¿Quién puede esperar tranquilamente mientras el barro se asienta?
¿Quién puede permanecer quieto hasta el momento de la acción?
Lao Tsu , Tao Te Ching
«El lema “querer es poder” es la superstición del ser humano moderno en general. Para mantener este credo, el ser humano moderno cultiva una falta notable de introspección. No ve el hecho de que, con toda su racionalidad y eficacia, está poseído por poderes que se escapan a su control. Los dioses y los demonios no han desaparecido; simplemente, han recibido nombres nuevos. Nos asedian con la inquietud, las aprensiones vagas, las complicaciones psicológicas, la necesidad invencible de pastillas, alcohol, tabaco, sistemas dietéticos e higiénicos y, sobre todo, con una serie impresionante de neurosis»
Carl Jung en la Vida Simbólica
A lo largo de la vida nos enfrentamos tanto a situaciones sobre las que podemos tener injerencia—y que nos convocan a la acción— como a realidades donde esa capacidad se limita, llamándonos más bien a cultivar una actitud que se puede nombrar como de aceptación.
El reconocimiento de la capacidad de implicarnos activamente en la construcción de nuestro bienestar y en la transformación de aquello que nos genera sufrimiento sostiene la vivencia de ser sujetos de nuestra propia historia, favoreciendo la autonomía, la responsabilidad y la maduración psíquica.
Cuando el sentido de agencia es débil, tendemos a adoptar una postura pasiva: atribuimos lo que nos ocurre —tanto lo favorable como lo adverso— casi exclusivamente a factores externos, nos sentimos a merced del destino y enfrentamos las dificultades con una resignación que puede volverse paralizante.
En el extremo opuesto, si la agencia se exacerba y no se equilibra con la aceptación, el yo puede caer en una fantasía de omnipotencia y en una expectativa desmesurada de control sobre el entorno.
La polaridad entre acción y aceptación
Desde la perspectiva junguiana, la psique se desarrolla a partir de la tensión entre opuestos complementarios —como consciente e inconsciente, voluntad y entrega, expansión y contracción, persona, sombra— . La tensión entre dichas polaridades genera la energía para la transformación y maduración de la personalidad, proceso denominado por Jung como individuación.
La individuación no consiste en la victoria de un polo sobre otro, sino en la capacidad de sostener creativamente esa tensión de los contrarios para dar lugar a una conciencia más amplia.
Bajo esta lógica, acción y aceptación se revelan como actitudes complementarias. Mientras la primera se vincula al ejercicio de la voluntad para incidir en el mundo, la segunda invita a reconocer los límites propios y a rendirse ante aquellas fuerzas que exceden el control consciente. La madurez psicológica no radica en absolutizar ninguna de estas posturas, sino en desarrollar el discernimiento necesario para saber cuándo actuar y cuándo aceptar, respondiendo con flexibilidad y congruencia a las demandas de cada circunstancia
Esta dialéctica evoca un célebre pasaje del I Ching, el libro sapiencial de la tradición china que Jung consideraba un lenguaje simbólico del proceso de individuación.
Al abordar la polaridad entre la acción y la aceptación, el texto señala: «La verdadera quietud consiste en mantenerse quieto una vez llegado el momento de mantenerse quieto, y en avanzar una vez llegado el momento de avanzar. De esta manera, quietud y movimiento están en concordancia con los requerimientos del tiempo, y así hay luz en la vida».
En sintonía con este principio, Jung insiste en la necesidad de sostener una doble atención y advierte sobre los peligros de polarizarse en cualquiera de los extremos:
«Si la conciencia del ego sigue exclusivamente su propio camino, intenta volverse como un dios o un superhombre. Pero el reconocimiento exclusivo de su dependencia solo conduce a un fatalismo infantil y a un orgullo espiritual misantrópico y negador del mundo».
La paradoja como camino: la aceptación del misterio, la ambigüedad y la incertidumbre
Para Jung, el intento de comprensión del ser humano exige tolerar y aceptar una considerable dosis de ambigüedad e incertidumbre, así como reconocer que existen dimensiones de la experiencia que escapan al dominio conceptual. No todo puede ser explicado de manera definitiva: ciertos aspectos de la psique solo pueden ser abordados simbólicamente y vividos experiencialmente, más que plenamente definidos. Con frecuencia, la complejidad de la experiencia humana solo puede vislumbrarse a través de las paradojas que esta contiene,
Desde esta perspectiva, el conocimiento de sí no consiste tanto en alcanzar certezas definitivas como en desarrollar la capacidad de habitar preguntas, sostener tensiones y dialogar con aquello que permanece parcialmente velado. La comprensión psicológica no se encamina a eliminar artificialmente el misterio de la experiencia humana, sino aprender a relacionarse con él de una manera más consciente y reflexiva.
En una de las entrevistas que le realizaron, Jung señaló en este sentido «Nosotros también debemos ser una paradoja, porque solo entonces vivimos nuestras vidas, solo entonces alcanzamos la integridad y la integración de nuestras personalidades. Estar completo es estar lleno de contradicciones… La unidad nunca se hace evidente porque los opuestos dentro de nosotros operan y se mezclan de varias maneras y es su interacción lo que hace al hombre completo… Lo que se muestra siempre es paradójico, por lo que no hay una imagen uniforme de la personalidad… Las biografías parecen tan irreales porque intentan dar una imagen coherente de la personalidad de alguien… La imagen es veraz solo cuando es ambigua y paradójica… Por eso también podemos decir que la duda es un estado más elevado que la certeza. Quien duda puede ver ambas posibilidades. Es agradable para nosotros cuando se alcanza la certeza, pero no debe durar demasiado porque la certeza no es la vida».
La paradoja de la aceptación
La aceptación hace parte de una de las paradojas fundamentales de la existencia: aquello que intentamos cambiar compulsivamente suele rigidizarse, mientras que aquello que puede ser reconocido y aceptado encuentra mayores posibilidades de transformación.
