La migración de retorno y el choque cultural inverso

Una versión de este texto se publicó en la revista Psicología y Mente

La migración se suele concebir como un proceso que implica asumir diversas pérdidas y que exige adaptarse a un nuevo contexto. Entre las expectativas al partir hacia nuestro destino se encuentran presentes los retos que se presupone será necesario superar.

El retorno al lugar de origen nos suele atrapar más desprevenidos ya que, al considerar que se regresa a un punto en el que ya se ha estado, no se contempla como necesario un proceso de adaptación significativo. Dicha presunción no tiene en cuenta que el lugar de  origen, su gente y sobretodo el propio migrante, han sufrido profundas transformaciones  durante el viaje. Las condiciones cambiantes del regreso  permiten considerar entonces el retorno como una segunda migración.

Las implicaciones emocionales de la migración de retorno pueden llegar en ocasiones a ser incluso más impactantes que las de la primera migración. La sensación de extrañeza e incompetencia con respecto al lugar que considerábamos como propio, puede ser fuente de gran desconcierto e incertidumbre. Los efectos psicológicos de la migración de retorno se han conceptualizado bajo el nombre de choque cultural inverso.

Entre las motivaciones para el regreso destacan las relacionadas con el ámbito económico, como el desempleo o la precariedad laboral en el lugar de destino; motivaciones  familiares consistentes por ejemplo en padres que se han hecho  mayores y necesitan atención, o  el deseo de  brindar a hijos que entran en la adolescencia un entorno más controlado o acorde a los valores del contexto de origen. También pueden ser motivos para el regreso dificultades en la adaptación al entorno de destino y la discriminación. 

Las investigaciones resaltan que, cuanto mayores son el tiempo de estancia y las diferencias culturales en el lugar de destino, mayores son las dificultades de adaptación en la migración de retorno. Se destaca que las circunstancias y las expectativas que rodearon nuestra migración, además de las particularidades de la experiencia durante la estancia,  influyen de manera sustancial en la forma como se experimenta el regreso o los regresos al lugar de origen.

Diferentes modos de partir y de regresar

El retorno deseado

Para muchas personas la migración se plantea como el medio para la consecución de unos objetivos más o menos concretos, que implican una duración en ocasiones determinada y en otros indefinida. Se parte con la expectativa y el deseo de que una vez se consigan dichos objetivos se regresará al lugar de origen para disfrutar de los logros obtenidos durante el viaje.

Los objetivos pueden ser variados: realizar una especialización académica, un trabajo temporal de duración determinada, ahorrar dinero  para proveerse un capital suficiente para realizar algún emprendimiento o comprar una vivienda. En ocasiones la migración está motivada por aspectos negativos en el lugar de origen, como precariedad laboral o inseguridad, y se plantea entonces una migración temporal mientras estas condiciones se mejoran. La migración puede ser vista también como un respiro para acumular experiencias y vivencias durante un tiempo definido.

En aquellos casos en los que la idea del retorno se encuentra muy presente desde el inicio, suele haber una fuerte  valoración e identificación con las costumbres y tradiciones del país de origen. Dichas tradiciones buscan ser recreadas en el lugar de acogida y es usual que se prioricen los vínculos sociales con compatriotas expatriados. Paralelo a lo anterior, se puede presentar una resistencia a la integración o asimilación plena con la cultura de destino. También es habitual que las personas con un firme deseo de retornar tengan una alta valoración de los vínculos familiares y sociales en el país de origen, los cuales  se procura   seguir manteniendo y alimentando a pesar de la distancia. 

El retorno en muchos casos es entonces la consecuencia lógica del proyecto migratorio: se cumplen los periodos académicos o laborales previstos, se valoran como en cierto grado cumplidos los objetivos económicos o experienciales propuestos. En estos casos la decisión de regresar se suele vivir con alto grado de autonomía y no tanto como la consecuencia pasiva de circunstancias externas. Suele haber un tiempo de preparación, lo que permite ir ajustando las expectativas a lo que se puede llegar a encontrar en el regreso. Se reconocen además los logros del viaje, así como los beneficios que pueden aportar para la nueva vida en el país de origen.   

Se valoran también los apoyos que se pueden obtener de las redes sociales y familiares que se han seguido manteniendo durante el viaje. Todos estos aspectos inciden positivamente para la adaptación en el retorno, pero no eximen de las dificultades que se puedan presentar ya que, aunque es posible regresar al lugar físico, es imposible retornar al lugar imaginado al que se creía pertenecer.

