El héroe solar como imagen del desarrollo de la conciencia, el llamado a la aventura, lo creativo primordial, el miedo y hostilidad hacia lo femenino como temor a perder la individualidad alcanzada
“Estamos viviendo el kairos de la “metamorfosis de los dioses” es decir de los principios y símbolos fundamentales”
Carl Jung
Desde la perspectiva de la psicología junguiana, los mitos pueden considerarse como sueños colectivos: expresiones simbólicas mediante las cuales la psique manifiesta sus tensiones, aspiraciones y procesos de transformación.
Se propone que los mitos no sólo remiten al contexto histórico y cultural en el que emergieron, sino que interpelan a la humanidad en su conjunto, al ofrecer claves simbólicas para comprender la evolución de la consciencia, tanto en el plano individual como en el colectivo.
La lectura simbólica de los mitos constituye una fuente de orientación para atravesar de manera creativa las tensiones y los conflictos que acompañan los profundos procesos de transformación y actualización de sentido que vive la humanidad. Esto resulta especialmente significativo en lo relativo a las imágenes y concepciones de lo femenino y de lo masculino, y de su modo de relacionarse, así como a sus repercusiones en los valores y prioridades colectivas, en los modelos de desarrollo, en la relación con la naturaleza y con todo aquello que se nos presenta como alteridad
El mito de Yurupary, originario de los pueblos indígenas de la comunidad Tukano, ubicados en el noroeste amazónico —territorios que hoy pertenecen a Colombia y Brasil— constituye uno de los relatos fundacionales más complejos y significativos de la región.
A finales del siglo XIX, a partir de las narraciones del indígena brasileño Maximiliano José Roberto, el relato que había pervivido de forma oral durante múltiples generaciones fue transcrito y publicado por el explorador, fotógrafo e investigador italiano Ermanno Stradelli bajo el título La leyenda de Yurupary.
En el mito se narra la transición de una cultura matriarcal hacia una organización regida por usos y costumbres de corte patriarcal, describiendo las tensiones que este cambio suscita y poniendo de relieve las formas de resistencia del principio femenino frente a la reconfiguración patriarcal del orden social.
Con posterioridad a esta primera versión escrita, se publicaron diversas reelaboraciones del mito, entre las cuales destaca la del antropólogo José Ariel Jaimes, quien en el año 2003, a partir de las narraciones del Abuelo Miru Púu, publicó Masá Bëhkë Yurupary: mito tukano del origen del hombre. Esta versión introduce matices particularmente relevantes en comparación con la de Stradelli, especialmente en lo relativo al lugar de lo femenino, los cuales se irán desarrollando a lo largo del presente texto.
Resumen del Mito

En la versión de Stradelli, La Leyenda de Yuruparý se sitúa en los inicios del mundo, en la Sierra de Tenui, donde una gran epidemia diezmó a la población masculina de la comunidad, dejando vivos solo a unos cuantos ancianos y a un payé (chamán). Ante la amenaza de extinción, para la cual las mujeres no encontraban solución, el payé las fecunda mágicamente, dando origen a una nueva generación.
De este nuevo linaje nace una niña de extraordinaria belleza, a quien dieron el nombre de Seucy, que al llegar a la pubertad, tras consumir un fruto prohibido, concibe a Yuruparý, cuyo nombre significa «engendrado por la fruta”
Yuruparý desaparece misteriosamente durante su infancia y regresa quince años después y es nombrado jefe de la comunidad. . Su retorno marca el inicio de un nuevo orden social y religioso: impone las «Leyes del Sol», o Leyes de Yuruparý, un código riguroso que instaura el dominio patriarcal y prohíbe a las mujeres participar de los asuntos relevantes.
