En busca de El Dorado: el oro filosófico,  la autorrealización o el tesoro difícil de alcanzar  

El descenso a las profundidades traerá consigo la curación.

Es el camino hacia el ser total,

hacia el tesoro que la humanidad sufriente busca eternamente,

que está oculto en un lugar custodiado por un terrible peligro

Carl Jung

El mito del héroe solar, presente en diversas expresiones culturales a lo largo de la historia, es considerado en la psicología junguiana como una representación simbólica del proceso evolutivo de la energía psíquica, es decir, del desarrollo de la conciencia individual y colectiva.

 Esta estructura heroica prototípica no solo es posible identificarla en relatos mitológicos y expresiones artísticas, sino que también aparece de manera espontánea en los sueños y la actividad creativa de todas las personas, así como en los delirios y alucinaciones psicóticas. 

El viaje heroico se orienta hacia una meta simbólica que varía según la tradición y el contexto: la búsqueda de un tesoro, un objeto sagrado, un elixir de vida, la liberación de un pueblo oprimido, el rescate de un ser amado, el acceso a la sabiduría o el retorno al hogar perdido, entre muchas otras representaciones.

Desde la psicología junguiana, todas estas imágenes reflejan el anhelo inherente de la psique por el máximo despliegue de su potencial singular, por la trascendencia y el sentido profundo.

El llamado a la aventura suele implicar una ruptura con el mundo familiar, marcando el inicio de un proceso de maduración y emancipación. Abandonar lo conocido puede vivirse como una transgresión o un desafío a las expectativas impuestas por el entorno, pero es un paso necesario para la evolución del héroe

En nuestra vida también perseguimos metas y nos planteamos objetivos a los que atribuimos la capacidad de brindarnos felicidad o sentido. Nuestra propia piedra filosofal puede tomar diversas formas: el amor de pareja, el éxito profesional, la libertad financiera, una familia ideal, la realización artística, la fama o el reconocimiento social. Quizás si nos desencantamos de estos ideales, es posible que orientemos nuestra búsqueda hacia otras metas que consideramos más profundas como la iluminación espiritual, el desapego total o la experiencia plena del presente. Cada persona persigue su propio tesoro, su «Dorado» personal, que funciona como esperanza de plenitud y realización, guiando su camino y otorgándole propósito.

Nuestra necesidad de pertenecer y ser aceptados nos empuja, muchas veces de manera inconsciente, a perseguir metas que no necesariamente responden a nuestra verdadera esencia.

En ocasiones, además, nuestras motivaciones están condicionadas por experiencias dolorosas del pasado. En estos casos, nuestras metas no son el reflejo del deseo genuino de nuestro ser. sino que están mediatizadas por el resentimiento, las heridas no sanadas o la necesidad de oponernos a aquello que consideramos la fuente de nuestro sufrimiento.

La psicoterapia junguiana se propone como un acompañamiento en el proceso de despliegue de nuestra verdadera naturaleza, de nuestro “oro interior”, aquel potencial único que yace oculto bajo las influencias colectivas, los mecanismos de defensa y las reacciones ante las heridas a las que hemos estado expuestos.

La leyenda de El Dorado

Balsa Muisca

El Dorado es una leyenda surgida en el siglo XV que relata la existencia de un lugar mítico rebosante de oro y riquezas incalculables. La narración se difundió entre los conquistadores españoles en América, entrelazando elementos históricos, culturales y mitológicos.

Se cree que la leyenda de El Dorado se originó a partir de relatos sobre los rituales de coronación de los caciques muiscas, un pueblo indígena que habitaba el altiplano cundiboyacense, en la región central de Colombia. Durante estas ceremonias, el nuevo cacique se cubría con polvo de oro y navegaba en una balsa hacia el centro de una laguna sagrada, donde ofrecía oro y joyas a las divinidades asociadas al agua. Los españoles, al escuchar estas historias, las exageraron  y las transformaron en la leyenda de una ciudad entera hecha de oro.

La promesa de una ciudad de oro, vinculada a diversas ubicaciones, impulsó numerosas expediciones a lo largo de los siglos. Se considera que los representantes de la corona en América fomentaron la difusión de la leyenda, ya que incentivaba a colonos y exploradores a aventurarse en la conquista de nuevos territorios. Por su parte, los indígenas utilizaron la leyenda estratégicamente para alejar a los conquistadores de sus tierras, aprovechándose de su avidez y deseo de riqueza.

Leyendas similares sobre ciudades con riquezas descomunales incluyen a Paititi en la selva amazónica, la Ciudad Blanca en Honduras y las Siete Ciudades de Cíbola en el actual suroeste de Estados Unidos. 

La leyenda de la Sierra de la Plata, por su parte, relataba la existencia de una región rica en metales preciosos, ubicada en lo que hoy son Argentina y Bolivia. Esta narración impulsó numerosas expediciones hacia el Chaco y otras zonas andinas y está estrechamente vinculada al esplendor de las minas de plata de Potosí. De hecho, el nombre «Argentina» proviene del latín argentum (plata), ya que los primeros exploradores europeos asociaron la región con la abundancia de este valioso metal.

Las míticas ciudades de oro no solo forman parte de la imaginería americana, sino que también están presentes en diversas leyendas y tradiciones de otras partes del mundo. La reiteración de esta imagen en múltiples culturas permite reconocerla como arquetípica, es decir, como un símbolo universal que refleja deseos y experiencias comunes de la psique humana.

El oro como objeto de deseo

Poporo Quimbaya 500AC

El oro es un elemento conocido desde la antigüedad no solo por su valor material, sino también por su carga simbólica. 

