterior y en sintonía con perspectivas orientales, que  con que en todo caos hay un orden secreto, dando entender que incluso en los estados más confusos y dolorosos de la psique existe una lógica oculta, un proceso de reordenamiento que, si se logra sostener y atravesar, puede conducir a una mayor integración. 

Abandonar el suelo bajo los pies: el tránsito por el desierto 

En una de la líneas del primer hexagrama  I Ching denominado lo creativo, se menciona

“El progreso sobre la tierra llana ya no es posible. Hay que atreverse a abandonar el suelo que se tiene bajo los pies para seguir avanzando, para remontarse hacia el abismo sin fondo, hacia lo solitario. Aquí el individuo se ve libre, precisamente como consecuencia de la posibilidad que le ofrece la situación dada”

La ‘tierra llana’,  representa el camino sin esfuerzo, tensión o dificultades, que en cierto momento se torna estéril para el crecimiento interior y ya no ofrece impulso para la transformación. El suelo bajo los pies simboliza el mundo conocido y familiar, el camino ya recorrido por el cual ya no resulta posible seguir transitando.

 Se convoca entonces a penetrar en el ‘abismo sin fondo‘ de lo incierto, donde se desvanecen los apoyos, las certezas y los referentes de identificación.

En El Libro Rojo, que puede entenderse, de manera similar al I Ching, como un conjunto   de imágenes arquetipales vinculadas al proceso de individuación, Jung menciona:

“El encuentro con uno mismo, al principio, es el encuentro con la propia sombra. La sombra es un pasaje, una puerta estrecha y no hay forma de bajar al pozo profundo sin sufrir el dolor del angostamiento que implica cruzarla… lo que se encuentra detrás de la puerta es una vasta extensión de incertidumbres sin precedentes, sin derecho ni revés, sin parte superior ni inferior, sin ubicación ni pertenencia, ni bien ni mal”

En la imagen del I Ching se menciona que el abismo conduce a lo solitario, lo cual, para Jung, constituye también una condición para la renovación. 

Lo solitario representa el camino individual, aquel que trasciende lo colectivo y lo indiferenciado, y que implica abandonar los referentes de seguridad —aquello que ha hecho de padre o de madre— para poder desplegar la propia autonomía.  

En el Libro Rojo se menciona “Cuando el sol cae lentamente como un pájaro cansado sobre la superficie del mar, el solitario se retrotrae, contiene la respiración y no se mueve, es pura expectativa hasta que el milagro de la renovación de la luz asciende en el este.Hay una expectativa desbordante y deliciosa en el solitario Los espantos del desierto y de la árida deshidratación lo rodean y tú no comprendes cómo puede vivir el solitario. Pero su ojo descansa en los jardines y su oreja escucha las fuentes y su mano toca las hojas y los frutos aterciopelados y su respiración aspira los dulces aromas de los árboles llenos de flores”

La perseverancia: el esfuerzo supremo de la individuación

En otro apartado del I Ching se menciona “Es propicia la perseverancia. Trae ventura no comer en casa. Es propicio atravesar las grandes aguas”

La perseverancia es una cualidad valorada en varios pasajes del I Ching. No se trata de imponer la voluntad del ego a toda costa, sino de cultivar una presencia atenta, receptiva y en sintonía con las circunstancias singulares de cada momento. Implica también una constancia interior, capaz de resistir los impulsos del ego: sus anhelos superficiales e infantiles, sus miedos, vergüenzas y la inercia de lo ya dado.

Para Jung el desarrollo de la personalidad “demanda un esfuerzo supremo”.  Es un camino arduo “que no sigue una línea recta, sino una línea serpenteante, que une los opuestos y que recuerda al caduceo indicador de caminos. Es un sendero cuyos recodos laberínticos no están exentos de horrores” y que exige lo que que más tememos dar, esto es la “totalidad de nosotros mismos”

El discernimiento en la conducta apropiada

Tanto en el I Ching como en la psicología junguiana, se considera fundamental el discernimiento respecto a las circunstancias que exigen acción y energía dirigidas hacia el mundo exterior, y aquellas que requieren, en cambio, aceptación, espera o retirada. Asimismo, se destaca la importancia de mantener coherencia con la actitud adecuada, es decir, perseverar en ella, lo cual es una exigencia máxima que demanda el compromiso de todo nuestro ser.

