La psicoterapia junguiana como experiencia emocional reparadora: la restauración de la confianza básica en el mundo

Desde la perspectiva de la psicología junguiana, la vida nos convoca de manera ineludible a realizar la personalidad que llevamos en potencia. Cada ser humano alberga una forma singular de ser, que busca desplegarse progresivamente a través de las experiencias, los vínculos, las crisis y las transformaciones que conforman el proceso de vivir. 

Jung denominó a este proceso individuación, entendido como la realización progresiva del ser más profundo y auténtico. Subjetivamente, esta experiencia dinámica suele manifestarse como la sensación de que la vida merece ser vivida, de que existe un propósito que orienta la existencia y que se revela a través de las diversas circunstancias, desafíos y oportunidades propias de cada etapa del ciclo vital 

Para que este proceso pueda desplegarse de manera adecuada, es necesario que se haya consolidado una confianza básica en la vida y en el propio devenir. Se trata de una disposición interior que permite experimentar el mundo como un lugar suficientemente seguro para explorar, establecer vínculos y afrontar los desafíos que inevitablemente acompañan el desarrollo. 

Gracias a este sostén interno, la persona puede asumir riesgos, tolerar la incertidumbre y atravesar los desprendimientos propios de cada etapa vital. De este modo, antiguas creencias, identificaciones y formas de estar en el mundo pueden transformarse, dando paso a modos de vida más acordes con aquello que busca realizarse y expresarse en cada momento de la existencia.

Una expresión de esta confianza primordial opera en la psique como una suerte de voz interior que, aun en medio de circunstancias dolorosas o inciertas, sostiene la intuición de que es posible atravesar la crisis, sin quedar destruidos por ella. 

La confianza básica 

La noción de confianza básica no surgió en el ámbito de la psicología analítica. Fue el psicoanalista Erik Erikson quien la convirtió en un concepto central de su teoría del desarrollo psicosocial.

 Según Erikson, la primera gran tarea del ser humano —que se juega principalmente durante el primer año de vida— consiste en establecer una confianza fundamental en el mundo. Esta se configura a partir de la experiencia reiterada de que las necesidades básicas son reconocidas y atendidas por las figuras de cuidado. Cuando el entorno ofrece protección, disponibilidad afectiva y una respuesta suficientemente estable, el niño desarrolla la expectativa de que el mundo es un lugar confiable y de que él mismo merece ser cuidado. 

De esta experiencia surge la esperanza, entendida por Erikson como la convicción de que, aun frente a la frustración, la incertidumbre o la demora en la satisfacción, la vida sigue ofreciendo posibilidades de cuidado, crecimiento y realización. Por el contrario, cuando predominan la negligencia, la inconsistencia o el abandono, tiende a instalarse una desconfianza básica que dificulta la exploración, la vinculación y la apertura a la vida 

Donald Winnicott profundizó esta idea desde el psicoanálisis a través de los conceptos de holding y del entorno suficientemente bueno. El holding alude  al sostén físico y emocional que el cuidador brinda al bebé, proporcionándole una experiencia de seguridad y continuidad. No se trata de un cuidado perfecto, sino de una presencia suficientemente confiable y estable. Sobre esta base, el niño puede explorar el mundo, jugar y, más adelante, tolerar la soledad sin sentirse abandonado. 

El analista junguiano Aldo Carotenuto tendió un  puente entre esta comprensión evolutiva y la psicología analítica. Para él, la confianza temprana no es solo un logro relacional, sino la primera experiencia que tiene la psique de que existe algún orden confiable sosteniendo la realidad. Su ruptura, entonces, no es únicamente una herida en el vínculo con el otro: es una fractura en la relación misma con la vida.