La palabra «oro» proviene del latín aurum, que a su vez deriva de la raíz indoeuropea aus-, que significa «brillo del sol naciente» La raíz aus también dio origen a términos como «aurora»

El oro ha evocado simbólicamente una cualidad suprema, todo lo que es de oro o se transforma en oro se le atribuye un carácter elevado o excepcional; remite a lo sublime, lo eterno, lo auténtico, lo más valioso. 

El oro,funciona entonces, como la imagen de un objeto de deseo muy preciado. Las medallas de oro representan el mayor reconocimiento por logros excepcionales; la «edad de oro» hace referencia a un periodo de prosperidad y esplendor. Además, el oro se utiliza en objetos litúrgicos o sagrados, con la intención de conferirles una dimensión espiritual y trascendental.

El oro como expresión de la energía primordial, de lo sagrado

Para los pueblos indígenas americanos, el oro poseía un valor espiritual. Su brillo e incorruptibilidad les permitió asociarlo, como en muchas otras culturas, con la imagen del sol, que a su vez aludía a la energía primordial, al fundamento de la existencia.

 Para los egipcios, el oro era la carne del sol y, por extensión, de los dioses y los faraones. En la tradición griega, el oro evoca al sol y toda su simbología: fecundidad, riqueza, dominio, centro de calor-amor-don, hogar de luz-conocimiento-radiación. Apolo, el dios sol, estaba revestido y armado de oro: túnica, broches, lira, arco, carcaj y borceguíes.

La conexión entre el sol y el oro, como símbolos de la inteligencia divina y la fuerza primordial, es recurrente en numerosas culturas. Chevalier señala al respecto: “El corazón es la imagen del sol en el hombre, así como el oro lo es en la tierra”

En Símbolos de Transformación, Jung explora la relación entre el sol, la luz y la energía vital. Sostiene que al adorar a Dios, al Sol o al fuego, lo que realmente se venera es la intensidad o la fuerza, al fundamento de la energía anímica, de la libido. 

Jung menciona como en las mitologías de casi todas las culturas tradicionales está presente la idea de una energía primordial, una potencia mágica que actúa como fuerza creativa tanto en la naturaleza como en el destino de la vida individual y colectiva.

Descrita como eficaz y operante, esta energía ha sido vinculada, e incluso nombrada, con las mismas palabras que el sol, el fuego, el viento o la luz.  Estos elementos han sido venerados a lo largo de la historia  como expresiones simbólicas de lo divino, el misterio y lo absoluto. 

El oro, como símbolo, actúa como un puente entre lo terrenal y lo divino. Su brillo, durabilidad e incorruptibilidad lo convierten en un material que trasciende lo mundano, representando la pureza y la eternidad. Su asociación con reyes, caciques o  emperadores refleja el intento de atribuirles a estos personajes un origen celestial, una naturaleza divina o un mandato sagrado. 

Al ser considerado un material que no se deteriora con el tiempo, el oro también simboliza la inmortalidad, el poder absoluto y la conexión directa con lo trascendental, lo que refuerza la idea de que aquellos que lo poseen están por encima de lo humano.

El Oro como alusión al Sí Mismo: la hipótesis necesaria

Jung plantea la existencia de un factor psíquico relacionado con la energía primordial arquetípica, el cual es descrito como incognoscible y numinoso,  al que denominó el «Sí Mismo» o «Self».

El Sí Mismo se describe como una fuerza inefable que reside en lo más profundo de la psique, impulsando al individuo hacia el despliegue de su máximo potencial singular, hacia la manifestación de su naturaleza más íntima.

El Sí Mismo se manifiesta como una paradoja viviente: es a la vez uno y múltiple, masculino y femenino, consciente e inconsciente, luz y sombra. El self promueve en el individuo la integración de estas polaridades constitutivas,  en estructuras cada vez de una mayor complejidad.

En su artículo sobre la personalidad mana, Jung describe al Sí Mismo como:  “Ese «algo»  que es ajeno a nosotros y a la vez sumamente próximo, nosotros mismos y a la vez lo que nosotros no podemos reconocer, un punto central virtual de una constitución tan misteriosa que puede reivindicarlo todo, incluso su parentesco con animales y dioses, cristales y estrellas…Ese algo reclama también todo eso, y no tenemos nada en nuestras manos con que corresponder equitativamente a esa exigencia, y aun así nos sentimos aliviados al oír su voz..En apariencia, los comienzos de nuestra entera vida anímica tienen su origen inextricable en este punto, y todas las supremas y ultimísimas metas parecen tener en él su fin. No hay modo de escapar a esta paradoja, tal y como ocurre siempre que intentamos describir algo que transciende los límites de nuestro entendimiento” 

Jung reconoce al Si-mismo como un constructo que no puede demostrarse de manera científica pero que funciona como  una hipótesis necesaria  que  se justifica psicológicamente.  Señala entonces que “la idea de un sí-mismo es en sí y para sí un postulado transcendente que, si bien puede justificarse psicológicamente, científicamente no se puede demostrar. Dar un paso más allá de la ciencia es un requisito indispensable del desarrollo psicológicos aquí descrito, porque sin este postulado no sabría cómo describir satisfactoriamente los procesos psíquicos que empíricamente tienen lugar. De ahí que el sí-mismo reclame para sí por lo menos el valor de una hipótesis, al igual que la estructura del átomo…el sí-mismo es algo vivo y sumamente poderoso que desafía todas mis capacidades interpretativas. No pongo en absoluto en duda que el sí-mismo sea una imagen, pero es una imagen en la que estamos todavía contenidos”

Varias de las cualidades asociadas al oro sirven para acoger atributos vinculados al Sí Mismo. Tanto el oro como el Sí Mismo se relacionan con lo eterno, lo incorruptible, lo luminoso, lo excelso, lo puro, lo inalterable, lo sublime, lo radiante, lo valioso, lo divino, lo trascendente, lo esencial, lo noble, lo perfecto, lo armonioso. 