Para Jung en este sentido “Si la consciencia del ego sigue exclusivamente su propio camino, está tratando de volverse como un díos o un superhombre. Pero el reconocimiento exclusivo de su dependencia sólo conduce a un fatalismo infantil y a una arrogancia espiritual misantrópica y negadora del mundo” 

Para la psicología junguiana, reconocer los límites y restricciones que se presentan en la vida es un aspecto esencial del proceso de maduración. Algunos de estos límites nos convocan a la renuncia y a la aceptación —como condiciones externas inevitables o ciclos que llegan a su fin—, mientras que otros, de carácter artificial, se manifiestan como creencias, pensamientos restrictivos o autodesvalorizantes que obstaculizan el despliegue de nuestros potenciales singulares. Estos últimos nos llaman a ser desafiados y trascendidos en pos de una mayor individuación.

En el I Ching se menciona al respecto  “La verdadera quietud consiste en mantenerse quieto una vez llegado el momento de mantenerse quieto, y en avanzar una vez llegado el momento de avanzar. De esta manera quietud y movimiento están en concordancia con los requerimientos del tiempo, y así hay luz en la vida”

Trae ventura no comer en casa: el alimento de la alteridad

 Comer, en lo simbólico, alude a aquello que alimenta el alma. Para nutrirnos en un sentido profundo, a veces es necesario ingerir contenidos no familiares, aquello que es ajeno al ego, a nuestras identificaciones conscientes,  lo que no se “prepara” en casa. 

Ingerir o comer alude también a asimilar e integrar; por ello, “no comer en casa” señala la necesidad de incorporar lo extraño, aquello que hasta ahora no ha sido digerido ni aceptado. 

Lo extraño abarca aquello que hemos proyectado en el otro: lo rechazado, lo temido, lo negado de nosotros mismos, así como las heridas aún no sanadas. Remite a la sombra, a la vida no vivida y al adversario necesario que todo proceso de transformación debe confrontar, ya que esa alteridad no solo desafía nuestra identidad, sino que también nos completa. 

Las grandes aguas: donde emerge la vida y donde confluye: el dejar suceder

En el taoísmo, cuya filosofía atraviesa las imágenes del I Ching, el agua es una de las imágenes que representan el Tao, el principio esencial que sustenta el flujo natural de lo eterno y lo cambiante. 

El agua, al igual que el Tao, busca la vía de menor resistencia: cede sin oponerse, fluye sin esfuerzo y, sin embargo, con el tiempo es capaz de labrar las piedras más duras. En el Tao Te King se menciona: “Nada hay en el mundo más blando y débil que el agua, mas nada le toma ventaja en vencer a lo recio y duro, pues nada en ello puede ocupar su lugar. El agua vence a lo duro, lo débil vence a lo fuerte, nadie en el mundo lo ignora, mas en el mundo nadie es capaz de atenerse a ello.”

Si a una planta se le corta el tallo y se la separa de su raíz, la savia vital deja de fluir y la planta se seca. De manera análoga, afirmaba Jung, le ocurre al individuo que se aleja de su fuente interior, de sus deseos más profundos, de aquello que busca nacer en su interior: su alma se marchita y, con ella, se desvanece el sentido de su vida.

Por eso, es necesario aprender a «dejar suceder psíquicamente», decía Jung, y agregaba: “para nosotros, esto es un verdadero arte del que infinidad de personas nada entienden, en tanto su conciencia interviene constantemente ayudando, corrigiendo o negando”.

Atravesar las grandes aguas, en este contexto, implica entregarse a la corriente interior que nos guía hacia lo que favorece nuestra maduración. Supone relativizar las intenciones del ego y su impulso de controlar las circunstancias conforme a sus propias expectativas, para abrirnos, en cambio, a un movimiento más profundo y sabio que nos habita.

El agua como madre terrible: lo abismal, los guardianes del umbral

En el I Ching, la imagen del agua aparece principalmente en el trigrama Kam, que simboliza lo abismal, lo profundo, lo peligroso, pero también lo que permite el movimiento. 

