Sobre viajeros, turistas y extranjeros como tontos sabios

Qué tal si deliramos por un ratito

qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia

para adivinar otro mundo posible.

Eduardo Galeano

Por el desconocimiento de las maneras de ser y las prácticas locales, al turista y al extranjero se le puede llegar a percibir como extraño, algo tonto y pueda que incluso como un poco loco. 

Cuando estamos de viaje  o residimos en un país extranjero buscamos distanciarnos —en la medida de nuestras posibilidades—, del estereotipo del turista y de la torpeza que se le atribuye. Sin embargo, gran parte del efecto transformador de los viajes puede estar relacionado con que, cuando nos encontramos en un lugar extraño, las circunstancias nos convocan a experimentar lo que en la mitología y literatura comparada se ha denominado como el arquetipo del tonto sabio, el bufón, el loco.

Los arquetipos son motivos o personajes prototípicos que es posible identificar en las narraciones populares, en la literatura y en la mitología de diversos lugares y épocas. Son los personajes habituales de muchas historias expresados con diferentes ropajes: el viejo sabio, la sombra, la bruja, el príncipe, la princesa, el ángel protector, el diablo.  

Para la psicología junguiana los arquetipos no son simples metáforas de las que podemos sacar aprendizajes, sino que son la expresión de factores psíquicos, relacionados con los instintos, que promueven ciertos modos de estar y actuar en las personas. Desde esta perspectiva, los locos y tontos de los cuentos así como los demás arquetipos, son representaciones de aspectos y vivencias que nuestra psique necesita transitar en su proceso de transformación y despliegue de singularidad.  

El arquetipo del sabio tonto

El arquetipo del sabio tonto tiene muchas expresiones y se le atribuyen múltiples funcionalidades. Se encuentra relacionado con el arquetipo del loco, el trickster, el bufón, el payaso sagrado.

En la cultura popular dicho arquetipo tuvo un lugar preeminente durante la Edad Media, época en la que es posible encontrar diversas historias en las que gracias a un loco, un duende tramposo o un tonto se encuentra la solución a una dificultad apremiante o se resuelve un enigma que no se había podido responder por las vías habituales.

Uno de los pilares del arquetipo es que la torpeza o la locura brindan acceso a un ámbito de la existencia que es inasible desde la racionalidad y la formalidad. En el arquetipo se visibiliza una dualidad paradójica entre tontería y lucidez. Expresa una añoranza por la sabiduría intuitiva de nuestro pasado salvaje que se ha ido perdiendo paulatinamente en el proceso de aprendizaje y socialización, pero que se considera es mantenida por los tontos, los locos y los niños. El Quijote y Pulgarcito son algunas de las historias populares en las que el papel del tonto sabio es preponderante.

La Edad Media fue también la época de apogeo del bufón profesional, aquel personaje —en ocasiones con alguna alteridad física o mental—, que tenía la función de divertir a la corte y a quien se le permitía burlarse y cuestionar las decisiones y actitudes del propio rey.  

Era usual, de igual manera, que los habitantes de las pequeñas villas acogieran y cuidaran al tonto o al loco del pueblo. A dicho ser se le atribuía la capacidad de ser mediador entre el mundo ordinario y el mundo divino, en ocasiones también se le asociaba con aspectos demoniacos siendo fuente de escarnio. La costumbre de cuidar al loco del pueblo aún se mantiene vigente en algunas comunidades rurales.

Este arquetipo está relacionado con lo inesperado, con la aventura, con lo incierto, con la ambigüedad, las trampas, con la risa, el hedonismo, el juego, el comercio, lo irracional, la creatividad y la imaginación; también con el caos del que emerge un nuevo orden, con lo anárquico, los inicios, el traspasar fronteras y salir de los convencionalismos, con la irreverencia, con los vagabundos, con los locos y por supuesto con los viajeros y los viajes en los que en algunas ocasiones pueden llegar a confluir muchos de los aspectos anteriores.

El viaje como trance

El viaje evoca movimiento, hace referencia a un desplazamiento, a un tránsito, a un trance que nos ubica en un estado efímero y liminal en el que nuestros sentidos y nuestra mismidad se encuentran de alguna manera alterados. El viaje como espacio liminal puede ser considerado como un periodo de transformación de un estado de menor a mayor complejidad.

