Sobre el bufón titánico y el poder grotesco: la constelación colectiva del trickster como catalizador de la maduración psíquica 

El mundo está entrando en una nueva fase de conciencia y es ahora objeto de un enorme sufrimiento; presenta una serie de síntomas graves y llamativos, por medio de los cuales se defiende del colapso.

James Hillman en El pensamiento del corazón

Es posible observar un fenómeno global: el encumbramiento al poder ejecutivo en distintas regiones del mundo,  de líderes con un carácter soberbio, provocador, histriónico y  en apariencia transgresor, que destacan por sus fuertes rasgos narcisistas y, en algunos casos, incluso  psicopáticos. 

Sustituyen el debate político por golpes de efecto emocional, privilegiando la provocación y el espectáculo por encima de programas articulados o proyectos políticos significativos

Suelen utilizar la intimidación y el matoneo como forma de comunicación, mediante gestos, amenazas  y demostraciones de fuerza que recuerdan a los códigos de las mafias.

Construyen cuidadosamente una imagen de rebeldes y ajenos al sistema, aunque provienen de las propias redes de poder establecido que dicen cuestionar y desde las cuales articulan sus discursos populistas. 

Se jactan de ejercer el poder de manera  autoritaria, desafiando abiertamente las normas institucionales y presentando su desprecio por los límites como una prueba de fuerza y autenticidad. 

Establecen alianzas con partidos conservadores tradicionales y sectores ultraconservadores, integrándose así en las mismas estructuras políticas y de poder que presentan públicamente como objeto de su crítica. 

La imagen que pretenden proyectar puede transformarse radicalmente según las necesidades de cada coyuntura electoral, adaptando su estilo, discurso e incluso su identidad pública para conectar con distintos sectores del electorado.

Suelen existir sobre ellos  y sus colaboradores cercanos acusaciones y fuertes indicios de graves delitos, que, en lugar de erosionar su imagen pueden reforzar el aura de intocabilidad, excepcionalidad y poder transgresor que sostiene su figura ante sus seguidores.  Resulta particularmente significativo, en este sentido,  que su popularidad entre sus seguidores no se mantenga  a pesar de sus escándalos, excesos e incompetencia, sino, paradójicamente, gracias a ellos.  

Otra característica de estos líderes es la ostentación obscena del lujo y la riqueza personal, que exhiben sin pudor como parte de su puesta en escena del poder.

Tienen una enorme capacidad para influir en la opinión pública mediante la difusión deliberada de noticias falsas y narrativas distorsionadas, alimentando miedos, resentimientos y odios que se convierten en caldo de cultivo para la legitimación de discursos autoritarios y la promoción de agendas políticas y económicas acordes con sus intereses particulares

Procuran desacreditar las voces que cuestionan sus narrativas y restringir los espacios de crítica, recurriendo a la desinformación, el señalamiento público y, en algunos casos, a mecanismos institucionales o económicos de presión sobre los medios de comunicación.  

A lo anterior se suma un patrón discursivo recurrente: narrativas que exaltan el patriotismo y apelan a un «nosotros» idealizado frente a un «ellos» presentado como amenaza: el migrante, el extranjero, las minorías sexuales o los adversarios ideológicos. 

Se apoyan en discursos xenófobos, sexistas y homófobos, a menudo amparados bajo la bandera de la «incorrección política», que sus seguidores celebran como una muestra de espontaneidad y como la capacidad de expresar aquello que muchos piensan, pero no se atreven a decir abiertamente. 

Prometen restaurar un orden perdido y devolver a sus seguidores unas garantías y condiciones que sienten que les han sido arrebatadas

A la oposición política, por su parte, la deshumanizan al describirla como un enemigo interno, una plaga o una infección que corrompe la nación desde dentro. De este modo, el adversario deja de ser un interlocutor legítimo y se convierte en alguien que debe ser derrotado o expulsado del cuerpo social.

Suelen establecer alianzas estrechas con sectores religiosos ultraconservadores, que les proporcionan un manto de legitimidad moral y contribuyen a presentar su proyecto político como una defensa de valores tradicionales supuestamente amenazados. 

Estas alianzas también les permiten movilizar a un electorado que suele acoger acríticamente las directrices de sus líderes religiosos, cuyo respaldo político es posteriormente recompensado mediante acceso a cargos de gobierno, influencia institucional y la implementación de una agenda reaccionaria

En el entramado de alianzas que establecen, adquiere especial relevancia la estrecha colaboración de estos líderes con el actual gobierno de Israel. Esta alianza les permite beneficiarse de las capacidades desarrolladas por Israel en materia  vigilancia y tecnologías de seguridad, potencialmente utilizables de manera estratégica para monitorear a opositores políticos, incidir en procesos electorales y moldear la opinión pública mediante redes de bots y campañas de desinformación.

Esta relación implica importantes contraprestaciones políticas y diplomáticas hacia Israel. Estos líderes adoptan posiciones y reproducen narrativas que entran en abierta oposición al repudio expresado por amplios sectores de la comunidad internacional hacia las graves acciones y atrocidades del ejército israelí contra la población palestina, que han llevado a distintos actores y organismos a plantearlas como genocidio. 

Al igual que la noción de un «pueblo elegido por Dios» puede convertirse en una fuente de legitimación —como ocurre con el gobierno de Israel— para imponer intereses por la fuerza y deshumanizar a quienes se consideran enemigos, estos líderes presentan también su agenda como una suerte de «guerra santa», revistiendo sus objetivos políticos de una dimensión moral absoluta que convierte cualquier oposición en una amenaza que debe ser eliminada. Esta lógica de exterminio y deshumanización puede manifestarse incluso en formas explícitas de exaltación de la barbarie, mediante la exhibición pública de cadáveres que convierte la muerte del adversario en un espectáculo de legitimación política.  

Programas de gobierno 

En los programas de gobierno que ejecutan o proponen estos líderes pueden identificarse algunos rasgos comunes:

  • La reducción radical del Estado de bienestar, que debilita la protección de las personas más vulnerables y favorece la concentración de privilegios en los sectores más favorecidos, así como el retroceso de derechos sociales conquistados durante décadas, se acompaña de una reorientación de los recursos públicos hacia el gasto militar y la expansión de las industrias armamentística y petrolera, sectores con los que estos proyectos de gobierno mantienen estrechos vínculos e intereses económicos.
  • Esta orientación se articula con el recurso a la amenaza, la escalada y la lógica bélica como formas privilegiadas de negociación, tanto en la política exterior como en el tratamiento de los sectores de oposición, junto con una concepción de la soberanía como ejercicio de un poder absoluto que rechaza límites, controles y contrapesos institucionales.
  • La defensa de un modelo de familia tradicional y de concepciones rígidas sobre los roles y las identidades de género, acompañada de una agenda religiosa que vulnera la libertad de cultos y la separación entre las instituciones religiosas y el Estado. Esta concepción pretende extender al conjunto de la sociedad determinadas creencias y valores de carácter sexista, racista y homófobo. 
  • La deslegitimación sistemática de los organismos internacionales encargados de proteger los derechos humanos.
  • La negación abierta del cambio climático y del consenso científico que lo relaciona con el actual modelo de desarrollo, lo que les permite deslegitimar las regulaciones ambientales e implementar políticas que profundizan el deterioro ambiental
  • La focalización de numerosos malestares sociales en la figura del migrante, presentada recurrentemente como causa de la delincuencia, la inseguridad, la pérdida de empleos, el deterioro de los servicios públicos o la crisis de identidad nacional, estableciendo relaciones causales sin fundamento objetivo y proyectando sobre el migrante temores y frustraciones cuyas causas son en realidad mucho más complejas y diversas

El auge de este tipo de liderazgos y agendas políticas permite reconocer no anomalías aisladas ni fenómenos circunscritos a determinados países, sino un patrón que se reproduce en regiones muy diferentes entre sí, aunque adopte distintas variantes locales. Esta convergencia pone de manifiesto una progresiva precarización de la democracia y el debilitamiento de los consensos de posguerra que, durante décadas, habían sustentado la defensa de los derechos humanos, el Estado de bienestar, el pluralismo político y la cooperación internacional.

