Una temática relativamente frecuente en nuestros sueños es la de las confrontaciones bélicas. Estas imágenes pueden adoptar múltiples formas: guerras civiles o conflictos entre países, invasiones extraterrestres, revueltas guerrilleras, entre muchas otras variantes.
Como parte de los sueños de guerra, podemos vernos envueltos en persecuciones o raptos; ser víctimas de bombardeos o ataques. También podemos aparecer heridos, mutilados, morir o incluso dar muerte a otros. Estas escenas pueden vivirse en primera persona o como si fuéramos espectadores de una película. Se trata de sueños que suelen estar cargados de intensas emociones de miedo y angustia.
La guerra es también un motivo recurrente en mitologías y narraciones de diversas culturas, donde aparece no solo como un factor destructivo, sino como un proceso que, a través del caos y la devastación con los que se le asocia, posibilita la instauración de un nuevo orden, en el que lo antiguo cede para dar lugar a una forma renovada.
La guerra puede considerarse también un género literario y cinematográfico en sí mismo. Numerosas obras han hecho de ella no sólo un trasfondo histórico, sino el eje central de la exploración dramática y psicológica, convirtiéndola en un escenario privilegiado para indagar en el heroísmo, la tensión entre fuerzas opuestas, el sacrificio y la complejidad moral que atraviesa la condición humana.
Desde la perspectiva junguiana, los sueños forman parte de los mecanismos autorreguladores de la psique, orientados a favorecer la homeostasis, es decir, el equilibrio interno necesario para que los procesos de desarrollo, crecimiento y sanación puedan desplegarse adecuadamente.
La guerra que experimentamos en sueños, junto con las circunstancias que la rodean, puede entenderse, entonces, como una expresión a través de la cual la psique impulsa su propio proceso de evolución y maduración.
Más que en un solo sueño, es en una serie de sueños donde podemos reconocer las transformaciones que se están dando en la psique. En ella, las actitudes pueden cambiar: en un momento huimos, en otro encontramos un arma que no teníamos, aparecen nuevos aliados o el adversario deja de ser tan hostil. También puede ocurrir que pasemos de la derrota a la victoria, que cambie el escenario del conflicto, que lo que antes era persecución se transforme en negociación, o que un enemigo desconocido se vuelva progresivamente reconocible o incluso comprensible.
En su sucesión y variaciones se va delineando un proceso más amplio, en el que ciertos temas reaparecen, se profundizan o se transforman, permitiendo captar la dirección del cambio psíquico y la lógica interna de su desarrollo.
Un terrible amor por la guerra
James Hillman, pionero de la psicología arquetipal, sostiene que la guerra no puede explicarse únicamente por causas políticas, económicas o estratégicas, sino que responde a una fascinación más honda y perturbadora de la condición humana. Llega incluso a afirmar que nos habita “un terrible amor por la guerra”, expresión con la que busca señalar que esta moviliza energías arquetípicas y anhelos primordiales.
Desde su perspectiva, la guerra intensifica la experiencia de estar vivos, brinda un profundo sentido de pertenencia y favorece la emergencia de un propósito claro, al tiempo que nos expone a la exaltación, el sacrificio y al tránsito por dilemas éticos significativos. No se trata solo de destrucción, sino de una vivencia cargada de sentido que ejerce una poderosa atracción sobre la psique.
Cabe entonces preguntarnos, ante un sueño de guerra, cuáles son los aspectos arquetípicos —es decir, los anhelos primordiales de nuestro ser— que se están expresando a través de esta temática.
La guerra como “fiesta”
El destacado filósofo colombiano Estanislao Zuleta propone que la guerra no solo debe entenderse como destrucción o enfrentamiento, sino también como una suerte de “fiesta” o embriaguez colectiva en la que se movilizan intensas cargas afectivas. En ella se despiertan el entusiasmo y la exaltación, al tiempo que se fortalece el sentido de pertenencia.Todo ello se articula en torno a una causa común que alivia la ansiedad frente a la rutina y las tensiones de la vida cotidiana.
Para Zuleta, “la guerra es la fiesta de la comunidad al fin unida con el más entrañable de los vínculos, del individuo al fin disuelto en ella y liberado de su soledad, de su particularidad y de sus intereses; capaz de darlo todo, hasta su vida. Fiesta de poderse aprobar sin sombras y sin dudas frente al perverso enemigo, de creer tontamente tener la razón, y de creer más tontamente aún que podemos dar testimonio de la verdad con nuestra sangre”.
En la guerra se liberan las pulsiones, se simplifica el mundo, se desvanecen los matices y se traza con claridad la frontera entre amigo y enemigo, recuperándose una forma intensa de fraternidad.
Zuleta destaca que la erradicación de los conflictos y su disolución en una convivencia sin tensiones no es una meta alcanzable, ni siquiera deseable, ni en la vida personal ni en la colectiva. Por el contrario, se hace necesario construir un espacio social y simbólico en el que los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse sin que la oposición al otro conduzca a su anulación, ya sea mediante la violencia, la impotencia o el silencio.
Los sueños de guerra pueden hablarnos de cómo gestionamos nuestros conflictos internos y de la forma en que nos vinculamos con aspectos arquetipales de la psique, como el poder, la pertenencia y la relación con la otredad.
