En mitologías y tradiciones de todos los tiempos y culturas es posible encontrar, de manera recurrente, personajes femeninos que se rebelan contra el sometimiento y la dominación del poder masculino predominante. Se las describe como insurrectas, vengadoras, desobedientes o místicas. Se las representa como brujas, vampiresas, santas o hechiceras, diosas, guerreras o profetisas.
El principio de lo femenino rebelde, desafiante y transgresor —a menudo representado en figuras de rasgos andróginos— suele asociarse a la imagen de la Luna y a las ideas de fertilidad, erotismo, placer, libertad sexual y danza; también se lo relaciona con los ciclos de muerte y renacimiento que rigen en el cosmos, la naturaleza, los pueblos y los individuos.
El principio de lo femenino primordial se encarna en diversas figuras míticas que, desde distintas culturas, expresan una misma esencia: la insumisión frente a la autoridad patriarcal y la afirmación de una soberanía profunda. Inanna, Lilith, Artemisa, Hécate, Kali, Ix Chel y Huitaca son algunas de las manifestaciones de ese linaje arquetípico.
Desde la perspectiva de la psicología junguiana se plantea que lo inconsciente en la psique se personifica como femenino y se experimenta primero como paradisíaco, luego como peligroso y fascinante, y posteriormente como enemigo y hostil.
Las amazonas: insumisas y guerreras
Las amazonas son una de las imágenes más destacadas de este principio femenino insumiso. Según la mitología griega, formaban un pueblo de mujeres guerreras que vivían apartadas de los hombres y gobernaban sus propias ciudades. Se decía que descendían de Ares, dios de la guerra, y que habían hecho del combate su arte y su modo de vida.
Participaron en enfrentamientos célebres contra algunos de los más grandes héroes griegos —Heracles, Teseo, Aquiles— y muchas de sus reinas, como Hipólita, Antíope o Pentesilea, fueron recordadas por su valentía y destreza. Su figura aparece en numerosas obras del arte antiguo, donde se las representa luchando con fuerza y determinación, portando arcos, lanzas y armaduras, símbolos de un poder que las distinguía del resto de las mujeres de su tiempo mítico.
Las amazonas se distinguían principalmente por dos características: eran guerreras feroces e implacables y llevaban una vida apartada de los hombres, a quienes solo buscaban una vez al año con el propósito de concebir. Según algunas versiones, los hijos varones eran devueltos a sus padres; en otras, eran mutilados o sacrificados.
Las amazonas de la Amazonia
Cuando los conquistadores españoles exploraron por primera vez la vasta cuenca del río que hoy conocemos como Amazonas, escucharon relatos de tribus compuestas por mujeres combatientes que vivían sin hombres y luchaban con valentía.
Francisco de Orellana, conquistador y explorador español que descendió por aquel río en 1542, afirmó haber sido atacado por un grupo de mujeres guerreras, a quienes comparó con las legendarias amazonas de la mitología griega.
Inspirado por esta asociación, Orellana dio al río el nombre de río de las Amazonas. Así, el mito europeo se entrelazó con la geografía americana, fundiendo en una sola imagen la fuerza indómita de la naturaleza y el arquetipo de lo femenino guerrero que desafía las jerarquías establecidas
La imagen de lo femenino rebelde y transgresor se encuentra muy presente en el mito de Yurupary.
Lo femenino como tentación y peligro: donde está el miedo está la tarea
En el mito se describe a las mujeres como peligrosas debido a su belleza, a su capacidad de seducción y a las facultades que se les atribuyen para el engaño, lo que las convierte en un riesgo para que los hombres revelen los secretos cuyo mantenimiento se considera imprescindible para la instauración del nuevo orden patriarcal.
En palabras del mito “Los hombres deben tener el corazón fuerte para resistir las seducciones de las mujeres, que muchas veces tratan de engañar con caricias, como sucedió con los viejos que envié aquí. Si las mujeres de nuestra tierra son impacientes, curiosas y charlatanas, éstas son peores y más peligrosas, porque conocen algo de nuestro secreto. Pocos se resisten a ellas, porque sus palabras tienen la dulzura de la miel de abejas, sus ojos la atracción de la serpiente, y todo su ser tiene seducciones irresistibles que comienzan dando placer y terminan subyugando”
La imagen de lo femenino como tentación y peligro aparece en numerosas narraciones de distintas tradiciones, donde la mujer encarna la fuerza que desvía, prueba o pone en crisis la obediencia a lo establecido; sin embargo, esa confrontación se presenta también como necesaria y preparatoria para una nueva etapa en el desarrollo del personaje heroico.