Estamos, por tanto, ante un fenómeno que trasciende la personalidad y las circunstancias particulares de uno u otro líder: una transformación de la relación entre poder, sociedad e instituciones que merece ser explorada no solo en su dimensión sociológica, sino también en sus dimensiones simbólica y psicológica.

Algunas lecturas  sociológicas sobre el fenómeno

Algunos analistas políticos interpretan dicho fenómeno como un retorno del neofascismo bajo nuevos ropajes mediáticos; otros lo describen como el auge de un autoritarismo populista adaptado a la era digital.

Otros  sostienen que estos liderazgos han sabido capitalizar electoralmente el creciente malestar con la política tradicional y el descrédito de unas instituciones percibidas como incapaces de responder adecuadamente a las crisis sociales que se experimentan en diferentes ámbitos. También que han sabido reconocer y canalizar los miedos y las resistencias frente a transformaciones sociales vinculadas al feminismo, la diversidad sexual, los fenómenos migratorios y otros procesos que han cuestionado privilegios históricamente arraigados y ampliado la inclusión de sectores tradicionalmente marginados

A través de narrativas distorsionadas que apelan al miedo y al resentimiento, estos líderes se presentan como una alternativa frente a un sistema que, según su discurso, ha traicionado un orden social legítimo y armonioso que debe ser restablecido. Para ello, reducen problemas complejos a respuestas simples y concretas, fácilmente consumibles y cargadas de grandes promesas, que funcionan como un eficaz producto de marketing político

En este contexto de resentimiento han surgido movimientos como el de los incel —célibes involuntarios—, cohesionados en torno a la frustración y la hostilidad hacia las mujeres, especialmente como reacción a los avances del feminismo y al cuestionamiento de los roles tradicionales de género. Crecen en popularidad, en este mismo sentido, discursos que promueven el retorno de las mujeres al ámbito doméstico y reproductivo, presentando la restauración de estos roles como respuesta a una supuesta crisis de identidad masculina y al debilitamiento de la familia tradicional. 

Desde esta perspectiva, las transformaciones hacia relaciones más igualitarias pueden ser vividas, no como una ampliación de derechos, sino como una amenaza al orden conocido y a las identidades construidas sobre él, creando un terreno fértil para estos liderazgos y para los movimientos de ultraderecha que los respaldan y capitalizan políticamente. 

El cristoneofascismo

Desde el campo de la teología política, Juan José Tamayo acuña el concepto de cristoneofascismo para nombrar la alianza actual entre las organizaciones políticas y sociales de la extrema derecha, apoyadas por el ultraliberalismo, y los movimientos cristianos integristas. En su artículo El cristoneofascismo: teísmo político y dios sacrificial (2021), Tamayo rastrea el fenómeno hasta el apoyo decisivo de las iglesias evangélicas estadounidenses a la candidatura de Reagan en 1980, y muestra cómo esa alianza entre nacionalismo populista excluyente y fundamentalismo evangélico se ha repetido en distintas elecciones desde entonces, hasta desembocar en casos contemporáneos como el de Jair Bolsonaro en Brasil o Vox en España.

El eje central del análisis es lo que Tamayo llama el teísmo político: un modelo en el que la nación y la divinidad se funden en un mismo discurso de legitimación, condensado en el lema de campaña de Bolsonaro, «Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos». Para Tamayo, esto supone una instrumentalización de lo sagrado al servicio del poder —lo que describe como una manipulación de la fe para sostener una política antiecológica, homófoba, patriarcal y neocolonial—, en las antípodas de la imagen de Dios que defiende la teología de la liberación latinoamericana

 El poder grotesco y el bufón tirano

El escritor y ensayista francés Christian Salmon reflexiona sobre esta deriva política en su ensayo La tiranía de los bufones. Sobre el poder grotesco (2020), donde analiza cómo figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson  han configurado una nueva modalidad de ejercicio del poder que ya no se sostiene principalmente, como en la clásica tipología de Max Weber, en la racionalidad, la tradición o el carisma, sino en la provocación, la transgresión sistemática y la bufonería como estrategias de poder. 

La provocación y el espectáculo se convierten así en una herramienta política y de comunicación: cuanto más provocador es el líder, mayor es su capacidad para captar la atención, movilizar afectos y mantenerse en el centro de la conversación pública. Salmon denomina a esta modalidad «poder grotesco». En entrevistas y artículos posteriores, ha extendido este diagnóstico a nuevas figuras surgidas en el escenario político internacional, entre ellas el presidente argentino Javier Milei. 

Para Salmon, el poder de estas figuras se apoya menos en construir credibilidad que en erosionar sistemáticamente la confianza en las instituciones y en el sistema que dicen combatir, aun cuando ellas mismas formen parte de sus sectores privilegiados. Esta aparente paradoja les permite presentarse como outsiders y, al mismo tiempo, beneficiarse de las estructuras de poder que cuestionan.

La rentabilización del miedo y el odio: la mentira organizada

Salmon sostiene que el fenómeno de los bufones tiranos se ve favorecido por el funcionamiento de las plataformas digitales, cuyos modelos de negocio dependen, en buena medida, de maximizar la atención y la interacción de los usuarios. En ese entorno, los contenidos que apelan al odio, la polarización y el miedo tienden a generar mayores niveles de participación y circulación. 

La provocación y la desinformación adquieren así una ventaja dentro de las dinámicas de las redes sociales, especialmente cuando despiertan emociones intensas como la indignación, el miedo o el resentimiento. Cuanto más extremo y provocador es un mensaje, mayor puede ser su capacidad de difusión y, con ella, la visibilidad y el alcance de quienes lo producen. De este modo, la atención se convierte en mercancía y la confrontación, en una fuente de rentabilidad.

Los sistemas automatizados de recomendación pueden amplificar este proceso al favorecer contenidos capaces de mantener durante más tiempo la atención de los usuarios, creando un entorno especialmente propicio para quienes convierten la provocación, la transgresión y el enfrentamiento en estrategias políticas.

Detrás de estos liderazgos bufonescos y provocadores, además, rara vez existe una improvisación absoluta. Suelen estar sostenidos por asesores y especialistas en datos, comunicación y algoritmos, capaces de identificar y canalizar hacia las urnas la ira y el malestar que circulan por las redes sociales.

En La era del enfrentamiento (2019), Salmon sostiene, en este sentido, que hemos dejado atrás una etapa en la que el poder se disputaba fundamentalmente mediante la construcción de relatos, para entrar en otra en la que tiende a imponerse el discurso de quien hace más ruido, provoca mayor reacción y actúa con mayor vehemencia.

En este contexto, la primera víctima de esta nueva forma de comunicación es, según Salmon, el propio lenguaje: desplazado por un discurso incesante e inconsistente que ya no busca argumentar ni construir un sentido compartido, sino ocupar permanentemente el espacio de la conversación pública. La abundancia de declaraciones, provocaciones y mensajes contradictorios termina así sustituyendo la argumentación por la mera presencia y la confrontación.

La lectura simbólica de fenómenos sociales

Desde la perspectiva de la psicología junguiana, los acontecimientos políticos y sociológicos pueden comprenderse no solo en términos de estructuras sociales y decisiones racionales de individuos o grupos, sino también como expresiones de factores arquetípicos que actúan en el alma colectiva (anima mundi) y participan de su dinámica evolutiva. 

Esta mirada parte de una premisa central en Jung: la psique individual y la colectiva se encuentran profundamente interrelacionadas. Los movimientos que atraviesan el alma colectiva, así como sus tensiones y transformaciones, se expresan tanto en los padecimientos, conflictos y experiencias de la vida psíquica individual como en las tensiones que recorren los fenómenos sociales y políticos, los movimientos artísticos y filosóficos y las distintas expresiones culturales de una época.

Un fenómeno político puede leerse entonces como una expresión simbólica de aquello que la psique colectiva está intentando elaborar y hacer consciente. La aproximación simbólica a los fenómenos sociales puede entenderse en este sentido de manera análoga a la interpretación de un sueño o de un mito.