El Sí Mismo es concebido  como la manifestación de la “chispa divina” en cada individuo. Se experimenta, según Jung, de forma subjetiva como una necesidad apremiante y casi irresistible de ser uno mismo, de realizar la propia esencia, del mismo modo que cada organismo debe inevitablemente adoptar la forma que corresponde a su naturaleza. Desde la perspectiva de la psicología analítica la meta de la vida se plantea como la realización del Sí Mismo, el despliegue paulatino de nuestro oro interior.

El Self se expresa en los individuos a través de sueños y fantasías de naturaleza arquetípica, los cuales reflejan aspectos profundos del inconsciente. Los sueños que involucran objetos dorados o amarillos, así como niños o niñas rubios, son ejemplos de símbolos que representan el potencial de transformación, el despertar de una nueva conciencia o la conexión con la esencia pura del ser. 

Además, atendiendo al carácter psicoide de lo arquetípico, el Self se manifiesta no sólo a través de aspectos internos (motivaciones, anhelos, miedos, somatizaciones), sino también en las circunstancias de la realidad externa que promueven nuestra maduración. 

La alquimia como refinamiento de la personalidad: el oro filosófico

Jung identificó profundas correspondencias entre su modelo propuesto para la  evolución y transformación psíquica con  las imágenes  de los tratados alquímicos medievales. 

En su autobiografía menciona: “cuando estudié la alquimia vi claro que lo inconsciente es un proceso y que la relación del yo con los contenidos de lo inconsciente motiva una transformación o evolución de la psique…A través del estudio de los procesos individuales y colectivos de transformación y mediante la comprensión del simbolismo de la alquimia, llegué al concepto central de mi psicología, el proceso de individuación”

Desde la perspectiva de la psicología junguiana,  el proceso de maduración de la personalidad se propone como una especie de refinamiento en el  que las emociones crudas, inconscientes de la infancia, asociadas al plomo alquímico, se transforman y se elevan hacia una dimensión más espiritual y  elevada, el oro filosófico.  Este recorrido implica un movimiento que va desde lo concreto hacia lo sutil, de lo inconsciente hacia lo consciente, de lo literal hacia lo simbólico, de lo ilusorio a lo auténtico, de lo indiferenciado a lo singular.   

En la alquimia, este viaje de transformación se ilustra mediante operaciones simbólicas como la calcinación, la disolución, la coagulación y la sublimación, cada una representando una etapa en la transformación. Las operaciones alquímicas pueden ser traducidas en dinámicas psíquicas por las que transita el individuo como parte del desarrollo de su personalidad.  

Se propone entonces que el alquimista mientras trabajaba con los materiales exteriores estaba trabajando también con su propia alma. La piedra filosofal, el oro filosófico,  se convierte en un símbolo profundo del proceso de maduración psíquica, en el que los opuestos  que nos constituyen se armonizan. El anhelo de oro se puede entender entonces como un  anhelo de trascendencia, de integralidad, de totalidad. 

El oro como tao, camino o sentido: las flores amarillas 

Los estudios de Jung sobre la alquimia comenzaron en 1928, cuando se interesó en un tratado de alquimia taoísta chino del siglo XV titulado El secreto de la Flor de Oro.

Este tratado describe un método para desarrollar la «Flor de Oro», símbolo de la luz, del Tao, imagen que alude a una fuente primordial de todo lo existente, de donde todo emerge y hacia donde todo confluye. En el texto se menciona: «Cuando un moribundo no conoce este lugar germinal, no encontrará la unidad de conciencia y vida en mil nacimientos y diez mil eras del mundo».

El concepto oriental del Tao, traducido como sentido, camino o significado, fue asociado por Jung con el oro filosófico de la alquimia occidental, al que, a su vez, vinculó con su noción del sí mismo.

Jung advirtió que la imagen de una  flor de Oro y las flores amarillas aparecían con frecuencia en los sueños y procesos internos de sus pacientes. Este hallazgo despertó su interés y lo llevó a profundizar en su significado psicológico.

En Mysterium Coniunctionis Jung explora la relación simbólica de las flores amarillas con el oro filosófico, menciona como para  un destacado alquimista la celidonia era considerada una planta con propiedades curativas, especialmente para las enfermedades de los ojos, incluida la ceguera nocturna, también era considerada un remedio contra la ofuscación espiritual y la melancolía, estados temidos por los alquimistas. La celidonia se asocia también  con la protección contra las tormentas, entendidas como las borrascas afectivas humanas.  “La celidonia debe su peculiar significado  a la cuaternidad de sus flores doradas.  La analogía del oro significa siempre una acentuación del valor; es decir, con la celidonia se proyecta a la mezcla el valor supremo, idéntico a la cuaternidad del sí-mismo. Cuando se dice de ella que extrae el alma de Mercurius, esto significa desde el punto de vista psicológico que la imagen del sí-mismo (la cuaternidad dorada) extrae una quintaesencia del espíritu ctónico”

La flor amarilla  es un elemento recurrente en la literatura latinoamericana asociada a la suerte, a la desgracia o la muerte.  Pablo Neruda en 1957 publica un poema titulado “Oda a unas flores amarillas”:  “Son florecitas playeras, surgidas en la arena para recordarles a las personas el ciclo de la vida y la muerte: Polvo somos, seremos. Ni aire, ni fuego ni agua sino tierra, sólo tierra seremos y tal vez unas flores amarillas”.

