La Seucy celestial y la terrenal: el ego como realización del sí- mismo
Tras la peste, la primera generación de descendientes surge por la inseminación mágica del payé o chamán principal, realizada mientras las mujeres se bañaban en el lago.
“Entre los recién nacidos había una espléndida niña, que por su belleza fue llamada Seucy. La Seucy de la tierra era la réplica de la Seucy del cielo y creció hasta la edad de los primeros amores tan pura como la estrella de la mañana”
El nacimiento de la Seucy terrenal como réplica de la Seucy celestial simboliza la manifestación del principio femenino arquetípico en el mundo humano. Su vínculo con la “estrella de la mañana” —símbolo de Venus y del amanecer— expresa la irrupción de una fuerza vital que inaugura un nuevo comienzo, del mismo modo que el alba anuncia el día. Al igual que Venus surgida de las aguas, Seucy emerge también de un principio acuático que fecunda y renueva, reforzando su carácter de matriz originaria de la vida.
La Seucy celestial remite al principio de totalidad: al centro invisible que orienta el desarrollo de la psique y que trasciende la conciencia individual.
En la psicología analítica de Jung, este núcleo ordenador es denominado el Sí Mismo (Self), instancia que abarca y supera al yo consciente, actuando como eje regulador y meta del proceso de individuación.
La Seucy terrenal, por su parte, encarna el ego: la dimensión de la personalidad que se halla inmersa en la experiencia concreta del mundo, ligada a la temporalidad, al conflicto y a las circunstancias históricas. Mientras la figura celestial expresa la totalidad potencial y el orden arquetípico que guía desde lo profundo, la figura terrenal representa la conciencia encarnada que, paso a paso, debe reconocer y realizar en la existencia aquello que ya está inscrito simbólicamente en el plano trascendente.
Desde la perspectiva de la psicología junguiana, el ego está llamado a reconocerse no como centro absoluto, sino como instancia mediadora. Cuando asume esta función, puede volverse un instrumento sensible de las fuerzas profundas que lo habitan y lo trascienden. Así, lo celestial —imagen del Sí Mismo— no anula lo terrenal, sino que lo orienta y lo fecunda; y lo terrenal, lejos de oponerse a lo superior, se convierte en el lugar concreto donde la totalidad busca realizarse y hacerse consciente.
Para Jung «El Sí-mismo, como el inconsciente, es una existencia a priori a partir del cual evoluciona el ego. Es, por así decirlo, una prefiguración inconsciente del ego».
En Ego y Arquetipos Edinger menciona al respecto: «El concepto de que la identidad de uno tiene una existencia a priori se expresa en la antigua idea de que cada persona tiene su propia estrella individual, una especie de contraparte celestial, que representa su dimensión cósmica y su destino. […] El proceso de alcanzar la individualidad consciente es el proceso de individuación que lleva a la comprensión de que tu nombre está escrito en el cielo. […] El hecho es que, incrustado en las manifestaciones de la individualidad inconsciente, yace el valor supremo de la individualidad misma, que espera ser redimida por la consciencia».
Seucy como la madre virgen: una en sí misma
A Seucy se le atribuye la cualidad virginal que comparte con otras madres originarias.
Para la psicología junguiana, lo virginal representa el estado psíquico no fecundado por la conciencia previa, el útero del alma donde puede gestarse una nueva forma de conciencia que hasta entonces permanecía en potencia. Lo virginal no alude a la inocencia sexual, sino a la condición de soltería, de ser una en sí misma y no la contraparte de una figura masculina.