Odiseo se ve tentado por Calipso y por las sirenas; Adán —a través de Eva y la serpiente— se enfrenta al conocimiento prohibido; y figuras como Circe, Pandora o Lilith encarnan asimismo ese principio ambivalente que, al mismo tiempo que amenaza el orden establecido, impulsa la expansión de la conciencia.
Lo que nos genera miedo suele corresponder a aspectos de la psique que están pendientes de integración y realización; el temor funciona, precisamente, como un indicador que señala la dirección en la que la psique necesita desarrollarse. Al confrontar aquello que tememos, se abren nuevas perspectivas y modos de ver indispensables para la maduración y la ampliación de la conciencia. En este sentido, Jung afirma que “para el héroe, el miedo es desafío y tarea, porque solo la audacia puede librarlo de él. Y si no se corre el riesgo, algo en el sentido de la vida se quiebra, y todo futuro se ve condenado a un aplanamiento sin esperanza, a un crepúsculo solo iluminado por fuegos fatuos.”
Para Edinger la serpiente o la tentadora representa el conocimiento o la consciencia emergente “La tentación de la serpiente representa el impulso de autorrealización y simboliza el principio de individuación”
De acuerdo con Erich Neumann, el ánima es el vehículo por excelencia del carácter transformador en el hombre. Es la que mueve, la que instiga al cambio: su fascinación dirige, seduce y anima al hombre a la aventura del alma y del espíritu, a la acción y a la creación tanto en el mundo interno como en el externo. Su imagen suscita una respuesta emocional que puede ser tanto positiva como negativa. Puede experimentarse como la mujer inspiradora, una musa amorosa y creativa, o como la mujer fatal, una seductora. Su personificación abarca desde la prostituta profana hasta Sofía, la sabiduría espiritual.
La desobediencia y la transgresión como factor necesario para el desarrollo de la consciencia.
Los personajes femeninos del mito de Yurupary se resisten de manera constante a las prohibiciones impuestas y no se amedrentan ante los castigos: murmuran, conspiran y cuestionan los mandatos de las autoridades, revelando una oposición persistente que mantiene en tensión el orden patriarcal que se intenta instaurar.
En palabras del Mito “Después de un castigo tan riguroso, las tenuinas, en vez de sentirse espantadas, se exasperaron aún más contra Yurupary, y juraron acabar con él para poder seguir gobernando según su propio capricho”
En muchas historias, el llamado del héroe o de la heroína a madurar y cumplir su misión —su propósito existencial— implica una transgresión necesaria: adentrarse en un terreno prohibido, desafiar una autoridad o apropiarse de un conocimiento vedado.
Inanna, diosa sumeria del amor, la fertilidad y la guerra, roba los me —decretos sagrados del poder y del conocimiento— al dios Enki, apropiándose de los fundamentos del orden divino para llevarlos a Uruk, considerada la primera ciudad de la historia. Libre para elegir a sus amantes, como el pastor Dumuzi, celebra la unión sagrada sin someterse a ninguna autoridad. Su descenso al inframundo, donde es despojada de sus atributos y enfrenta la muerte, simboliza el ciclo de muerte y renovación y su voluntad de trascender los límites impuestos.
Lilith, considerada en la tradición hebrea como la primera pareja de Adán, se niega a aceptar su supremacía y abandona el Edén antes que someterse a una posición subordinada; en la tradición mesopotámica aparece luego como un demonio femenino asociado a las tempestades y la desgracia.
En la mitología griega, Artemisa rechaza el matrimonio y toda dependencia de los hombres, defendiendo su virginidad y su autonomía. Hécate, diosa de la noche, los caminos y la magia, encarna un poder femenino independiente que transita entre los mundos sin someterse a la autoridad de los dioses olímpicos. Asociada a las Empusas —espíritus metamórficos ligados a la ilusión— y a las Lámplades —ninfas del inframundo portadoras de antorchas—, simboliza también las fuerzas que guían el tránsito por la oscuridad.
Kali, diosa hindú de la destrucción y la transformación, desata una furia tan incontenible contra los demonios que ni siquiera los dioses pueden detenerla, hasta que Shiva se tiende a sus pies para apaciguarla. Con su lengua ensangrentada y su collar de calaveras, encarna una fuerza primordial e indómita.