El retorno mítico

En ocasiones las expectativas y objetivos iniciales se transforman; puede que no se perciba que se han cumplido los objetivos propuestos o que las condiciones hostiles que motivaron la migración no han mejorado. Quizás también, con el transcurrir del tiempo, se han consolidado raíces fuertes en el país de destino y debilitado las del país de origen. La intención de regresar entonces puede verse postergada por años, décadas e incluso por generaciones llegando en ocasiones a constituirse más que en una intención concreta, en un mito de añoranza.

Si se percibe que los objetivos no se han conseguido y se tiene que regresar antes de lo previsto, el retorno puede ser experimentado como un fracaso. La adaptación implica confrontarse con una sensación de descontento, como si hubiera quedado algo pendiente. El inmigrante puede pasar de ser un “héroe” para la familia y el entorno social, a constituirse en un peso más para la supervivencia familiar.

El retorno inesperado

Hay personas que desde su salida se plantean la migración como el inicio de una nueva vida en un contexto de mayor bienestar, por lo que en principio el retorno  no se encuentra entre sus planes. Otros llegan con actitud de apertura esperando a ver cómo transcurren las circunstancias y deciden luego de un tiempo echar raíces en su destino. Otros más,   aunque llegan con la idea de regresar, se les presentan oportunidades o descubren aspectos que los llevan con el tiempo a cambiar de opinión. También hay migrantes que permanecen indefinidamente con las posibilidades abiertas sin descartar radicalmente ninguna opción.

Uno de los aspectos fundamentales que conduce a las personas a optar por permanecer indefinidamente en su lugar destino, es la percepción de que su calidad de vida es mayor que la que podrían tener en su país de origen. Calidad de vida que es descrita por algunos migrantes como mejores condiciones económicas, sensación de seguridad en las calles,  mejores servicios de salud, educación o transporte, infraestructura, menores niveles de corrupción y desorganización. También aspectos relacionados con la mentalidad, como el caso de mujeres que se encuentran con cuotas de emancipación e igualdad que no disfrutaban en sus lugares de origen. Para otros, la necesidad de vivir en el extranjero responde aspectos interiores, como la posibilidad de satisfacer su deseo de aventura y de experiencias novedosas. Algunos migrantes narran que el vivir en el extranjero les permite expresarse de manera más genuina alejados de un entorno que consideraban limitante.

En los casos en los que el retorno deja de contemplarse como una opción apetecible suele haber un interés por integrarse en la cultura de destino. Este interés no necesariamente implica un distanciamiento o rechazo de la propia cultura, ni de los vínculos familiares o sociales del país origen. Se genera entonces una dinámica transnacional, en la que se vive entre las dos culturas a través de viajes periódicos y comunicación permanente. Esta dinámica transnacional se ve facilitada actualmente por el abaratamiento de los viajes aéreos y las posibilidades de comunicación que brindan las nuevas tecnologías. En algunas ocasiones la dinámica transnacional incide para que disminuya el apasionamiento por la identidad nacional, adquiriéndose un carácter evidentemente más hibrido y cosmopolita.

El país de origen como un entorno adverso

Cuando hay una alta valoración de diversos aspectos que se han podido vivir en el lugar de destino y las personas se ven abocadas a retornar a sus países de origen, usualmente por razones familiares o económicas, la adaptación en el retorno se torna compleja, siendo necesaria una habituación a un estándar de vida que se percibe como inferior en algunos ámbitos.  Lo anterior puede hacer emerger una hipersensibilidad y sobrevaloración de los aspectos que se consideran negativos en el lugar de origen. Se puede experimentar  entonces todo como más precario, desorganizado e inseguro de lo que perciben las demás personas que no están pasando por esta experiencia de adaptación. Esta hipersensibilidad  puede generar tensiones con familiares y amigos que perciben al retornado con actitudes de desprecio injustificado. El retorno en ocasiones también implica que la persona se tenga que confrontar con cuestionamientos sobre su estilo de vida, que no se considera acorde con los esquemas predominantes en su lugar de origen.

Es habitual entonces que emerja una sensación de extrañeza y el reconocimiento de la distancia que se ha establecido con el entorno de origen. Algunos retornados tienen la sensación de que todo se ha quedado congelado en el tiempo mientras ellos ya no son los mismos. Esta sensación conduce a que muchos retornados vivan la estancia en el país de origen como una transición mientras se dan las condiciones para regresar al país de su primera migración o se emprende una nueva migración a un tercer país.   