Como a todo ente liminal, al viajero se le da licencia para expresar muchos aspectos que se encuentran vedados  al individuo ordinario. Alejados de la gente cercana y los ojos juzgadores, nuestro policía interno se flexibiliza y nos damos la oportunidad de hacer un poco el loco y el tonto, con la libertad y el potencial transformador que aquello conlleva. Muchas de las cosas que hacemos cuando estamos de viaje o viviendo fuera, difícilmente nos las permitiríamos estando en nuestro lugar de origen. 

El desubique y descentramiento que nos proporcionan los viajes, puede ser vivido incluso como una especie de borrachera, que al terminar, es decir cuando regresamos a nuestras rutinas, genera un efecto similar al de una resaca que algunos llaman “depresión post-viaje”. Esta especie de borrachera o trance, es uno de los factores que puede  incidir para que el arquetipo del sabio tonto y el loco se constelen durante un viaje.

El loco: caos y creatividad

Una de las connotaciones de este arquetipo hace referencia al caos, a la confusión, al estancamiento y a la energía que nos impulsa a trasformar dicho estado. Así, nuestros viajes pueden estar motivados por un deseo de salir de la rutina de nuestra cotidianidad; también en ocasiones por el deseo de un cambio profundo de nuestras condiciones de vida, ya sean materiales o psicológicas. 

El deseo de viajar o de vivir en otro país puede surgir entonces luego de un periodo de sensación de vacío o estancamiento, o quizás cuando nuestra situación en cualquier ámbito resulta insatisfactoria emergiendo el deseo intenso de “algo más”.

El arquetipo del loco es considerado el inicio del viaje arquetípico de transformación del héroe en busca de su realización. Todo viajero puede ser considerado como un peregrino en busca de alguna forma de autenticidad y trascendencia que proyecta en los lugares que visita.

El desconcierto y el caos relacionados con este arquetipo pueden emerger al darnos cuenta que nuestra forma de actuar y de pensar no resulta apropiada en el nuevo contexto.  Las circunstancias nos exigen entonces otra perspectiva y quizás también a que acudamos y despleguemos recursos con los que no contábamos, como la intuición o maneras que se apartan de nuestros esquemas formales. La creatividad, la ensoñación y la imaginación son aspectos que se les suelen relacionar con este arquetipo.

La inocencia e ignorancia del tonto como factor psíquico, es la que nos inunda de curiosidad por el mundo desconocido y nos da la apertura para  maravillarnos con lo que nos vamos encontrando.  Lo cotidiano se nos presenta desde una nueva luz.

Diversas obras filosóficas y artísticas han sido atribuidas por sus autores a la capacidad de descentramiento brindada por el desconcierto que les proporciono estar en un lugar foráneo. Este arquetipo nos recuerda también la relatividad de todo sistema social y nos promueve el cuestionamiento de todo aquello que consideramos “natural”.

El arquetipo del tonto se encuentra relacionado también con la espontaneidad y con aquella capacidad de relacionarnos y comunicarnos más allá de categorías y prejuicios. Los viajes nos dan la oportunidad de sorprendernos con la posibilidad de comunicarnos con relativa  eficacia con personas con las que no tenemos algún idioma en común, y de vincularnos con personajes que quizás en la cotidianidad procuraríamos evitar o ignorar.  

El bufón y el despliegue de singularidad

Como viajeros en un lugar extraño somos ignorantes de los códigos y maneras básicas para desenvolvernos de manera apropiada. Lo anterior puede hacer emerger sentimientos de vergüenza ante a las burlas reales o imaginadas de las personas del lugar.  Es entonces cuando entra en juego el bufón, aquel personaje que como se mencionó anteriormente se le tolera a través de la sátira, la crítica mordaz al rey haciéndole caer en cuenta de sus debilidades.

El rey representa nuestro ego infantil, el personaje orgulloso, vanidoso e inseguro que hemos construido buscando la aceptación y la aprobación de los demás.

El acoger al tonto y al bufón de nuestro psiquismo, nos permite darnos cuenta de que el mundo no se acaba por hacer un poco el ridículo,  ya que en la actualidad no dependemos del reconocimiento de los otros en la misma medida que cuando éramos niños.  

Esta comprensión es un recurso para flexibilizar nuestra personalidad y para que nuestras acciones respondan cada vez más a motivaciones genuinas y menos a las expectativas de los demás. Contribuye también a relajar nuestro afán de perfección, aceptando nuestras debilidades mientras reconocemos en su justa medida nuestros potenciales. 