García Márquez cuenta que antes de cumplir los ocho años su abuelo le enseñó que las flores amarillas eran símbolo de buena suerte en su obra las relaciono también con la muerte.  En Cien años de Soledad describe que cayeron de manera abundante luego de la muerte de Jose Arcadio Buendía «Vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas…. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”

El oro filosófico alude al misterio de nuestro singular camino, a la sabiduría de la naturaleza que  teje los hilos sutiles e invisibles que entrelazan nuestra vida y le otorgan sentido. Representa aquello que, desde nuestra experiencia subjetiva, percibimos como suerte, fortuna, desgracia o bienaventuranza.

La psicoterapia junguiana se plantea como un acompañamiento para orientarnos y ser consecuentes con ese camino único, fomentando la conciencia simbólica—también llamada poética—sobre las experiencias que vivimos. Esta forma de conciencia nos permite descubrir el «oro», la luz y el sentido que pueden emerger incluso en las circunstancias más desafiantes.

El oro como iluminación: la ampliación de la consciencia, hacer alma 

Los iconos de Buda, el cáliz, el Sagrado Corazón, el halo de los santos entre otras imágenes sagradas suelen representarse en color dorado, ya que el oro simboliza la iluminación y la perfección absoluta, un reflejo de la luz celestial. 

Para Jung, la idea de la iluminación, presentada como meta del camino espiritual en diversas tradiciones, no es concebida en su modelo psicológico como un estado de trascendencia inalcanzable y absoluto. La iluminación aludiría a un proceso continuo, nunca resuelto, de arrojar luz sobre los aspectos oscuros e inconscientes de la personalidad, en el cual la conciencia sana sus heridas y se expande al integrar y desplegar las potencialidades singulares que contiene.

En su autobiografía, menciona: «La tarea del ser humano es ser consciente del contenido que presiona hacia arriba desde el inconsciente. No debe persistir en su inconsciencia ni permanecer idéntico a los elementos inconscientes de su ser, evadiendo así su destino, que es crear más y más conciencia. Por lo que podemos discernir, el único propósito de la existencia humana es encender una luz en la oscuridad del mero ser. Incluso se puede suponer que, al igual que el inconsciente nos afecta, el aumento de nuestra consciencia afecta al inconsciente.»

Se plantea, además, que nuestros dramas y padecimientos individuales están vinculados a la dinámica de la conciencia colectiva, la cual también atraviesa un proceso de transformación y complejización. De este modo, el desarrollo de nuestra propia conciencia y los esfuerzos por iluminar nuestra sombra no solo nos enriquecen a nivel personal, sino que también contribuyen a la evolución de la conciencia colectiva, que a su vez influye en la vida y el desarrollo de cada individuo.

Cada experiencia humana, plantea Edinger,  “en la medida en que se vive en la conciencia, aumenta la suma total de la conciencia en el universo. Este hecho proporciona el significado de cada experiencia y le da a cada individuo un papel en el actual drama mundial de la creación”

Encontramos el oro cuando somos conscientes de la interdependencia que nos vincula con el resto de los seres de la existencia, cuando nos percatamos de que el bien que hacemos o el mal que infringimos nos lo hacemos, en alguna medida, a nosotros mismos. Al comprender que nuestras acciones tienen repercusiones en el todo, somos capaces de actuar con mayor empatía, respeto y sabiduría, reconociendo que nuestro bienestar está intrínsecamente ligado al bienestar de los demás.

El oro como la búsqueda de lo eterno,  lo numinoso, lo esencial

El oro está relacionado simbólicamente con la imagen de la piedra, que para Jung representa “algo permanente que nunca puede perderse ni disolverse, algo eterno que algunos han comparado con la experiencia mística de Dios dentro de la propia alma”

Jung planteó que el propósito central de su enfoque psicoterapéutico no era  el tratamiento de las neurosis, sino el acercamiento a lo numinoso, un término que alude a la experiencia  de lo eterno, del misterio, de lo sagrado y trascendente. Consideraba que las perturbaciones psíquicas  no derivan únicamente de conflictos personales, sino de una pérdida de conexión con un sentido más profundo de la existencia. 

El acercamiento al misterio fue considerado por Jung como la verdadera terapia, ya que sostenía que, en la medida en que el individuo experimenta lo numinoso, se libera de la maldición de la patología, planteando incluso que la enfermedad misma podía adquirir un carácter numinoso, es decir, se le podía dotar de sentido. 

Jung propuso además que la pregunta fundamental y más reveladora ante las circunstancias que nos confrontaban en la vida era si aquello que nos preocupaba estaba o no relacionado con lo eterno, con lo infinito, con lo esencial o tiene que ver más con intereses cambiantes y superficiales.  “Sólo si sabemos que la cosa que realmente importa es infinita podemos evitar fijar nuestros intereses en cosas fútiles y en todo tipo de objetivos que carecen de verdadera importancia. Así entonces, exigimos que el mundo nos conceda reconocimiento por las cualidades que consideramos como nuestras posesiones personales: nuestro talento o nuestra belleza. Entre más un hombre hace énfasis en falsas posesiones, y entre menos sensibilidad tiene a lo esencial, menos satisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados, y el resultado es envidia y celos. Si entendemos que aquí en la vida tenemos un vínculo con algo infinito, nuestros deseos y actitudes cambian”

Resalta además que la conciencia de nuestra vinculación con lo eterno, transforma los deseos y las actitudes “En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida” planteó en su autobiografía. 

El oro como paradoja:  el dinamismo y vinculación de las  polaridades complementarias

El oro filosófico de la alquimia representa la unión armónica de diversas polaridades, Sol y Luna, Azufre y Mercurio, Fuego y Agua, Cielo y Tierra, Calor y Frío, Luz y Oscuridad, Masculino y Femenino, Espíritu y Materia, El Rey y la Reina.