“Lo Abismal es el agua, son fosas, es la emboscada, es el doblar para enderezar y doblar para torcer, es el arco y la rueda. Entre los hombres significa los melancólicos, los enfermos del corazón, los que tienen dolores de oídos. Es el signo de la sangre, es lo rojo. Entre los caballos significa los de lomo hermoso, los de arrojo salvaje, los que andan con la cabeza gacha, los que tienen cascos delgados, los que tropiezan. Entre los carruajes significa los que tienen muchas fallas. Es la penetración atravesante, es la luna. Significa los ladrones. Entre las especies de madera significa las que son sólidas y tienen mucha savia”

El agua es un elemento de variada simbología a la que se le atribuyen connotaciones ambivalentes.  Hace alusión a lo inconsciente, a la  Gran Madre, de la que todo emerge y en la que todo confluye.  

En su aspecto nutritivo y cuidador, la Madre primordial se representa en el Útero, los senos, la gruta sagrada y en las fuentes de agua pura y cristalina.  En su  faceta  oscura, como madre terrible,  que alude a  la naturaleza en su aspecto destructivo, se representa como plagas, epidemias, aguas turbias o inundaciones.  

En el Libro Rojo se menciona “Es el mundo del agua…, donde soy indivisiblemente esto y aquello al mismo tiempo, donde experimento al otro dentro de mí mismo y el otro fuera de mí me experimenta a mí.

En las deidades de los pueblos originarios se reconoce que la Madre que da la vida y que alimenta, es la misma que devora y que mata como parte del ciclo eterno de nacimiento, muerte y renacimiento que posibilita el equilibrio en la naturaleza.

El aspecto oscuro de la madre es por lo tanto  un factor tan necesario para la evolución de la consciencia como su aspecto nutritivo.   El miedo a la madre terrible, que puede entenderse a nivel psicológico como al avasallamiento de lo inconsciente,   activa la consciencia ya que obliga al ego a transformarse y a fortalecerse.  

Se plantea  que cuando nuestra psique necesita desarrollarse, complejizarse, expresar aspectos no vividos, emerge lo inconsciente en su faceta oscura como madre terrible, y nos expone a circunstancias que nos impiden seguir viviendo de la manera como lo estábamos  haciendo.

Se nos exige entonces sacrificar la dependencia y seguridad de aquello que nos había funcionado  de soporte, de referente de identificación.   Aquello que nos acogió y nutrió se muestra entonces como un  aspecto que expulsa, que nos invita de manera contundente a iniciar un sendero hasta ahora no transitado. 

 En el lenguaje simbólico, esto se manifiesta como el encuentro con el dragón, los guardianes del umbral o fuerzas adversas que detienen el camino. Aunque parecen obstáculos, su función es activar el desarrollo: exigen el desarrollo de los recursos internos necesarios para la nueva etapa, desestabilizan lo antiguo y abren paso a lo nuevo que pugna por nacer.

A nivel psicológico, estas figuras simbólicas representan los conflictos, miedos y resistencias que emergen al intentar dejar atrás formas de ser que ya no nos sostienen. Aunque dolorosas o desconcertantes, estas experiencias nos confrontan con aspectos no integrados de la psique y nos exigen desarrollar nuevas capacidades, asumir mayores responsabilidades y reconfigurar la identidad para dar lugar a una forma de vida más auténtica y madura. 

Atravesar las grandes aguas es, en este contexto, una invitación a cruzar umbrales interiores: a enfrentar los miedos, la vergüenza y las ansiedades que implica soltar lo conocido y abrirse a lo incierto, confiando en que ese tránsito nos conducirá hacia una transformación profunda.

El agua como el ir hacia adentro : el tránsito por el vientre de la ballena

En un pasaje del I Ching “El agua que se ha juntado en la cumbre de la montaña no puede fluir hacia abajo como corresponde a su naturaleza, porque hay rocas que se lo impiden. Tiene que quedarse quieta; así irá aumentando y debido a esa acumulación interior se incrementará hasta rebasar los impedimentos. La salida que conduce fuera de los impedimentos es el vuelco hacia adentro y la incrementación del propio ser”

En el periplo heroico, Campbell denomina una de las etapas el vientre de la ballena, en la que el héroe es engullido por una entidad y queda en suspensión, apartado del mundo exterior, en un momento de transformación profunda.

Ejemplos clásicos de esta imagen son Pinocho dentro del gran pez, Jonás en la ballena o Caperucita Roja en el interior del lobo: figuras que simbolizan el retiro forzoso del mundo conocido y la preparación para una metamorfosis interior.