Al disminuir la lucha defensiva del ego —entendido por Jung como el centro de la conciencia, la instancia psíquica desde la cual el individuo organiza su identidad, percepciones y sentido de control—, la persona puede abrirse al influjo del Sí-mismo, arquetipo de totalidad y factor regulador interno que orienta el desarrollo integral de la personalidad.
La paradoja de la aceptación como factor de movimiento puede observarse en múltiples experiencias humanas.
En los procesos de duelo, por ejemplo la persistencia de la negación de la pérdida bloquea el trabajo de asimilación; solo cuando sobreviene la aceptación consciente de la ausencia, se reanuda la elaboración psíquica
De manera similar, en hábitos autodestructivos o vínculos repetitivos y disruptivos, el cambio suele comenzar cuando la persona logra reconocer con honestidad aquello que le sucede, abandonando mecanismos de negación o autoengaño.
Con frecuencia, entonces, la transformación se vuelve posible cuando se acepta o reconoce aquello que permanecía oculto, reprimido o escindido detrás del aspecto sintomático.
Eje ego-Self
El concepto del Sí-mismo se vincula con imágenes tradicionales —tanto filosóficas como espirituales— que reconocen un principio creativo primordial. Dicho principio actúa como un agente promotor de orden y sentido, articulando el macrocosmos y la naturaleza con la vida colectiva y la experiencia individual.
Según la tradición, este principio primordial ha recibido distintos nombres: en el pensamiento oriental es el Tao, el orden subyacente de la realidad; en la filosofía griega, el Logos o principio racional del cosmos; en el hinduismo y el budismo, el Dharma, asociado a la ley y al recto camino; y en el antiguo Egipto, Maat, encarnación de la verdad, el equilibrio y la armonía universal.
Cuando el ego se resiste al influjo del Sí-mismo e intenta imponer sus expectativas de forma unilateral, la psique suele responder con síntomas y crisis reactivas. Desde la mirada junguiana, dicho malestar fractura la ilusión de omnipotencia del yo, favoreciendo la actitud de aceptación indispensable para reactivar el proceso de desarrollo y maduración
El desarrollo psíquico se fundamenta en una interacción armónica entre el ego y el Self. La maduración psicológica no consiste en la subordinación absoluta del yo ni en su engrandecimiento inflado, sino en el establecimiento de un diálogo permanente entre ambas instancias.
El ego está llamado a diferenciarse de la fuente de la cual emerge, a fortalecerse y a actuar en el mundo; pero también a flexibilizarse y reconocer los límites de su control, aprendiendo a escuchar las orientaciones que el inconsciente manifiesta a través de sueños, símbolos, afectos y sincronicidades.
Etapas vitales para cada actitud: la subordinación del ego en la mitad de la vida
La psicología analítica plantea que la primera mitad de la vida se orienta a la construcción y consolidación del ego: es el tiempo de diferenciarse, fortalecer la voluntad y adaptarse a las demandas externas. En la segunda mitad, por el contrario, la aceptación emerge como el eje central, traduciéndose en el reconocimiento de los límites del control yoico y en la apertura a la dinámica profunda de la psique. No obstante, esta distinción no es rígida: acción y aceptación coexisten a lo largo de toda la existencia, alternando su preponderancia según las circunstancias.
El proceso de individuación puede comprenderse, así, como un doble movimiento: primero, un viaje de ida que implica la diferenciación de la fuente primordial y el fortalecimiento del ego; después, un retorno simbólico a una totalidad más amplia, en la que el yo comienza a reconciliarse con el Self y a reconocerse como parte de algo que lo trasciende.
Síntomas como intentos de curación: la no aceptación de una verdad incómoda
Jung interpreta los síntomas —como la depresión, la ansiedad, las obsesiones o los patrones vinculares disruptivos— como manifestaciones de un estancamiento en el fluir de la energía psíquica proveniente del Sí-mismo, expresadas tanto en el plano psicológico como en el somático. La neurosis puede entenderse, así, como la expresión de una parte disociada y no reconocida de la personalidad.
Bajo esta mirada, el síntoma se revela como un esfuerzo compensatorio de la psique, cuyo fin es corregir la parcialidad de la actitud consciente e integrar aquellas dimensiones vitales que permanecían desatendidas. Con frecuencia, estas manifestaciones encarnan un dolor, una verdad incómoda o un potencial latente que exige ser reconocido y aceptado. La tarea no consiste en combatir el síntoma, sino en preguntarse qué intenta comunicar.
Sufrimiento auténtico y sufrimiento neurótico
Jung distinguía entre un sufrimiento legítimo —vinculado a las pérdidas, frustraciones y contingencias inevitables de la existencia— y un sufrimiento neurótico, originado en la resistencia del ego a aceptar la realidad tal como es. El primero, aunque doloroso, favorece la maduración y la expansión de la conciencia; el segundo surge como un intento fallido de eludir ese dolor inicial, añadiendo un padecimiento innecesario alimentado por nuestras interpretaciones, resistencias y conflictos no asumidos. En este sentido, Jung afirmaba que neurosis el sustituto del sufrimiento auténtico.
Según Jolande Jacobi, el proceso de volverse consciente consiste precisamente en transformar un sufrimiento vacío o desviado en una experiencia fecunda y reveladora, capaz de enriquecer el alma.
En una línea semejante, Edward Edinger afirmó en Ego y arquetipos: “Sufrir por sufrir no tiene ningún valor. Es solo el sufrimiento significativo que se acepta conscientemente el que extrae el fluido redentor. Lo que trae la transformación es la aceptación voluntaria de los opuestos dentro de uno mismo, la aceptación de la propia sombra, en lugar de proyectarla sobre los demás”
La aceptación de la sombra: la disminución de la proyección
Desde la perspectiva junguiana, la aceptación de uno mismo implica también el reconocimiento de la sombra: aquellos aspectos rechazados, negados o poco desarrollados de la personalidad que el ego tiende a excluir de su autoimagen consciente. Cuando estos contenidos no son reconocidos, suelen proyectarse sobre otras personas, percibiendo afuera aquello que resulta difícil admitir en uno mismo.