La pulsión de muerte y la pulsión de vida
Para Sigmund Freud, la guerra puede entenderse como una manifestación colectiva de Thanatos, la pulsión de muerte que habita en el ser humano y que tiende hacia la desintegración y el retorno a lo inorgánico. Se trata de una fuerza constitutiva de la vida psíquica que, bajo ciertas condiciones, encuentra en la guerra un cauce privilegiado de expresión colectiva.
Dado que esta tendencia es intrínseca a la condición humana, la cultura no puede erradicarla por completo, sino apenas contenerla, desviarla o sublimarla. En este sentido, su contrapeso es Eros, la fuerza que impulsa la unión, la creación de vínculos y la preservación de la vida.
Es en la tensión entre ambas —entre la tendencia a destruir y la necesidad de vincular— donde se juega no solo el destino de los conflictos colectivos, sino también el equilibrio mismo de la vida psíquica.
Los sueños de guerra pueden dar cuenta de cómo se confrontan, en la psique, el impulso de vida y el de muerte. En ellos es posible explorar qué aspectos están siendo destruidos y cuáles buscan abrirse paso hacia la vida, así como las posibles síntesis o negociaciones que emergen de la tensión entre ambas fuerzas.
La guerra en el Libro Rojo
El Libro Rojo, de Carl Gustav Jung, es una obra central y profundamente personal en la que el autor registró visiones, fantasías y diálogos interiores surgidos durante un período de intensa confrontación psíquica tras su ruptura con Sigmund Freud. Escrita no en un lenguaje académico, sino en un registro marcadamente literario y simbólico, puede leerse como un mapa de un proceso de individuación que no solo atañe al propio Jung, sino que adquiere también una dimensión colectiva.
La obra constituye un testimonio de su descenso y encuentro con el inconsciente que que serviría posteriormente como base para los desarrollos conceptuales y técnicos de su propuesta psicológica.
En El Libro Rojo, la guerra aparece en varias ocasiones como expresión de la confrontación entre el yo consciente —es decir, las identificaciones y valores asumidos por Jung— y el espíritu de la profundidad, esto es, la voz del inconsciente que irrumpe para cuestionar, desestabilizar y transformar las certezas del ego, abriendo paso a una reconfiguración más amplia de la psique. Este desgarramiento interno por el que transita la psique es nombrado como una “guerra civil”.
En palabras de Jung “Porque yo llevaba la guerra en mí, la previ. Me sentí embaucado y engañado por mi rey. ¿Por qué me sentí así? Él no era aquello que yo quería que fuera. Él daba cosas distintas de las que yo esperaba. Él debía ser rey en mi sentido, no en su sentido. Lo que yo llamaba ideal, eso había de ser él. Mi alma me parecía vacía, insípida e insulsa. Pero en realidad, lo que yo pensaba de ella, valía para mi ideal. Fue una visión desértica, yo luchaba con mis propios espejismos. Había guerra civil en mí. Yo era para mí mismo asesino y asesinado. La flecha mortal estaba clavada en mi corazón y no sabía lo que había de significar. Mis pensamientos eran la muerte y el temor a la muerte, que se extendían como veneno por todo mi cuerpo. Y así fue el destino de los pueblos: la muerte de uno fue la flecha envenenada que voló a los corazones de los hombres y desató la guerra más violenta. Esta muerte es la rebelión de la impotencia contra el querer, una traición de judas, que uno quisiera que otro la hubiese cometido. Aún seguimos buscando el chivo que ha de cargar con nuestros pecados”
La guerra en la psique
Las imágenes de enfrentamientos bélicos en los sueños pueden interpretarse, entonces, como expresiones simbólicas de luchas internas, es decir, de la confrontación entre deseos, valores, afectos o aspectos de la personalidad que se encuentran en oposición y buscan una nueva reorganización.
Para Jung, “lo que impulsa a las personas a la guerra consigo mismas es la intuición o el conocimiento de que consisten en dos personalidades que se oponen entre sí. El conflicto puede darse entre el hombre sensual y el espiritual, o entre el yo consciente y la sombra. Es lo que Fausto quiere decir cuando afirma: ‘Dos almas, ¡ay!, habitan separadamente en mi pecho’. Una neurosis es una disociación de la personalidad”.
Podemos explorar, en relación con un sueño de guerra en particular, qué fuerzas están en conflicto en nuestro interior. Si se trata, por ejemplo, de una guerra entre países, cabe preguntarse qué valor, actitud o perspectiva representa cada bando, a partir de las asociaciones personales y colectivas que nos evoque.
Si, en cambio, se trata de una especie de guerra civil, puede ocurrir que ciertos aspectos se “rebelen” por no haber sido suficientemente reconocidos o por haber sido reprimidos, buscando abrir paso a un nuevo orden. A la vez, aquellos que han sido dominantes pueden verse llamados a ceder su lugar o a negociar el gobierno de las actitudes.
La evolución en espiral
Jung acuñó el término «individuación» para describir el proceso de desarrollo de la personalidad, entendido como la realización del propio “mito personal”: el despliegue de una vocación singular, es decir, de aquello que estamos llamados a aportar al mundo y que nos permite sentirnos realizados. Este proceso no es lineal, sino que avanza en forma de espiral, configurando estructuras de creciente complejidad e integración.
Como parte de este proceso interactúan dos tendencias: una conservadora, que busca mantener la estabilidad ya alcanzada y se manifiesta como resistencia al cambio; y otra transformadora, impulsada por un anhelo constante de mayor totalidad.
