Los antiguos dioses se visten de santos: la persistencia de los ancestros en la psique

 “Llevo conmigo en todo momento la protección de mis daimones: las imágenes de los seres muertos que me importaron, las figuras ancestrales de mi linaje, las personas culturales e históricas de renombre y los personajes de leyenda que me proveen de imágenes ejemplares; todo un ejército de guardianes. Custodian mi destino, lo guían, probablemente son mi destino”  

James Hillman en Reimaginar la Psicología

La veneración de figuras heroicas constituye un fenómeno prácticamente universal. A lo largo de la historia y en las más diversas culturas, encontramos narraciones sobre hombres y mujeres excepcionales —guerreros, sabias, mártires, fundadores o seres espiritualmente realizados— cuyas vidas, enriquecidas por la imaginación mítica, ponen de relieve las pruebas, los desafíos, los sacrificios, las virtudes y las profundas transformaciones que marcaron su existencia.   

La figura heroica personifica los valores e ideales de una comunidad, contribuye a fortalecer su cohesión e identidad colectiva y constituye un referente simbólico para la vida individual y social. 

Desde la perspectiva de la psicología junguiana, la figura heroica posee, además, un profundo significado psicológico. Las vicisitudes del héroe en sus múltiples expresiones culturales constituyen una representación simbólica del proceso de transformación de la consciencia y de la maduración de la personalidad, dinámicas intrínsecas a la psique individual y colectiva. 

En este contexto, motivos como el descenso a los infiernos, el combate con monstruos o el sacrificio heroico simbolizan las crisis, los enfrentamientos con las fuerzas inconscientes y las renuncias inherentes a lo que Jung denominó el proceso de individuación: el camino mediante el cual cada persona llega a realizar y expresar la singularidad irrepetible de su propia personalidad.  

Jung observó que la figura del héroe solar no pertenece exclusivamente a los relatos míticos, sino que emerge espontáneamente en los sueños, las fantasías y las producciones imaginativas de las personas  revelando su carácter universal como expresión de la dinámica de la psique.   

 Los santos como héroes religiosos: mediadores entre lo humano y lo sagrado

Las imágenes de los santos en el catolicismo pueden entenderse como una expresión particular de la figura heroica prototípica. Las narraciones de sus historia de vida, marcadas por pruebas, sacrificios, renuncias, sufrimientos, actos de entrega y experiencias de conversión o iluminación, condensan los ideales del cristianismo y hacen de ellos referentes simbólicos y existenciales para las comunidades que los veneran.

 En la tradición católica, los santos son venerados no sólo como modelos ejemplares de vida, sino también como intercesores entre lo humano y lo divino. Se les atribuye la capacidad de mediar la relación con lo sagrado, ofreciendo protección, consuelo, ayuda e inspiración espiritual a los creyentes 

La figura del santo no es exclusiva del cristianismo, sino que encuentra paralelos en diversas tradiciones espirituales. Los bodhisattvas del budismo mahayana, los walis del sufismo islámico o ciertos gurús y sabios del hinduismo son también figuras ejemplares cuyas vidas, marcadas por la realización espiritual y el servicio a los demás, ofrecen modelos de orientación para sus comunidades y desempeñan una función de mediación entre lo humano y lo sagrado. 

De manera semejante, en la cosmovisión yoruba se concede un lugar central a la veneración de los ancestros. Entre ellos, aquellos que durante su vida cultivaron un carácter ejemplar  llegan a ser objeto de especial veneración. Los ancestros primordiales, conocidos como orishas, son comprendidos como manifestaciones o emanaciones de la potencia creadora de Olódùmarè y actúan como intermediarios entre los seres humanos y la realidad divina. 

El culto a los ancestros: el condicionamiento del pasado

La figura de los santos se vincula estrechamente con el culto a los ancestros y con la idea, presente en numerosas tradiciones religiosas, de que quienes nos precedieron no desaparecen por completo con la muerte, sino que continúan vinculados a la comunidad, ejerciendo una función de protección, orientación e intercesión sobre la vida de sus descendientes.