Liz Green lo plantea de la siguiente manera: “Las diosas vírgenes de la antigüedad no eran vírgenes en el sentido de inocencia sexual ya que también trabajaban como prostitutas y regían los misterios de la unión sexual y del nacimiento. Virginal significaba completa, soltera, sin que nadie la poseyera y sin servir o ser esclava de ningún marido o amante. La diosa madre virgen era un arquetipo femenino que copulaba y paría, pero jamás era una esposa o compañera ya que era totalmente ella misma, independiente, reservada, integrada y no dependía de nadie para expresarse. Más tarde, estas diosas fueron entregadas a deidades solares perdiendo su autonomía y sexualidad en una única arremetida del desarrollo social patriarcal”
Esther Harding enfatiza que la diosa virgen no es simplemente el duplicado de un dios masculino sino que tiene un papel propio “ella es la Antigua y Eterna, la Madre de Dios. El dios con el que está asociada es su hijo y necesariamente le precede. Su divino poder no depende de su relación con un dios-marido, y por tanto sus acciones no dependen de la necesidad de conciliar con él o estar de acuerdo con sus cualidades y actitudes. Porque ella lleva su divinidad en su propio derecho”
A nivel psicológico Harding propone que la mujer que es virgen en este sentido es “una en sí misma, hace lo que hace -no por el deseo de gustar, para ser aprobada o aceptada, incluso por ella misma; no por algún deseo de obtener poder sobre otro, captar su interés o amor, sino porque lo que hace es verdadero. Sus acciones pueden, en cambio, ser poco convencionales. Puede tener que decir no, cuando sería más fácil tanto como más adecuado, convencionalmente hablando, decir que sí”
Jung exploró de manera extensa el arquetipo de la virgen, la doncella o la Kore principalmente en su ensayo Los aspectos psicológicos del Kore». Propone entender el arquetipo como una personificación de lo inconsciente colectivo. La Kore, para Jung “ representa a la niña humana convirtiéndose en diosa, al mortal volviéndose inmortal. Esta transformación ocurre a través del sufrimiento, de la violación, del descenso al inframundo; todos símbolos de la necesaria muerte de la ingenuidad y el renacimiento a la conciencia madura».
Jung también subrayó la naturaleza dual de esta figura arquetípica: «La doncella representa tanto el principio como el fin potencial: es lo que fuimos y lo que podríamos llegar a ser. Es a la vez vulnerable y poderosa, inocente y sabia, hija y futura madre»
Sobre la relación del arquetipo con la transformación, menciona «La Kore es esencialmente un símbolo de transición. Es la figura umbral, la que debe pasar de un estado del ser a otro, de la plenitud inconsciente a la individuación consciente».
Comer el fruto prohibido: la transgresión necesaria, el nacimiento del ego

Según el mito, la joven y hermosísima doncella Seucy quedó embarazada al comer un fruto prohibido para las mujeres que aún no habían llegado a la pubertad, pues se creía que despertaba los instintos latentes.
En palabras del mito “Un día quiso comer de la fruta de pihycan y se internó en la selva. Fácilmente encontró la fruta apetecida y no le fue difícil alcanzarla, pues unos monos, antes de que ella llegara, habían hecho caer algunas que, frescas y apetitosas, estaban aún en el suelo…Eran tan suculentas, que parte del jugo se le escurrió por entre los pechos, mojándole las partes más ocultas, sin que ella diera a esto la menor importancia” Fue entonces cuando el jugo del fruto, al derramarse sobre sus vírgenes genitales, la fecundó.
Comer el fruto prohibido es una tema recurrente en historias míticas y cuentos populares, para Edinger, este motivo señala simbólicamente “la transición del estado eterno de unidad inconsciente con el Sí-mismo (el estado instintivo) a una vida real y consciente en el espacio y en el tiempo. En resumen, el mito simboliza el nacimiento del ego. El efecto de este proceso de nacimiento es alejar al ego de sus orígenes”
En el relato bíblico, el acto de comer del árbol del conocimiento no solo simboliza una desobediencia, sino también el acceso a la autoconciencia, la diferenciación y la pérdida de la inocencia primordial. Este gesto conduce a la expulsión del Paraíso: la salida de un estado de unidad inconsciente y protección originaria hacia una existencia marcada por la separación, el trabajo y la responsabilidad.