A lo largo de la vida, las perspectivas, creencias y actitudes que sustentan la identidad se vuelven, en ciertos momentos, insuficientes, generando crisis que impulsan su actualización. De este modo, más que depender de la voluntad consciente del yo, la individuación suele activarse por exigencias internas o por circunstancias externas que movilizan el crecimiento y la maduración psicológica.
Las guerras en los sueños pueden relacionarse con la confrontación entre, por un lado, fuerzas conservadoras que buscan sostener la posición alcanzada y las estructuras vigentes, y por otro, fuerzas transformadoras que impulsan la renovación, reducen la resistencia al cambio y favorecen la emergencia de un nuevo orden interior.
No hay vida sin una porción de muerte: el sacrificio del héroe
Hay sueños de guerra en los que somos asesinados o damos muerte a alguien. Estas imágenes pueden expresar, de forma simbólica, la dinámica de muerte, transformación y renacimiento propia de la vida psíquica. Todo proceso de transformación implica una pérdida: no hay avance sin renuncia; algo debe morir —ya sea una identidad, una actitud o una forma de vincularse— para que otra modalidad de ser pueda emerger.
A lo largo de la vida, surgen circunstancias que exigen el sacrificio de los intereses inmediatos del ego, así como de sus perspectivas y prioridades, las cuales se ven relativizadas en favor de una orientación más profunda, en consonancia con las exigencias de una totalidad psíquica más abarcadora. Este factor impersonal que promueve la maduración psíquica y que, en ocasiones, entra en tensión con las expectativas del ego fue denominado por Carl Gustav Jung como el sí mismo o Self.
El ego heroico, conquistador, voluntarioso y racional que predomina —y que resulta necesario en las primeras etapas de la vida— se flexibiliza con el tiempo, volviéndose más permeable y receptivo a los influjos de lo inconsciente, de la imaginación y de la intuición, así como a intereses más colectivos que individuales. De este modo, el ego heroico se transforma y, en cierto sentido, se sacrifica en favor de un bien mayor y más profundo.
En el Libro Rojo se alude a lo anterior de la siguiente manera “Necesitamos el frío de la muerte para ver claramente. La vida quiere vivir y morir, comenzar y terminar. No estás obligado a vivir eternamente,sino que también puedes morir, pues hay una voluntad en ti para ambas cosas. La vida y la muerte tienen que mantener la balanza en tu existencia. Los hombres de hoy necesitan una gran porción de muerte, pues demasiadas cosas incorrectas viven en ellos, y demasiadas cosas correctas murieron en ellos. Correcto es lo que mantiene el equilibrio, incorrecto lo que perturba el equilibrio. Más, una vez alcanzado el equilibrio, entonces es incorrecto aquello que mantiene el equilibrio y correcto lo que lo perturba. El equilibrio es vida y muerte a la vez. A la completitud de la vida le pertenece el equilibrio con la muerte”
La guerra como madre devoradora
Los sueños de guerra puede entenderse también como una expresión de lo materno arquetípico en su aspecto devorador y asfixiante: una fuerza que no nutre ni contiene, sino que expulsa y presiona al ego a emprender un viaje heroico de maduración y transformación que difícilmente iniciaría por propia voluntad.
Las circunstancias que el ego onírico debe afrontar en la guerra lo despojan de aquellos aspectos que han dejado de ser adecuados o funcionales y le exigen desplegar nuevos recursos y habilidades acordes con una nueva etapa vital. Así, los sueños de guerra pueden leerse como la expresión de una experiencia necesaria de despojamiento y de apertura a nuevas perspectivas de vida.
Lo que se vive como amenaza o pérdida es, al mismo tiempo, el impulso que pone en marcha una transformación ineludible, en la que el sujeto es confrontado con sus límites y convocado a una forma más amplia de ser. En el Libro Rojo “El espíritu de la profundidad tomó mi entendimiento y todos mis conocimientos, y los puso al servicio de lo inexplicable y de lo contrario al sentido. Me robó el habla y la escritura para todo lo que no estuviera al servicio de la fusión mutua de sentido y contrasentido, que da por resultado el suprasentido”
En la historia colectiva vemos también como los períodos de guerra han dado lugar no solo a avances tecnológicos, sino también a profundas reflexiones éticas y a una reconfiguración de los valores que orientan la vida humana.
La revolución necesaria para la renovación
Jung consideró el I Ching, libro sapiencial de la China milenaria, como un lenguaje simbólico del proceso de individuación. En una de las líneas del hexagrama 49, llamado La Revolución o La Muda, se menciona…
“Cuando ya se ha ensayado todo con el fin de reformar las circunstancias, sin obtener éxito, surge la necesidad de una revolución. Cuando se requiere el cambio, hay dos errores que deben evitarse. Uno consiste en proceder con excesiva celeridad y desconsideración, que atrae la desventura. El otro es una vacilación super conservadora, que también resulta peligrosa. No se debe
prestar oído a toda voz que reclama el cambio de lo existente. Pero tampoco deben cerrarse los oídos a quejas reiteradas y bien fundadas. Cuando por tres veces le llega a uno el clamor por el cambio, y se ha reflexionado lo suficiente, deberá prestársele fe y hacérsele caso; entonces también uno encontrará fe y podrá lograr algo”
Hay cambios y procesos de crecimiento en la personalidad que se desarrollan de manera paulatina, mientras que otros exigen atravesar una verdadera revolución interior que posibilite el movimiento psíquico.