Aunque esta concepción suele considerarse ajena a la sensibilidad moderna, la visión científica también reconoce que la vida de quienes nos precedieron continúa ejerciendo una influencia sobre las generaciones posteriores, aunque interprete esa continuidad desde un paradigma distinto. En este marco, la ciencia ha puesto el acento principalmente en la herencia genética como un factor determinante de las características físicas, las predisposiciones y la susceptibilidad a determinadas enfermedades. . 

El psicoanálisis, por su parte,  puso de relieve que la vida psíquica del adulto se encuentra profundamente condicionada por la historia personal, especialmente por las experiencias tempranas, los vínculos familiares y los conflictos infantiles que permanecen activos y operantes de forma inconsciente. 

Los asuntos pendientes de los ancestros: la redención del pasado

Jung reconoció el peso que el pasado biográfico ejerce sobre la configuración de la personalidad, pero amplió el alcance de esta perspectiva al afirmar que la influencia del pasado no se circunscribe a la historia individual. La psique también se halla inmersa en una trama familiar que deja una impronta profunda sobre la personalidad y, más allá de ella, participa de una herencia psíquica universal: el inconsciente colectivo, constituido por la experiencia acumulada de la humanidad y expresado mediante imágenes y patrones arquetípicos. 

Tras explorar su propia historia familiar y reconstruir su árbol genealógico, Jung llegó a la convicción de que las personas no solo heredamos rasgos biológicos, sino que también nos encontramos profundamente influidos por la historia psíquica de nuestros antepasados. Conflictos, actitudes, formas de comprender el mundo e incluso problemas que no alcanzaron una elaboración suficiente pueden dejar una huella en las generaciones posteriores. Desde esta perspectiva, determinados temas tienden a reaparecer en la vida de los descendientes, buscando nuevas posibilidades de expresión, elaboración e integración. 

En su autobiografía, Jung aludió explícitamente a esta influencia transgeneracional al afirmar: «Muchas veces me pareció que en una familia existía un karma impersonal que se transmitía de padres a hijos. Me lo pareció siempre, como si hubiera de dar respuesta a cuestiones que se plantearon a mis antepasados, sin que ellos pudieran responderlas, o como si debiera terminar o proseguir cosas que el pasado dejó inconclusas» 

Esta intuición se encuentra en consonancia con otra de sus ideas fundamentales: tanto la psique como el cuerpo poseen un carácter profundamente histórico. En palabras del propio Jung: «Lo nuevo en el alma individual es la recombinación variada hasta el infinito de los ancestrales componentes. Cuerpo y alma tienen por ello un carácter eminentemente histórico y no hallan en lo nuevo, en lo recién nacido, la adecuada morada; es decir, los rasgos ancestrales se encuentran en el propio hogar solo en parte»

Para Jung, cada individuo constituye una configuración singular de elementos heredados que se remontan a una larga historia biológica, psicológica y cultural. Desde esta perspectiva, la personalidad no surge únicamente de la experiencia individual, sino también de un legado ancestral que continúa ejerciendo su influencia en el presente.

Jung consideró que el conocimiento de la historia familiar constituye una tarea esencial para la comprensión de uno mismo. En su autobiografía escribió:

«Cuanto menos comprendamos lo que buscaron nuestros padres y antecesores, tanto menos nos comprendemos a nosotros mismos, y contribuimos con todas nuestras fuerzas a acrecentar la carencia de arraigo e instintos del individuo… Nuestra tranquilidad y satisfacción internas dependen en gran medida de si la familia histórica, personificada por el individuo, concuerda o no con las condiciones efímeras de nuestro presente»