En Misterium Conjunctionis, Jung menciona que para la alquimia “el fuego purifica tanto como funde en una unidad a los opuestos. Lo que asciende une las fuerzas de lo inferior con las de lo superior, y revela toda su potencia cuando retorna a la tierra”

La idea de las polaridades complementarias está presente en muchas tradiciones filosóficas y espirituales. En la psicología junguiana, se plantea que el desarrollo y la maduración de la personalidad surgen de la energía generada por la tensión entre fuerzas opuestas que nos constituyen: consciente e inconsciente, masculino y femenino, introversión y extroversión, persona y sombra. Jung sintetizó esta visión con una afirmación reveladora: “La vida solo nace de la chispa de los opuestos”

Los aspectos que conforman una polaridad se consideran interdependientes, lo que implica que un polo no puede existir sin el otro. Para que el movimiento y el funcionamiento sean fluidos, es necesario un equilibrio dinámico entre ambos. Por ejemplo, al pedalear una bicicleta, el avance depende de la alternancia entre una acción activa y otra receptiva en cada pie. De manera similar, en la danza, el movimiento fluye gracias a la compensación constante de apoyos y pesos, tanto en el propio cuerpo como en coordinación con la pareja. 

A nivel psicológico, Jung explica este concepto de la siguiente manera: “En términos de energía, la polaridad significa un potencial, y donde existe un potencial, existe la posibilidad  de una corriente, un flujo de eventos, porque la tensión de los opuestos lucha por el equilibrio”. 

Cuando nos identificamos exclusivamente con uno de los polos y lo asumimos como absoluto, en lugar de entenderlo como relativo, dinámico y cíclico, se genera un desequilibrio. Esto rompe la conexión interna que permite el movimiento armónico y equilibrado.

Edinger resalta en este sentido que, como parte del proceso de creación de la conciencia, “al principio seremos arrojados de un lado a otro entre estados de ánimo y actitudes opuestas. Cada vez que el ego se identifica con un lado de un par de opuestos, el inconsciente se enfrentará a uno con su contrario. Gradualmente, el individuo se vuelve capaz de experimentar puntos de vista opuestos simultáneamente. Con esta capacidad, alquímicamente hablando, nace la Piedra Filosofal, es decir, se crea la conciencia”.

Para Edinger, la conciencia surge de la interacción entre logos y eros, es decir, entre el pensamiento discriminador-diferenciador y la capacidad vinculativa-conectiva de la psique. Esta tensión entre ambas dimensiones genera el desarrollo y la expansión de la conciencia. La creación de la conciencia, en este sentido, no es un proceso lineal, sino uno dialéctico que emerge de la interacción y reconciliación de estas fuerzas opuestas dentro de la psique.

William Blake señaló: «Sin contrarios no hay progreso. La atracción y la repulsión, la razón y la fuerza, el amor y el odio, son necesarios para la existencia humana»

Encontramos oro cuando podemos acoger en una paradoja lo que antes percibimos como una oposición o una contradicción. Cuando somos capaces de percibir un fenómeno o una experiencia como lo uno y lo otro, en lugar de como situaciones excluyentes. 

El proceso de individuación se propone como la capacidad de asumir paradojas cada vez de mayor complejidad e integralidad. Para que esto se lleve a cabo es necesario «mantener la tensión de los opuestos» o “aguantar el tirón” como lo nombra Carretero,  lo que  en ocasiones pueda resultar  incómodo o doloroso.  Al soportar la tensión de los opuestos surge una tercera condición que trasciende al estado anterior y representa un nuevo quantum de conciencia. 

El oro y  la función trascendente, el dejar suceder, la experiencia del sentido

El orden superior en la psique, plantea Jung, no se construye mediante un acto de voluntad o de comprensión racional, sino a través del “dejar suceder”, de soportar la tensión generada por las oposiciones internas.

De la tensión sostenida emerge una nueva síntesis, más compleja que la anterior, que no es simplemente una suma de los opuestos, sino una integración que trasciende ambos aspectos, tomando lo mejor de cada uno. 

Este proceso es posible gracias a lo que Jung llamó la función trascendente de la psique, que implica, en cierta medida, que el ego renuncie a su afán de controlar y moldear las circunstancias según sus expectativas y permita que lo psíquico suceda. Al respecto, Jung señaló: “Para nosotros, esto es un verdadero arte, del que infinidad de personas no comprenden nada, ya que su consciencia interviene constantemente, ayudando, corrigiendo o negando”

El oro es la experiencia del sentido, el significado que emerge cuando nuestros intentos de forzar la realidad según nuestras expectativas resultan infructuosos. Como señala Jung: “Cuando se han hecho añicos todos los apoyos, todas las muletas, y ya no hay en ninguna parte seguro alguno que ofrezca protección, solo entonces se da la posibilidad de vivir un arquetipo que hasta ahora se había mantenido escondido en el sin-sentido. Es el arquetipo del sentido, que, como el ánima, representa por excelencia el arquetipo de la vida”.

El oro útil como aleación o completud: la ecuación arquetípica

La utilidad del oro no radica en su pureza, sino en su capacidad para formar aleaciones, combinándose con otros metales para crear materiales más fuertes y resistentes. La alquimia nos enseña que el verdadero oro filosófico, la plenitud, se alcanza cuando abrazamos la dualidad y la transformamos en una unidad armónica, a la vez firme y flexible.

De manera análoga, la psicología junguiana no concibe la individuación como un estado de pureza, perfección, bondad, excelencia, alegría, certezas o bienestar absoluto. La identificación unilateral con estos valores implica marginar y excluir la otra mitad de la existencia. Aspectos como la tristeza, la enfermedad, la duda y el error no solo son inevitables, sino indispensables para alcanzar un equilibrio auténtico y dinámico. Jung afirma que la meta del individuo no es convertirse en una persona buena, sino en una persona completa.