La aceptación de la sombra implica, por tanto, una disminución gradual de la proyección, favoreciendo la integración de aquellos aspectos rechazados que, aunque incómodos, forman parte de nuestra totalidad psíquica y contribuyen a completarnos como individuos.
De víctima a sobreviviente
Como parte del proceso de recuperación de una experiencia traumática, es indispensable reconocer la herida y transitar sus afectos: dolor, rabia, tristeza o injusticia. Negar estas vivencias o forzar una superación prematura intensifica la fractura interior, pues lo que no se elabora opera de manera subterránea. Sin embargo, es vital no fijarse en la identidad de víctima. Cuando el sufrimiento se vuelve el eje del yo, el trauma sigue organizando la vida; la persona se percibe únicamente desde el daño y la impotencia, como si el hito doloroso agotara el significado de su historia
Asumir que la vida continúa exige adaptarse a una nueva realidad; implica transitar de la condición de víctima a la de sobreviviente mediante la recuperación gradual de la agencia y la capacidad de respuesta. Así, la mirada se desplaza de lo perdido hacia lo que es posible construir. Este rescate de la soberanía interior permite que el trauma trascienda su dimensión destructiva y devenga, dolorosamente, en un agente de maduración. La cicatriz ya no solo atestigua la herida, sino que señala una travesía psíquica que aporta una sensibilidad ampliada, mayor autoconciencia y una compasión profunda nacida del tránsito consciente por el dolor.
El dejar suceder: la aceptación de la propia ecuación arquetípica
Jung se distancia tanto de las perspectivas que explican la personalidad únicamente a través de la socialización —como si llegáramos al mundo como una tabula rasa— como de la idea de que nuestras decisiones dependen de forma exclusiva de la conciencia racional y de la voluntad del ego.
La psicología analítica postula que, del mismo modo en que una semilla posee el diseño biológico para devenir en un árbol específico, en el ser humano operan tendencias profundas —coordinadas por el Sí-mismo— que promueven el desarrollo de una personalidad única. Estas pautas, denominadas arquetipos, funcionan de manera análoga a los instintos y se manifiestan subjetivamente como anhelos vitales: explorar el mundo, independizarse, crear vínculos o encontrar un propósito.
Se propone que cada persona no está determinada por un único impulso, sino por una configuración arquetípica singular, una repartición de «juego de cartas» particular y la tarea consiste en desplegar del mejor modo posible ese bagaje innato.
Para Jung “Los arquetipos han sido y son fuerzas anímicas vitales que reclaman plena aceptación y que con los más extraños métodos se encargan de hacerse valer. Siempre han aportado protección y salvación, y su vulneración comporta los perils of the soul [peligros del alma], muy conocidos por la psicología de los hombres primitivos. Son también, en efecto, los agentes que provocan infaliblemente trastornos neuróticos e incluso psicóticos, al comportarse exactamente como órganos corporales o sistemas funcionales orgánicos desatendidos o maltratados”
Los dioses que nos habitan
Los arquetipos se conciben, desde la perspectiva junguiana, como patrones universales e inefables de la experiencia humana, cuya presencia puede intuirse a través de las imágenes mitológicas, religiosas y simbólicas de los distintos pueblos y culturas. Desde tiempos antiguos, las deidades han representado tendencias, conflictos y potencialidades internas, ofreciendo un lenguaje simbólico para comprender motivaciones, deseos y dilemas profundamente humanos.
La configuración arquetípica de cada persona se va actualizando a lo largo de la vida, adquiriendo distintos énfasis según las circunstancias y las tareas psicológicas de cada etapa. En ciertos momentos puede predominar una energía asociada simbólicamente a Marte, favoreciendo la acción, la afirmación y la lucha; en otros, Hestia puede cobrar mayor relevancia, impulsando la construcción de hogar, intimidad o arraigo. Saturno puede hacerse presente en períodos que exigen disciplina, límites y responsabilidad, mientras que en etapas de crisis o transformación profunda, Dionisio puede irrumpir invitando a atravesar el caos, la pérdida de control o la disolución de estructuras previas como antesala de una renovación
Una parte fundamental de la individuación consiste en reconocer y aceptar esa disposición arquetípica cambiante. Es preciso, entonces, ser capaces de dejar suceder psíquicamente. Al respecto, Jung señalaba: «Para nosotros esto es un verdadero arte del que infinidad de personas nada entienden, en tanto su conciencia interviene constantemente ayudando, corrigiendo o negando».
Del mismo modo en que no puede pedirse a un manzano que produzca peras, tampoco se trata de forzar al sujeto a convertirse en aquello que no es. En consecuencia, la psicoterapia junguiana no busca moldear a la persona según ideales normativos ni ajustarla simplemente a lo socialmente aceptado. Su propósito consiste, más bien, en ofrecer las condiciones para que cada quien pueda reconocer y aceptar su naturaleza singular, favoreciendo el despliegue de sus potencialidades propias y una realización más auténtica de sí mismo.
El callejón sin salida: la inevitabilidad de la individuación
Los arquetipos para Jung no sólo operan a nivel psicológico sino que tienen incidencia también en las circunstancias a las que se ve expuesto el individuo en la realidad externa.
Se plantea entonces que cada persona carga con una configuración singular de heridas, conflictos, potenciales no vividos y asuntos pendientes que tienden a recrearse en las circunstancias que le confrontan a lo largo de la vida.