Estas leyes se articulan en torno al Ritual de Yuruparý, rito de iniciación fundamental para los jóvenes varones. El centro del ritual lo constituyen los instrumentos sagrados, portadores de la voz de los espíritus ancestrales. Su contemplación está vedada a las mujeres bajo amenaza de muerte, pues se cree que, al verlos o tocarlos, podrían apropiarse de la esencia masculina y revertir el orden instaurado, remitiendo a un tiempo anterior en el que las mujeres imponían su voluntad y los hombres se sometían a ella.
No obstante, distintas figuras femeninas, movidas por la curiosidad, el deseo o la rebeldía, transgreden esta prohibición, dejando al descubierto las fisuras de un orden impuesto y la vigencia de una potencia femenina que se resiste a desaparecer.
Investido de una misión expansiva, Yuruparý no limita su autoridad a su propio pueblo, sino que envía emisarios a las tribus vecinas para propagar este nuevo orden.En el proceso de expansión del nuevo orden se suceden traiciones, venganzas, castigos y muertes.
Hacia el desenlace del mito, Yuruparý conoce a una mujer llamada Caruma, con quien se une de manera temporal y a quien posteriormente transforma en montaña. A continuación, decepcionado confiesa que aún no ha podido cumplir plenamente su misión: encontrar a la mujer perfecta, es decir, obediente, paciente y no curiosa, una mujer digna del Sol y capaz de unirse a él.
El cierre del relato sugiere una espiritualización tanto de Yuruparý como de Caruma, conformando una pareja de carácter celestial, lo que podría aludir simbólicamente a una expresión de la totalidad buscada o anhelada.
El héroe solar como imagen del desarrollo de la conciencia: la luz que emerge de la oscuridad
En palabras del mito: “Después de diez lunas Eleucy dio a luz un robusto niño que superaba en belleza a su madre; se parecía al Sol. Los tenuinas, apenas supieron el nacimiento del niño, lo proclamaron tuixáua (jefe) y le dieron el pomposo nombre de Yurupary, es decir, engendrado de la fruta”
El personaje de Yuruparý encarna múltiples rasgos del héroe solar arquetípico, reconocible en numerosas narraciones míticas y en relatos clásicos y contemporáneos.
A este personaje prototípico se le atribuye habitualmente un nacimiento de carácter sobrenatural, asociado a fuerzas luminosas. En ocasiones, se produce una desaparición seguida de un retorno transformador, que lo confirma en su condición de elegido para cumplir una misión. A ello se suman la instauración de un nuevo orden civilizador y legislador, su función mediadora entre lo humano y lo sagrado y la experiencia de la traición, que pone a prueba tanto su poder como su destino. El itinerario se completa con la muerte o el desmembramiento, seguidos de un renacimiento simbólico, y culmina en la partida hacia un estado de existencia sobrenatural.
Estos aspectos son experimentados por Yuruparý o por figuras que pueden asociarse a él, y que pueden reconocerse como manifestaciones de un mismo principio.
Jung reconoció que la imagen del héroe solar y sus vicisitudes emergen de manera espontánea en las expresiones imaginativas y creativas de todo tiempo y lugar; por ello, no solo es posible hallarla en mitos y narraciones, sino también en los sueños, las fantasías espontáneas, los delirios y las alucinaciones. Propuso comprender esta estructura narrativa como una expresión simbólica del proceso de desarrollo psíquico y de la expansión progresiva de la consciencia, en el cual estamos inmersos tanto a nivel individual como colectivo.
Lo solar, la luz y la consciencia

Neumann señala, en este mismo sentido, que en numerosos mitos de creación se establece una correspondencia simbólica entre el sol, la luz y el día, asociados a la consciencia y la individualidad de carácter masculino, y aquello de lo que emergen: lo indiferenciado, la oscuridad y la noche, ámbitos de lo no consciente tradicionalmente vinculados con lo femenino y lo materno.
La interacción recíproca entre la conciencia y el inconsciente se manifiesta simbólicamente en los mitos, según Neumann, como una confrontación entre lo materno-femenino y el hijo varón.