La función  materna como fundamento de la confianza básica

Erich Neumann describió el desarrollo de la conciencia como el proceso mediante el cual el ego emerge gradualmente de una matriz originaria de unidad indiferenciada. En los comienzos de la vida psíquica, el infante todavía no se experimenta como un ser separado; la vivencia de sí mismo, de la madre y del mundo constituye una única realidad. En este contexto, la calidad del vínculo primario no solo modela la relación con la figura materna, sino también la manera en que el individuo llegará a experimentar la realidad en su conjunto. Como señala Neumann en Los orígenes e historia de la conciencia:

«Durante la condición originaria de identidad con la madre y con el mundo, la relación del niño con la madre incluye la relación con el otro, con el mundo, con el propio cuerpo y consigo mismo. En esta fase, el ser nutrido, así como recibir calidez y protección, significa ser cuidado plenamente por el mundo, por el otro y por sí mismo… Por lo tanto, un trastorno en la relación primaria amenaza a todos los elementos positivos que hubiesen generado unidad y seguridad. La madre buena y positiva se convierte en negativa y terrible en la misma medida en que el Yo se convierte en un Yo deprivado o necesitado; su experiencia del mundo, de sí mismo y del otro está determinada y caracterizada por la avidez, la inseguridad y la impotencia.»

La confianza —o la desconfianza— que nace de este vínculo primordial terminará convirtiéndose en el fundamento afectivo desde el cual la persona interpretará posteriormente la realidad y afrontará los desafíos de su proceso de individuación.

En sintonía con lo anterior Aldo Carotenuto en la Nostalgia de la Memoria menciona:

“La imagen materna sostiene al Yo consciente dotándolo de un sentimiento de confianza hacia el mundo, de esa seguridad que originalmente proporcionaba la presencia física: el Yo toma de la madre internalizada la fuerza y la posibilidad de orientación en la vida..La confianza es una experiencia primaria fundamental,  y podemos imaginar la confianza como un órgano similar al corazón o a los pulmones, que si se estructura adecuadamente permite una mejor existencia en los primeros años de vida.  la confianza que se deriva de la relación con la madre constituye un supuesto para la supervivencia y la necesidad de seguridad es funcional para el desarrollo”

La desconfianza generalizada

Cuando la matriz temprana de la confianza no logra interiorizarse de manera suficiente, la herida rara vez se manifiesta como un síntoma único y fácilmente reconocible. Más bien, impregna la forma misma de estar en el mundo. Se expresa en la tendencia a percibir a los demás como potencialmente amenazantes; en vínculos marcados por la dependencia, el sometimiento o la desconfianza; en una necesidad excesiva de agradar y buscar aprobación; en el intento constante de controlar aquello que escapa a la propia influencia; y en una expectativa pesimista o catastrófica tanto respecto de las circunstancias de la vida como de los propios recursos para afrontarlas.

En algunos casos, esta desconfianza llega a extenderse incluso al propio cuerpo. Algunas personas sienten la necesidad de supervisar conscientemente procesos fisiológicos que normalmente se regulan de manera automática —como la respiración, la digestión o el ritmo cardíaco— por el temor de que dejen de funcionar adecuadamente si no intervienen activamente.

 Puede decirse entonces,  que lo que se fractura no es únicamente la confianza en los otros, sino también la confianza en la capacidad autorreguladora y creadora de la psique y de la vida. La persona siente que solo mediante la vigilancia permanente, el control o la anticipación de las amenazas podrá mantenerse a salvo. Paradójicamente, cuanto más intenta controlar la existencia, más se afianza la convicción de que el mundo es un lugar impredecible e inseguro. 

La desconfianza básica como complejo afectivo

Desde la perspectiva de la psicología junguiana, las heridas psíquicas dejan su huella en lo que Jung denominó complejos afectivos: constelaciones de recuerdos, emociones, creencias e imágenes organizadas en torno a un tema común y cargadas de una intensa energía afectiva. 

Debido a su relativa autonomía, los complejos pueden influir en la percepción, las emociones y la conducta al margen de la voluntad consciente. Jung los describió como «los intrusos que hacen que la gente ría cuando no debe y llore cuando no debe». También los consideró los verdaderos guionistas de nuestros sueños. En ellos convergen experiencias tempranas, conflictos no resueltos, emociones reprimidas y potencialidades aún no desarrolladas que permanecen activas en la psique.

En buena medida, los complejos son responsables de los patrones repetitivos que llevan a una persona a encontrarse una y otra vez con situaciones semejantes, incluso cuando conscientemente desea evitarlas. Constituyen, además, la forma singular en que los arquetipos se encarnan en la biografía de cada individuo, entrelazando la experiencia universal con la historia personal.