Los sueños de guerra pueden aludir a esta conmoción necesaria para la actualización de la psique. En este sentido, Jung manifiesta que: “A todo individuo le hace falta experimentar una revolución, dividirse internamente, contemplar la caída de lo dado y renovarse”.
Un sueño de guerra puede darnos pistas sobre la manera en que estamos transitando esta transformación: cuáles son las resistencias a enfrentar, qué aliados o recursos internos tenemos, cuáles son nuestras trincheras o refugios, y de qué estamos huyendo.
El conflicto y la tensión de las polaridades como energía psíquica
Para la psicología junguiana, la energía que impulsa el desarrollo de la personalidad surge de la tensión entre las polaridades internas que nos constituyen, tales como: consciente e inconsciente, masculino y femenino, introversión y extroversión, persona y sombra.
Para Jung “la vida solo nace de la chispa de los opuestos”. La polaridad genera un potencial, y allí donde hay potencial surge el movimiento, ya que la tensión entre los opuestos tiende hacia el equilibrio. Las polaridades no se plantean entonces como excluyentes, sino como interdependientes, en la medida en que un polo no puede existir sin el otro
Los sueños de guerra pueden ser la manera en que la psique expresa, de forma metafórica, la búsqueda de un nuevo equilibrio entre nuestros aspectos internos en tensión. Pueden invitarnos a reflexionar sobre perspectivas o actitudes que se han vuelto unilaterales y sobre la necesidad de dar espacio a su contrario.
La guerra como compensación: la enantiodromia
A nivel psicológico, cuando nos identificamos de manera rígida con uno de los polos y excluimos el otro, se produce un desequilibrio que interrumpe el dinamismo psíquico y perturba el desarrollo. Esta unilateralidad suele compensarse con la irrupción contundente de la polaridad excluida. Para este fenómeno Jung utilizó el término enantiodromia. La corrección de los desequilibrios responde a una ley que se manifiesta en múltiples fenómenos que operan de manera sistémica.
La compensación forma parte de los mecanismos de autorregulación intrínsecos de la psique, que tienden a restablecer la armonía entre los contrarios, promoviendo síntesis cada vez más complejas.
Para Jung, los sueños, las fantasías y los síntomas psíquicos constituyen modos a través de los cuales se promueve la compensación de los aspectos desatendidos, favoreciendo así la maduración y el equilibrio interno del individuo.
Los sueños de guerra pueden entenderse como la irrupción violenta y contundente de algún aspecto de la psique necesario para restablecer el equilibrio interno
La guerra como confrontación de la sombra: el adversario en la psique
En toda historia, narración, novela o película resulta imprescindible la figura del antagonista o adversario. Este personaje suele encarnar las fuerzas del mal, la destrucción, la muerte o la injusticia. El antagonista de una historia, no solo representa un obstáculo o desafío para el héroe protagonista, sino que, en un nivel simbólico más profundo, encarna los miedos y aspectos reprimidos del propio héroe o de la sociedad en la que se desenvuelve.
A través del enfrentamiento con el adversario el héroe o la heroína logra no solo superar sus propias limitaciones, sino también integrar aspectos desconocidos o no reconocidos de su psique.
El antagonista cumple entonces una función crucial en la narrativa permitiendo que el héroe lleve a cabo el proceso de evolución y transformación que se representa en la historia.
En nuestros sueños, el personaje que encarnamos —el ego onírico— representa al héroe, es decir, a la conciencia en su proceso de transformación y desarrollo. Aquello que nos confronta, nos ataca o nos persigue —el adversario— suele simbolizar los aspectos que, inevitablemente, debemos enfrentar como parte del proceso de integración y realización de la personalidad.
Estos contenidos, que se oponen a la actitud consciente y aglutinan tanto lo rechazado como aquello que aún no ha sido desarrollado por el ego, se configuran en una instancia psíquica que Jung denominó la sombra.
En el Libro Rojo se menciona “Por lo tanto, el sendero de mi vida me condujo ciertamente por los opuestos repudiados que estaban juntos delante de mí en un camino llano y, ¡ay!, tan doloroso. Los pisé pero quemaron y helaron mis suelas. Y así llegué al otro lado. Pero el veneno de la serpiente a la que le aplastas la cabeza penetra en ti por la picadura en el talón y así la serpiente se torna para ti más peligrosa de lo que era antes. Pues lo que repudio también está, por cierto, en mi naturaleza. Pensé que estaba afuera y por eso creí poder destruirlo. Pero está en mí y sólo temporariamente ha tomado una forma externa y me ha enfrentado. Yo destruí su forma y creí haber sido un conquistador. Pero aún no me he superado. El opuesto externo es una imagen de mi opuesto interno. Cuando he reconocido esto, callo y pienso en el abismo del antagonismo en mi alma”
La sombra no abarca únicamente aquellos aspectos considerados socialmente negativos, sino también cualidades positivas que han permanecido latentes, reprimidas o no suficientemente valoradas en el entorno en el que crecimos. Así, tanto lo luminoso como lo oscuro, si han sido rechazados o ignorados por la conciencia, pueden formar parte del contenido sombrío.
Los sueños de guerra pueden dar cuenta de aquello que conscientemente atribuimos al mal, lo inadecuado, lo oscuro, pero que, en el fondo, encierra un potencial que nos completa y busca ser integrado.