Así como en un sueño cada personaje, imagen o acontecimiento puede expresar un aspecto de la totalidad y la dinámica de la psique, en la vida colectiva las figuras públicas, las ideologías en tensión, las guerras y los acontecimientos sociales pueden ser leídos como manifestaciones de procesos y dinámicas que atraviesan el alma colectiva. No se trata de reducir lo social a lo psicológico, sino de explorar qué contenidos inconscientes encuentran en estos fenómenos una forma de expresión y adquieren visibilidad en la escena colectiva

Desde la perspectiva junguiana, todo fenómeno perturbador o sintomático contiene un mensaje: expresa un conflicto, revela aquello que permanece inconsciente y puede entenderse como un intento de transformación y autorregulación de la psique.

Leer estos fenómenos simbólicamente implica preguntarse no solo «qué está pasando» en términos fácticos, sino también qué pueden simbolizar, a qué contenidos arquetípicos aluden, qué función psíquica cumple su irrupción y qué buscan promover en la consciencia colectiva

En este sentido, la aparición de los bufones tiranos, el auge del populismo autoritario y la nostalgia por perspectivas patriarcales puede comprenderse como expresión e intentos de desarrollo y maduración de la psique colectiva.  Más que una perturbación que simplemente deba ser eliminada, puede constituir una señal de aquello que necesita ser reconocido, integrado, refinado o transformado

La pregunta junguiana no sería únicamente, entonces, cómo contener al bufón tirano, sino también qué está expresando de nosotros mismos, qué necesidades, miedos y conflictos colectivos encarna y qué aspectos de la psique colectiva han hecho posible su aparición

Esta perspectiva nos invita, además, a volver la mirada hacia nosotros mismos y preguntarnos qué hay en cada uno de nosotros de ese bufón tirano, de ese fundamentalista o de ese reaccionario que para unos resulta fascinante y para otros profundamente repulsivo

La figura que aparece en el escenario político puede convertirse así en un espejo que hace visible una dimensión de la psique colectiva de la que también participamos

La constelación de aspectos arquetípicos  

Los procesos de transformación y maduración psíquica son promovidos, desde la perspectiva junguiana, por la activación de patrones arquetípicos que impulsan, orientan y dan sentido a los cambios y ajustes necesarios que conducen a la realización óptima del ser. 

De esta manera, a nivel individual, distintas experiencias necesarias para el desarrollo son promovidas por la constelación de patrones arquetípicos relacionados, por ejemplo, con la búsqueda de sustento, la formación de una pareja, la maternidad o la paternidad, u otras experiencias significativas de la vida. 

Una característica fundamental de los arquetipos es que, a diferencia de los instintos animales, con los que guardan una estrecha relación, las necesidades que expresan no tienen una única forma de realización y pueden encontrar también una expresión simbólica. Así, el arquetipo de la maternidad o la paternidad puede manifestarse literalmente en el nacimiento de un hijo, pero también en la gestación de un proyecto creativo o vital que trascienda los intereses del ego. 

La activación de aspectos arquetípicos también puede identificarse en las dinámicas de la psique colectiva

Las sociedades atraviesan períodos de crisis, transición y cambio histórico que  constelan determinadas dinámicas arquetípicas, las cuales pueden manifestarse tanto en los sueños y padecimientos psíquicos de las personas como en fenómenos sociales, culturales y políticos

Desde una perspectiva simbólica, la constelación arquetípica puede extenderse incluso a determinados fenómenos naturales, como terremotos, tsunamis o erupciones volcánicas, que pueden ser comprendidos como imágenes simbólicas en resonancia con las dinámicas de la psique colectiva

El parto doloroso a una nueva etapa de la consciencia

La psicología junguiana converge con diversas perspectivas que señalan que, como humanidad, atravesamos una profunda crisis del paradigma y la cosmovisión que durante siglos han orientado nuestra manera de interpretar la realidad y relacionarnos con ella. Se propone que esta crisis forma parte de la transición hacia una nueva etapa en el desarrollo de la consciencia.  

Desde una perspectiva simbólica, el desarrollo de la consciencia emerge con el surgimiento de un ego heroico, asociado a un principio masculino penetrante, diferenciador y orientado hacia la acción, que emerge de lo inconsciente, asociado a su vez con un principio femenino receptivo, generador y estrechamente ligado a la naturaleza

En el proceso de diferenciación de la consciencia, el ego heroico patriarcal experimenta la naturaleza maternal, de la que procede y de la que depende, como una fuerza primordial, envolvente, hostil y amenazante que debe ser dominada y trascendida. La conquista de la naturaleza puede entenderse así como una expresión simbólica de la afirmación de la consciencia frente a lo inconsciente.

 Se plantea entonces que el necesario desarrollo de la individualidad y de la consciencia ha conllevado  a una devaluación y un alejamiento de lo inconsciente y de la naturaleza, favoreciendo una identificación colectiva con la racionalidad, el progreso y el dominio sobre la naturaleza.  

Este proceso ha conducido también a un cierto endiosamiento del ser humano, manifestado en una actitud de soberbia y voracidad que se expresa en una relación instrumental, explotadora y abusiva con aquello que simbólicamente se encuentra vinculado con lo inconsciente y lo femenino: las mujeres, el planeta, el cuerpo y la imaginación

Para Jung, el alejamiento de la perspectiva simbólica propia del patriarcado, ha generado  un desequilibrio, una  crisis colectiva que exige la transformación de principios y símbolos básicos. Lo anterior se manifiesta como un estado de escisión, de fragmentación, de desorientación, que es a la vez síntoma y expresión de la transición a un nuevo orden. 

La grave crisis ecológica, económica y social que estamos atravesando pone de manifiesto los límites de las estructuras existentes y nos confrontan con la necesidad de una profunda transformación de principios, valores, sentidos y prioridades, que permita desarrollar una nueva manera de comprender y habitar el mundo. Este proceso implica revisar y abandonar hábitos, actitudes y modelos de relación que han dejado de ser sostenibles y que se encuentran vinculados con las crisis que enfrentamos. 

Se propone entonces que nos encontramos, como civilización, en el parto doloroso de una nueva consciencia que se encuentra en proceso de gestación y que, en buena medida, aún nos resulta desconocida. 

Para Jung uno de los aspectos en que se manifiesta el desmembramiento de los referentes de nuestra civilización es en la expresiones del arte moderno “La evolución del arte moderno, con su aparente tendencia nihilista a la disolución, debe concebirse como síntoma y símbolo de una disposición de ánimo correspondiente al ocaso y a la renovación del mundo característicos de nuestro tiempo. Este estado de ánimo se deja notar en todas partes política, social y filosóficamente. Estamos viviendo el kairós de la «metamorfosis de los dioses», es decir, de los principios y símbolos fundamentales. Esta demanda de nuestra época, que verdaderamente no hemos elegido de manera consciente, constituye la expresión del hombre interior e inconsciente en transformación.Las generaciones venideras deberán tener en cuenta este cambio preñado de consecuencias si la humanidad quiere salvarse de la destrucción que la amenaza debido al poder de la técnica y de la ciencia”

El fenómeno de los bufones tiranos, junto con los fenómenos relacionados que lo acompañan, puede formar parte de la constelación de aspectos arquetípicos que emergen y se activan durante la profunda transición que estamos atravesando

La  liminalidad y el arquetipo del salvador

Un sentimiento predominante que atraviesa nuestra época es el de desconcierto, desorientación y vacío, estrechamente relacionado con la liminalidad que la caracteriza: los valores, actitudes y referentes de sentido que hasta ahora habían organizado la vida colectiva han dejado de resultar funcionales, mientras otros comienzan a emerger sin haberse consolidado todavía

En períodos de crisis y desorientación, la psique puede quedar especialmente predispuesta a proyectar la figura de un héroe, salvador o mesías, capaz de ofrecer dirección, sentido y una salida frente a las dificultades del presente.