Desde esta perspectiva, la desconfianza básica puede comprenderse como un complejo afectivo organizado en torno a la expectativa de que el mundo no constituye un lugar seguro. Este complejo tiñe la manera de percibir la realidad, condiciona la forma de establecer vínculos e influye en la interpretación de los acontecimientos, favoreciendo respuestas de vigilancia, control, dependencia o evitación incluso cuando las circunstancias presentes no las justifican plenamente.

La psicoterapia junguiana busca hacer consciente la influencia de estos complejos y favorecer su integración. El objetivo no es eliminarlos, sino transformar la relación con ellos, ampliando la libertad de la conciencia para responder al presente de una manera menos determinada por las heridas del pasado.

La desconfianza básica como mecanismo de defensa

Las heridas psíquicas tempranas suelen dar origen a mecanismos de defensa que la psique desarrolla para adaptarse a un entorno vivido como poco seguro. La vigilancia constante, la anticipación del peligro, la necesidad de control o el retraimiento emocional no constituyen en sí mismas fallas del carácter, sino estrategias que en su momento permitieron preservar la integridad psicológica.

 El problema surge cuando estas respuestas permanecen activas mucho después de que las circunstancias que les dieron origen han desaparecido. Así, quien de niño solo pudo sentirse seguro controlando su entorno puede llegar a la adultez con una necesidad de control que ya no responde al presente, sino a una antigua forma de protección. El crecimiento psicológico no consiste en eliminar estas defensas, sino en comprender su origen, reconocer la función que cumplieron y dejar de identificarse con ellas.

La maduración psíquica implica, entonces, sustituir progresivamente las defensas rígidas por recursos más flexibles y refinados como la capacidad de reflexionar, simbolizar y elaborar las experiencias emocionales, en lugar de reaccionar automáticamente ante ellas. 

La búsqueda de falsos griales: recobrar lo perdido

La falta que deja una confianza básica insuficientemente constituida suele buscar compensarse en el mundo exterior. La persona proyecta sobre vínculos, ideales, logros o figuras significativas la expectativa de hallar aquello que nunca logró arraigarse en su mundo interior. Busca entonces una relación que la sostenga sin fisuras, un logro que le confirme su valor, un reconocimiento que acalle sus dudas o una certeza que la proteja definitivamente de la incertidumbre. 

Estos objetos funcionan como falsos griales. Prometen devolver la sensación de plenitud perdida, pero como la falta es interior, ningún objeto externo puede colmarla de manera definitiva. La búsqueda tiende entonces a repetirse, cambiando de objeto sin modificar la estructura profunda de la carencia.

Desde una perspectiva junguiana, estos falsos griales no constituyen simplemente un error. Son también una etapa necesaria del camino. Las proyecciones movilizan la energía psíquica, impulsan el viaje y conducen a experiencias indispensables para el desarrollo de la conciencia. Solo a través de ellas la persona descubre, una y otra vez, los límites de aquello que busca fuera de sí y comienza a retirar progresivamente las proyecciones para reconocer que aquello que anhelaba encontrar en el mundo era, en realidad, una posibilidad latente en su propia interioridad.

Con frecuencia buscamos una psicoterapia cuando los intentos de llenar la falta han fracasado o han dejado de proporcionar el sentido y la seguridad que prometían. Paradójicamente, ese fracaso constituye uno de los momentos más fecundos del desarrollo psicológico. Mientras el ego conserva la ilusión de que encontrará fuera aquello que le falta, el viaje continúa orientado hacia el exterior. Solo la experiencia de sus propios límites —la aceptación de la impotencia para resolver por sí mismo la carencia fundamental— hace posible un cambio de dirección. La psicoterapia junguiana acompaña ese giro decisivo: el camino deja de conducir hacia un nuevo objeto de deseo y comienza a orientarse hacia el encuentro con la propia interioridad. El Grial deja entonces de ser algo que se conquista para convertirse en una relación que se cultiva. El auténtico Grial es la relación con el Sí Mismo, fuente de orientación, sentido y de una confianza que ya no depende de aquello que el mundo pueda ofrecer o quitar. 