Jung plantea en este sentido que el inconsciente puede generar situaciones límite que desafían las certezas del ego y la ilusión de control, impulsando al individuo a transitar por la experiencias necesarias para desplegar su potencial singular y a confiar en un proceso de crecimiento que trasciende la voluntad consciente.
Esta dinámica encarna la conocida máxima junguiana: ‘Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma»
El ego puede entonces resistirse a las demandas del Si Mismo mediante la negación o la evasión, pero llega un momento en que estas defensas resultan insuficientes. La persona se enfrenta entonces a la necesidad de abandonar antiguas certezas y abrirse a nuevas actitudes
Cuando nos rendimos, aceptamos los hechos y renunciamos a querer forzar a la obstinada realidad a nuestras expectativas, permitimos que la naturaleza actúe en nosotros. Se sana entonces la herida, se despliega entonces el crecimiento.
El sacrificio del héroe: el tránsito por la impotencia del ego
Jung plantea que la imagen del personaje heroico y sus vicisitudes, presente en los mitos e historias de todas las culturas, es una expresión simbólica del viaje interior al que todo ser humano está llamado.
El héroe encarna inicialmente las cualidades de un ego fuerte, conquistador y voluntarioso, necesarias para afirmarse y abrirse camino en el mundo exterior. Sin embargo, en el punto culminante del viaje, se le exige un sacrificio: una muerte simbólica al servicio de un valor que lo trasciende.
En el plano psicológico, este deceso representa la renuncia a la omnipotencia y a la identificación exclusiva con la voluntad consciente. Este descentramiento del yo favorece la integración de los aspectos desatendidos de la psique y su subordinación a una instancia superior y abarcadora: el Sí-mismo
En el Libro Rojo, obra que puede leerse como una expresión del propio proceso de individuación de Jung y, al mismo tiempo, como un reflejo de dilemas de la conciencia colectiva, se describe este tránsito por la impotencia y el sacrificio del ego de la siguiente manera:
“El punto del comienzo es un estado de quietud del entendimiento y de la voluntad, un estado de suspensión que provoca mi rebelión, mi obstinación y finalmente mi más grande temor. Pues no veo nada más ni puedo querer nada más. Así al menos me parece a mí… Cuando estás en ti mismo, te percatas de tu impotencia. Verás cuán poco capaz eres de emular a los héroes y de ser tú mismo un héroe. Por lo tanto, tampoco forzarás más a otros a convertirse en héroes. Ellos padecen la impotencia como tú. La impotencia también quiere vivir, no obstante, derrocará a vuestros dioses…La impotencia nos superará y exigirá su participación en la vida. Nos perderemos en nuestro poder y, según el sentido del espíritu de este tiempo, creeremos que es una pérdida. Mas no es una pérdida sino una ganancia, aunque no en bienes externos sino una aptitud interna. Quien aprende a vivir con su impotencia ha aprendido mucho. Esto nos conducirá a la apreciación de las cosas”
La aceptación radical: el colgado del tarot
Jung consideró que ciertos sistemas simbólicos tradicionales expresaban dinámicas universales de la psique y podían leerse como representaciones del proceso de individuación. Aunque no desarrolló una interpretación sistemática del tarot, mostró interés por él como un lenguaje simbólico afín al mundo arquetípico del inconsciente.
El tarot puede entenderse, desde esta perspectiva, como una secuencia de imágenes que representan distintas etapas del viaje psicológico del ser humano, sus crisis, pruebas y posibilidades de transformación. Cada arcano expresa un patrón arquetípico de experiencia y puede ser contemplado como un reflejo simbólico de tensiones propias del desarrollo psíquico.
Dentro de este recorrido simbólico, la carta del Colgado ocupa un lugar especialmente significativo en relación con la aceptación.
La analista junguiana Sallie Nichols —autora de Jung y el Tarot: un viaje arquetípico— interpreta esta imagen como una suspensión del impulso egoico de control y avance. El personaje aparece colgado cabeza abajo, inmóvil, en una postura que sugiere una inversión de la perspectiva habitual. Para Nichols, el Colgado simboliza aquellos momentos de la vida en los que el progreso voluntario se detiene y el individuo se ve convocado a tolerar la incertidumbre, el sacrificio temporal o la impotencia.
La imagen sugiere que ciertas circunstancias convocan a la renuncia del ejercicio de la voluntad consciente. Cuando el ego persiste en la resistencia e intenta forzar las circunstancias para que se ajusten a sus expectativas, suele intensificarse el sufrimiento, produciendo mayor rigidez, frustración o desgaste psíquico. Lo que la situación exige entonces no es un esfuerzo mayor, sino una rendición consciente: la disposición a suspender temporalmente el impulso de control para permitir que emerja una orientación más profunda.
La función trascendente de la psique: aceptar la tensión de los opuestos
La auténtica transformación —y, con ella, una maduración genuina— se propone entonces que no ocurre como resultado de los esfuerzos del ego por someter la realidad a sus expectativas, sino a partir de la disposición a atravesar la propia impotencia y sostener la tensión entre los aspectos internos en disputa.
Cuando se renuncia a la urgencia de resolver el conflicto de manera inmediata o de manera exclusivamente racional, puede abrirse un espacio psíquico en el que algo nuevo comience a gestarse, una posibilidad que trasciende las limitaciones de la posición inicial.
Este proceso tiene lugar gracias a lo que Jung denominó la función trascendente: una capacidad natural de la psique mediante la cual emerge una nueva síntesis capaz de integrar los elementos en tensión en una estructura de mayor complejidad que el estado previo.
En El Libro Rojo, Jung describe el surgimiento de este tercero conciliador como el suprasentido, que emerge de la tensión entre el sentido y el contrasentido “Si mediante el padecimiento de tu espíritu, has conseguido la libertad de aceptar también lo otro a pesar de tu suprema creencia en lo uno, porque también eres eso, entonces comienza tu crecimiento. “¿Quién es el que descendió del ser uno al ser dos? ¿Quién es el que desgarró su propio corazón para unir lo separado?