En uno de sus seminarios, Jung aludió a este motivo mítico al afirmar que “cuando el olor de las manzanas se encuentra en el aire, un paraíso está pronto a llegar a su fin”, sugiriendo que todo fruto asociado al conocimiento, a la tentación o a la vida eterna encierra también la semilla de una caída necesaria: el precio simbólico de toda expansión de la conciencia
Un motivo análogo aparece en la mitología griega: cuando Perséfone —la Kore— come los granos de granada en el inframundo, queda vinculada cíclicamente a Hades. Con ese gesto se desvanece la posibilidad de permanecer de manera permanente en la primavera, en la región luminosa de lo consciente. El alimento ingerido sella un destino: marca el fin de la inocencia infantil y el inicio de una nueva condición. La doncella se transforma así en señora del inframundo, figura que integra luz y sombra, vida y muerte, ascenso y descenso.
En el mito de Attis y la Gran Madre Cibeles no solo está presente el tema del fruto prohibido sino tambien de la fecundación por dicho fruto. En varias versiones antiguas, Attis nace cuando Nana, hija del río Sangarios, recoge un fruto maravilloso —a veces una almendra, otras una granada o un fruto luminoso surgido del árbol fálico de Agdistis— y lo coloca sobre su seno o lo ingiere, quedando de inmediato encinta.
El fruto prohibido que insemina expresa la entrada del espíritu en la materia, del logos, en la naturaleza instintiva, generando el nacimiento de Yurupary como imagen del nuevo orden de conciencia que emerge de la unión entre lo humano y lo divino, entre la oscuridad fecunda de la Madre y la luz transformadora del Sol.
La fase urobórica del desarrollo de la consciencia: la indiferenciación
Erich Neumann describió cómo en los mitos pueden reconocerse las distintas etapas del proceso de evolución de la conciencia, tanto en el plano individual como en el colectivo. La fase más temprana corresponde al predominio de lo femenino primordial, de lo inconsciente.
Para representarla, Neumann recurre a la imagen del ouroboros —la serpiente o el dragón que se muerde la cola—, símbolo de la unidad originaria de todas las cosas y de la dimensión de lo eterno. Esta figura expresa un estado psíquico indiferenciado en el que los opuestos aún no se han separado y todo permanece contenido en una totalidad autosuficiente.
La Seucy celestial, como matriz originaria, encarna ese campo psíquico primigenio del que todo surge y al que todo retorna.
El anuncio de que Seucy dejará de bañarse en el lago, a causa de la transgresión de lo femenino simboliza la ruptura de la unidad primordial y el inicio de un proceso de diferenciación que hará posible el surgimiento de la conciencia individual.
En palabras del Mito «Seucy, la señora del lago, cuyas aguas están contaminadas con esta impureza, no vendrá de ahora en adelante a bañarse aquí».
Vencer el dominio de la madre: superación del estado originario
Yuruparý, héroe civilizador, que representa el ego en formación, mantiene a lo largo del mito una profunda tensión con los personajes femeninos, quienes se rehúsan a acatar el nuevo orden. Por ello les inflige severos castigos. Incluso su propia madre es convertida en piedra por transgredir la prohibición de presenciar el ceremonial ritual del que las mujeres habían sido excluidas.
En palabras del mito “Cuando más tarde descendieron de la montaña, encontraron a lo largo del camino a las mujeres que habían ido a espiar y las vieron transformadas en piedras. Todas conservaban la apariencia que tenían cuando estaban vivas. ¿Quién las había reducido a tal estado? Jamás lo supo nadie exactamente. Lo cierto es que allí quedó también la misma madre de Yurupary”
En muchos mitos y relatos fundacionales es un tema recurrente la confrontación con las figuras parentales. Neumann señala en este sentido que “el héroe debe, en determinadas fases de su desarrollo, enfrentarse y separarse de las imágenes parentales arquetípicas que estructuran el mundo psíquico originario; de lo contrario, la conciencia permanece cautiva del “vientre” de lo antiguo”
Este conflicto se representa con frecuencia como la confrontación con el dragón o la bestia de innumerables relatos, figura monstruosa que encarna el poder devorador de lo arcaico y la resistencia del antiguo orden a ser superado.