En América, Ix Chel, diosa maya de la luna y la fertilidad, abandona a su esposo Itzamná para seguir su propio camino y regir los ciclos de la naturaleza; y Huitaca, en la mitología muisca, desafía al civilizador Bochica al enseñar a los hombres el goce y la libertad, motivo por el cual es castigada y transformada en lechuza.
En el mito de Yurupary Curán, hija de una autoridad de la región, movida por la curiosidad y el deseo de conocer aquello que les estaba prohibido a las mujeres, se oculta cerca del lugar donde los hombres realizan el ritual secreto de iniciación y logra ver y escuchar los instrumentos sagrados que encarnan la voz de los ancestros. Más tarde regresa junto a las demás mujeres y les revela lo que ha presenciado, describiendo la forma de los objetos, sus sonidos y el sentido velado de las ceremonias.
Desde la perspectiva junguiana, no hay desarrollo auténtico de la personalidad sin la ruptura de normas y tabúes, ni sin transitar por el malestar que ello conlleva. Tanto a nivel personal como social, el crecimiento y los grandes cambios han sido posibles gracias a quienes se atrevieron a desobedecer lo establecido, aun a costa del castigo o el malestar que dicha transgresión suele conllevar.
La curiosidad femenina: el anhelo de consciencia
A lo largo del mito, la curiosidad femenina aparece reiteradamente como un rasgo peyorativo, como una amenaza para el orden que se pretende imponer y es usada como justificación para reforzar su control y sometimiento.
En palabras del mito “Curan, a quien su marido y su padre creían dormida en la maloca, salió tan pronto sus parientes se fueron y los siguió desde lejos hasta la Yurupary-oca; al llegar la noche, desde lo alto de una roca que estaba cerca de ellos, vio todo lo que sucedía y oyó la ley y aprendió la música y el canto de Yurupary. Y cuando aprendió todos los secretos, volvió a la maloca antes de llegar el día, habiéndose forjado en el corazón un deseo que se prometió cumplir”.
Al final de la narración Yurupary describe a la mujer ideal para el nuevo orden de la siguiente manera “Que sea paciente, que sepa guardar un secreto y que no sea curiosa.Ninguna mujer existente hoy sobre la tierra reúne esas cualidades:si una es paciente, no sabe guardar un secreto; si sabe guardar un secreto, no es paciente, y todas son curiosas; quieren saberlo y experimentarlo todo”
La curiosidad femenina aparece en múltiples narraciones como un factor que posibilita el acceso a un nuevo nivel de consciencia. Pandora abre la caja prohibida y libera las fuerzas ocultas del mundo; Eva come del fruto del árbol del conocimiento y accede a una nueva dimensión de conciencia; Psique enciende la lámpara para contemplar el rostro de Eros, inaugurando así un camino de prueba, transformación e individuación; y la joven esposa de Barba Azul, movida por la curiosidad, abre la habitación prohibida y se enfrenta al horror de una verdad que había permanecido oculta.
En palabras del mito: Un día Curan reunió a todas las mujeres fuera de las maloca y les reveló el secreto de Yurupary; les dijo cómo eran los instrumentos y cantó la música y el canto de Yurupary. —Y es por esto, —concluyó— que los hombres han dejado de hacer nuestra voluntad. Para que ellos crean que no sabemos nada, vamos a organizar también nuestro Yurupary y a hacer nuestra fiesta, que debe ser inaugurada con un dabacury de tapioca. De ahora en adelante debemos reunimos aquí todas las tardes para aprender el canto de Yurupary, hasta que pueda robar el instrumento que mi marido tiene escondido.
La curiosidad nos permite salir de la ingenuidad infantil y de los autoengaños que nos mantienen limitados en nuestras posibilidades de expansión y crecimiento. Es la fuerza que nos lleva a indagar en lo no dicho, a desvelar secretos familiares, a interrogar tabúes y a acercarnos a las heridas no sanadas y a las potencialidades no desplegadas que habitan en la sombra. Este impulso atraviesa las barreras internas levantadas por la culpa, el miedo o la resignación —esas fuerzas que resguardan lo reprimido— y permite que aquello que permanecía oculto emerja a la luz de la conciencia. Allí donde la curiosidad se activa, se abre un camino para que lo nuevo se incorpore y la psique pueda transformarse y sanarse.
La represión del placer femenino: el exilio de dionisos, lo titánico como unilateralidad
El placer, el erotismo y la sexualidad de los personajes femeninos aparecen con frecuencia censurados o reprimidos en múltiples relatos míticos, donde el deseo de la mujer se convierte en objeto de control o castigo. Esta represión no recae únicamente sobre el cuerpo, sino que alcanza también su mundo emocional y sensible. En términos simbólicos, puede entenderse como un intento de someter lo dionisíaco —lo corporal, lo instintivo, lo caótico, lo emotivo— bajo el predominio de lo apolíneo, asociado al orden, al deber ser, a la conciencia y a la racionalización.