La aceptación como imagen arquetípica
La aceptación o la entrega constituye una imagen arquetípica presente en diversas tradiciones espirituales y filosóficas de la humanidad.
En el taoísmo se expresa como la disposición a fluir y estar en concordancia con el orden profundo de la existencia, renunciando al exceso de control voluntarista; en el budismo, como la disposición a reconocer y atravesar el sufrimiento inherente a la existencia sin aferramiento ni rechazo, cultivando una actitud de ecuanimidad frente al cambio y la impermanencia; mientras que el estoicismo grecorromano encuentra una formulación cercana en la idea del amor fati, es decir, la disposición a asumir el propio destino sin resentimiento. En el cristianismo, la aceptación adopta la forma de una entrega confiada a la providencia, y en el islam —la sumisión a la voluntad divina— se expresa como una actitud de reverencia ante un orden superior.
Estas tradiciones coinciden, con sus matices, en que la madurez espiritual no se alcanza dominando el entorno a fuerza de voluntad, sino atravesando un proceso de vaciamiento y capitulación que permite sintonizar con una inteligencia superior y trascendente.
De la resistencia a la colaboración: la responsabilidad de la individuación
Para Jung, cada verdad que descubrimos sobre nosotros mismos, cada conflicto que asumimos y cada aspecto rechazado que logramos integrar —es decir, cada terreno ganado al inconsciente— viene acompañado de una nueva y profunda responsabilidad.
La ampliación de la consciencia no es un logro meramente intelectual o estético, sino un acto ético que transforma la relación del individuo consigo mismo y con su entorno. No basta con que el ego «se dé cuenta» de las cosas; se necesita la decisión voluntaria de ser coherentes con ese descubrimiento en el día a día.
Por ello, uno de los objetivos esenciales que se propone la psicoterapia junguiana es que podamos colaborar consciente y activamente con lo que se nos promueve desde nuestra psique profunda, en vez de resistirnos a ello.
Aceptación no es resignación: el dejarse llevar como actitud de máxima lucidez
Aunque en el lenguaje cotidiano suelen confundirse, la aceptación y la resignación remiten a actitudes psicológicas profundamente distintas.
La resignación se asocia a una postura de renuncia o sometimiento pasivo frente a las circunstancias, frecuentemente acompañada de una amargura paralizante. Se trata de una forma de fatalismo en la que la persona, aunque aparentemente cede ante lo ocurrido, permanece interiormente atrapada en la impotencia, el resentimiento y la sensación de derrota.
La aceptación, por su parte, implica un reconocimiento consciente de la realidad. Supone acoger una verdad, un límite, una emoción o una circunstancia sin negarla ni deformarla, aun cuando resulte incómoda o dolorosa. Lejos de ser un acto de pasividad, la aceptación requiere lucidez y atención plena. La filósofa catalana Mónica Cavallé, en su ensayo La sabiduría recobrada, alude a esto de la siguiente manera:
«El surfista se mueve gracias al impulso del mar y a su favor; la energía que lo moviliza no es suya, sino de la ola que él «cabalga». Pero no por ello es pasivo; todo lo contrario, «se deja llevar» en la misma medida en que se mantiene máximamente lúcido, en un estado de vigilancia o atención plena. Solo el respeto activo —consciente, atento— al flujo «inteligente» de la ola le posibilita cabalgarla».
Por lo tanto, el «dejar suceder» no equivale a la negligencia o al abandono ciego ante las circunstancias. Consiste, más bien, en procurar comprender, tomar consciencia y sincronizarnos con las demandas de los factores del mundo interno y externo, confiando en su sabiduría evolutiva y armónica.
James Hillman considera el fatalismo como un estado de renuncia a la reflexión, una forma de explicar la vida desde generalidades amplias y cerradas que terminan anulando la singularidad de la experiencia personal. El fatalismo —subraya— no plantea preguntas y, en cierto sentido, consuela, porque evita el trabajo más exigente de examinar cómo se articulan los acontecimientos en la propia vida y qué podrían estar demandando de nosotros.
Frente a ello, propone una actitud reflexiva orientada a descubrir el patrón de sentido inscrito en la biografía individual, un proceso que relaciona con la idea de «hacer alma» (soul-making), retomando una expresión del poeta John Keats, para quien la vida puede convertirse en un espacio de profundización interior y formación del carácter.
Para Hillman, «captar los guiños furtivos del daimon» —como expresión de aquello que nos orienta hacia la conducta necesaria para la profundización del alma— constituye un acto de pensamiento y reflexión profunda. Exige ir más allá de las apariencias inmediatas y de la aproximación literalizada de las circunstancias para indagar el sentido simbólico de los acontecimientos, reconociendo que ciertos encuentros o conflictos pueden contener indicios de una orientación interior singular. Se trata, por lo tanto, de una actitud que requiere discernimiento, sensibilidad imaginativa y disposición a interrogar la propia experiencia.
Acoger el presente y sus desafíos
Desde una perspectiva junguiana, la aceptación se encuentra relacionada también con la disposición a responder conscientemente a las circunstancias del presente, con sus exigencias y bondades.
Cada etapa de la vida trae consigo desafíos, pérdidas, oportunidades y llamados específicos que completan al alma. La madurez consiste en reconocer qué nos está pidiendo cada momento singular, en lugar de permanecer fijados a otros tiempos o posibilidades imaginadas.