En palabras del mito “La víspera de su regreso, Yurupary había recibido de manos del Sol un matiry en el que estaban contenidos todos los poderes que le serían necesarios para llevar a cabo la reforma de las costumbres. Se sonrió pensando en los engaños de las ambiciosas mujeres, dándose cuenta que aunque la población estaba compuesta de una buena cantidad de hombres, hermanos de la Seucy de la tierra, no tenían sin embargo ningún poder decisorio, tanto que se doblegaban a la voluntad materna”
Se plantea que la creciente fuerza y el poder del héroe masculino que se describe en los mitos, representan, el fortalecimiento progresivo de la conciencia en el desarrollo de la psique.
Neumann propone cuatro fases en el desarrollo de la consciencia: la fase urobórica o de indiferenciación; la fase matriarcal, en la que el mundo es percibido de manera antitética; la fase patriarcal, caracterizada por el predominio de la consciencia y de la individualidad; y la fase de transformación, en la que se reconoce la unidad que subyace a la expresión dicotómica. Diversos aspectos de cada una de estas fases pueden identificarse en el mito de Yuruparý y se irán desarrollando a lo largo del presente texto.
La situación imposible de resolver como catalizador del desarrollo de consciencia: el llamado a la aventura
Para Jung, “el inconsciente siempre trata de producir una situación imposible para forzar al individuo a exteriorizar lo mejor de sí mismo; si uno no lo intenta, no se completa, no se realiza”.
Este principio no solo opera a nivel personal, sino también en el ámbito colectivo: los grupos humanos, al igual que los individuos, se ven confrontados por crisis, tensiones y aparentes callejones sin salida que funcionan como desafíos para desplegar un nuevo orden, una nueva estructura.
De este modo, la presión ejercida por las circunstancias —ya sean internas, externas o una combinación de ambas— impulsa procesos de transformación que, aunque dolorosos, posibilitan el surgimiento de nuevas formas culturales, éticas o espirituales, más integrales y maduras
Marie-Louise von Franz señala que, en los cuentos tradicionales, el llamado a la realización del ser suele presentarse como una herida infligida a la personalidad, acompañada por el sufrimiento inevitable que ello conlleva.
Este motivo simbólico aparece bajo múltiples formas: la enfermedad de un rey anciano, la infertilidad de la pareja real, el rapto de mujeres o niños por un monstruo, pozos secos, ríos agotados o heladas que asolan el reino. Todas estas imágenes expresan un desequilibrio profundo que exige ser enfrentado y transformado para que la vida pueda renovarse.
La perturbación inicial opera como catalizador del proceso de transformación que obliga al héroe —o a quien se halla en el umbral de su madurez psicológica— a asumir una tarea que lo trasciende, como parte de su viaje hacia la totalidad y el desarrollo pleno del ser.
En el mito de Yuruparý, el conflicto inicial se articula en torno a una situación aparentemente irresoluble: la continuidad de la comunidad se ve amenazada por la desaparición de los hombres fértiles a causa de una peste.
“Preocupadas por esto las mujeres, que veían la extinción de la raza en un futuro no muy lejano, ya que no había en la vecindad ningún pueblo al cual acudir para proveerse de lo que les faltaba, decidieron reunirse para ver si era posible encontrar solución a tal estado de cosas Los pareceres más diversos y extraños se discutieron”
Ante una situación imposible de resolver con los recursos disponibles del ego y de la conciencia, emerge la acción del misterio, de lo trascendente, de lo absoluto, como una intervención que posibilita la transición y el despliegue de aspectos hasta entonces no presentes.
El Sí Mismo o Self: lo creativo primordial
En el mito de Yuruparý, cuando las mujeres no encuentran solución ante la inminente extinción de la comunidad provocada por la falta de hombres jóvenes, el viejo payé, que las observaba mientras se bañaban en el lago, las fecunda mágicamente, dando lugar al surgimiento de una nueva generación.