En Psicología y alquimia Jung menciona “En mi condición de terapeuta mi tarea consiste en ayudar a mis pacientes a ser capaces de vivir. Por eso no puedo permitirme ningún juicio respecto de sus decisiones últimas, pues sé por experiencia que toda coacción, ya se trate de una ligera sugestión, o persuasión, o de cualquier otro medio de producir un cambio, no llega a ser a la postre sino un obstáculo a la vivencia suprema y más decisiva: la de hallarse uno a solas consu sí-mismo, o cualquiera sea el nombre que quiera dársele a la objetividad del alma. El paciente tiene que estar solo para experimentar lo que le sostiene cuando él ya no puede sostenerse por sí mismo. Unicamente esa experiencia puede darle una base indestructible”

El sentido creativo del síntoma

La desconfianza interiorizada suele manifestarse a través de síntomas, patrones repetitivos y diversas formas de sufrimiento psicológico. Desde la perspectiva de la psicología junguiana, la pregunta fundamental no es únicamente por qué aparece un síntoma, sino también para qué. El síntoma no se entiende solo como la huella de una herida del pasado, sino también como una expresión de la función autorreguladora de la psique. En este sentido, constituye un intento espontáneo del inconsciente por compensar los desequilibrios de la conciencia y señalar aquello que ha permanecido escindido, reprimido o insuficientemente desarrollado, invitando a que pueda ser reconocido, elaborado e integrado.

En La práctica de la psicoterapia, Jung afirma:

«Más de un enfermo me ha confesado que ha aprendido a estar agradecido a sus síntomas neuróticos, pues son el barómetro que le indica cuándo y dónde se ha apartado de su camino individual, o cuándo y dónde no ha tomado consciencia de cosas importantes.»

Esto no significa romantizar el sufrimiento ni negar el dolor que los síntomas pueden ocasionar. Significa reconocer que el malestar posee también una dimensión orientadora. Cuando el síntoma es escuchado en lugar de ser únicamente combatido o silenciado, puede convertirse en una vía de acceso hacia aspectos de la personalidad que reclaman atención. 

Las máscaras que ocultan el auténtico ser

Cuando la desconfianza básica se instala tempranamente, la persona suele desarrollar estrategias destinadas a proteger su vulnerabilidad. La autosuficiencia exagerada, el perfeccionismo, la dureza emocional, la complacencia o la distancia afectiva constituyen intentos de reducir el riesgo de ser herido nuevamente. 

Estas estrategias guardan estrecha relación con lo que Jung denominó la persona: el conjunto de actitudes, roles e imágenes mediante los cuales nos adaptamos a las exigencias del mundo social. La persona o la máscara no es, en sí misma, un problema; constituye una función psicológica necesaria para la convivencia. La dificultad aparece cuando deja de ser un instrumento flexible de adaptación y se convierte en una identidad rígida. La máscara ya no se pone y se quita según las circunstancias, sino que termina por confundirse con quien creemos ser, ocultando tanto nuestra vulnerabilidad como nuestras posibilidades más genuinas.

Desde esta perspectiva, el proceso terapéutico ofrece un espacio donde la persona puede comenzar a desprenderse de las máscaras que construyó para sobrevivir psíquicamente y recuperar, de manera gradual, el contacto con su autenticidad. Es un lugar en el que pueden expresarse aspectos de la personalidad que durante mucho tiempo permanecieron ocultos por haber sido desaprobados, rechazados o vividos como inaceptables. 

En palabras de Aldo Carotenuto, «estructurar la confianza en el análisis significa comunicar al otro que se lo acepta por lo que es, real y auténticamente». Solo cuando alguien se siente acogido sin necesidad de sostener una imagen idealizada puede comenzar a desprenderse de la máscara, dejar de luchar contra sí mismo y reencontrarse con su verdadera dimensión personal”

La psicoterapia como experiencia emocional reparadora

Uno de los propósitos de la psicoterapia junguiana es ofrecer una experiencia emocional reparadora que favorezca la reconstrucción gradual de la confianza básica cuando esta no logró consolidarse suficientemente durante el desarrollo o cuando fue posteriormente fragmentada por experiencias repetidas que minaron la confianza en uno mismo, en los otros y en la vida. 