En La dinámica de lo inconsciente Jung plantea “El neurótico es alguien que nunca acaba de estar conforme con el presente y que, por esa razón, tampoco puede alegrarse del pasado. Del mismo modo que antes no pudo despegarse de la infancia, ahora no es capaz de desembarazarse de la fase juvenil. Incapaz de adaptarse a la siniestra idea de envejecer, mira desesperadamente hacia atrás porque la perspectiva hacia adelante le resulta insoportable. Así como el niño se asusta del desconocimiento del mundo y de la vida, así también el adulto rehuye la segunda mitad de la vida, como si en ella le aguardaran tareas desconocidas y peligrosas, o como si se viera amenazado por pérdidas y sacrificios con los que no pudiera cargar, o como si la vida anterior le pareciera tan bella y tan valiosa que no pudiera prescindir de ella”
Con el paso de los años, muchas de las gratificaciones narcisistas que sostuvieron al ego durante la primera mitad de la vida van perdiendo intensidad, abriendo espacio a formas de realización más profundas, simbólicas y menos literalizadas o dependientes del reconocimiento externo.
Aquellos aspectos con los que solíamos identificarnos y que fueron fuente de gratificación en la juventud —la belleza física, el rendimiento, la productividad, la conquista o el afán de tener la razón— comienzan gradualmente a transformarse, favoreciendo el surgimiento de nuevas sensibilidades, una mayor valoración de lo sutil y cotidiano, una tolerancia más amplia a la incertidumbre y modos más reflexivos de habitar la existencia.
De este modo, puede emerger una orientación menos centrada en el ego y más abierta al sentido, al cuidado de los otros y a valores que trascienden el interés personal. No obstante, este pasaje exige atravesar duelos importantes y desprendimientos que el ego suele vivir con dolor, pues implican renunciar a antiguas formas de identidad, poder y gratificación.
En los Libros negros —los diarios íntimos que sirvieron de materia prima para la creación del Libro rojo—, Carl G. Jung enfatiza el valor de mantenerse focalizado en el presente. En sus páginas se lee la siguiente exhortación:
«¿Por qué preguntas por los caminos distantes? Vive por completo el hoy. Ese es el mejor camino hacia el futuro; él es tal como lo creas. Piensas demasiado lejos. Sé razonable, quédate en el hoy».
El discernimiento entre actuar y aceptar
Como parte del proceso de individuación, se vuelve esencial cultivar el discernimiento para reconocer cuándo las circunstancias nos convocan a la acción y cuándo, por el contrario, invitan a la aceptación. La maduración psicológica no consiste en responder siempre de la misma manera, sino en desarrollar una sensibilidad capaz de percibir qué actitud exige cada momento de la vida.
La conocida oración, incorporada al trabajo de los grupos de AA y atribuida a Reinhold Niebuhr, expresa con claridad esta disposición interior: “Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia”.
No se trata, entonces, de optar unilateralmente por la acción o la aceptación, sino de desarrollar una sensibilidad interior capaz de reconocer el lugar de cada una según las circunstancias. Sin embargo, este discernimiento rara vez ofrece certezas absolutas y puede verse interferido por distintas formas de autoengaño. A veces confundimos una intuición o reflexión genuina con el eco de heridas pasadas, prejuicios, necesidades inconscientes o temores aprendidos. Así, lo que llamamos “aceptación” puede encubrir resignación o evitación, mientras que cierta “acción” puede responder al temor frente a la incertidumbre, la pérdida de control o el dolor. En este sentido, nuestras corazonadas o juicios pueden provenir tanto de una sabiduría interior como de defensas psíquicas inconscientes.
Desde una perspectiva junguiana, discernir exige reflexión, autoconocimiento y la disposición a confrontar el propio mundo interno. Con frecuencia, la claridad no precede a la experiencia, sino que emerge a partir de ella. El ensayo, el error e incluso los aparentes desaciertos forman parte del proceso de individuación, pues contribuyen a una comprensión más profunda de sí mismo y de las exigencias particulares de la vida.
En distintos aspectos, el trabajo de AA guarda resonancias con la perspectiva de Jung, particularmente en el reconocimiento de los límites del ego, la necesidad de una transformación interior y la apertura a un principio trascendente que puede orientar la vida individual y colectiva. Ello se refleja en el intercambio epistolar entre Jung y Bill W., cofundador de AA, donde Jung sugirió que, en ciertos casos, la compulsión al alcohol podía expresar una búsqueda espiritual desviada: el anhelo de sentido y de plenitud psíquica proyectado inconscientemente en las bebidas “espirituosas”.
Límites reales y artificiales
En relación con lo anterior, se vuelve esencial discernir entre los límites reales que la vida impone y cuya aceptación favorece la maduración, y aquellos límites artificiales —originados en el miedo, los condicionamientos o creencias restrictivas— que obstaculizan innecesariamente el despliegue de nuestros potenciales singulares y, por ello, requieren ser cuestionados y trascendidos.
Los límites reales son aquellos que forman parte de nuestra constitución singular y de las condiciones concretas de la existencia. Incluyen aspectos como ciertas capacidades, ritmos, etapas vitales, vulnerabilidades, circunstancias inevitables o rasgos profundos de la personalidad. Desde una perspectiva junguiana, la individuación requiere una relación humilde con aquello que efectivamente somos y podemos llegar a ser.
Por otra parte, existen límites artificiales, constituidos por creencias restrictivas, autodesvalorizaciones, mandatos familiares o sociales y voces hipercríticas interiorizadas que condicionan profundamente la imagen que tenemos de nosotros mismos. Con frecuencia, estas barreras son asumidas como verdades incuestionables, cuando en realidad corresponden a condicionamientos psíquicos adquiridos que terminan operando como fronteras invisibles, restringiendo el desarrollo de nuestras potencialidades y el despliegue de nuestros anhelos más auténticos.
También pueden constituir límites artificiales ciertos hábitos destructivos, aspectos infantiles o unilaterales del carácter, así como patrones de comportamiento arraigados que solemos asumir como rasgos inalterables de la personalidad. En estos casos, la aceptación no consiste en resignarse a ellos, sino en reconocer honestamente su existencia para hacer posible su transformación, proceso en el que también intervienen la voluntad y el compromiso personal.