Para Neuman el miedo al dragón representa «el temor masculino al elemento femenino en general…Superar el miedo de ser castrado significa vencer el dominio de la madre… Para el yo y para el elemento masculino, el elemento femenino es sinónimo de lo inconsciente… El vientre de la mujer es el lugar de origen de donde se vino”
En la lucha con el dragón —a veces reemplazado en los mitos por la ballena—, el héroe debe llevar a cabo, en la barriga del monstruo, una transformación que le permita ser finalmente liberado por él.
La superación de la estructura patriarcal
En el mito de Yuruparý se describe la transición del matriarcado al patriarcado y se vislumbra, al mismo tiempo, el tránsito hacia lo que Neumann denomina la fase de la transformación, que implica la superación de la autoridad patriarcal, la cual ha sustituido previamente el dominio de la madre.
Dice Neumann: “La transición para el patriarcado lleva a un nuevo énfasis de valores. El matriarcado, o sea, el dominio de lo inconsciente pasa entonces a ser negativo. Es a causa de eso que le da a la madre el carácter de dragón y Madre Terrible. Ella es el aspecto antiguo a ser superado. Surge al lado de ella el tío materno, que, en el matriarcado, es portador del complejo de autoridad… Es portador de aquello que denominamos ‘cielo’, símbolo de masculinidad… es el deber, la prohibición y la coerción… El deseo del niño de matar, se dirige contra esa autoridad que representa la ley colectiva”.
En el patriarcado, el conflicto que comienza contra el tío materno es sustituido luego por el conflicto contra el padre, con la consiguiente necesidad de “asesinar al padre”, sin lo cual “ningún desarrollo de la conciencia y de la personalidad es posible”.
En un episodio del mito se relata cómo Pinón, héroe civilizador vinculado a Yuruparý, mata a su padre pájaro— sin saber que era su progenitor, lo que remite claramente al motivo edípico del hijo que da muerte a su padre.
“A su regreso Dinari encontró sangre por todas partes; pensó que su marido había matado a sus propios hijos y entró corriendo en la casa. Los encontró jugando tranquilamente y les preguntó: —¿ Qué ha sucedido hoy aquí que veo sangre por todas partes ? —Muchas cosas, madre, un grupo de iacamy (pájaros), de lomo blancuzco, vino a hacernos mal a mí y a mi hermana, y nosotros los matamos a todos con nuestras flechas. Dinari corrió inmediatamente hacia donde crecía el ucuquy y se quedó horrorizada ante la cantidad de muertos causada por obra de los dos jóvenes.—Daría todo mi corazón por no verte muerto; hubiera querido poder presentarte a mis hijos y revelarles el vínculo que los unía.
La añoranza de lo femenino: el reencantamiento del mundo
La superación del dominio patriarcal, preludio de la etapa que Erich Neumann denomina de transformación, se expresa no solo en el asesinato simbólico del padre, sino también en la añoranza del vínculo con lo femenino, relegado durante la etapa patriarcal.
En esta fase, la conciencia, tras afirmarse en la diferenciación patriarcal, se ve llamada a reintegrar lo femenino y a reconocer la unidad subyacente entre los principios masculino y femenino.
Al respecto, Neumann señala: “El objetivo mitológico de la lucha con el dragón es casi siempre la virgen, la cautiva o, de modo más general, algo ‘precioso y difícil de obtener’. En numerosos mitos, el objetivo de la lucha es la liberación de una cautiva del poder de un monstruo”.