Para Lopez Pedraza Dionisos, es la fuerza que se opone a lo titánico, es “el el dios de las emociones; el dios más reprimido a lo largo de la cultura occidental; el dios de las mujeres, del vino,de latragedia y el dios que posee una fuerte conexión con la muerte”
Para Rafael López Pedraza, lo titánico designa una dimensión de la psique caracterizada por la desmesura, la rigidez y la hipertrofia de la voluntad, en la que predomina una fuerza p que busca imponerse sin mediación simbólica. Vinculado a la figura de los Titanes de la mitología griega, este registro se manifiesta en actitudes de dominio, exceso y unilateralidad, donde la conciencia se endurece y pierde contacto con la sensibilidad, la imaginación y el alma.
El patriarcado, al temer la fuerza vital y disruptiva de lo dionisíaco, procura controlarlo o expulsarlo. De allí emergen motivos como el de la vagina dentada, que presenta la sexualidad femenina como una amenaza que debe ser dominada, o la demonización de lo dionisíaco como energía peligrosa que debe ser exiliada para preservar el supuesto refinamiento de lo apolíneo.
En el plano sociológico, esta dinámica simbólica se traduce en prácticas históricas destinadas a restringir o mutilar el poder del cuerpo y del sentir femenino. Los cinturones de castidad representan la vigilancia apolínea llevada al extremo: la clausura del cuerpo femenino para evitar cualquier irrupción dionisíaca de deseo o autonomía. La ablación del clítoris, por su parte, funciona como una amputación del placer, pero también como una negación radical de la sensibilidad y de la fuerza emocional de la mujer: es la eliminación simbólica de su “centro dionisíaco” para reforzar su sometimiento.
En el mito de Yurupary, las capacidades de seducción de las mujeres son presentadas como una amenaza para la instauración del orden patriarcal, en la medida en que les permiten influir sobre la voluntad de los hombres y propiciar que estos revelen los secretos a los que ellas no pueden acceder. La represión de la sexualidad se manifiesta, además, en la prohibición de que las mujeres lleven el cabello largo una vez alcanzan la pubertad.
Cuando la hermana de Piñón, Meenspuin, entra en la pubertad y comienza a manifestar deseo sexual, tanto su madre como el propio Piñón lo interpretan como un mal, como una enfermedad que debe ser corregida. Asimismo, se subraya la necesidad de preservar su virginidad, reforzando así el control sobre su cuerpo y su deseo.
En palabras del mito “Llegó Pinon y su madre le pidió que fuera al monte y le buscara algunas raíces de branyi para preparar una medicina para su hermana. —¿Cuál es su enfermedad? —Tiene necesidad de un marido, y como éste no se puede encontrar, quiero medicinarla con brany que tiene la propiedad de disminuir los deseos…Para asegurar la virginidad de la hermana, Pinon la condujo a la Sierra de las Piedras Blancas”
El escarmiento de lo femenino insumiso: la caza de brujas
En el mito de Yurupary, las mujeres que se muestran insumisas y rebeldes frente al nuevo orden que las excluye, son perseguidas y castigadas con severidad, incluso con la muerte.
“Comenzó declarando que sus leyes durarían mientras el Sol iluminara la tierra, y les prohibió terminantemente a las mujeres participar en las fiestas de los hombres cuando estuvieran presentes los instrumentos especiales. La violadora de esta proscripción sería condenada a muerte, y el castigo sería ejecutado por quien primero tuviera conocimiento del delito, aunque fuera su padre, hermano o marido”
El temor al castigo se utiliza como un arma para la sumisión.
“Cuando las mujeres sean conscientes del peligro que corren si no observan nuestras leyes, tú podrás actuar libremente, y celebrar las fiestas de los hombres aquí en la maloca, porque ellas no querrán exponerse a perder la vida. Y si alguna de ellas no obedece, mátala a la vista de todas, para que esto sirva de escarmiento a sus compañeras”
El escarmiento de lo femenino insumiso opera como un mecanismo de control transversal que busca castigar cualquier desviación del mandato patriarcal de pasividad. Este patrón no se limita al plano mítico, sino que encuentra su correlato en lo sociológico: desde la persecución de las “brujas” en la Europa medieval hasta la sanción moral de mujeres que desafían normas de género en distintas culturas, el temor al castigo —material, moral o simbólico— ha operado históricamente como una herramienta de control y disciplinamiento. Así, el castigo no solo sanciona una conducta individual, sino que busca modelar colectivamente lo permitido, reforzando estructuras de poder que restringen la expresión y la agencia de lo femenino.