La analista Marion Woodman hace una lúcida y esclarecedora distinción entre escoria como una impureza que debilita el metal y la aleación que es una impureza que lo fortalece “El alma, como el oro, si es demasiado refinada o pura se vuelve blanda y no logra mantener su forma. Necesita contener una impureza que le permita endurecerse y conservar una forma identificable. Si el alma cree que está por encima de toda identidad, por ser demasido pura para tener forma (tal como sienten las anoréxicas o las obesas), entonces considerará la aleación del cuerpo como una escoria. La tarea de la mujer es perseverar con el cuerpo hasta reconocer que no es escoria sino aleación. Y la forma de hacerlo es permitir que el cuerpo juegue, darle espacio y permitirle hacer los movimientos que desee hacer”

Los arquetipos, representados a través de dioses mitológicos, reflejan las energías psíquicas fundamentales que conforman nuestro ser. Desde tiempos antiguos, las deidades han simbolizado características y conflictos internos, permitiéndonos comprender nuestras propias motivaciones y deseos.

El oro útil es la aleación única, la ecuación singular de los factores arquetípicos que habitan nuestra psique y que buscan su realización. Este reparto único de “dioses” y “diosas” internos es particular para cada persona, ya que refleja su configuración individual de deseos, conflictos y potenciales.  

La ecuación arquetípica se va actualizando a lo largo de la vida. En una etapa, las circunstancias o nuestro camino pueden haber estado más marcados por la energía de Marte, con su capacidad de acción y lucha. En otro momento, Hestia y su influencia para construir hogar pueden haber tenido una presencia más destacada. Quizás fue Saturno quien nos permitió forjar disciplina y estructura, y en períodos de transformación profunda, Dionisio nos invitó a abrazar el caos para renacer.

El oro como el paraíso  perdido: lo femenino denostado

Es una constante en diversas mitologías e historias de todos los pueblos la imagen de la caída de un estado de armonía, la expulsión de una tierra paradisíaca o el paulatino alejamiento de la fuente sagrada. Estas representaciones aluden a la pérdida o deterioro de una conexión original con lo divino, lo instintivo o lo inconsciente, así como a la ruptura de la unidad primordial y la caída en la dualidad, donde la existencia se percibe fragmentada en opuestos en tensión.

Esta caída o expulsión suele presentarse en las narraciones no solo como inevitable, sino también como necesaria, ya que es condición indispensable para el desarrollo de la individualidad y la conciencia. 

El anhelo de regresar a esa armonía originaria, a esa edad dorada, a la tierra prometida, se configura como una meta fundamental. La vida, en este sentido, se plantea como un viaje de retorno a la fuente primordial, pero ahora con la conciencia y los aprendizajes adquiridos en el camino.

Desde la perspectiva de la psicología junguiana, se considera que, como parte del proceso evolutivo del desarrollo de la conciencia, lo inconsciente, vinculado simbólicamente a lo femenino y a la naturaleza, es percibido por el ego en formación como algo bárbaro, hostil y caótico, que debe ser sometido y reprimido. 

El rechazo de lo inconsciente y el alejamiento de la naturaleza primordial se relacionan con la sobreidentificación con la racionalidad y el progreso, así como con el «endiosamiento» de la conciencia, que caracteriza el punto de vista colectivo predominante.

Jung señala que la civilización occidental se caracteriza por una actitud soberbia, rapaz, explotadora y abusiva hacia todo aquello que, simbólicamente, se asocia con lo femenino: la naturaleza, el cuerpo, las emociones, la imaginación. Lo anterior ha dado lugar a un desequilibrio y una crisis colectiva que se manifiesta como un estado de escisión, fragmentación y desorientación.

El alejamiento de lo inconsciente, el predominio del pensamiento racional técnico, artificial y digital, se experimenta como una compensación en forma de anhelo por lo artesanal, lo natural, por una añoranza de experiencias emocionales y corporales, por el interés en los encuentros cara a cara, así como por los objetos y lugares con alma.

El estado de fragmentación y el anhelo de alma constituyen, a la vez, un síntoma y una expresión de la transición hacia un nuevo orden, en el que lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, lo consciente y lo inconsciente, así como la racionalidad y la intuición, se relacionen de manera colaborativa y complementaria en todos los ámbitos de la existencia.

El anhelo de oro, la añoranza de la edad dorada, de la patria psíquica que plantea Hermann Hesse, representa el deseo de recobrar la armonía perdida durante el proceso de desarrollo de la conciencia, un retorno simbólico a un estado primordial de integración y equilibrio.

El proceso de desarrollo psíquico es concebido por la psicología junguiana como un movimiento en espiral ascendente  que  implica la construcción de un  ego lo suficientemente fuerte para no ser disuelto por lo inconsciente, y a la vez,  con la flexibilidad apropiada para conseguir nutrirse  y ser afectado por el influjo de lo arquetípico, esto es,   de  lo instintivo, de las pulsiones internas que contienen la sabiduría atemporal de la naturaleza.

El oro como anima, la gran seductora: la búsqueda del amor verdadero

La imagen del oro y sus equivalentes simbólicos se presenta en las historias populares como ejerciendo una atracción tan poderosa que impulsa a los personajes a emprender las más arriesgadas aventuras y a afrontar los sacrificios más duros para alcanzarlo. En este sentido, puede vincularse con la imagen del ánima, un factor psíquico propuesto por Jung, que representa la alteridad complementaria, el amor verdadero y el vínculo con la interioridad.

Los múltiples rostros y expresiones del Ánima los podemos encontrar en la literatura, el cine, la pintura como diosa, bruja, ángel, doncella, compañera, prostituta. Una de sus expresiones paradigmáticas es la Beatriz de la Divina comedia que guía a Virgilio en el descenso a los infiernos.