Los bufones tiranos pueden construir deliberadamente una imagen que facilite la proyección de esta figura salvadora, articulando un relato basado en la amenaza, la pérdida y la decadencia que les permite presentarse como quienes pueden restaurar un orden que consideran perdido.

De manera concomitante al arquetipo del héroe salvador aparece la figura del adversario, aquello que encarna la amenaza o el mal que debe ser combatido.

En las narrativas de los bufones tiranos, este papel suele recaer sobre inmigrantes, feministas, minorías sexuales, movimientos progresistas y otros grupos presentados como responsables de la decadencia social o de la pérdida del orden tradicional. Así, la complejidad de los problemas colectivos queda reducida a una oposición maniquea entre quienes deben restaurar el orden y quienes supuestamente lo amenazan

La dinámica puede reproducirse de manera inversa entre quienes los rechazan: el bufón tirano, sus políticas y sus seguidores pasan a ocupar el lugar del adversario, mientras el papel del salvador se proyecta sobre quienes se identifican con ideas o principios progresistas los cuales se consideran moralmente superiores.  

Uno de los efectos del influjo de aspectos arquetípicos es la intensidad de las emociones que suscita, así como de las ideas, imágenes y pensamientos que moviliza. Lo arquetípico se caracteriza además por su naturaleza dual, capaz de expresarse tanto en su dimensión luminosa como en su dimensión oscura. 

Cuando un contenido arquetípico se constela en la esfera colectiva, esta polaridad puede proyectarse sobre determinadas figuras, que llegan a ser investidas de cualidades extraordinarias.

Los bufones tiranos suelen despertar, en este sentido,  una enorme fascinación entre sus seguidores, cercana a una especie de enamoramiento que los lleva a percibirlos como salvadores, a justificar sus contradicciones o incluso a negar sus inconsistencias. Al mismo tiempo, entre quienes los rechazan pueden suscitar un profundo repudio y aversión, hasta el punto de ser percibidos como la encarnación del mal.

De este modo, ambos bandos pueden quedar atrapados en una misma estructura arquetípica: cada uno se identifica con el bien y proyecta sobre el otro la imagen del mal, en un contexto de extrema polarización.

La extrema polarización como fuente de energía 

Para la psicología junguiana, la tensión de los opuestos es la energía de la transformación. Aunque en principio la extrema polarización pueda percibirse como algo negativo, también puede entenderse como el mecanismo a partir del cual se moviliza la gran energía que requiere la profunda transformación, en distintos ámbitos, que implica el momento que estamos atravesando.

Un gran fuego parece necesario para cocinar la maduración a la que está llamada la conciencia colectiva, que no parece limitarse a pequeños ajustes dentro del orden existente, sino que implica transformaciones profundas capaces de propiciar un tránsito cualitativo hacia formas más complejas e integrales de convivencia, capaces de reconocer la diversidad, gestionar creativamente el conflicto y asumir nuestra interdependencia con la trama de la vida.

Anhelo de espiritualidad y auge del fundamentalismo

Un fenómeno relacionado con el anhelo de una figura mesiánica en tiempos de crisis y desorientación es el creciente interés por la religiosidad y la espiritualidad. Incluso entre las generaciones más jóvenes parece observarse un renovado interés por la experiencia espiritual, la búsqueda de sentido y las tradiciones religiosas. 

Jung, en Civilización en transición, reconoce un anhelo de espiritualidad como un fenómeno característico de nuestra época, que puede comprenderse como expresión de la desconexión simbólica con la naturaleza y con la dimensión trascendente de la existencia, consecuencia del desarrollo de la consciencia y de su necesaria diferenciación respecto de lo inconsciente primordial.

Desde esta perspectiva, el anhelo de espiritualidad puede entenderse como un intento de reencantar el mundo, recuperando una dimensión simbólica y trascendente que se ha debilitado bajo el predominio de la razón y la voluntad, el control y la autonomía individual, valores característicos del espíritu de la época.

En este sentido, puede entenderse también como un anhelo de «regresar a casa», como respuesta al exilio del alma al que ha conducido, en cierta medida, el proceso civilizatorio. Este regreso no implica volver al pasado ni recuperar formas religiosas anteriores, sino reconstruir una experiencia de pertenencia y conexión con aquello que nos trasciende: una consciencia capaz de reconocernos como parte de una unidad más amplia, vinculados entre nosotros como especie, con la naturaleza y, en último término, con el conjunto de la vida y del universo.

Es posible observar que aquel anhelo de alma que Jung identificaba parece haberse intensificado en las últimas décadas, y que incluso el renovado interés por la psicología junguiana podría formar parte de este movimiento más amplio de búsqueda de sentido, profundidad y conexión con lo simbólico y lo trascendente.

Este anhelo de espiritualidad y religiosidad puede expresarse de diversas maneras. Por un lado, puede manifestarse como una búsqueda espiritual abierta, experiencial y no dogmática, orientada hacia valores asociados con la nueva consciencia emergente, como la superación del individualismo y el reconocimiento de nuestra interdependencia con los demás seres humanos y con el conjunto de la naturaleza. De esta perspectiva se desprenden formas de relación más cooperativas, solidarias y respetuosas con la vida.  

Pero este mismo anhelo puede tomar también una deriva fundamentalista, visible en el auge de movimientos que recogen este anhelo religioso colectivo y convierten los símbolos religiosos en verdades literales, rígidas y cerradas, orientando la percepción de la realidad en una determinada dirección y poniéndola al servicio de intereses económicos, políticos y sociales que permanecen, en gran medida, inconscientes para quienes participan de estos movimientos. 

Los bufones tiranos suelen establecer alianzas con estos movimientos fundamentalistas, cuyos seguidores, al quedar atrapados en interpretaciones rígidas y dogmáticas, pueden ver disminuida su capacidad crítica y reflexiva, haciéndolos más susceptibles a la manipulación.

La religión deja entonces de ser una vía de transformación interior y apertura a lo trascendente para convertirse en un instrumento de control, exclusión e intolerancia, legitimando un orden social presentado como incuestionable.

Los movimientos fundamentalistas religiosos con frecuencia alimentan los miedos e incertidumbres que generan las políticas de reconocimiento de los derechos de la diversidad sexual y de género, mediante narrativas distorsionadas, como la idea de que se estaría imponiendo una supuesta «ideología de género» en las escuelas, promoviendo la homosexualidad o generando confusión respecto a la identidad de género entre niños y niñas. En un giro que revela su propia lógica de poder, cuando estos movimientos acceden a cuotas de poder, procuran imponer su propia concepción de lo que consideran «natural» en materia de género y sexualidad dentro del ámbito educativo.  

Es llamativo, en este sentido, que muchos de los miedos que alimentan con respecto a la política que dicen combatir los bufones tiranos terminan siendo efectivamente realizados por ellos mismos cuando acceden al poder. Así, aquello que denunciaban como una amenaza —la imposición ideológica, la pérdida de libertades o el deterioro del orden social— puede reproducirse bajo nuevas formas a través de la imposición de su propia visión del mundo y la progresiva precarización de la democracia a la que conducen sus políticas.  

En uno de los análisis que hace Jung con respecto a la psicología de las masas menciona «La inercia de la masa puesta en movimiento ha de encarnar en la voluntad de un portavoz personal, que puede llegar a no detenerse ante nada, y su programa debe constar de ideas utópicas, a ser posible milenaristas, que sólo convencen a la inteligencia más baja (¡precisamente a ella!). Lo extraño es que también las Iglesias quieran de vez en cuando servirse de la acción de masas para expulsar al demonio con ayuda de Belcebú» 

En periodos de crisis e incertidumbre suelen intensificarse también las llamadas teorías de la conspiración, que pueden responder, al igual que ciertas formas de espiritualidad, a la necesidad de encontrar sentido y orden ante una realidad percibida como caótica. Estas narrativas permiten aliviar la angustia que generan lo incierto, lo paradójico y lo ambivalente mediante la construcción de «certezas» que no pueden ser contrastadas. De este modo, lo que inicialmente se experimenta como una ansiedad difusa se traduce y transforma en miedos más específicos y focalizados. Resulta significativo que muchas de las narrativas que sustentan a los bufones tiránicos se apoyen precisamente en este tipo de teorías. 