La caza de brujas constituye uno de los ejemplos más extremos del escarmiento histórico aplicado a lo femenino insumiso, es decir, a aquellas mujeres que encarnaban formas de autonomía, saber o poder no aceptables para el orden patriarcal. Parteras, curanderas, mujeres solas, viudas con propiedades o simplemente mujeres cuya conducta no se ajustaba a la docilidad esperada, fueron acusadas de pactos demoníacos para justificar su persecución.
El castigo público de estas mujeres funcionó como un mecanismo de control social destinado a reprimir la vitalidad femenina, a desalentar cualquier gesto de insumisión y a mantener, mediante el terror, un orden que temía profundamente el poder transformador de lo femenino autónomo. En la actualidad, esto se refleja en formas más sutiles pero igualmente eficaces de disciplinamiento: la deslegitimación de la voz femenina en espacios de poder, la estigmatización de la mujer que expresa su enojo o su ambición, la presión por ajustarse a ideales normativos de conducta y apariencia, y las múltiples sanciones simbólicas —como la ridiculización, el descrédito o el aislamiento social— que aún recaen sobre quienes desafían los mandatos establecidos.
Desde la perspectiva junguiana, este fenómeno puede entenderse como una proyección de la Sombra colectiva. Todo lo que el orden establecido rechazaba de sí mismo —la sexualidad, , las emociones, la imaginación, el conocimiento intuitivo de la naturaleza— fue transferido a la mujer para ser allí combatido. La demonización de lo femenino fue, en última instancia, el mecanismo violento mediante el cual ese orden intentó suprimir los aspectos de la psique que le resultaban perturbadores e inasimilables.
La transformación en piedra: el potencial de redención
El primer castigo ejemplar dictaminado por Yurupary a las mujeres que espiaron el rito masculino de iniciación fue la transformación en piedra
“Cuando más tarde descendieron de la montaña, encontraron a lo largo del camino a las mujeres que habían ido a espiar y las vieron transformadas en piedras. Todas conservaban la apariencia que tenían cuando estaban vivas…allí quedó también la misma madre de Yurupary…Después de un castigo tan riguroso, las tenuinas, en vez de sentirse espantadas, se exasperaron aún más contra Yurupary, y juraron acabar con él para poder seguir gobernando según su propio capricho”
El motivo de la transformación en piedra o en estatua aparece en numerosas tradiciones míticas como simbolo de inmovilizacion y castigo, Medusa petrifica a quienes la enfrentan congelándolos en el instante mismo del terror, la esposa de Lot es convertida en estatua de sal por mirar atrás, encarnando la imposibilidad de desprenderse del pasado; Níobe, en la mitología griega, es transformada en roca tras la muerte de sus hijos, quedando para siempre inmóvil en su dolor; y Calidón, según algunas versiones, fue convertido en roca por Artemisa cuando la vio bañándose desnuda, lo cual materializa la pena por profanar con la mirada un espacio sagradoLa piedra puede entenderse como expresión de lo inmóvil, lo frío y lo aparentemente no vivo. Jung advierte que la unilateralidad del pensamiento racional ha empobrecido la relación simbólica del ser humano con la naturaleza y la materia, despojándolas de su dimensión anímica. Como él mismo señala: “La materia se ha vuelto desalmada” aludiendo a la pérdida de sentido que acompaña a una visión puramente mecanicista del mundo. En este contexto, resulta urgente revisar la actitud que nos sitúa como separados de la naturaleza, en lugar de reconocernos como parte de ella.
Sin embargo, la piedra —símbolo de lo inmóvil y eterno— no representa solo la detención del impulso vital, sino también su latencia: el estado en que lo anímico permanece a la espera de ser liberado. En este sentido, se aproxima al simbolismo alquímico de la prima materia, una sustancia en apariencia inerte que encierra un potencial transformador. Así, la “redención” de la piedra —su ablandamiento o reanimación— remite al proceso de individuación, mediante el cual aquello que ha quedado fijado y rechazado es reconocido, integrado y devuelto al flujo vivo de la psique.
Continúa en Lectura junguiana del Mito de Yurupary parte VI- próximamente
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano
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