La sensación de no ser ni de aquí ni de allí puede ser experimentada con nostalgia por algunos migrantes porque se pierde un referente nacional de identificación, pero también puede ser vivido como una liberación de esquemas constrictivos. En algunos se genera entonces el síndrome del viajero eterno, que busca de manera constante satisfacer su necesidad de experiencias nuevas y curiosidad en diferentes lugares.

El retorno forzado

Las condiciones más adversas para el retorno evidentemente se presentan cuando la persona quiere permanecer en el lugar de destino y condiciones externas lo fuerzan sin alternativa a regresar en casos de desempleo prolongado, una enfermedad propia o de algún familiar, vencimiento de la residencia legal o incluso la deportación. En los casos en que lo económico ha sido el factor desencadenante del movimiento inicial se regresa cuando se han agotado todas las estrategias de supervivencia.

Para algunas personas la migración ha sido una manera de poner distancia con situaciones familiares o sociales que resultan cargantes o conflictivas. El retorno, por lo tanto, implica abandonar un contexto que parecía más satisfactorio y el reencuentro con situaciones y conflictos de los que se buscaba alejarse.

En los casos en los que la migración ha significado dejar atrás un pasado que se quiere superar, se suele presentar una alta motivación para integrarse plenamente a las dinámicas del contexto destino, en ocasiones procurando incluso evitar a la gente de su propio país. 

En algunos casos, al retornar se ha producido no solo un distanciamiento de los vínculos familiares sino también con las amistades del lugar de origen, de tal manera que no pueden funcionar como apoyo o recurso para la adaptación. El retorno es entonces vivido casi como un exilio que implica confrontarse con muchos aspectos que se esperaba haber podido dejar atrás. Las investigaciones resaltan que la adaptación en estos tipos de retorno suelen ser los más dificultosos presentándose también el deseo de iniciar una nueva migración pero en ocasiones con planes vagos y poco elaborados.

El choque cultural inverso

Las personas que retornan, llegan al país de sus raíces con el sentimiento de haber cumplido más o menos con sus propósitos, en otros casos con sentimientos de frustración o sensación de derrota, pero siempre con la necesidad apremiante de darle curso a sus vidas en las condiciones existentes.

El choque cultural inverso se refiere a este proceso de reajuste, resocialización y reasimilación dentro de la propia cultura después de haber vivido en otra diferente por un período de tiempo significativo. Este concepto se ha ido desarrollando desde mediados del siglo XX por investigadores basados inicialmente en las dificultades de adaptación al regreso de estudiantes de intercambio.

Etapas del choque cultural inverso.

Algunos investigadores consideran que el choque cultural inverso se inicia cuando se planea el regreso a casa. Se observa que algunas personas realizan algunos rituales con la intención de despedirse de lugar de destino y comienzan a ejecutar acciones para encaminarse al lugar de procedencia.

La segunda etapa es la denominada como luna de miel. Se caracteriza por la emoción del reencuentro con familiares, amigos y espacios añorados. Quien retorna siente la satisfacción de ser acogido y reconocido en su regreso.

La tercera etapa es el choque cultural propiamente dicho y emerge cuando surge la necesidad de establecer una cotidianidad una vez que ha pasado la emoción de los reencuentros. Es el momento en que se es consciente de que la propia identidad se ha transformado y de que el lugar añorado y las personas no son como se imaginaban. Se pierde el protagonismo de los primeros días o semanas y la gente ya no se encuentra interesada en escuchar las historias de nuestro viaje. Esto puede llevar a desplegar sentimientos de soledad y aislamiento. Emergen entonces dudas, desilusiones y  arrepentimientos. Los retornados se pueden sentir también abrumados por las responsabilidades y elecciones que tienen que afrontar. En ocasiones las ansiedades que esto genera se pueden manifestar en irritabilidad, insomnio, miedos, fobias y trastornos psicosomáticos.

La etapa final es de ajuste e integración. En esta etapa el retornado  moviliza sus recursos de adaptación para acomodarse a las nuevas circunstancias y se va desvaneciendo la añoranza constante por el país que lo acogió. Se fortalece entonces la capacidad de centrarse en el presente y en trabajar para la consecución de sus proyectos vitales.

El ideal es que cuando el retornado vuelva a su país sea consciente del enriquecimiento que le ha proporcionado el viaje y las experiencias que ha vivido en el país de acogida, que desarrolle la capacidad para que estas experiencias se constituyan en recursos para sus nuevos emprendimientos. Las etapas no son estrictamente lineales, sino que se pasa por altibajos anímicos hasta que poco a poco se va consiguiendo una cierta estabilidad.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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