Jung describe el ánima de la siguiente manera: “Ella es la compensación tan necesaria por los riesgos, las luchas, los sacrificios que terminan en decepción. Ella es el consuelo de todas las amarguras de la vida. Y, al mismo tiempo, ella es la gran ilusionista, la seductora, que lo atrae a la vida con su Maya –y no sólo a los aspectos razonables y útiles de la vida, sino a sus espantosas paradojas y ambivalencias donde el bien y el mal, el éxito y la ruina. , la esperanza y la desesperación se contrarrestan mutuamente.”

En su escrito sobre   La psicología del Yoga Kundalini Jung relaciona el ánima, con la energía del Kundalini, con la energía vital, con lo que nos permite sentir que la vida merece ser vivida “Kundalini, en términos psicológicos, es aquello que nos impulsa a realizar las mayores aventuras. A veces uno se dice: «¡Maldita sea! ¡Cómo se me ocurrió intentar semejante cosa!». Pero si me doy la vuelta, mi vida queda despojada de toda aventura, mi vida ya no es nada: ha perdido su encanto. Es la búsqueda la que hace vivible la vida, y esto es Kundalini, la pulsión divina. Por ejemplo, cuando un caballero medieval realizaba hazañas maravillosas, como los grandes trabajos de Hércules, cuando combatía dragones y liberaba doncellas, todo lo hacía por su dama. Ella era Kundalini El ánima es Kundalini”

El oro se presenta como aquello que otorga sentido a nuestra existencia, por lo que vale la pena todo sacrificio: la promesa del amor verdadero que llenará los vacíos y pondrá fin a las penurias

Los falsos griales: la proyección o la ficción necesaria, la desilusión como catalizador de la maduración 

Los exploradores emprendieron viajes en busca de El Dorado, motivados por la expectativa de enriquecerse, pero aunque la mítica ciudad de oro nunca fue encontrada, las experiencias vividas en sus travesías pudieron transformar su percepción de sí mismos. De manera análoga, los alquimistas, en su búsqueda del oro material, a menudo se encontraron con el oro filosófico. En ambos casos, la ilusión del oro actuó como un motor que impulsó el viaje, funcionando como una ficción necesaria para el ego, que sin esa fantasía quizá no habría encontrado el impulso para emprender el camino.

En nuestra vida, la persecución de metas exteriores —como el éxito profesional, el reconocimiento o los bienes materiales— puede desempeñar un papel similar. El esfuerzo por alcanzarlas y la exposición a las circunstancias que suponen su consecución generan transformaciones internas que van más allá del objetivo inicial.

Lo mismo ocurre en el amor: cuando proyectamos el oro, la belleza y el sentido en otra persona, el deseo de conquista nos motiva a crecer. Sin embargo, el mayor aprendizaje ocurre cuando esas ilusiones se desvanecen y descubrimos que el oro que buscábamos no estaba allí.

El analista Robert Jonhson plantea que cuando despertamos a una nueva posibilidad en nuestras vidas, a menudo la vemos primero en otra persona “Cuando algo de nosotros que ha estado oculto está a punto de emerger,  no va en línea recta desde nuestro inconsciente a volverse consciente. Viaja a través de un intermediario, un anfitrión. Proyectamos nuestro oro sobre alguien, y de repente nos absorbe esa persona. El primer indicio de esto es cuando la otra persona parece tan luminosa que brilla en la oscuridad. Esa es una señal segura de que algo está cambiando en nosotros y estamos proyectando nuestro oro hacia la otra persona. Nuestro oro va primero de nosotros a ellos y  con el tiempo volverá a nosotros”

El paso del tiempo y la obstinada realidad que se resiste a acomodarse a nuestras expectativas nos obligan a replantear nuestras fuentes de valor y sentido, especialmente cuando hemos proyectado el oro en la juventud, la apariencia o el éxito. En los momentos de desilusión, se abre la posibilidad de mirar más allá de las apariencias y reconocer lo que realmente se escondía detrás de nuestra búsqueda. El objeto exterior, entonces, actúa como un puente hacia su equivalente interior, una realidad más sutil, inefable y misteriosa, que se revela de manera paradójica.

Así, el camino de la vida consiste en comprender que el amor, la belleza, la felicidad, el placer, el poder e incluso la inmortalidad, que al inicio buscábamos en lo externo, pueden ser descubiertos paulatinamente como estados interiores. La transformación ocurre cuando dejamos de perseguirlos fuera de nosotros y comenzamos a cultivarlos desde dentro.

Sin embargo, corremos el riesgo de quedar atrapados en las ilusiones, aferrándonos a falsos griales sin darnos cuenta de que son solo un medio, no un fin en sí mismos. Los puentes existen para llevarnos de un lugar a otro, pero no para quedarnos a vivir en ellos; forman parte del proceso de transformación, no de un estado permanente.

El oro como lo auténtico: quitar los velos de la ilusión

En muchas tradiciones espirituales y filosóficas, el mundo se concibe como una ilusión, y el camino espiritual se entiende como un proceso de desvelamiento de la verdadera naturaleza del ser.

Esta idea aparece en el hinduismo y el budismo con el concepto de Māyā, entendido como el velo que oculta la verdadera naturaleza de la realidad. En la filosofía platónica, se encuentra una noción similar en la alegoría de la caverna, donde los prisioneros solo ven sombras en la pared sin conocer la verdadera fuente de la luz. En la mística sufí, se habla del mundo como un reflejo distorsionado de la realidad divina, y el camino espiritual consiste en atravesar las apariencias hasta alcanzar la verdad oculta. En el gnosticismo, se considera que el mundo material es una prisión creada por un demiurgo y que solo a través del conocimiento (gnosis) se puede despertar a la verdadera realidad.  En algunas corrientes del taoísmo, la percepción común del mundo se ve como una construcción mental limitada, y la práctica espiritual busca alinearse con el flujo espontáneo del Tao, disolviendo las ilusiones duales y de separatividad del yo.