En diversas mitologías y tradiciones aparece de forma recurrente la imagen de la caída desde un estado de armonía: la expulsión del paraíso o el alejamiento de una fuente sagrada. Estas representaciones aluden a la pérdida de una conexión originaria con lo divino, lo instintivo o lo inconsciente, así como a la ruptura de la unidad primordial y la entrada en la dualidad, donde la existencia se experimenta como una tensión entre opuestos.
Sin embargo, esta caída suele presentarse no solo como inevitable, sino también como necesaria, pues constituye la condición para el surgimiento de la individualidad y la conciencia. Por ello, el anhelo de retornar a la armonía originaria —a la edad dorada o a la tierra prometida— se convierte en una meta fundamental. La vida aparece así como un viaje de regreso a la fuente primordial, pero ahora enriquecido por la conciencia y los aprendizajes adquiridos en el camino.
Desde la perspectiva de la psicología junguiana, el desarrollo de la consciencia colectiva ha implicado un progresivo distanciamiento de lo inconsciente y de la naturaleza, percibidos como amenazantes para el ego naciente. Esto ha favorecido una sobreidentificación con la racionalidad, el progreso y la voluntad egoica, en detrimento de los aspectos inconscientes, propiciando además una relación instrumental y explotadora con lo simbólicamente vinculado a lo femenino: la naturaleza, el cuerpo y la imaginación.
Para Jung, el abandono de la perspectiva simbólica ha generado un profundo desequilibrio y una crisis colectiva que exige la transformación de los principios y símbolos fundamentales. Esta crisis se manifiesta como un estado de escisión y desorientación que, al mismo tiempo, señala una transición, en la cual tienden a emerger los aspectos reprimidos o excluidos de la psique.
La añoranza de lo femenino denostado se expresa en el mito como el sufrimiento que padece Yurupary ante el desprecio de las mujeres, quienes se sienten ultrajadas por sus nuevas ordenanzas, así como por la culpa y la tristeza que le suscitan los castigos que les inflige, particularmente a su propia madre.
En palabras del Mito “Yurupary tuvo noticias del triste fin de Ualri. Una mariposa negra se le posó en la mano y le dejó una gota de sangre caliente; él sintió que de pronto perdía el valor. Estaba triste en aquel lugar, donde una penosa obligación de justicia lo había hecho castigar a su propia madre.¿Qué había sucedido en las orillas del Aiarí? En sus manos estaba saberlo, recurriendo al matiry; pero se adueñó de él un desaliento profundo que casi se convirtió en locura. Sonaban rumores siniestros por la montaña, acompañados de lamentos dolorosos. Cuando dormía, se le aparecían sus víctimas mofándose de su acangatara y muchas veces hasta le escupieron el rostro. El soportaba todo con resignación. Su madre estaba siempre a la cabeza de las mofadoras”
El anhelo de lo femenino denostado se expresa también en la añoranza de la madre desaparecida y en su búsqueda infructuosa por parte de personajes como Pinon, héroe civilizador también vinculado con Yurupary.
«Cuando volvió Pinon a la maloca, que había dejado por más de una luna, no encontró a su madre, y no había allí nadie que le pudiera decir a dónde se había ido. Recorrió todos los montes y los valles cercanos; fue a la tierra de los ilapay, sin encontrar a nadie que le diera noticias de que por allí hubiera pasado. Y buscando sin encontrar nada, pasó una luna entera…Todas las búsquedas de Pinon fueron inútiles; entonces fue a la casa del tuixáua y le dijo: —Tuixáua, lo que quiero hacer depende de un buen corazón. Hoy se cumple una luna que busco a mi madre: desapareció de tu país hace ya mucho, y como jefe de esta tierra, tú en parte tienes responsabilidad en esto”
En búsqueda de la mujer perfecta: ¿dónde estás alma mía?