La guerra como el reconocimiento de la proyección del mal
El «mal», lo indeseable, lo no reconocido, suele ubicarse, a través del mecanismo de la proyección, en grupos externos: migrantes, minorías étnicas, religiosas o culturales, e incluso en naciones vecinas.
Los sueños de guerra pueden orientarnos hacia los personajes, grupos sociales o instituciones en los que proyectamos aspectos de nuestra sombra, facilitando así su reconocimiento e integración. De este modo, permiten comprender que muchas de las batallas que vivimos en el exterior —y que a menudo generan malestar o deterioro en los vínculos— pueden ser la expresión simbólica de un conflicto interno orientado a la integración de contenidos inconscientes.
En este sentido, lo que aparece como confrontación con el mundo externo puede revelar un proceso psíquico más profundo: la búsqueda de una mayor totalidad, en la que aquello que ha sido rechazado o no reconocido encuentre un lugar dentro de la estructura de la personalidad.
La guerra, entendida como confrontación interna, se plantea en El Libro Rojo de la siguiente manera: «En aquel entonces la luz amante se extinguió y la sangre comenzó a correr. Ésta fue la gran guerra. No obstante, el espíritu de la profundidad quiere que esta guerra sea comprendida como una discordia en la propia naturaleza de cada hombre».
En consonancia con lo anterior, este pasaje del I Ching reconoce el valor de asumir como propias las proyecciones, confrontar la propia sombra y librar la batalla interior que exige la maduración de la personalidad: «Únicamente cuando uno tiene el valor necesario para hacer marchar sus ejércitos contra sí mismo, podrá realizarse algo vigoroso».
La paradoja como camino: la democracia en la psique
Las polaridades, para mantenerse vivas, necesitan relacionarse y darse el tiempo necesario para que cada una cumpla su función. Su poder radica en energizar y transformar la vida, en hacer “que el mundo gire”. Para no volverse destructivas, requieren alternarse rítmicamente, como un péndulo que oscila sin perder su centro; sostener ese punto de equilibrio permite que los opuestos se vinculen de forma armónica.
Este dinamismo se observa en la naturaleza y en los fenómenos físicos: el día y la noche, las estaciones, el movimiento alternado al caminar o montar en bicicleta, así como el cambio de pesos al danzar, dependen de la interacción de fuerzas contrarias. Los opuestos no se anulan, sino que se complementan: cuando en una mitad del planeta es día o verano, en la otra es noche o invierno. La luz sigue a la oscuridad, y viceversa; cada una se define en relación con la otra.
De hecho, uno no puede existir sin su opuesto. Si el día o la noche se impusieran de manera absoluta, la vida no sería posible. Es precisamente en el ritmo entre ambos donde se crea la condición necesaria para la existencia.
Para la psicología junguiana el desarrollo de la consciencia, la madurez de la personalidad se encuentra relacionado con la capacidad de asumir paradojas cada vez de una mayor complejidad; de poder percibir la unidad que subyace a las polaridades; lo uno y lo otro relativos e interdependientes.
No se trata de si lo uno o lo otro es lo correcto o adecuado, sino de cuándo, dónde y cómo lo es cada uno de ellos. No hay correcto o incorrecto, bueno o malo absolutos en ninguno de los aspectos de una polaridad. Sólo hay equilibrio o desequilibrio. Lo anterior está relacionado con lo que algunas tradiciones filosóficas o espirituales nombran como trascender la ilusión de la dualidad.
En Libro Rojo nombra la conciliación de los opuestos como el Supra sentido que surge de la tensión del sentido y el contrasentido “Si mediante el padecimiento de tu espíritu, has conseguido la libertad de aceptar también lo otro a pesar de tu suprema creencia en lo uno, porque también eres eso, entonces comienza tu crecimiento. “¿Quién es el que descendió del ser uno al ser dos? ¿Quién es el que desgarró su propio corazón para unir lo separado?
A nivel psíquico, esto se traduce en no quedar atrapados en el pensamiento dicotómico del “uno o lo otro”, que fragmenta la experiencia, sino en sostener la tensión del “ambos”, de la paradoja, desde una perspectiva más integradora.
Las guerras suelen culminar en armisticios, negociaciones y tratados de paz. En este sentido, los sueños de guerra pueden evocar la necesidad de establecer negociaciones internas, en las que los distintos bandos en conflicto renuncian a su pretensión de expresión total. Asimismo, de la propia confrontación pueden surgir estrategias que permitan dirimir las tensiones internas de manera más creativa
La imagen de la paz psíquica no sería la ausencia de conflicto, sino el cultivo de las condiciones que permiten transitar las tensiones internas de manera creativa. Un estado en el que a los diferentes aspectos de la psique se les da su espacio y su lugar, donde se reconoce el sentido y la función de cada emoción que nos habita, y donde se asume la relatividad y parcialidad de las perspectivas con las que nos identificamos.
La guerra como fallo de la imaginación
Para James Hillman, la guerra puede entenderse como un fracaso de la imaginación, en la medida en que revela la incapacidad de concebir al otro más allá de la lógica de la amenaza o la enemistad. En lugar de abrirse a la complejidad, la ambigüedad y la posibilidad de reconocimiento mutuo, la psique —tanto individual como colectiva— reduce la realidad a oposiciones rígidas que simplifican y empobrecen la experiencia.
