Impacto emocional de la migración

Y Ulises pasaba los días sentado en las rocas, a la orilla del mar

consumiéndose a fuerza de llantos, suspiros y penas.

Fijando sus ojos en el mar estéril , llorando incansablemente.

Odisea, Canto V

La migración es un acontecimiento vital de fuertes implicaciones emocionales para las personas que lo llevan a cabo. Supone distanciamiento de familiares, amigos, espacios, olores y costumbres con los que se han establecido vínculos profundos a lo largo de la vida, así como la confrontación con múltiples cambios y situaciones novedosas en el lugar de acogida. 

La aceptación de las pérdidas y la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias, exigen desplegar los recursos de afrontamiento de los que disponemos. De esta manera, se promueve un proceso de re-acomodación —que luego de un tiempo de malestar y de relativa confusión—, conduce paulatinamente a un restablecimiento de vínculos, proyectos vitales y al enriquecimiento de la propia identidad.

En el proceso de re-acomodación podemos distinguir tres factores que intervienen de manera positiva o negativa: en primer lugar el contexto de origen, en segundo, el contexto y circunstancias del lugar de acogida y, finalmente, los recursos psicológicos de la persona que realiza el proceso migratorio. 

El contexto de origen hace referencia a las motivaciones de la migración, a las circunstancias económicas, sociales y afectivas con las que nos encontramos antes de partir. De la particularidad de estos elementos depende cómo experimentemos el proceso de aceptación de las pérdidas que implica el proceso migratorio. Un ejemplo podría ser la persona que por motivos económicos decide emigrar, dejando en su país de origen hijos o padres mayores o enfermos a los que no puede ayudar ni visitar. En este caso, el proceso de aceptación resulta más complejo en comparación con alguien cuyo motivo de migración sea estudiar y abrirse caminos profesionales. En este último caso la realidad de la persona  estaría más acorde con las expectativas de su momento vital y el distanciamiento no implicaría la desatención de personas cercanas.

La intensidad, variedad y cantidad de adversidades con las que nos tenemos que enfrentar en el lugar de acogida, también inciden para que el proceso de adaptación se lleve a cabo de manera fluida o, por el contrario, se constituya en fuente de un malestar desbordante. Una gran disparidad idiomática y de costumbres puede dar lugar a mayor fuente de tensión emocional que la que se presenta si estos elementos son más cercanos a los de nuestra cultura de origen.

Otros factores generadores de fuerte tensión emocional son la situación de ilegalidad, la precariedad laboral, la enfermedad, el confrontarse con circunstancias de menosprecio o exclusión por la condición de emigrante o por el origen étnico. 

De todas maneras, aún en circunstancias favorables, tenemos que confrontarnos con sentimientos de soledad, con el choque de nuestras expectativas con la realidad con la que nos encontramos, con la lucha por la supervivencia, así como con la necesidad de construir redes de apoyo y vínculos sociales.

El tercer elemento que interviene son nuestros propios recursos psicológicos. Estos se construyen a través de las experiencias que hemos vivido y son el resultado de cómo hemos asumido pérdidas anteriores y de la forma en que nos confrontamos en las situaciones novedosas. 

Ante situaciones inéditas o generadoras de frustración, algunas personas optan por evitar los eventos y sentimientos, otras se enferman, hay quienes fantasean y añoran escenarios idílicos, otros se enojan o se entristecen. Estos mecanismos son normales y necesarios, sólo se constituyen en un problema cuando impiden que la persona sea capaz de afrontar y modificar su realidad, es decir, de  transformar aspectos propios y del entorno que le permitan seguir desenvolviéndose.

La migración no se considera en sí misma como causa de trastornos de la salud mental pero puede llegar a constituirse como un factor de riesgo y vulnerabilidad para el desarrollo, eclosión o intensificación de problemáticas previas, debido a la multiplicidad de elementos estresantes que usualmente conllevan los procesos migratorios. El aumento de la tensión psíquica puede hacer disminuir el umbral de tolerancia ante los conflictos nuevos y antiguos, que a la larga pueden conducir a un malestar emocional desbordante. 

Debido a las situaciones extremas a las que se enfrentan muchos de los emigrantes en la actualidad, y que en muchas ocasiones sobrepasan sus capacidades de adaptación, desde hace unos años se ha descrito en el área de la salud mental lo que se denomina el Síndrome del emigrante con estrés crónico o Síndrome de Ulises. 

El nombre del síndrome hace alusión al héroe mitológico que se vio abocado a enfrentarse a múltiples adversidades lejos de su tierra y sus seres queridos. Entre los síntomas propios de este síndrome se encuentran: tristeza profunda, sentimientos de fracaso, llanto, culpa, tensión y nerviosismo, preocupaciones excesivas y recurrentes, irritabilidad, insomnio, así como somatización en forma de dolores de cabeza y fatiga. Estos síntomas se consideran reacciones normales antes situaciones límite en un contexto hostil. Pueden llegar a remitir temporalmente y reaparecer cuando las circunstancias estresantes aumentan. En ocasiones se presentan todos los síntomas o sólo algunos de ellos.

Algunas estrategias para cuidar nuestra salud mental ante el impacto emocional de la migración pueden ser:

• Procurar mantener o retomar ritmos y rutinas estables de comida y de sueño.

• Hacer ejercicio y mantener una dieta sana.

• Vincularse a redes que sirvan de marco de referencia y apoyo (centros cívicos, casales).

• Expresar los sentimientos que nos generan las nuevas situaciones y las pérdidas. (con amigos, escribiendo, dibujando).

• Buscarle sentido constructivo a las circunstancias adversas.

• Tener presentes las motivaciones para haber decidido migrar y si es necesario replantearlas.

• Procurar conocer e interesarse por las posibilidades e intereses que nos ofrecen el nuevo contexto y cultura.

Un acompañamiento terapéutico resulta necesario cuando los síntomas anteriormente descritos resultan especialmente disruptivos para el desarrollo de nuestros proyectos vitales. Es especialmente útil para acompañar los procesos de duelo, así como para potenciar los recursos de afrontamiento y adaptación.

La tensión de la migración también puede constituirse en fuente de viajes de autoconocimiento y transformación interior. El verse inmerso en lugares, códigos, palabras y hábitos ajenos puede movilizar un extrañamiento hacia sí mismo que desvele nuevas potencialidades y aspectos de la personalidad —que en situaciones conocidas y cotidianas se mantendrían ocultas—. En estas circunstancias, una terapia acompaña y favorece las posibilidades de este viaje interno.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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