 La exaltación patriótica y autoritarismo: el paraíso perdido

La exaltación patriótica constituye una de las características recurrentes de los bufones tiranos.

Desde una perspectiva junguiana, esta exaltación puede entenderse también como una manifestación del anhelo de reconexión, de arraigo, del retorno al paraíso perdido: la imagen de la «madre patria» que nos acoge, nos protege y nos proporciona un sentido de pertenencia e identidad. Esta identificación permite sentirse parte de un «nosotros» —el grupo de los buenos, de los mejores—, una suerte de variación secular del sentimiento de ser un pueblo elegido por Dios, cuya identidad se refuerza mediante la diferenciación y, con frecuencia, la superioridad frente a los otros. 

Este anhelo de patria y pertenencia, construido en relación con un otro percibido como competidor, extraño u hostil, puede entenderse como una expresión de una consciencia todavía infantil y patriarcal, que busca seguridad e identidad mediante la afiliación a un grupo, la delimitación de fronteras frente a los demás y la identificación con un líder autoritario investido de atributos paternos, al que se atribuye la capacidad de proteger y restablecer el orden, mientras se evade la propia responsabilidad y se alivia la carga psíquica de atravesar la incertidumbre, confrontarse con la alteridad y madurar en el conflicto

Jung reflexionó sobre la psicología de los movimientos de masas y sobre la facilidad con que el individuo puede quedar absorbido por una conciencia colectiva, adoptando formas de pensamiento simplificadas, infantiles e irreflexivas que dan lugar a la emergencia de la tiranía En Civilización en  Transición menciona 

“El movimiento de masas, como era de esperar, más bien resbala sobre una superficie inclinada, representada por el gran número: donde hay muchos hay seguridad; lo que muchos creen debe ser verdad; lo que muchos quieren ha de ser digno de conseguirse, incluso necesario y por lo tanto bueno… lo más apetecido es sin embargo deslizarse suavemente y sin dolor hacia el país de la infancia bajo la protección paterna, hacia la falta de preocupaciones y de responsabilidad. Hay alguien superior que piensa y cuida; hay respuestas para todas las preguntas y se dispone de lo necesario para todas las necesidades. Ahora bien, el estado de ensueño infantil del hombre masa carece hasta tal punto de realismo que jamás piensa quién paga verdaderamente ese paraíso. Se confía la liquidación de la cuenta a la institución supraordenada, que lo acepta con agrado, pues su poder se multiplica con esta exigencia, y con ese aumento de poder tanto más desamparado y débil queda el individuo.  Cuando una situación social de este tipo se desarrolla hasta alcanzar grandes proporciones queda expedito el camino hacia la tiranía y la libertad del individuo se convierte en esclavitud. Cuando una situación social de este tipo se desarrolla hasta alcanzar grandes proporciones queda expedito el camino hacia la tiranía y la libertad del individuo se convierte en esclavitud espiritual y física”

Jung advierte del peligro de delegar la responsabilidad en un padre autoritario evadiendo las propias responsabilidades “Contar de manera creciente con el Estado no es buen síntoma, significa que el pueblo está en camino de convertirse en un rebaño de ovejas, esperando siempre de los pastores que las lleven a donde hay buenos pastos. Pronto se convierte el cayado del pastor en férula de hierro y los pastores en lobos. No fue fácil presenciar cómo toda Alemania respiraba aliviada cuando un psicópata paranoico dijo: «Yo asumo la responsabilidad».  

La patria psíquica: la conciencia de unidad

Desde la perspectiva junguiana se plantea que una expresión de la maduración de la psique consiste en poder vivir de manera simbólica y refinada aquello que, en etapas anteriores del desarrollo, necesitaba experimentarse de forma concreta o burda. 

En el proceso de desarrollo de la consciencia y de la individualidad fue necesario establecer fronteras, reconocer diferencias y afirmar la propia identidad, lo que también pudo llevar a percibir al otro como extraño, hostil o competidor. Sin embargo, la maduración implica trascender progresivamente esta lógica de separación sin perder la individualidad.

En este sentido, la nueva conciencia emergente puede entenderse como un movimiento hacia la búsqueda de una «patria psíquica»: el reconocimiento de aquello que nos vincula y de la totalidad de la que formamos parte. 

Desde esta perspectiva, el otro deja de ser necesariamente un competidor o una amenaza para ser reconocido como un semejante y un colaborador, alguien con quien compartimos una trama común y un mismo destino

De esta “patria psíquica”  que  trasciende cualquier territorio concreto y remite a una conexión más profunda con uno mismo, con los otros y con el mundo nos hablan filósofos, poetas y místicos.

Durante la Primera Guerra Mundial, Hesse atravesó un profundo conflicto moral a raíz de sus posiciones pacifistas. Al contemplar cómo las naciones ponían la cultura y la mentira al servicio de la destrucción masiva, llegó a cuestionar radicalmente el nacionalismo y la concepción tradicional de la patria. Frente a la pertenencia nacional, reivindicó una identidad más amplia como ser humano y buscó refugio en lo que él mismo denominó un santuario de quietud interior

Para Hesse, la patria psíquica parece estar vinculada al anhelo de un estado originario de inocencia, libre de prejuicios y abierto a una experiencia de conexión con la fuente primordial, más que a un lugar o una pertenencia determinada. En este sentido, la patria no sería tanto un territorio al que se pueda regresar como una experiencia interior de pertenencia y conexión con lo esencial. En Demian escribe: «A la patria nunca se llega. Pero cuando los caminos amigos se cruzan, todo el universo parece por un momento la patria anhelada»

Simon Weil también alude en A la espera de dios alude  a la patria psíquica  «Aquí abajo nos sentimos extraños, sin raíces, en exilio. Como Odiseo, a quien los marineros transportaron durante su sueño y despertó en una tierra desconocida, anhelando Ítaca con un deseo que le desgarraba el alma. De pronto, Atenea le quitó el velo a sus ojos y comprendió que estaba en Ítaca. Asimismo, cualquier hombre que anhela infatigablemente su patria, y al que ni Calipso ni las sirenas logran distraer de su deseo, percibe un día de repente que se encuentra en su patria».

La dinámica Senex – Puer: la resistencia al cambio, la unilateralidad de lo nuevo

La plena realización e integralidad a la que está llamada la psique, tanto individual como colectiva, requiere el adecuado accionar de las tendencias o pulsiones que promueven la transformación y la adaptación a las condiciones cambiantes del contexto interno y externo, junto con otras que procuran preservar las estructuras ya alcanzadas y que mantienen el vínculo con el origen.  

El impulso transformador evita el estancamiento y favorece el dinamismo, mientras que la tendencia conservadora proporciona continuidad y estabilidad, permitiendo que lo nuevo pueda ser asimilado. 

En términos arquetípicos, esta polaridad remite a la interacción entre el Senex y el Puer: el primero representa el orden, la estructura, la ley y la experiencia acumulada; el segundo, el impulso vital, la espontaneidad, la apertura a lo nuevo y la capacidad de asumir riesgos. 

Un desarrollo psíquico saludable requiere que ambos polos puedan dialogar y enriquecerse mutuamente, evitando que la estructura se vuelva rígida o que el impulso al movimiento se transforme en inestabilidad y dispersión

El problema surge cuando alguno de estos aspectos se torna unilateral: un Senex sin Puer puede cristalizar en rigidez, dogmatismo y resistencia estéril al cambio, mientras que un Puer sin Senex puede dispersarse en un entusiasmo sin forma, incapaz de sostener aquello que promete, o en una actitud que desconoce los límites y restricciones de la realidad.  