La guerra emerge allí donde la imaginación se clausura: donde ya no es posible simbolizar, matizar o transformar la diferencia, sino únicamente destruirla.
Para la psicología junguiana, resulta imprescindible desarrollar la capacidad de sostener la tensión interna y evitar la caída en la literalidad; de este modo, a través de lo que se denominó la función trascendente de la psique, puede emerger el símbolo: un tercer elemento conciliador de las polaridades, más complejo e integrador que los anteriores.
Los sueños de guerra pueden llevarnos a cuestionar nuestros fanatismos y aproximaciones literalizadas de la realidad; pueden constituir, así, un llamado a cultivar una aproximación simbólica —también llamada poética— frente a lo que nos acontece, tanto en el mundo interno como en el externo.
Toda victoria contiene el germen de una futura derrota: verdades parciales y transitorias
Jung planteó que “toda victoria contiene el germen de una futura derrota”. Se resalta entonces desde la perspectiva junguiana que es importante reconocer que los equilibrios, las certezas que alcanzamos, los sentidos que nos sustentan, son por naturaleza parciales e inestables, ya que el potencial de complejidad e integralidad de la psique nunca se acaba.
A lo largo de la vida se presentan nuevas condiciones que exigen la actualización de nuestras identificaciones, perspectivas y creencias. Las prioridades y el sentido de vida que en otro momento nos sostuvieron pueden volverse insuficientes o incluso obstaculizar el desarrollo, haciendo necesario un reajuste que permita integrar nuevas dimensiones de la experiencia.
Los sueños de guerra pueden señalar el ocaso de ciertos “dioses” internos que han perdido su vigencia, así como el advenimiento de nuevas necesidades primordiales, necesarias para completar y reconfigurar nuestro panteón psíquico.
La guerra como apocalipsis: el fin de un mundo, la revelación
Algunos sueños de guerra pueden evocar una atmósfera apocalíptica, asociada a una destrucción radical: el fin de un mundo.
Edinger señala como el término apocalipsis no solo remite a la destrucción, sino también a la “revelación”, es decir, al descubrimiento de lo que ha estado oculto. Su raíz proviene del verbo griego kalypto, que significa “cubrir” u “ocultar”, mientras que el prefijo apo indica “lejos de” o “quitar”. Así, apokalypsis alude a “levantar el velo” de lo que ha permanecido secreto, haciendo visible aquello que antes estaba oculto.
El derrumbe de estructuras, la caída de ciudades o el colapso de un orden conocido pueden simbolizar el fin de una forma de vida psíquica que ya no puede sostenerse. Como parte de esa devastación, se produce también un desvelamiento: aquello que permanecía oculto irrumpe con fuerza, mostrando verdades incómodas o aspectos negados de la personalidad.
Algunos sueños de guerra pueden marcar el “fin de un mundo”, propiciando la muerte de infantilismos y de ciertas ingenuidades, y favoreciendo la asunción de responsabilidades previamente evitadas. En este proceso, pueden volverse evidentes diversos autoengaños y comenzar a percibirse aspectos que antes permanecían como puntos ciegos.
La desintegración: cuando el vínculo se rompe sin retorno
En sistemas altamente polarizados, si no ocurre una transformación que restablezca el equilibrio, pueden volverse inviables y desintegrarse. La polarización no solo actúa como una fuerza creativa, sino también como una potencia potencialmente destructiva.
Algunos sueños de guerra pueden aludir a una ruptura radical entre el yo y el Sí Mismo. Cuando este vínculo se quiebra, puede producirse una fragmentación de la estructura psíquica, ya que el Sí Mismo constituye la fuente de vida y autorregulación.
Esto puede estar relacionado con conductas autodestructivas severas, como las adicciones, así como con patrones compulsivos o formas de evasión que no conducen a la renovación, sino al deterioro. También puede vincularse con experiencias traumáticas que sobrepasan la capacidad de asimilación del yo y provocan su quiebre.
La guerra como actualización de los mecanismos de defensa
En ocasiones, los sueños de guerra muestran la destrucción de fortificaciones o trincheras, la pérdida de las armas o, por el contrario, el acceso a ellas.
Estas imágenes pueden aludir a los mecanismos de defensa: estructuras que brindan estabilidad y protección al ego frente a circunstancias que en su momento resultaron amenazantes. Sin embargo, dichas defensas pueden volverse rígidas o insuficientes ante nuevas exigencias, por lo que se hace necesario actualizarlas, refinarlas o incluso desmontarlas cuando las situaciones que las originaron han cambiado o ya no están presentes.
Las particularidades de estos sueños pueden dar cuenta de los recursos con los que enfrentamos la adversidad, así como de su pertinencia o de la necesidad de transformarlos. Asimismo, pueden volvernos conscientes de recursos que permanecían inadvertidos y de amenazas no reconocidas.
Aliados y adversarios
En los sueños de guerra, la presencia de aliados y adversarios puede ofrecer una valiosa clave de lectura sobre la dinámica interna de la psique. Los aliados suelen representar recursos, capacidades o actitudes que favorecen el proceso de adaptación y transformación, mientras que los adversarios encarnan aquellas fuerzas que generan resistencia, conflicto o tensión. Sin embargo, esta distinción no es absoluta: lo que aparece como enemigo puede señalar también aspectos propios no reconocidos o rechazados.