“—Ahora, —dijo el payé—, cada una lleva en sus entrañas el germen de la vida. En verdad, todas estaban en estado de gravidez: él las había fecundado sin que ellas siquiera lo sospecharan. Hecho esto, el viejo payé, con una agilidad rara para su edad, trepó a la Sierra de Duba. Llegado allí lanzó un grito prolongado: —éééé … y se precipitó en el lago, cuya superficie quedó cubierta de un polvo blanco. Era el polvo con el cual el payé, que no era viejo como parecía, había ocultado su juventud”
Jung señala que en las mitologías de casi todas las culturas tradicionales aparece la noción de una energía primordial, una potencia creativa que actúa tanto en la naturaleza como en el destino individual y colectivo, y que suele ser simbolizada a través de elementos como el sol, el fuego, el viento o la luz, venerados como expresiones de lo divino y de lo absoluto. Esta misma energía puede encarnarse también en la figura del anciano o la anciana sabia, líderes espirituales de la comunidad, depositarios de un conocimiento originario y mediadores entre lo humano y lo trascendente.
A nivel psíquico, Jung vincula esta energía o imagen con su concepción del Sí-Mismo (Self), un principio numinoso e incognoscible que habita en lo más profundo de la psique y orienta al individuo hacia la realización de su potencial más singular, promoviendo la integración de las polaridades que nos constituyen. Este proceso puede entenderse como un despliegue progresivo de la totalidad, en el que las dimensiones conscientes e inconscientes, luminosas y sombrías, se articulan en una unidad dinámica.
El Sí-Mismo se manifiesta como una paradoja viviente: es a la vez uno y múltiple, masculino y femenino, consciente e inconsciente, luz y sombra, benefactor y castigador.
Lo numinoso en el mito de Yuruparý remite a lo sagrado y lo espiritual, a aquello que es objeto de culto como fuerza trascendente. En este registro aparecen el Sol y la Luna, así como la figura de una Seucy celestial y etérea, concebida como madre primordial.
“La Seucy de la tierra era la réplica de la Seucy del cielo y creció hasta la edad de los primeros amores tan pura como la estrella de la mañana”
Desde la perspectiva de la psicología junguiana, lo arquetípico no se concibe como una simple abstracción, sino como una realidad dinámica que tiende a encarnarse en imágenes, figuras y acontecimientos concretos.
Los arquetipos, en sí mismos incognoscibles, se hacen visibles a través de configuraciones simbólicas que emergen en el mundo psíquico y se reflejan en el mundo sensible, dando lugar a mitos, sueños, personajes, situaciones históricas y experiencias personales.
En este proceso se establece una interacción continua entre el Sí-Mismo y el ego, entre lo arquetípico y lo manifestado, entre lo «divino» y lo humano, lo eterno y lo contingente, interacción la que se sustenta la transformación de la consciencia.
La hostilidad a lo femenino como miedo a perder la individualidad alcanzada

El tema de la tensión entre Yurupary, los viejos payes, y otros personajes masculinos con los personajes femeninos transcurre durante toda la narración.
Al inicio del mito se menciona “No hace mucho que el Sol me recomendó en el sueño evitar que las mujeres se aproximaran de noche a las orillas del lago. Y les advertí de esta prohibición; y ahora no sólo las encuentro aquí a todas, sino que están además maquinando cosas vergonzosas contra nosotros los viejos, desobedeciendo de esta manera las órdenes de los que gobiernan el mundo”
Desde la perspectiva junguiana los mitos, como los sueños, son concebidos como una representación simbólica de la vida psíquica, en la que cada personaje y cada episodio expresan funciones, tensiones y procesos internos que operan de manera sistémica como parte de la totalidad de la psique. Así, las figuras masculinas no aluden a los hombres en sentido literal, sino a principios de lo masculino en la psique, mientras que las figuras femeninas representan dimensiones de lo femenino, igualmente presentes en todo ser humano con independencia del sexo.