El oro puede ser un símbolo de ese anhelo de lo auténtico, de lo real, de lo que se encuentra detrás del mundo de las ilusiones. 

En  la psicología junguiana el proceso de individuación puede entenderse como el desvelamiento paulatino del auténtico ser, de aquello genuino en cada persona. Aunque este proceso sigue ciertas generalidades, también se considera como camino único para cada individuo, una ecuación personal que nos habita y busca realización.  

Lo auténtico en un niño o una niña, por ejemplo, es desplegar su naturaleza singular de manera espontánea, lo que lo lleva a jugar, explorar, construir límites y desarrollar su identidad a través del cultivo de sus talentos únicos y la integración de sus debilidades particulares. 

La autenticidad no se considera una cualidad fija ni un estado que se alcanza de manera definitiva en algún momento, sino un proceso dinámico que se actualiza a lo largo de la vida. Algún aspecto de la personalidad que en determinado momento fue una expresión genuina del ser puede volverse, con el tiempo, una máscara ilusoria que ya no responde a las necesidades vitales del presente. Para que lo auténtico pueda desplegarse plenamente, es necesario desprenderse de aquellos aspectos ilusorios de la personalidad que han dejado de ser genuinos, permitiendo así que emerja una identidad en sintonía con la evolución interna.

La búsqueda de lo auténtico, del oro psíquico, está estrechamente relacionada con la maduración de la personalidad y la disminución de las proyecciones, es decir, con la reducción de la distorsión en la percepción de la realidad, que se encuentra teñida por nuestros complejos psíquicos, de nuestras heridas, miedos o deseos insatisfechos.

A medida que la personalidad se refina, el filtro con el que interpretamos la realidad —esto es, los juicios, las ideologías y las creencias que mediatizan nuestra relación y percepción sobre ella— se vuelve más sutil.

Este proceso nos permite ver la realidad y a los demás tal como son. De esta manera, dejamos de proyectar nuestro drama interior sobre los otros y comenzamos a percibirlos de manera más auténtica, en su complejidad y verdad.

Sin embargo, este proceso no es meramente intelectual, sino profundamente experiencial, ya que requiere atravesar crisis, confrontar la sombra y aceptar aspectos reprimidos de uno mismo. Solo a través de la integración de estas partes ocultas podemos alcanzar una visión más clara y verdadera, tanto de nosotros como del mundo que nos rodea.

El guardián del tesoro, la lucha con el dragón: el sentido simbólico de los síntomas  

El tesoro en las historias míticas suele estar custodiado por un dragón, un monstruo o una identidad que se convierte en el último obstáculo que el héroe debe superar para acceder a su objeto de deseo. Este desafío no solo es una barrera que debe ser vencida, sino también una prueba que demuestra que el héroe es digno del trofeo. Al enfrentar este obstáculo, el héroe es desafiado a desarrollar las habilidades necesarias para poder acceder al tesoro y hacer un uso adecuado de él. 

El dragón, a nivel psíquico, representa los aspectos que nos mantienen anclados en la etapa anterior del desarrollo y con los que debemos batallar para seguir avanzando en nuestro proceso de maduración. Estos aspectos dificultan el cambio y se manifiestan como pereza, miedo, culpa, inseguridades, patrones de pensamiento o creencias limitantes, traumas no resueltos y adicciones. Al confrontar y superar estos obstáculos internos, no solo logramos superar las barreras que nos frenan, sino que también nos permitimos desplegar nuevas y más renovadas perspectivas y actitudes.

En relación a lo anterior en la psicología junguiana se propone acoger los síntomas como aspectos de nuestra psique que nos interpelan, que tienen algo que decirnos, que aportan un punto de vista que compensa nuestra actitud consciente 

El desciframiento del sentido  del síntoma se propone como   un proceso de reflexión, de interpelación con respecto a las limitaciones que nos impone, a  las  perspectivas que nos promueve, a las paradojas que contiene. El significado del síntoma es particular para cada persona y lo que resulta sanador es el esclarecimiento de la “verdad”, del oro que esconde.

Verdad que para la psicología junguiana es inaprensible en su totalidad, emergen destellos de ella en el proceso de  dialogar y dejarse afectar por los contenidos inconscientes que le subyacen a los aspectos sintomáticos.   

En Acerca de la situación actual de la psicoterapia Jung menciona “la enfermedad no es ninguna carga superflua y por lo tanto carente de sentido, sino que es la persona misma como «otro» al que siempre se ha tratado de excluir, por infantil comodidad, por ejemplo, o por miedo, o por cualquier otro motivo. No debería buscarse la forma de terminar con la neurosis, sino que debería averiguarse qué quiere decir, qué es lo que enseña, cuál es su sentido y su finalidad. Debería aprenderse, en efecto, a estarle agradecido, de lo contrario se habrá desaprovechado y perdido la posibilidad de llegar a conocer lo que uno es realmente. Una neurosis está de verdad «eliminada» cuando la actitud falsa del yo se elimina con ella. No curamos la neurosis, sino que ella nos cura. El hombre está enfermo, pero la enfermedad es el intento de la naturaleza de curarle. Así pues, de la enfermedad misma podemos aprender muchas cosas para sanar, y en aquello que al neurótico le parece absolutamente despreciable está el verdadero oro que no hemos hallado en ningún otro sitio”

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

Todas la fotografías fueron tomadas en el Museo del Oro de Bogotá

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