Psicológicamente, este momento alude a una suspensión temporal del vínculo del individuo con la realidad externa, lo que le permite enfrentar procesos internos profundos de transformación. Suele vivirse como una detención vital, una forma de parálisis anímica que interrumpe el curso habitual de la existencia. Puede manifestarse como depresión, ensimismamiento o lo que se conoce como la “noche oscura del alma”: períodos de desorientación y desconcierto en los que la energía necesaria para las actividades exteriores parece ausente, pues ha sido redirigida hacia movimientos interiores que posibilitan el renacimiento de una nueva identidad.

Atravesar las grandes aguas, en este sentido, sería permitirnos transitar ese estado de suspensión sin apresurar la salida ni forzar soluciones desde el ego. Es abrirnos al proceso de transformación con entrega y confianza, dejando que la corriente interior nos conduzca hacia una forma más auténtica y profunda de ser.

El agua como disolvente

El agua es un elemento que permite disolver lo que se encuentra rígido, favoreciendo la integración y la asimilación. En la psicología junguiana se considera que la psique posee mecanismos de deconstrucción, análisis y diferenciación de sus contenidos, indispensables para su posterior integración, complejización y desarrollo evolutivo.

Atravesar las grandes aguas, en este sentido, sería el proceso de enfrentar y disolver esas estructuras rígidas internas para facilitar la transformación y el crecimiento del ser.

Síntomas como la depresión, que en ocasiones es necesario atravesar —por ejemplo, como parte de un duelo—, cumplen la función de disolver aspectos caducos de nuestro ego.

El agua como elemento de purificación

El agua también es un símbolo que  se suele asociar con el renacimiento, y la purificación.  Se encuentra  presente en muchos ritos de iniciación como en el bautismo católico.  

Para la psicología junguiana todo avance en el desarrollo de la conciencia implica una regresión a la madre,  una inmersión en el mar de lo  inconsciente como  fuente de todo lo  creativo. 

Para que se de lugar la renovación el ego necesita sacrificar  las identificaciones anteriores, esto es,  morir simbólicamente  para  renacer como un nuevo ser, más complejo e integral.  El transcurso de la vida se considera entonces  como una serie de separaciones y retornos a esa fuente originaria, cada vez con mayor grado de conciencia.

El agua es un elemento muy presente en nuestros sueños y suele aparecer en períodos de profunda transformación, como al inicio de un análisis psicológico, en el que se nos invita a “atravesar las grandes aguas”

En Psicología del Yoga , Jung menciona “Si uno sueña con el bautismo, con la entrada en el baño o en el agua, es claro lo que esto significa cuando uno está siendo analizado: que están siendo empujado al inconsciente para purificarse; deben entrar en el agua a fin de renovarse”

El agua como espejo: el encuentro con la sombra

El agua, como símbolo, también remite a su función especular: tiene la capacidad de reflejarnos, como lo hace el inconsciente, devolviéndonos la imagen de los aspectos ocultos de nuestra personalidad, aquello que rechazamos, tememos o negamos de nosotros mismos.

En Sobre los arquetipos del inconsciente colectivo, Jung escribe:

«Quien mira en el espejo del agua, es evidente que ve primero su propia imagen. Quien va a sí mismo, corre el riesgo de encontrarse consigo mismo. El espejo no halaga, sino que muestra con toda fidelidad lo que se está mirando en él, a saber, ese rostro que nunca mostramos al mundo por esconderlo tras la ‘persona’, tras la máscara del actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el rostro verdadero. Esta es la primera prueba de fuego en el camino interior, y tal prueba basta para que casi todos se desanimen, porque el encuentro con uno mismo constituye una de esas cosas desagradables que se evitan mientras sea posible proyectar sobre el entorno todo lo negativo. Si se es capaz de ver la propia sombra y de soportar el conocimiento de ella, está resuelta una pequeña parte de la tarea: al menos se ha eliminado lo inconsciente personal.»