Esta concepción reaparece en las conferencias que Jung dedicó a la alquimia en la ETH de Zúrich. Allí afirma que «las almas de los antepasados» representan psicológicamente los factores potenciales, cualidades, talentos y posibilidades que hemos heredado de todas las líneas de nuestra ascendencia y que permanecen latentes en el inconsciente, dispuestos a iniciar un nuevo crecimiento cuando las circunstancias psíquicas lo permiten. Añade que estas «almas de los antepasados» son, por así decirlo, elementos ancestrales que yacen adormecidos en la psique y que pueden ser reanimados durante el proceso de transformación interior 

Los dioses que nos habitan: lo arquetípico operante

Para la psicología junguiana, las imágenes de dioses, ángeles, demonios y otros seres sobrenaturales presentes en las tradiciones culturales constituyen representaciones simbólicas de fuerzas arquetípicas: patrones universales de energía y organización psíquica, íntimamente relacionados con los instintos, que configuran la experiencia humana y actúan tanto en la vida individual como en la colectiva. 

Para Jung, cada arquetipo expresa una experiencia fundamental o un tránsito necesario para el desarrollo de la consciencia y la realización de la personalidad. La salud psíquica depende, en gran medida, de la capacidad de establecer una relación consciente con esta pluralidad de fuerzas interiores, en lugar de reprimirlas o quedar poseído por alguna de ellas. Desde esta perspectiva, el yo no es el soberano de la vida psíquica, sino un mediador llamado a dialogar con las distintas potencias que habitan el alma y a orientarlas hacia una configuración más integrada bajo la guía del Sí Mismo, arquetipo de la totalidad psíquica y principio ordenador de la personalidad 

Lo arquetípico es, en sí mismo, inefable e inaccesible de manera directa; solo puede intuirse y hacerse visible a través de imágenes simbólicas que toman forma en mitologías, religiones, relatos culturales, sueños y experiencias imaginativas.

En esta línea, el psicólogo arquetipal James Hillman subrayó la importancia de la personificación como el modo natural en que la psique expresa sus dinamismos. Las fuerzas anímicas no suelen manifestarse como conceptos abstractos, sino como figuras dotadas de rostro, voluntad e intencionalidad —dioses, héroes, sabios, guerreros o mártires— que permiten representar y experimentar las distintas potencias del alma.

Para Hillman, esta persistencia de múltiples imágenes remite al carácter esencialmente politeísta de la psique. No estamos habitados por una única motivación ni por un centro homogéneo, sino por una pluralidad de tendencias, afectos y modos de ser, cada uno con su propia lógica y orientación. Los dioses constituyen, desde esta perspectiva, personificaciones de esos patrones fundamentales de la experiencia humana.

Los santos podrían entenderse, así, como algunas de las personificaciones culturales mediante las cuales determinadas cualidades arquetípicas —la compasión, el sacrificio, la valentía, la contemplación o la rebeldía— adquieren un rostro humano y una narrativa ejemplar.

En la vida psíquica individual, estas fuerzas se expresan a través de complejos afectivos, los cuales poseen un núcleo arquetípico, pero se configuran también a partir de la historia personal y el contexto singular de cada individuo. De este modo, moldean formas de percibir el mundo y motivaciones profundas ligadas a experiencias universales como el amor, el poder, la pérdida o la muerte. Anhelos como unirse a otro, abandonar el hogar de origen, formar una familia o dejar un legado remiten a dimensiones arquetípicas compartidas, aunque siempre adquieren una expresión particular según la biografía y las circunstancias de cada persona. 