Un aspecto relevante de los bufones tiranos es que parecen encarnar el malestar ante la pérdida de los referentes conocidos y el anhelo de restaurar un orden percibido como perdido. Esta reacción puede expresarse como una reivindicación de valores, jerarquías y estructuras tradicionales percibidos como amenazados por las transformaciones culturales y sociales. Desde una perspectiva arquetípica, este fenómeno puede entenderse como una activación unilateral del Senex, que, ante la incertidumbre, se aferra al orden conocido y se resiste a integrar lo nuevo. Cuando deja de dialogar con el Puer, la necesidad de continuidad puede transformarse en rigidez, nostalgia y resistencia al cambio.  

Otra lectura posible es que los bufones tiránicos expresen también el malestar generado por determinados aspectos del Puer cuando se desarrollan sin el contrapeso del Senex, lo que puede conducir a la disolución de estructuras y al desconocimiento de ciertos límites. Desde esta perspectiva, pueden entenderse como una reacción frente a determinadas formas unilateralizadas del progresismo cultural. La defensa de nuevas formas de relación, identidades y derechos puede derivar, cuando pierde el diálogo con otras perspectivas, en una percepción de superioridad moral, excesos de corrección política, intolerancia frente al disenso, política de la cancelación, censura social, imposición de determinados lenguajes y categorías o descalificación de quienes cuestionan ciertos postulados progresistas. A ello pueden sumarse planteamientos que tienden a interpretar las diferencias entre los sexos exclusivamente como construcciones culturales, relativizar la existencia de límites biológicos o considerar sospechosa cualquier defensa de valores tradicionales.   

El bufón tiránico como constelación del  trickster o el embaucador 

Una de las expresiones más primitivas del arquetipo del salvador, según Jung, es el arquetipo del Trickster o embaucador, que reúne muchos de los rasgos que podemos reconocer en los bufones tiranos contemporáneos: la mentira, la astucia, el primitivismo, la infantilidad, la capacidad de transformación, la burla, la provocación y la transgresión de las normas, y  también incluso, una dimensión mesiánica y redentora

Se trata de una figura recurrente en los mitos, cuentos populares y tradiciones de muy diversas culturas. Podemos encontrarla, por ejemplo, en Loki, en la mitología nórdica;; Eshu o Elegguá, en la tradición yoruba; Coyote, entre diversos pueblos indígenas de Norteamérica; o Renart, el zorro astuto de la tradición medieval europea. Aunque sus características varían, todos comparten la capacidad de engañar, transgredir, provocar, cambiar de forma y alterar el orden establecido

Jung reconoce en el Trickster una dimensión hermética o mercurial, vinculada a la figura de Hermes-Mercurio, dios de las fronteras, los caminos, el comercio, el engaño y la comunicación.

Mercurio es una figura esencialmente ambivalente: puede actuar como mensajero y mediador, pero también como embaucador y transgresor. Esta naturaleza cambiante y contradictoria permite comprender al Trickster como una figura liminal, capaz de transitar entre mundos y de desafiar las fronteras establecidas. En la alquimia, Mercurio encarna precisamente esta condición múltiple: es volátil, escurridizo, transformador y difícil de contener en una forma fija. Por ello, el Trickster no representa únicamente el caos o el engaño, sino también la irrupción de aquello que desestabiliza un orden establecido y abre la posibilidad de transformación. .

Jung concibe al Trickster como un arquetipo primordial que personifica un estadio primitivo e indiferenciado de la consciencia. En él coexisten los opuestos: es insensato y sabio, destructivo y creativo, animal y divino.  el Trickster, señala Jung  es un ser primigenio “cósmico”, de naturaleza divina y animal»: superior al ser humano por sus capacidades sobrenaturales, pero inferior por su inconsciencia e insensatez. Su comportamiento se caracteriza por la ruptura de tabúes, la transgresión de las normas y el desafío al orden establecido.

Jung resalta como la figura del trickster se puede encarnar en determinadas épocas “El supuesto hombre civilizado ha olvidado al embaucador. Lo recuerda solo figurativa y metafóricamente, cuando, irritado por su propia ineptitud, habla de que el destino le juega malas pasadas o de que las cosas están embrujadas. Jamás sospecha que su propia sombra oculta y aparentemente inofensiva posee cualidades cuya peligrosidad supera sus sueños más descabellados. En cuanto la gente se reúne en masas y sumerge al individuo, la sombra se moviliza y, como demuestra la historia, incluso puede personificarse y encarnarse”

 La constelación colectiva del Trickster, manifestada en la aparición de figuras con rasgos de bufón tirano que ocupan posiciones de poder y reciben la proyección colectiva del salvador, puede interpretarse como expresión de la necesidad de cuestionar valores y estructuras que han perdido vigencia. La irrupción del Trickster introduce caos y desorden, pero ese mismo movimiento puede crear las condiciones para la emergencia de nuevos principios y formas de organización.

En este sentido, los bufones tiranos encarnan una profunda ambivalencia: son, al mismo tiempo, una expresión de la resistencia al cambio y una fuerza que contribuye a desestabilizar el orden existente. Representan la irrupción de aspectos primitivos, irracionales, instintivos y transgresores que entran en tensión con los valores asociados a la racionalidad, el autocontrol y las normas sociales. También pueden expresar contenidos que han quedado relegados o reprimidos en determinadas formas de corrección política, así como las sombras y unilateralidades que pueden surgir en torno a la reivindicación de lo femenino, la diversidad o la inclusión.

El Trickster aparece así como una figura profundamente ambivalente: desestabiliza, desorganiza y puede causar daño, pero al mismo tiempo puede actuar como un catalizador involuntario de una transformación. Su función no consiste necesariamente en señalar hacia dónde debemos ir, sino en poner en crisis aquello que ya no puede sostenerse y abrir, muchas veces de manera caótica y dolorosa, un espacio para que emerjan posibilidades que todavía no somos capaces de comprender plenamente.

El Trickster como sombra colectiva: el retorno de lo reprimido

Un aspecto relevante que destaca Jung con respecto al Trickster es que encarna también la sombra colectiva, esto es,  la proyección de aquellos rasgos más primitivos, inferiores y poco desarrollados de la psique que han quedado excluidos de la consciencia y permanecen pendientes de reconocimiento e integración

Jung señala en este sentido que la imagen del Trickster se ha conservado porque cumple una función terapéutica al recordarnos aquello que hemos dejado atrás en nuestro proceso de desarrollo. En sus palabras, «mantiene ante los ojos del individuo que ha alcanzado un estadio superior de desarrollo el bajísimo nivel moral e intelectual de tiempos pretéritos, para que no olvide cómo fue el ayer»

Neumann, quien describió minuciosamente la dinámica simbólica del desarrollo de la consciencia, plantea una ley fundamental de la psique, tanto individual como colectiva: el Self, expresión de la totalidad y principio orientador del desarrollo, se reviste del arquetipo hacia el cual debe avanzar la consciencia, mientras que el arquetipo que hasta entonces había predominado tiende a percibirse en su aspecto negativo y retentivo 

Así, en el patriarcado, el disfraz de la divinidad —aquello que se venera como ideal y meta— se relaciona con atributos masculinos como la voluntad, la racionalidad, la objetividad, el progreso, el intelecto y la diferenciación. En contraste, lo inconsciente y lo femenino, como fase a superar, aparecen en su dimensión negativa como madre terrible, asociada a lo diabólico, lo irracional y lo primitivo.

En el ocaso del patriarcado en el que nos encontramos, estaríamos atravesando, en términos de Neumann, una fase de transformación en la que lo masculino y lo femenino puedan relacionarse de manera integrada y complementaria, sin que ninguno se imponga sobre el otro. Como parte de este proceso, convivimos con el miedo a lo femenino primordial que caracterizó al patriarcado y, al mismo tiempo, con la emergencia de una percepción de lo masculino en su aspecto sombrío, como depredador, violador, perseguidor y devorador. 