Atravesar las grandes aguas, en este sentido, sería sumergirse en las profundidades del inconsciente, enfrentar la imagen reflejada en el espejo interior y confrontar aquello que ha sido rechazado o reprimido. Es una travesía que exige valor, pues implica dejar atrás la máscara de la persona y asumir el encuentro con la propia sombra como parte del proceso de transformación

Dónde está el miedo está la tarea: atravesar el peligro para superarlo

En un pasaje del  I Ching  “Alguien afronta un peligro y debe superarlo. La debilidad y la impaciencia no logran nada. Únicamente quien posee fortaleza domina su destino, pues merced a su seguridad interior es capaz de aguardar. Esta fortaleza se manifiesta a través de una veracidad implacable. Únicamente cuando uno es capaz de mirar las cosas de frente y verlas como son, sin ninguna clase de autoengaño ni ilusión, va desarrollándose a partir de los acontecimientos la claridad que permite reconocer el camino hacia el éxito. Consecuencia de esta comprensión ha de ser una decidida actuación perseverante; pues sólo cuando uno va resueltamente al encuentro de su destino, podrá dominarlo. Podrá entonces atravesar las grandes aguas, vale decir tomar una decisión y triunfar sobre el peligro”

En Símbolos de transformación Jung menciona en un sentido similar “Para el héroe, el miedo es desafío y tarea, porque solo la audacia puede librarlo de él. Y si no se corre el riesgo, algo en el sentido de la vida se quiebra, y todo futuro se ve condenado a un aplanamiento sin esperanza, a un crepúsculo solo iluminado por fuegos fatuos”.

Se sugiere, entonces, que aquello que nos provoca temor puede tomarse como una señal que nos permite identificar  lo que necesitamos enfrentar para profundizar  en nuestro desarrollo psíquico. 

El miedo actúa como una especie de guía, destacando las áreas de nuestra vida que necesitamos explorar, sanar y comprender para continuar con el refinamiento de la personalidad al que estamos convocados.  Para Jung “El miedo es agresividad al revés. En consecuencia, lo que tememos implica una tarea. Si tienes miedo a tus propios pensamientos, entonces tus pensamientos son la tarea”  

En diversas tradiciones sapienciales se propone el enfrentamiento de los miedos como la actitud necesaria para favorecer el desarrollo de la personalidad.  

En las Enseñanzas de Don Juan,  Carlos Castaneda identifica el  miedo como el primer enemigo natural al cual debe enfrentarse el guerrero “-¿Y qué puede hacer para superar el miedo?-La respuesta es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de si. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora. «Cuando llega ese momento gozoso, el hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural.»

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

Referencias Bibliográficas


Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. México: Fondo de Cultura Económica, 1959.

———. Las máscaras de Dios I: Mitología primitiva. Madrid: Siruela, 2004.

Castaneda, Carlos. Las enseñanzas de Don Juan: una forma yaqui de conocimiento. México: Fondo de Cultura Económica, 1968.

Chevalier, Jean, y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. 3.ª ed. Barcelona: Herder, 1991.

Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario de símbolos. 4.ª ed. Madrid: Siruela, 2015.

Eliade, Mircea. Mito y realidad. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1968.

Jung, C. G. La práctica de la psicoterapia. Madrid: Editorial Trotta, 2013.

———. Los complejos y el inconsciente. Barcelona: Alianza Editorial, 2001.

———. Símbolos de transformación. Barcelona: Paidós, 1998.

———. El Libro Rojo: Liber Novus. Edición de Sonu Shamdasani. Traducción de Ramón Llaca. Ciudad de México: Editorial El Hilo de Ariadna / Fondo de Cultura Económica, 2011.

Stein, Murray. El mapa del alma según C. G. Jung. 1.ª ed. Barcelona: Luciérnaga, 2004.

von Franz, Marie-Louise. Lo femenino en los cuentos de hadas. Barcelona: Ediciones Obelisco, 1994.

———. Símbolos de redención en los cuentos de hadas. Barcelona: Ediciones Obelisco, 1991.

Wilhelm, Richard. I Ching: El libro de las mutaciones. Traducción del alemán al español por D. J. Vogelmann. Barcelona: Herder, 1995.

———. Para comprender el I Ching (Las conferencias Wilhelm). Barcelona: Editorial Traducciones Junguianas, 2022.

Lao‑tse. Los libros del Tao: Tao Te Ching. Traducción comparada y bilingüe por Iñaki Preciado Idoeta. Madrid: Editorial Trotta, colección Pliegos de Oriente, 2018 (4.ª ed., reimpresión 2021).

Zhuangzi. El libro de Zhuangzi. Traducción y edición de Iñaki Preciado. Barcelona: Kairós, 2016.

Deja un comentario