El espacio analítico busca constituirse en un sostén psicológico: una relación suficientemente confiable, marcada por la presencia, la aceptación y la contención, que permita a la persona explorar sus aspectos más vulnerables sin necesidad de defenderse o esconderse por miedo al juicio, al rechazo o al abandono. 

Esta reparación no ocurre principalmente a través de la comprensión intelectual de los conflictos, sino mediante una experiencia relacional sostenida. La presencia confiable del analista, la escucha atenta, la continuidad del encuentro y el reconocimiento de la singularidad del paciente crean las condiciones para que pueda emerger una forma diferente de estar en el mundo. 

A través del trabajo con los sueños, los símbolos y la reflexión sobre los patrones vinculares que también se despliegan dentro de la relación terapéutica, la persona tiene la oportunidad de experimentar algo distinto de aquello que su complejo tiende a repetir. Allí donde anticipaba rechazo puede encontrar aceptación; donde esperaba abandono, continuidad; donde sentía la necesidad de controlar, puede descubrir que es posible confiar. Puede, poco a poco, dejar de identificarse con las máscaras construidas para protegerse y descubrir que su vulnerabilidad no conduce necesariamente al sufrimiento.

Es precisamente esta discrepancia entre la expectativa inconsciente del complejo y la experiencia efectivamente vivida, repetida con suficiente consistencia a lo largo del tiempo, la que hace posible la interiorización de una función psíquica más confiable. De este modo, la relación terapéutica no solo favorece la elaboración de las heridas del pasado, sino que restablece las condiciones para que el proceso de individuación pueda reanudarse y la persona avance hacia una forma más plena, auténtica e integrada de sí misma.

Un espacio libre de juicios

Nada de lo anterior puede ocurrir si la persona siente, aunque sea de manera sutil, que está siendo juzgada. Con frecuencia, la confianza básica se fracturó precisamente en vínculos donde aspectos esenciales de su personalidad no fueron acogidos tal como eran, sino evaluados, corregidos, rechazados o condicionados.

En este sentido, Aldo Carotenuto advierte que, si el analista no ha alcanzado una suficiente libertad frente a los valores, prejuicios y expectativas de la cultura, el paciente terminará encontrándose nuevamente con las mismas condiciones psicológicas que contribuyeron a originar su sufrimiento. Escribe al respecto:

«Ser juzgado quiere decir estar siempre contra la pared, ser atacado en los aspectos más frágiles y vulnerables de la propia personalidad. Por esto el analista se abstiene del juicio, y a través de la aceptación trata de devolver al paciente una plenitud psicológica perdida, tal vez nunca antes experimentada.»

La abstención del juicio no implica indiferencia ni la renuncia al discernimiento clínico. Significa ofrecer un espacio en el que la persona pueda mostrarse tal como es, sin la necesidad de ocultar aquellas partes de sí misma que aprendió a considerar inaceptables. Solo en un clima de aceptación pueden hacerse conscientes los aspectos rechazados de la personalidad y comenzar un verdadero proceso de integración.

Para muchas personas, ese espacio libre de juicio no representa la recuperación de algo que tuvieron y perdieron; constituye, por el contrario, la primera experiencia de ser plenamente acogidas sin necesidad de justificar, defender o transformar de inmediato aquello que son. Es precisamente esa vivencia la que permite que la confianza básica comience a echar raíces allí donde nunca antes había podido desarrollarse.

La personalidad del terapeuta como factor terapéutico

«Los pacientes tienen los analistas que se merecen», escribió provocativamente Aldo Carotenuto. Lejos de expresar un juicio moral, esta afirmación señala que la elección de un analista rara vez es casual, sino que responde a la dinámica psíquica tanto del paciente como del propio terapeuta.

Desde una perspectiva junguiana, algo semejante ocurre con la elección de pareja. El enamoramiento no surge únicamente de la afinidad consciente, sino también de la activación de contenidos inconscientes que buscan desplegarse a través de la relación. La pareja se convierte así en el escenario donde se proyectan heridas, anhelos y potencialidades, pero también en el espacio donde se permite la sanación y maduración de estos aspectos interiores. Aquello que inicialmente nos atrae del otro suele estar íntimamente relacionado con lo que necesitamos reconocer, integrar o desarrollar en nosotros mismos.