En el mito de Yuruparý, lo femenino aparece como una fuerza originaria y generadora, estrechamente ligada a la naturaleza y al misterio mismo de la vida. Sin embargo, ese mismo poder es percibido por el nuevo orden como una amenaza, en la medida en que representa lo instintivo, lo libre y lo indomable. Así, lo femenino encarna aquello que desborda los límites del orden patriarcal que se intenta instaurar, volviéndose objeto de temor y de control, precisamente porque remite a una potencia previa y más vasta que la conciencia normativa emergente.
“Las mujeres, que hasta entonces eran las únicas que dirigían los asuntos del pueblo, quedaron descontentas al ser excluidas de la futura reunión y se prometieron deponer a quien en tan mal momento habían elegido tuixáua”
Las mujeres son descritas entonces como seductoras, desobedientes, curiosas, impacientes y charlatanas. Se las asocia con la belleza, el placer, la danza y la fertilidad, y —como en muchos otros mitos— se las compara con serpientes, imagen que remite a lo telúrico, lo salvaje, lo no domesticado, con la tentación del mal.
“Si las mujeres de nuestra tierra son impacientes, curiosas y charlatanas, éstas son peores y más peligrosas, porque conocen algo de nuestro secreto. Pocos se resisten a ellas, porque sus palabras tienen la dulzura de la miel de abejas, sus ojos la atracción de la serpiente, y todo su ser tiene seducciones irresistibles que comienzan dando placer y terminan subyugando”
Jung resalta como los aspectos arquetípicos representan una conjunción de opuestos representando fuerzas tanto creativas como destructivas “Todos estos símbolos pueden ser benéficos y auspiciosos o negativos y nefastos … el arquetipo de la gran madre tiene tanto el aspecto bondadoso —nutrición, protección, sabiduría— como el aspecto terrible —serpiente, abismo, muerte—.”
Para abordar el mito desde esta perspectiva de la evolución de la consciencia, resultan especialmente relevantes los planteamientos desarrollados por Erich Neumann en Los orígenes y la historia de la conciencia. Allí propone una ley fundamental del funcionamiento psíquico, válida tanto para el individuo como para las colectividades: el Sí-Mismo, en tanto imagen de la divinidad e impulso hacia la totalidad, asume la forma del arquetipo que encarna la meta del desarrollo en una época determinada, mientras que el arquetipo anteriormente dominante queda relegado a su aspecto sombrío.
Así, en la fase patriarcal, la divinidad adopta rasgos predominantemente masculinos —voluntad, razón, intelecto, objetividad, progreso y diferenciación—, valores que favorecen la expansión del ego y el afianzamiento de la conciencia, de la individualidad. En contraste, lo femenino, que había ocupado una posición central en la fase precedente y se halla estrechamente vinculado al inconsciente y a la naturaleza, es desplazado y resignificado en un registro negativo, llegando a ser percibido como una fuerza caótica, ambigua y potencialmente amenazante.
Se plantea, entonces, que el miedo y la hostilidad hacia lo femenino constituyen un factor estructural en el desarrollo de la conciencia, en la medida en que expresan el temor del ego en formación a ser reabsorbido por las fuerzas primigenias que lo preceden, lo contienen y, al mismo tiempo, lo sostienen.
La conflictividad que se despliega entre los personajes femeninos y masculinos en el mito de Yurupary puede interpretarse entonces como una dramatización simbólica de esta dinámica psíquica.
Relacionado con lo anterior, resulta especialmente relevante la observación del antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff, quien realizó estudios etnográficos con comunidades tukano durante la década de 1970. Según señala, uno de los temas centrales de las canciones que se enseñan a los jóvenes en los rituales de iniciación expresa la profunda preocupación de que estos muchachos “se vuelvan como mujeres” y comiencen a menstruar.
Este motivo simbólico pone de manifiesto el temor a una regresión hacia lo femenino, entendido como una amenaza para la consolidación de la identidad masculina y, en un plano más profundo, para la afirmación de la conciencia diferenciada propia del orden patriarcal.
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano
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