Para la psicología junguiana, lo adecuado es ajustarnos a la singularidad de nuestros límites: no vivir por encima de nuestras posibilidades reales —lo cual conduce al desgaste, la inflación o el fracaso—, pero tampoco por debajo de ellas, reduciendo innecesariamente la amplitud de nuestra vida.
En el Libro Rojo, Jung lo expresa de la siguiente manera:
“Necesitas conocer tus límites. Si no los conoces, entonces chocas con las barreras artificiales de tu presunción y de la expectativa de tus prójimos. Pero tu vida no tolera ser contenida por barreras artificiales. Esas barreras no son tus límites reales, sino una limitación arbitraria que ejerce una violencia inútil sobre ti mismo. Intenta por eso encontrar tus límites reales”.
En otro apartado añade:
Con doloroso tajo, corto lo que pretendí saber por encima de lo fuera de
mí. Me corto a mí mismo del artero lazo de las significaciones que le di a lo
fuera de mí. ..Corto más profundo hasta la médula, hasta que todo lo lleno de significado caiga de mí, hasta que yo sea nada más que aquello a lo que me podía parecer, hasta que sólo sepa que yo soy, sin saber lo que soy.
La aceptación no es identificación: el refinamiento de la personalidad
Con frecuencia se confunde la aceptación de uno mismo o la autenticidad con la reactividad del ego, es decir, con la expresión automática de emociones, impulsos, juicios u opiniones. Sin embargo, aceptar lo que somos no equivale a identificarnos plenamente con ello ni a expresarlo de manera irreflexiva. La aceptación implica reconocer nuestra realidad psíquica sin quedar absorbidos por ella. Cuando actuamos automáticamente, con frecuencia respondemos desde aspectos infantiles, heridos o poco reflexivos de la personalidad, tomados por nuestros complejos afectivos.
Desde la perspectiva junguiana, la maduración de la personalidad supone que emociones y pulsiones encuentren una expresión cada vez más mediada por la reflexión, la imaginación y el símbolo. Esto exige un trabajo de diferenciación respecto de emociones, prejuicios, creencias e ideologías que condicionan nuestra percepción y conducta.
El llamado, por tanto, no es a negar nuestras tendencias profundas ni a expresarlas de forma cruda, sino a elaborarlas y transformarlas, otorgándoles una expresión más consciente y significativa. Retomando la metáfora alquímica, emociones e impulsos constituyen una prima materia susceptible de refinamiento, de la cual puede surgir el «oro filosófico»: una personalidad más integrada y madura.
Jung advirtió en repetidas ocasiones sobre los peligros de identificarse con los contenidos del inconsciente. Esta disolución de fronteras conduce inevitablemente a la inflación del ego: un estado en el que la conciencia se ve desbordada por energías arquetípicas que el individuo es incapaz de asimilar y que, por lo tanto, pueden provocar una fragmentación del ego y una desestructuración de la personalidad.
En El Libro Rojo, esta advertencia adquiere un tono dramático y cosmogónico a través de la noción del Pleroma (la totalidad indiferenciada): «Vosotros preguntáis: ¿en qué perjudica no diferenciarse? Si no diferenciamos, nos desviamos de nuestra esencia, de la criatura, y caemos en la indiferenciación […]. Caemos en el pleroma mismo y renunciamos a ser criatura. Incurrimos en la disolución en la nada. Esto es la muerte de la criatura. Así pues, morimos en la medida en que no diferenciamos. Por eso, la aspiración natural de la criatura se dirige a la diferenciación, a la lucha contra la peligrosa igualdad originaria. A esto se lo denomina principium individuationis».
Kairós: el momento adecuado
En el transcurso de la vida, hay circunstancias en las que se reúnen condiciones especialmente favorables para accionar un cambio. No se trata de cualquier momento, sino de aquellos en los que algo parece “maduro” para acontecer.
Desde la tradición griega, esta cualidad del tiempo se asocia con el concepto de kairós: el momento oportuno, ese instante significativo en el que una posibilidad puede concretarse si es reconocida y acogida.
El siguiente pasaje del I Ching ilustra con claridad este principio, advirtiendo sobre los riesgos tanto de precipitarse como de postergar en exceso un cambio necesario:
“Cuando se hace necesario el cambio, hay dos errores que conviene evitar. El primero es proceder con excesiva celeridad y desconsideración, lo que atrae la desventura. El segundo es una vacilación excesivamente conservadora, que también resulta peligrosa. No se debe prestar oído a toda voz que reclama la transformación de lo existente, pero tampoco cerrar los oídos a quejas reiteradas y bien fundadas. Cuando el llamado al cambio se presenta de manera insistente y se ha reflexionado lo suficiente, es preciso otorgarle crédito y actuar en consecuencia; solo entonces se encontrará la confianza necesaria para llevarlo a cabo.”
Hybris y titanismo: el absolutismo de la voluntad y la razón
Uno de los rasgos característicos del espíritu de nuestra época es la sobrevaloración de la voluntad consciente y de la razón como medios privilegiados para dirigir la vida. Predomina la idea de que todo puede ser controlado o resuelto mediante el esfuerzo del ego, la planificación racional y la afirmación de la voluntad individual.
Desde la perspectiva dominante del espíritu de la época, la aceptación suele confundirse con debilidad, conformismo o fracaso, pues el ideal cultural imperante impulsa a luchar de manera constante contra los límites, a erradicar la incertidumbre y a evitar el sufrimiento a toda costa. Sin embargo, cuando la capacidad de acción del ego se desvincula del reconocimiento de los propios límites, puede emerger aquello que la tradición griega denominó hybris: la soberbia y la desmesura de quien, embriagado por su propia voluntad, incurre en excesos que alteran la armonía, pretendiendo situarse por encima del orden que lo contiene y lo trasciende.