Identificar quiénes ocupan cada lugar en el sueño permite explorar qué partes de nosotros están colaborando con el proceso de cambio y cuáles se oponen o necesitan ser integradas. En este sentido, los adversarios no necesariamente deben ser eliminados, sino comprendidos en su función, ya que muchas veces expresan necesidades insatisfechas o contenidos que buscan ser reconocidos.
Así, el campo de batalla onírico se convierte en un escenario simbólico donde se despliega una negociación entre fuerzas internas, en la que tanto aliados como adversarios participan, de distintos modos, en la configuración de un nuevo equilibrio psíquico
El guerrero interior
En el plano simbólico, el guerrero interior representa la capacidad del yo para enfrentar el conflicto, sostener la tensión de los opuestos y actuar con decisión ante las exigencias de la vida psíquica.
Este arquetipo puede vincularse con el principio de Marte, que no solo encarna la guerra en su dimensión destructiva, sino también la fuerza vital, la iniciativa y el impulso para afirmar la propia existencia. En este sentido, la agresividad no se entiende únicamente como violencia, sino como una energía que, cuando es integrada de manera consciente, puede expresarse como autoafirmación, establecimiento de límites y determinación para alcanzar objetivos.
Algunos sueños de guerra pueden entenderse como la constelación del arquetipo del guerrero. En ellos, la psique escenifica, a través de imágenes de combate, defensa o estrategia, la manera en que enfrentamos los conflictos. Podemos reconocernos como demasiado reactivos o excesivamente pasivos, impulsivos o evitativos.
Estos sueños pueden ofrecernos una vía para afinar nuestra respuesta ante la adversidad, distinguiendo cuándo es necesario huir, cuándo atacar o defenderse, y cuándo confiar o desconfiar. En este sentido, el guerrero sabio es aquel que logra discernir lo que cada situación requiere, respondiendo con flexibilidad y conciencia.
La invasión extraterrestre
En algunos sueños, la guerra adopta la forma de una invasión extraterrestre: fuerzas desconocidas, radicalmente ajenas, irrumpen y amenazan con desestabilizar el orden establecido. Esta imaginería puede expresar la irrupción de contenidos psíquicos profundamente extraños al yo, difíciles de reconocer como propios por su carácter inquietante o inasimilable. Lo “extraterrestre” simboliza así aquello que se percibe como absolutamente otro, pero que, en un nivel más profundo, pertenece a la totalidad de la psique.
Estas presencias pueden vivirse como hostiles o incluso como salvíficas, pero en cualquier caso remiten a algo que emerge desde un territorio no familiar a la conciencia. Su carácter ambivalente refleja precisamente la dificultad del yo para integrar lo desconocido que irrumpe desde su propia profundidad.
En clave simbólica, estas fuerzas pueden comprenderse como manifestaciones del Sí-mismo: una instancia más amplia de la psique que trasciende al yo y que, en muchas tradiciones, se representa como aquello que desciende “del cielo”. Su irrupción no es arbitraria: busca propiciar una transformación, ampliar los límites del yo y confrontarlo con lo desconocido, orientando así el proceso de individuación hacia una mayor totalidad.
La guerra como drama colectivo: los grandes sueños
Carl Jung relató que, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, comenzó a experimentar una serie de sueños y visiones intensamente perturbadores, en los que aparecían inundaciones, mares de sangre y paisajes devastados. En un primer momento, interpretó estas imágenes como señales de una posible psicosis personal, temiendo perder el control de su mente. Sin embargo, tras el estallido de la guerra en 1914, comprendió que no se trataba únicamente de vivencias individuales, sino de expresiones del inconsciente colectivo que anticipaban la catástrofe histórica. Esta experiencia resultó decisiva para su pensamiento, al llevarlo a profundizar en la interrelación entre la psique individual y las dinámicas colectivas.
Jung en este sentido afirmó que: «Toda transformación exige como condición previa el fin de un mundo, el colapso de una vieja filosofía de vida… Se podría decir que el mundo entero, con su agitación y su miseria, se encuentra en un proceso de individuación… Nos hallamos aún, a mi parecer, al comienzo de una nueva era del alma».
Los sueños pueden entenderse como una vía privilegiada a través de la cual el individuo capta y simboliza tensiones históricas y sociales más amplias, haciéndolas visibles en su propia experiencia psíquica.
Algunos sueños de guerra pueden leerse, entonces, como alusiones a dimensiones más colectivas que personales. Carl Gustav Jung denominó “grandes sueños” a aquellos que se relacionan de manera más directa con la dinámica psíquica de la comunidad.
Sin embargo, lo colectivo y lo individual no constituyen ámbitos separados, sino dimensiones en constante interrelación. En este sentido, El Libro Rojo señala: “Por el hecho de ser hombre eres parte de la humanidad y por eso participas del total de la humanidad como si fueras la humanidad entera.”
De lo anterior se desprende que, en los conflictos y dramas personales se recrea, en pequeña escala, lo que acontece en el plano de la consciencia colectiva. De ahí que, según Jung, los esfuerzos individuales por asimilar la propia sombra y reducir las proyecciones no solo inciden en la vida psíquica personal, sino que también contribuyen a la integración de la sombra colectiva y, en última instancia, a la posibilidad de una mayor paz en el mundo, favoreciendo formas más conscientes y creativas de tramitar los conflictos.