En el Libro Rojo, manuscrito  ilustrado en el que Jung trabajo por 30 años, y en el que plasmo su propio dialogo con las imágenes de su inconsciente escribió:

“los espíritus de aquellos que murieron antes de tiempo vivirán, por el bien de nuestra presente incompletitud, en las cuerdas oscuras de las vigas de nuestras casas y suplicarán a nuestros oídos con urgentes lamentos, hasta que les concedamos la redención mediante la restauración de lo que ha existido desde entonces. tiempos antiguos bajo el imperio del amor..Lo que llamamos tentación es la exigencia de los Muertos que fallecieron prematuramente e incompletos por la culpa del bien y de la ley. Porque ningún bien es tan completo que no pueda hacerle justicia y romper lo que no debe romperse»

El santoral católico como pervivencia del paganismo politeísta

Para Jung, los antiguos dioses no desaparecen ni mueren; se transforman de acuerdo con las exigencias espirituales y psicológicas de cada época, adoptando nuevas formas sin perder su significado esencial. En este sentido, las imágenes religiosas cambian, pero las realidades psíquicas que expresan continúan actuando en la vida humana.

Desde esta perspectiva, el santoral católico puede comprenderse como una de las formas en que muchas de las antiguas funciones simbólicas del mundo pagano encontraron continuidad dentro del cristianismo.

 Las divinidades relacionadas con la fertilidad, la sanación, la guerra, la protección o la sabiduría cedieron su lugar a santos y santas que asumieron funciones análogas, respondiendo a la necesidad de la psique de establecer una relación diferenciada con las múltiples dimensiones de la experiencia humana. La proliferación de figuras sagradas dentro de una religión formalmente monoteísta expresa, desde una perspectiva psicológica, el carácter plural o «politeísta» de la propia psique.

Históricamente, esta continuidad se produjo mediante complejos procesos de sincretismo. Más que erradicar por completo las creencias anteriores, el cristianismo fue incorporando numerosos cultos locales, resignificándolos a la luz de la nueva fe. De este modo, antiguos dioses protectores dieron paso a santos patronos de oficios, regiones, enfermedades o necesidades específicas, preservando las funciones de amparo, mediación e inspiración bajo nuevas formas religiosas. Del mismo modo, funciones simbólicas asociadas a la protección, la lucha contra el mal o la sanación reaparecieron en figuras como San Jorge, San Miguel Arcángel o los santos sanadores. 

Esta continuidad también puede observarse en el calendario litúrgico y en la iconografía cristiana. La festividad de San Juan Bautista, celebrada en torno al solsticio de verano, conservó elementos de antiguos ritos relacionados con el fuego, la purificación y los ciclos solares. De manera semejante, la devoción a la Virgen María incorporó atributos que durante siglos habían sido asociados a grandes diosas maternales como Isis, Deméter o Cibeles, aunque reinterpretados desde la teología cristiana. Más que una simple supervivencia de antiguas creencias, estos procesos ponen de manifiesto la extraordinaria capacidad de las imágenes religiosas para adaptarse a nuevas cosmovisiones sin perder su eficacia simbólica.

La historia de Bárbara de Nicomedia, santa mártir del siglo III, constituye un ejemplo de una narrativa rica en elementos arquetípicos de gran relevancia desde una perspectiva simbólica y psicológica. A la lectura simbólica de esta historia estará dedicado un próximo escrito. 

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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Referencias bibliográficas

Campbell, J. (2001). El héroe de las mil caras (L. J. Hernández, Trad.). Fondo de Cultura Económica.

Eliade, M. (1998). Lo sagrado y lo profano. Paidós.

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Hillman, J. (1999). Re-imaginar la psicología. Siruela.

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Jung, C. G. (1991). Psicología y alquimia (Obras completas, Vol. 12). Trotta.

Jung, C. G. (2010). El libro rojo (Liber Novus) (S. Shamdasani, Ed.). El Hilo de Ariadna.

Jung, C. G. (2021). Recuerdos, sueños, pensamientos (A. Jaffé, Ed.). Seix Barral.

Pellicer Marco, C. (2025). La caballería pagana: Valores heroicos del paganismo en el catolicismo feudal. Editorial EAS.

Von Franz, M.-L. (1998). El proceso de individuación. En C. G. Jung (Ed.), El hombre y sus símbolos (pp. 157–254). Paidós.

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