Para Jung en este sentido «…si asumimos que todo lo que somos proviene de nuestra propia consciencia, entonces estamos completamente justificados en sentir una arrogancia diabólica. Luego hacemos afirmaciones como «Donde hay voluntad, hay un camino», y cosas por el estilo, y pensamos que somos los dioses de este mundo»
El analista junguiano Rafael López-Pedraza describió esta problemática como una actitud “titánica” propia de la cultura contemporánea, marcada por la sobrevaloración del ego, la velocidad, el crecimiento y lo empírico, mientras se relegan lo simbólico, la emocionalidad, el cuerpo y la naturaleza. Esta mentalidad alimenta la fantasía de lo ilimitado y una búsqueda compulsiva de éxito, perfección y entretenimiento, favoreciendo un modo de vida desconectado de los ritmos naturales y de la experiencia reflexiva.
Según López-Pedraza, esta “actitud triunfalista” altera el ritmo de la vida humana, promueve la superficialidad y genera una experiencia trepidante del tiempo que apenas deja espacio para la reflexión y la contemplación. Se privilegia entonces la imagen literalizada y superficial por encima de la imagen simbólica —profunda, ambivalente y dinámica—, empobreciendo la capacidad de la psique para elaborar sentido y dialogar con las dimensiones más hondas de la experiencia.
La evolución de la conciencia colectiva: de la exaltación patriótica al reconocimiento del tejido de la vida
La hybris y el titanismo contemporáneos pueden comprenderse como una etapa necesaria en el desarrollo de la conciencia colectiva: un momento orientado hacia la diferenciación, la autonomía y la capacidad de transformar activamente el mundo. Sin embargo, esta fase —marcada por la unilateralidad de la razón, la voluntad y el afán de dominio— parece haber alcanzado su cenit, llegando a niveles cada vez más insostenibles, incluso para la supervivencia de la especie humana en el planeta.
La crisis derivada de este desequilibrio nos confronta con la necesidad de replantear nuestros principios y valores, orientándonos hacia una visión más integradora, fundada en el reconocimiento de los límites, la interdependencia y la comprensión de que lo humano se encuentra inscrito en un orden más amplio, subordinado a fuerzas, ritmos y condiciones que lo trascienden.
Desde el punto de vista de la evolución de la psique colectiva, puede plantearse que, en sus fases tempranas, las sociedades y pueblos necesitan constituirse como identidades diferenciadas, lo que se traduce en la afirmación identitaria y la diferenciación respecto de los otros y de la propia naturaleza. Esto se expresa en el establecimiento de fronteras, la exaltación patriótica o religiosa y una relación predominantemente instrumental tanto con el mundo natural como con quienes no se reconocen como del propio “clan”. En esta etapa, el otro tiende a percibirse como competidor o potencial invasor, mientras que la naturaleza o el cuerpo aparece como una fuerza que debe ser conquistada, reprimida o explotada.
Desde la perspectiva de Jung, la humanidad podría estar transitando hacia una etapa de integración de aquello que fue relegado o desatendido durante la fase de construcción del ego colectivo. Esto se traduciría en una suerte de reencantamiento del mundo, en el que polaridades ahora escindidas —lo masculino y lo femenino, la razón y la imaginación, la materia y el espíritu— encuentran nuevamente su lugar dentro de la dinámica armónica de la existencia.
De manera análoga, al giro que suele producirse en la segunda mitad de la vida individual, los pueblos pueden verse llamados a una etapa de mayor maduración e integración: una suerte de viaje de regreso hacia una unidad primordial, ya no como fusión indiferenciada, sino como una integración consciente enriquecida por el camino recorrido y por la diferenciación previamente alcanzada.
Si inicialmente predomina la afirmación de las diferencias y la defensa de los propios límites, progresivamente puede emerger una conciencia más amplia basada en la interdependencia y en aquello que se comparte. El énfasis comienza entonces a desplazarse de la competencia hacia la colaboración y de una soberanía expresada como aislamiento paranoico hacia el reconocimiento de vínculos que trascienden fronteras culturales, nacionales o religiosas. Se abre así la posibilidad de una identidad colectiva menos centrada en la separación y más orientada hacia el reconocimiento de un destino compartido.
Esta transformación amplía el reconocimiento de quiénes consideramos “los otros” y de aquello respecto de lo cual nos sentimos responsables. El bienestar de un sector de la población deja de concebirse como sostenible si se fundamenta en el perjuicio o la exclusión de otros. Del mismo modo, la naturaleza y las demás especies dejan de verse únicamente como objetos de explotación para ser reconocidas como parte de una red viva de la que también formamos parte, cuyos ciclos necesitan ser contemplados y respetados para preservar el equilibrio de la vida. La maduración colectiva puede comprenderse así como un tránsito hacia una totalidad más amplia, capaz de integrar las diferencias sin anularlas y de favorecer el cuidado del tejido de la vida al que pertenecemos
La conciencia de fracaso: contemplación y reflexión
La aceptación guarda un vínculo íntimo con la noción de conciencia de fracaso propuesta por Rafael López-Pedraza. Según este autor, las experiencias límite, de frustración o desengaño pueden abrir un espacio propicio para la lentitud, la reflexión y la contemplación, dimensiones necesarias para restaurar aspectos de nuestra naturaleza eclipsados por la identificación unilateral con un ego omnipotente, orientado exclusivamente hacia el logro y el control.
Bajo esta perspectiva, el ser auténtico no aparece como una perfección idealizada ni como un estado fijo, sino como una dinámica que se va configurando a lo largo de la vida, impulsada por un anhelo de totalidad. La autenticidad no consiste en alcanzar una imagen ideal de uno mismo ni en refugiarse únicamente en la razón, sino en reconocerse progresivamente como una unidad de opuestos: integrar con mayor conciencia lo simbólico, lo emocional y lo imaginario, así como las propias limitaciones, fracasos, debilidades y pasiones irracionales.
Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano
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