Otra imagen asociada a la añoranza de lo femenino primordial es la búsqueda de la princesa o doncella destinada a ser desposada, o el rescate de una figura femenina retenida por una bestia. Estos motivos simbolizan la búsqueda del alma perdida y el anhelo de restablecer el vínculo con la fuente originaria.
Este motivo se relaciona con el ánima, concepto propuesto por Carl Gustav Jung para designar el principio psíquico que representa la alteridad complementaria, el amor y el acceso a la interioridad. Sus múltiples manifestaciones aparecen en la cultura como diosa, bruja, ángel, doncella, compañera o prostituta. Una expresión paradigmática es Beatrice en La Divina Comedia, quien guía a Virgilio en su descenso a los infiernos.
Jung describe el ánima de la siguiente manera: “Ella es la compensación tan necesaria por los riesgos, las luchas, los sacrificios que terminan en decepción. Ella es el consuelo de todas las amarguras de la vida. Y, al mismo tiempo, ella es la gran ilusionista, la seductora, que lo atrae a la vida con su Maya –y no sólo a los aspectos razonables y útiles de la vida, sino a sus espantosas paradojas y ambivalencias donde el bien y el mal, el éxito y la ruina. , la esperanza y la desesperación se contrarrestan mutuamente.”
En su escrito sobre La psicología del Yoga Kundalini Jung relaciona el ánima, con la energía del Kundalini, con la energía vital, con lo que nos permite sentir que la vida merece ser vivida “Kundalini, en términos psicológicos, es aquello que nos impulsa a realizar las mayores aventuras. A veces uno se dice: «¡Maldita sea! ¡Cómo se me ocurrió intentar semejante cosa!». Pero si me doy la vuelta, mi vida queda despojada de toda aventura, mi vida ya no es nada: ha perdido su encanto. Es la búsqueda la que hace vivible la vida, y esto es Kundalini, la pulsión divina. Por ejemplo, cuando un caballero medieval realizaba hazañas maravillosas, como los grandes trabajos de Hércules, cuando combatía dragones y liberaba doncellas, todo lo hacía por su dama. Ella era Kundalini El ánima es Kundalini”
El Libro Rojo que puede ser considerado como un mapa del proceso de individuación del propio Jung y del colectivo, comienza con la comunicación con el alma perdida y grandemente buscada. “Alma mía, ¿dónde estás? ¿Me oyes? Yo te hablo, yo te llamo, ¿estás allí? He regresado, estoy nuevamente aquí, he sacudido de mis pies el polvo de todas las comarcas, y vine hacia ti, estoy contigo, tras largos años de largo andar he vuelto a ti”
Al final del mito de Yurupary, el propio Yurupary narra que el objetivo último de su misión es la búsqueda de la “mujer perfecta” que pueda ser la compañera del sol, pero que no ha logrado encontrar en la Tierra. Esto apunta a la añoranza de lo femenino como alteridad complementaria que se ha perdido. Desde la visión patriarcal las características que se le atribuyen a ese femenino anhelado es la discreción y la sumisión, esto es el sometimiento al poder de lo masculino y de la conciencia.
En palabras del Mito “El Sol, desde que nació la tierra, ha buscado una mujer perfecta para llevarla cerca de él, pero como aún no la ha encontrado, me dio parte de su poder para que viera si en el mundo puede encontrarse una mujer perfecta —¿Y cuál es la perfección que el Sol desea? —Que sea paciente, que sepa guardar un secreto y que no sea curiosa. Ninguna mujer existente hoy sobre la tierra reúne esas cualidades: si una es paciente, no sabe guardar un secreto; si sabe guardar un secreto, no es paciente, y todas son curiosas; quieren saberlo y experimentarlo todo. Y hasta ahora no ha aparecido la mujer que el Sol quiere tener”
Continúa en Lectura Junguiana del Mito de Yurupary parte V: lo femenino rebelde, las amazonas de la amazonia- próximamente.
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano
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