La Umbra Mundi: la sombra del mundo
Algunos sueños de guerra pueden aludir, entonces, a la confrontación colectiva con lo que Murray Stein denominó Umbra Mundi —la «sombra del mundo»—. El autor propone esta imagen como un modo de comprender la crisis colectiva que atravesamos a nivel global en distintos ámbitos.
La Umbra Mundi representa según Stein la acumulación de los aspectos reprimidos y no resueltos a nivel social y global “El futuro está oscurecido. Estábamos a la luz del día, como parecía, y ahora está oscuro y el camino por delante está ensombrecido. Lo notable de este tiempo presente es que es universal. Realmente es un Umbra Mundi. No es un fenómeno local, un estado de ánimo personal o un sentimiento pasajero. Es una realidad objetiva. Estamos en la oscuridad, globalmente… Estamos en el bosque oscuro y la incertidumbre lo ha infectado todo. Quizás aparezca un Virgilio para acompañarnos durante esta noche. Tenemos mucho que aprender en Umbra Mundi”
La Umbra Mundi, la sombra del mundo, se manifiesta no solo en sueños, sino a través de sucesos globales que nos impulsan a un cambio de actitud: pandemias, catástrofes naturales, guerras, entre otros. Estos eventos nos confrontan, corrigiendo nuestra unilateralidad y promoviendo un nuevo orden.
La sombra del mundo irrumpe para sacudirnos, buscando corregir la visión predominante y fomentando el abandono de valores y comportamientos colectivos insostenibles. De este modo, se impulsa la complejización y maduración de la consciencia colectiva.
¿A qué le huimos como humanidad? ¿Que está pendiente de integración?
Desde la perspectiva de la psicología junguiana, se considera que el desarrollo de la consciencia colectiva ha implicado un paulatino distanciamiento de lo inconsciente y de la naturaleza.
Como parte de este proceso evolutivo del desarrollo de la conciencia, lo inconsciente, vinculado a lo femenino y a la naturaleza, es percibido por el ego en formación como algo bárbaro, hostil y caótico, que debe ser sometido y reprimido. Esta dinámica ha conducido a una sobreidentificación con la racionalidad y el progreso, promoviendo un «endiosamiento» de la conciencia en detrimento de los aspectos inconscientes.
En este sentido, Jung señala que la civilización occidental se caracteriza por una actitud soberbia y rapaz, que se traduce en una relación instrumental, explotadora y abusiva hacia todo aquello que, simbólicamente, se asocia con lo femenino: la naturaleza, el cuerpo y la imaginación.
Para Jung, el alejamiento de la perspectiva simbólica, característico de nuestra civilización, ha dado lugar a un desequilibrio y una crisis colectiva que exigen la transformación de principios y símbolos fundamentales. Este fenómeno se manifiesta como un estado de escisión, fragmentación y desorientación, que constituye tanto un síntoma como una expresión de la transición hacia un nuevo orden. En este proceso, los mecanismos de autorregulación y compensación del psiquismo buscan promover la integración de los aspectos reprimidos, excluidos y no vivenciados.
Desde la perspectiva junguiana, se considera que la humanidad está siendo impulsada hacia el desarrollo de una masculinidad madura, que no se relacione con lo femenino desde una lógica de instrumentalización o sometimiento, sino desde la complementariedad. Del mismo modo, se nos invita al despliegue de una feminidad madura, que no perciba lo masculino como un salvador o un verdugo, sino como una alteridad con la que es posible danzar, afectarse y nutrirse mutuamente.
Preguntas orientadoras para el trabajo con un sueño de guerra
¿Quiénes aparecen como enemigos o víctimas? ¿Qué cualidades, valores o aspectos podrían estar representando?
¿Quiénes son los aliados o adversarios, y qué funciones parecen cumplir dentro del escenario onírico?¿Cuál es tu rol en el sueño: combatiente, víctima, observador, estratega o una posición cambiante?
¿Qué emociones predominan: miedo, rabia, euforia, confusión, valentía?¿Qué está siendo defendido o destruido: una identidad, una relación, un territorio, una forma de vida interna?
¿Qué recursos o “armas” aparecen: conocidos, nuevos, insuficientes o inesperados?¿Este sueño se parece a otros sueños de guerra previos? Si es así, ¿qué elementos se repiten y cuáles varían? ¿Qué cambios pueden observarse en la posición del yo a lo largo de distintos sueños similares?¿Qué polaridades podrían estar en juego (por ejemplo: control–entrega, ataque–huida, rigidez–flexibilidad, poder–vulnerabilidad)?¿Qué síntesis o posible integración podría estar intentando emerger a partir de estas tensiones?
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano
Referencias bibliográficas
Edinger, E. F. (1999). Archetype of the Apocalypse: A Jungian Study of the Book of Revelation. Open Court.
Hillman, J. (2010). Un terrible amor por la guerra. Sexto Piso
Jung, C. G. (2002). Obras completas: Vol. 9/1. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Trotta.
Jung, C. G. (2010). El Libro Rojo (Liber Novus) (S. Shamdasani, Ed.). El Hilo de Ariadna.
Jung, C. G. (2010). Obras completas: Vol. 10. Civilización en transición. Trotta.
Jung, C. G. (2012). Obras completas: Vol. 5. Símbolos de transformación. Trotta.
Stein, M (2020) Entrevista Sobre la Pandemia en http://www.adepac.org
von Franz, M.-L. (2010). El camino de los sueños. Kairós.
Zuleta, E. (2005). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Hombre Nuevo Editores.