El necesario cuestionamiento de los principios patriarcales unilaterales, hoy insostenibles, puede conducir a una mirada peyorativa de lo masculino en su conjunto, hasta llegar a equipararlo con la imagen del depredador. De este modo, determinados aspectos de lo masculino también pueden quedar reprimidos, mientras que la necesaria visibilización y reivindicación de lo femenino corre el riesgo de adoptar formas radicales cuando se afirma desde la oposición o la deslegitimación de lo masculino. Cuando la afirmación de lo femenino se construye sobre la subordinación y degradación de lo masculino, puede reproducir la misma lógica patriarcal que pretende superar: la imposición de una polaridad sobre su opuesto complementario. En términos simbólicos, esta dinámica podría expresarse en la figura de las Amazonas: una feminidad que, al afirmarse desde la negación de lo masculino, pierde la posibilidad de integrar aquellos aspectos que le son complementarios. 

Para la psicología junguiana, el depredador patriarcal expresa una lógica y un modo de ser caduco que necesita ser trascendido. Su superación constituye una tarea que nos concierne tanto a mujeres como a hombres, a través de nuestros propios dramas individuales. Lo masculino depredador no representa, por tanto, la totalidad de lo masculino, sino una expresión de un masculino infantil, unilateral y desligado de lo femenino, que es precisamente lo que necesita ser superado. 

La hipótesis junguiana plantea que lo reprimido no desaparece al quedar fuera de la consciencia, sino que permanece en la sombra y puede emerger posteriormente de forma primitiva, exagerada y unilateral. Al no estar mediado por el símbolo y la reflexión, aquello que retorna puede manifestarse de manera impulsiva y poco diferenciada

La emergencia de los bufones tiranos y la fascinación que despiertan en muchas personas —por su espontaneidad, primitivismo e incluso por determinadas expresiones de machismo y homofobia— puede aludir entonces no solo a una resistencia al cambio, sino también a una reacción compensatoria frente a ciertas formas unilaterales de cuestionar la lógica patriarcal. Esta lógica necesita ser superada, pero no mediante una nueva unilateralidad. Sin embargo, la unilateralidad de lo femenino puede constituir también un momento necesario de tensión entre los opuestos, cuya confrontación y elaboración hagan posible, en una etapa posterior, la emergencia de una síntesis superior, en la que lo masculino y lo femenino puedan relacionarse de manera más integrada.

Al mismo tiempo, estas figuras pueden canalizar el resentimiento que generan determinadas políticas destinadas a proteger y ampliar los derechos de las mujeres y de otros grupos que históricamente no han contado con garantías suficientes, particularmente cuando son percibidas no solo como un cuestionamiento de antiguos privilegios, sino también como una posible restricción de derechos. La ampliación de derechos exige un ejercicio permanente de reflexión crítica y de diálogo sereno, capaz de reconocer las desigualdades existentes sin convertir la reivindicación de unos derechos en el menoscabo de las garantías fundamentales de otros. 

El trickster viene entonces a poner en escena esa dimensión primitiva, instintiva y desbordante que la consciencia ha rechazado, recordándonos que no puede ser simplemente eliminada, sino que necesita ser reconocida e integrada en una totalidad psíquica más amplia. 

Lo femenino y lo masculino, desde una perspectiva compleja, no son equivalentes a hombre y mujer, sino que hacen referencia a fases de un sistema dinámico de complementariedad y equilibrio. Tal como se desprende de la noción china del yin y yang. Cuando yang -lo masculino, el patriarcado- ha llegado a su extremo, se origina el yin -el retorno de lo femenino-. Yin y yang por lo tanto,  no son elementos independientes, sino dos fases de un mismo fenómeno, bajo una visión cíclica y relativa del universo.

En sintonía con esta perspectiva, para la psicología junguiana, el psiquismo posee también una tendencia hacia el equilibrio y la autorregulación, de esta manera, la unilateralidad de lo masculino conduce indefectiblemente a que lo femenino emerja como modo de compensación. 

Desde una perspectiva junguiana, el desafío no sería sustituir una unilateralidad por otra, sino avanzar hacia una integración más consciente de las cualidades masculinas y femeninas, entendidas como dimensiones de la psique que pueden expresarse en cada individuo. 

Desde esta perspectiva, el bufón tirano y su primitivismo no serían simplemente expresión de una regresión colectiva, sino también portadores de una sombra que la sociedad necesita reconocer y elaborar. Podrían estar expresando, en este sentido, la sombra de ciertas formas unilaterales de corrección política y de reivindicación de lo femenino, la diversidad sexual y otras formas de ampliación de derechos, cuando estas llegan a acompañarse de una posición de superioridad moral que deslegitima o estigmatiza a quienes no comparten determinadas perspectivas. La sombra no estaría, entonces, en la reivindicación de estos derechos en sí misma, sino en la posibilidad de que su defensa se transforme en una nueva forma de exclusión y de sometimiento del otro

En resonancia con una idea presente en distintas tradiciones de la sabiduría perenne, según la cual «en la enfermedad se encuentra también el remedio», aquello que aparece como perturbación puede contener, aunque de forma desfigurada y regresiva, una necesidad que busca expresarse e integrarse. 

La tarea no sería simplemente eliminar y rechazar  aquello que el bufón encarna, sino comprender qué necesidad revela y encontrar una forma más consciente y madura de expresarla

Tanto si los bufones tiranos nos resultan fascinantes como si nos provocan una profunda aversión, es un indicio de que podemo estar afectados por el mismo complejo colectivo, que nos contagia ideas, emociones y actitudes, llevándonos a reaccionar de manera irreflexiva, polarizada y poco consciente, tanto a favor como en contra de estas figuras.  Para Jung  en este sentido cuando “un arquetipo aparece en un sueño, en la fantasía o en la vida, acarrea consigo un particular <<«influjo» o poder en virtud del cual opera de forma numinosa, es decir, emanando una fascinación o incitando a actuar en una determinada dirección”  en otro texto añade “El cambio de carácter que se produce como consecuencia de la irrupción de fuerzas colectivas es sorprendente. Un ser apacible y razonable puede transformarse en un maniaco furioso o en un animal salvaje”

La extrema polarización que rodea a los bufones tiranos exige un esfuerzo consciente por reconocer que aquellos aspectos e ideas que rechazamos pueden contener también un núcleo de verdad capaz de complementar y ampliar nuestro propio punto de vista. Esto no implica aceptar sus discursos ni justificar sus acciones, sino desarrollar la capacidad de distinguir aquello que puede ser rescatado de aquello que debe ser cuestionado, evitando quedar atrapados en una oposición igualmente unilateral. 

Como ocurre en todo proceso de gestación, existe un momento de caos y confusión  en el que el orden anterior se desestructura mientras algo nuevo comienza a formarse. 

El caos aunque desconcertante contiene  el germen de un nuevo orden, del mismo modo que una semilla guarda en su interior aquello que todavía está por nacer. Por ello, aunque esta época se encuentre marcada por la incertidumbre y la desorientación, también puede ser entendido como un período de extraordinaria creatividad y apertura a nuevas posibilidades.

El reconocimiento e integración de la sombra

Tras la Segunda Guerra Mundial, Jung reflexionó sobre el ascenso de Hitler en Alemania en «La lucha contra la sombra» (1946). Allí señala que, desde 1918, comenzó a percibir en los sueños de sus pacientes alemanes contenidos que trascendían su psicología individual y expresaban perturbaciones presentes en la psique colectiva del pueblo alemán: «la inundación que se produjo tras la Primera Guerra Mundial se anunciaba en los sueños individuales en forma de símbolos mitológicos colectivos que expresaban primitivismo, violencia, crueldad, en suma todos los poderes de las tinieblas. Cuando símbolos semejantes se presentan en gran número de individuos y no se entienden, estos individuos comienzan a unirse como atraídos por una fuerza magnética, formándose una masa. Pronto se hallará el dirigente de esa masa en aquel individuo que muestre la menor capacidad de resistencia, el mínimo sentido de responsabilidad y, a causa de su inferioridad, la más fuerte voluntad de poder».

