La contemplación de la belleza en los viajes como meditación transformadora

La belleza como manifestación de un ritmo primordial

La búsqueda del placer que nos proporciona la contemplación de la belleza en  paisajes, construcciones y objetos que captan nuestra atención en los lugares que visitamos es una de las grandes motivaciones  para emprender nuestros viajes.

A pesar de que los cánones de belleza varían según épocas y lugares, se considera también que la percepción de lo estético y el placer que genera su contemplación, pueden estar relacionados con ciertas  proporciones, ritmos y armonías presentes en la naturaleza, que se replican en el arte y la arquitectura.

Las formas que subyacen a la belleza han sido consideradas por diferentes mitologías y cosmovisiones como el despliegue de un ritmo primordial que subyace a todo lo manifestado; una energía generadora de vida que se observa en la estaciones, en las mareas, en la estructura de las formas de las hojas, de los árboles, en el movimiento de los animales, en el desplazamiento de los astros, en la respiración. Se considera que cuando aquellas formas fundamentales se manifiestan en el arte, no solo han sido transmitidas de manera tradicional sino que emergen espontáneamente en diferentes tiempos y lugares.

La fuerza o energía primigenia ha sido nombrada como tao en el pensamiento chino y logos en la filosofía presocrática, el alma del mundo, lo sagrado, lo absoluto y, desde el ámbito de la física cuántica, David Bohm ha postulado que en el universo funciona un orden implicado subyacente al orden desplegado, guardando similitudes con la idea del principio primordial.

La belleza como acceso a lo sagrado

Desde la antigüedad se le ha atribuido a la belleza la capacidad de ser mediadora entre el individuo y lo sagrado. Gracias a sus efectos embriagadores, la contemplación de la belleza puede generar una especie de trance que permite la percepción intuitiva y simbólica de otros ámbitos de la existencia que discurren  más allá de lo racional y lo  conceptual.   

El impacto de la belleza puede ser tan contundente que incluso se ha descrito un trastorno relacionado. El síndrome de Stendhal o de Florencia: un conjunto de síntomas psicosomáticos (elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones) como respuesta a una elevada exposición de belleza artística.   

Al encuentro profundo con la belleza se le atribuye entonces una función reveladora  constituyéndose así como un potencializador de la dimensión iniciática y transformadora de los viajes.

La belleza como vía de conocimiento interno

Platón, influido por Pitágoras, consideró la contemplación de la belleza como un camino ascendente de perfeccionamiento. Lo bello de las cosas que percibimos a través de los sentidos exteriores sería el reflejo de una Belleza superior, inmutable y absoluta que puede ser intuida por nuestros sentidos interiores.

Esta Belleza superior es considerada como un atributo de lo divino, relacionada con la Verdad, y el Bien. Por lo tanto, la contemplación de la belleza sería un camino que nos conduciría a la expresión del bien y la verdad en nosotros mismos, es decir, al desarrollo de una belleza interior, una meditación que permitiría un despojamiento progresivo de lo superfluo y efímero, hacia un reconocimiento de lo “esencial” e infinito.

La belleza de las cosas funcionaría como un puente, una puerta de acceso a un nivel sutil de percepción y de conciencia más profundo. Conduciría a un reconocimiento de los ritmos y armonías de la naturaleza en el individuo, lo que facilitaría la emergencia de un sentimiento de participación en una unidad armónica y coherente que lo trasciende.

Este sentimiento de participación en algo que engloba y trasciende al individuo, le  puede proporcionar una fuente subjetiva de significado así como de sostén en el transcurso de su vida.   

Se resalta cómo la belleza da las cosas convoca a amarlas y respetarlas. El encuentro profundo con la belleza puede promover entonces una actitud de solidaridad, cuidado y responsabilidad con el resto de la humanidad, de los seres vivos y elementos de la naturaleza.  

La magnanimidad de la belleza de la naturaleza y la admiración que suscita, ubican al sujeto con relación con ell planeta, con una actitud de humildad y cierta  veneración. Le convoca a reconocer a la tierra como un ser orgánico que lo acoge y no como un cúmulo de recursos a ser explotado indiscriminadamente para su  beneficio. La belleza de la naturaleza nos ayudaría entonces a compensar la arrogancia destructiva de la modernidad tecnológica en la que nos desenvolvemos.  

La naturaleza y su belleza nos ofrecen, además, infinidad de vivas metáforas y correspondencias con nuestro propio ser que nos ayudan a acercarnos a una comprensión intuitiva de paradojas existenciales. Así, por ejemplo, el placer estético que nos proporcionan los colores, los aromas, las sombras de un bosque en otoño, nos puede ayudar a penetrar en la belleza y sentido del desprendimiento, de la melancolía en nuestra vida. La belleza de un volcán en erupción nos puede ayudar a reconciliarnos con el ímpetu de nuestras emociones. Los reflejos de luces sublimes de un paisaje de invierno, nos dan luces sobre la vida que se incuba en nuestros periodos de aparente estancamiento.

Los riesgos de la belleza

Se advierte desde diferentes tradiciones que la embriaguez de la belleza puede ser adictiva. Existe el riesgo de quedar atrapado en el aspecto físico y material de la belleza, eludiendo el lugar simbólico que convoca.  

Podemos entonces insertarnos en una búsqueda frenética de lugares y objetos cada vez más exóticos y estimulantes, para excitarnos con emociones que no   conmueven o transforman, sino que  simplemente anestesian o alivian.

La belleza en este caso actuaría como las sirenas que hechizaban y entorpecían el viaje de Ulises en su regreso a Ítaca. Sería  también como  si quisiéramos quedarnos a vivir en un puente por su encantadora vista sin acceder al lugar que nos puede conducir. Podemos quedar atrapados entonces en la exterioridad, condenados a una existencia inauténtica, alejados de nuestra interioridad, de nuestra singularidad.

El espíritu de la belleza

La belleza profunda no es evidente, sino que emerge. Su contemplación implica una actitud de humildad, silencio y receptividad para que podamos ser invadidos y transformados por “el espíritu de la belleza”

Si las intuiciones sobre la funcionalidad transformadora de la belleza son genuinas, quizás si nos dejamos transformar por el “espíritu de la belleza”, con el tiempo llegaríamos a ser cada vez más conscientes de los ritmos y armonía de la naturaleza en nuestro interior.  De esta manera podríamos resonar y deleitarnos con la belleza de lugares más parcos, menos espectaculares, con la ventaja de no tener que disputar nuestro lugar en ellos a codazos con otros viajeros y turistas que se encuentran en la misma búsqueda.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

Referencias Bibliográficas

Díaz Kayel, Bárbara (2007). La belleza, umbral del misterio 

Valeria, Esther (20014). Leopoldo Marechal: una estética unitiva: estudio de la recepción de fuentes griegas y cristianas

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