De manera análoga, la elección de un terapeuta suele guardar relación con los conflictos y las posibilidades de transformación que, en ese momento de la vida, la persona está en condiciones de abordar. El encuentro analítico no responde únicamente a afinidades racionales o a circunstancias externas; también expresa una disposición interior para confrontar determinados aspectos de la propia historia. En este sentido, la relación terapéutica constituye un acontecimiento de sentido: el escenario donde ciertos complejos pueden desplegarse, hacerse conscientes y comenzar a transformarse.

En relación con lo anterior, Jung sostenía que la personalidad del terapeuta constituye uno de los principales factores curativos del análisis. No son solo las técnicas o las interpretaciones las que producen la transformación, sino la calidad humana del encuentro y el grado de conciencia que el analista ha alcanzado respecto de su propia vida psíquica. Precisamente por ello consideró indispensable que quien aspire a ejercer como psicoterapeuta atraviese primero un profundo proceso de análisis personal. Solo quien ha aprendido a reconocer sus propias heridas, complejos, proyecciones y puntos ciegos puede ofrecer un espacio suficientemente libre para que el mundo interior del paciente se despliegue sin quedar atrapado en las necesidades inconscientes del terapeuta. 

Esta convicción, formulada por Jung hace ya varias décadas, fue posteriormente incorporada por la mayoría de las grandes escuelas de psicoterapia, que hoy consideran el trabajo personal del terapeuta como un componente esencial de su formación.

Cuando el proceso terapéutico favorece la reconstrucción de la confianza básica, el analista deja de ser el objeto sobre el que se proyecta la necesidad de salvación para convertirse en un compañero de viaje. Su función no consiste en sustituir las carencias del pasado ni en ocupar el lugar de las figuras primarias, sino en facilitar que el paciente retire progresivamente esas proyecciones y restablezca la relación con su propio Sí Mismo. En última instancia, el objetivo del análisis no es que el paciente necesite cada vez más al analista, sino cada vez menos, porque ha encontrado en su propia interioridad el fundamento de la confianza y la orientación que antes buscaba fuera de sí.

La psicoterapia como procedimiento dialéctico

Desde la perspectiva junguiana, el análisis no consiste entonces en la aplicación de un conjunto de técnicas por parte de un experto que observa desde fuera. Jung concebía la psicoterapia como un procedimiento dialéctico: un encuentro entre dos subjetividades en el que tanto el paciente como el analista se ven mutuamente afectados y transformados. La relación terapéutica no es, por tanto, la transmisión de un saber desde una posición de autoridad, sino un diálogo vivo entre dos psiques.

Jung lo expresa de la siguiente manera:

«La exigencia de que el analista sea analizado culmina en la idea del procedimiento dialéctico, en el cual el terapeuta entra en relación con otro sistema psíquico tanto preguntando como respondiendo, ya no como alguien superior, como un experto, como un juez o como un asesor, sino como una persona que se encuentra en el proceso dialéctico igual que el «paciente», como se le llama ahora.»

Esta concepción implica una profunda transformación de la figura del terapeuta. Su tarea no consiste en imponer interpretaciones preconcebidas ni en aplicar protocolos de manera mecánica, sino en mantener una actitud de apertura frente a la singularidad irrepetible de la persona que tiene delante. Por ello, Jung afirmaba:

«Como lo individual es único, imprevisible e ininterpretable, el terapeuta ha de renunciar a todos sus presupuestos y a todas sus técnicas, limitándose a la actitud que evita todos los métodos.»

Esta afirmación no supone un rechazo del conocimiento clínico ni de la experiencia terapéutica. Significa, más bien, que toda teoría debe permanecer al servicio del encuentro humano y no sustituirlo. El analista necesita conocimientos y herramientas, pero debe estar dispuesto a dejar que cada paciente cuestione sus certezas y le revele aspectos de la psique que ningún método puede anticipar por completo. En este sentido, la psicoterapia junguiana constituye un proceso de descubrimiento compartido, en el que ambos participantes se transforman a través del diálogo con el inconsciente.