El arquetipo del bufón nos permite entonces tomarnos menos en serio y arriesgarnos a expresar nuestra singularidad, proceso que transcurre durante toda la  vida y que implica fallos, caídas y rectificaciones. Es también el recordatorio de que nunca podemos olvidarnos de jugar y que la seriedad absoluta es árida, aburrida y estéril.

Si en algún momento de nuestra vida abandonamos los caminos transitados de lo colectivo, trascendemos esquemas y optamos por ser fieles a nuestra mismidad y a nuestra vocación, es ineludible que tengamos que aprender a sobrellevar algo de la excentricidad e irreverencia del tonto y el loco, aceptando de buena manera las risitas, descalificaciones y habladurías que nuestro modo de ser pueda generar en los demás.

El trickster: el que no tiene camino fijo nunca se pierde

El trickster por su parte se representa en ocasiones como un duende pícaro  y tramposo.  Es imposible ocultar que como viajeros somos objeto de múltiples timos, engaños y estafas. Si no hemos caído en alguna de ellas probablemente nos sintamos muy listos y orgullosos pero pueda ser también que nos hayamos perdido de alguna experiencia significativa para nuestro ser. Quizás algún aprendizaje relacionado con la ambición, el desengaño o la confianza; o quizás con el bien que proviene del mal o el mal que proviene del bien.  

El trickster es un arquetipo relacionado con el comercio. Es bien sabido que el arte del regateo y el intercambio comercial puede ser una de las actividades más desgastantes pero también fascinantes en nuestros viajes. Seguramente en alguna ocasión nos hemos podido encontrar con algún maestro o maga en dichas artes y, como efecto de su encantamiento, hemos llegado a casa con un objeto que no queríamos ni necesitábamos y por el que hemos pagado un precio desorbitado. Y esta experiencia quizás nos promueva alguna reflexión sobre el juego de nuestras ilusiones y caprichos, o lo manipulable de nuestros deseos, o sobre lo esencial y lo superfluo. 

El triskster, como duende travieso, es el factor que nos induce a perdernos y nos saca de nuestros planes consientes. Es el  arquetipo de las sincronicidades, de aquellas casualidades significativas que suelen presentarse en nuestros viajes.

A veces, después de perdernos en la búsqueda de algún lugar que teníamos planeado, nos encontramos  por casualidad con una persona, un lugar o una situación que resulta ser de las más memorables y significativas de nuestro viaje. Es el arquetipo que nos abre al misterio de la existencia, a lo irracional que complementa nuestra visión racional y estructurada. Nos ayuda a comprender que, en determinadas circunstancias, la vida nos exige soltar el control y fluir con aquellas circunstancias que se nos presentan y trascienden.

El loco de los sueños imposibles.

El  arquetipo de loco y el tonto, es el de la renovación, de los nuevos inicios, el que nos permite dejar atrás aspectos caducos, patrones repetitivos y estrategias que han dejado de funcionar. A veces durante o con posterioridad a un viaje nos podemos hacer más conscientes de todo aquello que necesitamos abandonar.  

Es entonces un arquetipo que nos vincula con la inocencia y energía del niño interior que lo ve todo pleno de posibilidades. Es la inconformidad, el afán de renovación, es la esperanza y la capacidad de imaginar otros mundos posibles para cada uno de nosotros y para nuestra sociedad. Es por lo tanto el factor que nos induce  a los sueños imposibles, a la utopía que aunque no se puede llevar a cabo, se constituye en  el horizonte que nos sirve para caminar, para seguir en el viaje, como bien lo dijo de manera poética el gran loco sabio que reivindicó como pocos nuestro derecho al delirio.

“Ella está en el horizonte. Yo me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. 

Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. 

Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. 

¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar”.

Eduardo Galeano

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

Referencias bibliográficas

Jung, C. G. 1981. Arquetipos e inconsciente colectivo. Barcelona: Paidós.

Nichols, Sallie. 1991. Jung y el Tarot: un viaje arquetípico. Barcelona: Kairós.

Excelente blog con información sobre el arquetipo del tonto-sabio: http://clownludens.blogspot.de/

Video de Eduardo Galeando recitando su poema sobre el derecho al delirio: https://www.youtube.com/watch?v=m-pgHlB8QdQ

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