La regresión al servicio de la reparación

El proceso terapéutico suele implicar un estado de vulnerabilidad y cierta forma de regresión psíquica que, lejos de ser un retroceso patológico, puede ponerse al servicio de la reparación interior. A medida que se establece el vínculo de confianza, aspectos tempranos de la personalidad, necesidades afectivas insatisfechas o formas infantiles de relación pueden reactivarse dentro del espacio terapéutico.

Esta reactivación permite que conflictos originados en etapas tempranas emerjan en un contexto más seguro, donde pueden ser reconocidos y elaborados de un modo distinto. La regresión no busca instalar a la persona en la dependencia, sino crear las condiciones para que aquello que quedó detenido pueda retomar su desarrollo.

Carotenuto recoge una advertencia que atribuye a Jung sobre este fenómeno: “No se trata de una recaída en el infantilismo, sino de un intento auténtico por parte de la persona de recuperar algo que le es necesario: es decir, un sentimiento de inocencia infantil, un sentido de protección y de seguridad, de amor recíproco, de confianza y de fe. La tendencia regresiva denota únicamente que el paciente se busca a sí mismo a través de sus recuerdos infantiles.”

La salida del aislamiento radical: tener un lugar en el mundo, volver a casa

El sufrimiento asociado a la fractura de la confianza básica no se expresa únicamente en la ansiedad o la inseguridad, sino también en un profundo sentimiento de aislamiento. Se manifiesta como la experiencia de no pertenecer, de no ser suficientemente acogido, comprendido o reconocido en la propia singularidad. Más que una soledad física, es una sensación de extrañeza frente al mundo y frente a uno mismo.

En el encuentro terapéutico, sostenido por una actitud de aceptación y libre de juicios, la persona descubre que puede mostrarse tal como es, sin necesidad de defenderse ni de ocultar aspectos de sí misma. La experiencia de ser acogida en su autenticidad le permite, poco a poco, recuperar la vivencia de tener un lugar en el mundo. 

En un sentido simbólico, este proceso constituye un volver a casa. Es el reencuentro con un hogar interior, con esa patria psíquica evocada por Hermann Hesse, de la que tantas veces nos sentimos exiliados.

La individuación puede comprenderse como ese anhelo de regreso recurrente que acompaña el devenir de la vida, en el que cada etapa nos invita a reencontrarnos, una y otra vez, con aquello que estamos llamados a llegar a ser.

Erich Neumann describió la culminación del desarrollo de la conciencia precisamente como un retorno al origen, aunque ya no desde la inconsciencia indiferenciada del comienzo, sino desde una conciencia más amplia e integrada que ha sido desarrollada en el camino. 

De lo individual a lo colectivo

Para la psicología junguiana, los dramas individuales expresan también los desafíos de la psique colectiva. Por ello, la individuación no posee únicamente un significado personal: cada ampliación de la conciencia individual constituye una contribución a la maduración de la conciencia colectiva.

Las múltiples crisis de nuestro tiempo pueden comprenderse simbólicamente como una exigencia de superar la ilusión de la separación y reconocer que formamos parte del tejido de la vida que sostiene y vincula a todos los seres. 

Reconocer esta unidad no constituye solo una ampliación de la conciencia, sino también una invitación a vivir con mayor responsabilidad, reciprocidad y cuidado hacia toda forma de vida.  Cuanto más plenamente llegamos a ser quienes estamos llamados a ser, más profundamente descubrimos que nunca hemos estado separados de los otros, del mundo y de la vida misma 

La confianza básica encuentra aquí una de sus expresiones más profundas: la posibilidad de confiar en que incluso las adversidades que atravesamos, tanto en el plano individual como en el colectivo, pueden formar parte de un proceso de maduración y ampliación de la conciencia.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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Referencias bibliográficas

Carotenuto, Aldo. (2025). La nostalgia de la memoria: El paciente y el analista. Sirena de los Vientos.

Erikson, E. H. (1985). Infancia y sociedad. Hormé.

Jung, C. G. (2006). La práctica de la psicoterapia (Obras completas, Vol. 16). Trotta.

Jung, C. G. (2014). Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral.

Jung, C. G. (2013). Los complejos y el inconsciente (Obras completas, Vol. 8). Trotta.

Neumann, E. (2017). Los orígenes e historia de la conciencia. Traducciones Junguianas.

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