El nazismo, leído así, no fue solo un fenómeno político, sino la sombra colectiva alemana actuada históricamente por no haber sido reconocida ni integrada. Como escribe Jung: «Al igual que el resto del mundo, no entendieron que Hitler simbolizaba algo en cada uno de ellos y que en eso consistía su significado. Era la sorprendente encarnación de todas las inferioridades humanas. Tenía una personalidad psicopática, totalmente incapaz, inadaptada, irresponsable, llena de fantasías infantiles, pero poseía también el agudo olfato de una rata o de un marginado social, cual si cargara con una maldición. Representaba la sombra, la parte inferior de la personalidad de cada cual en grado hiperbólico, y ésta fue otra razón por la que se dejaron atrapar por él. ¿Qué podrían haber hecho? En Hitler habría tenido que reconocer todo alemán su propia sombra, su propio mayor peligro. A cada uno de nosotros nos ha tocado en suerte cobrar consciencia de nuestra propia sombra y debatirnos con ella. ¿Cómo podría esperarse que los alemanes lo entendieran cuando nadie en el mundo es capaz de entender una verdad tan sencilla? Nunca alcanzará el mundo un estado de orden hasta que se entienda esta verdad general».

El mayor peligro para una sociedad no reside entonces  en la aparición de un tirano, sino en la incapacidad de sus individuos para reconocer la sombra que este encarna. Mientras aquello que rechazamos de nosotros mismos permanezca proyectado sobre el otro, contribuimos inconscientemente a sostener su poder. De ahí la necesidad de retirar esas proyecciones y reconocer en nosotros mismos aquello que condenamos en los demás. La integración de la sombra constituye, así, una de las mayores contribuciones que podemos hacer frente a los síntomas colectivos.

Como señala Jung: «La integración de los contenidos inconscientes es un acto individual de realización, comprensión y valor moral. Es una tarea muy dificultosa que exige un elevado grado de responsabilidad ética… La conservación y el ulterior desarrollo de la civilización dependen de cada individuo”

Las reflexiones de Jung adquieren una inquietante actualidad ante la emergencia de los bufones tiranos contemporáneos, pues nos invitan a preguntarnos no solo qué representan estas figuras en la sociedad, sino también qué aspectos de nuestra propia sombra colectiva encuentran en ellas una vía de expresión, así como el peligro que implica que personalidades que encarnan un elevado grado de inferioridad psíquica y formas primitivas de funcionamiento alcancen posiciones de poder. Jung relaciona la integración de la sombra con la modestia y el reconocimiento de la propia imperfección, atributos que considera necesarios para el establecimiento de cualquier relación humana. Al respecto, señala:

«La comprensión lúcida de la sombra nos lleva a esa modestia que es necesaria para el reconocimiento de la imperfección. Pues bien, se necesita de este reconocimiento y esta consideración conscientes siempre que queramos establecer una relación humana. Ésta no se basa en la diferenciación y la perfección, que resaltan la diferencia o provocan lo contrario, sino más bien en lo imperfecto, lo débil, lo necesitado de ayuda y de apoyo, que constituye la base y el motivo de la dependencia. Lo perfecto no necesita del otro, sí lo débil que busca apoyo y por lo tanto no pone ninguna objeción al otro, obligado a una posición subordinada e incluso humillado por una superioridad moral».

 El extranjero como chivo expiatorio 

Jung propone, además, que la sombra no reconocida puede proyectarse sobre el extranjero o el inmigrante, convirtiéndolo en depositario de aquellos aspectos que una sociedad rechaza de sí misma. 

Una de las narrativas recurrentes de los bufones tiranos es presentar a la población migrante como responsable de muchos de los principales males sociales. Esta simplificación permite canalizar la frustración colectiva hacia un enemigo visible y fácilmente identificable, al tiempo que desplaza la atención de las condiciones estructurales que contribuyen a los desplazamientos humanos contemporáneos: la profunda desigualdad económica, los conflictos bélicos vinculados a intereses económicos y geopolíticos, la fragilidad institucional y los efectos cada vez más intensos de la crisis climática, que en numerosas regiones deterioran las condiciones de vida y obligan a las poblaciones a abandonar sus territorios.

Es relevante señalar que muchas de las políticas promovidas por los bufones tiránicos  profundizan las condiciones que favorecen los desplazamientos humanos: el debilitamiento de la cooperación internacional, determinadas políticas económicas que pueden acentuar las desigualdades, el retroceso de las políticas ambientales y el endurecimiento de las relaciones con las poblaciones migrantes. Se configura así un círculo en el que se contribuye a profundizar algunas de las condiciones que favorecen los desplazamientos humanos y, al mismo tiempo, se utiliza la migración como explicación de problemas cuyas causas son mucho más complejas. 

La convivencia ineludible con el migrante, con el extranjero, nos expone al encuentro con la alteridad, con aquello que no somos nosotros, y puede constituirse, por ello, en una fuente de maduración y enriquecimiento. El encuentro con el otro nos invita y, al mismo tiempo, nos exige ampliar nuestra perspectiva, reconocer otros puntos de vista, revisar nuestras propias certezas y descubrir, más allá de las diferencias, aquello que nos une como humanidad

Jung menciona al respecto en Civilización en transición “hoy vivimos en un solo mundo y las distancias se miden en horas y no, como antes, en semanas y meses.Los pueblos exóticos han dejado de ser extrañas curiosidades que pueden contemplarse en los museos etnológicos. Se han convertido en vecinos nuestros, y lo que hasta ahora era prerrogativa del etnólogo se torna en nuestra época problema político, social y psicológico. Ya están comenzando a interpretarse las cosmovisiones, y no está lejos el tiempo en el que se plantee la cuestión del mutuo entendimiento también en este campo. Ahora bien, el mutuo entendimiento es imposible sin una comprensión en profundidad del punto de vista del otro. La necesaria inteligencia que esto requiere tendrá repercusiones en ambos lados. No cabe duda de que la historia pasará por encima de quienes se empeñan en ir contra esta inevitable evolución, por muy deseable y psicológicamente necesario que puedaser mantener lo esencial y lo bueno de la propia tradición. Pese a toda la diversidad, la unidad de la humanidad dejará oír imperiosamente su voz”

Los bufones tiranos como epidemia psíquica: la precarización de la democracia

Jung reflexionó ampliamente sobre los movimientos de masas, que consideraba capaces de convertirse en verdaderas epidemias psíquicas y en uno de los mayores peligros para la humanidad. Cuando una población queda dominada por una idea, un conjunto de prejuicios o una intensa carga emocional, puede perder capacidad de reflexión y actuar de manera irreflexiva, infantil y primitiva. En estas condiciones, se abre el camino para la aparición de líderes capaces de canalizar y encarnar esas fuerzas colectivas, conduciendo al grupo hacia formas cada vez más destructivas, como Jung observó en el caso de la Alemania nazi, favorecido por el debilitamiento de las instituciones democráticas y del Estado de derecho que acompañó el ascenso de Hitler al poder.

Al respecto, Jung advierte:

«Si el Estado de derecho se debilita, la masa sofocará la lucidez y reflexión del individuo, algo todavía posible, conduciendo por lo tanto forzosamente a una tiranía doctrinaria y autoritaria. La argumentación racional sólo es posible y prometedora mientras la emocionalidad de una situación dada no sobrepase cierto punto crítico. Si la temperatura afectiva supera este nivel, cesa la posibilidad efectiva de la razón, sustituida por eslóganes y quimeras de la imaginación desiderativa, es decir, una especie de estado de obsesión colectiva que se desarrolla progresivamente hasta convertirse en epidemia psíquica».

La psicología de los bufones tiranos: narcisismo y psicopatía

Es llamativo que los personajes que encarnan el bufón tiránico manifiesten, al menos en su comportamiento público, rasgos que pueden ser descritos como marcadamente narcisistas y, en algunos casos, compatibles con características que la literatura clínica asocia con la psicopatía, con una intensidad que parece particularmente visible en comparación con otros actores políticos. 

Esta combinación puede expresarse en una necesidad intensa de reconocimiento, una imagen grandiosa de sí mismos, una búsqueda constante de protagonismo, una relación instrumental con los demás y una aparente escasa consideración por las consecuencias de sus actos, junto con una notable capacidad para construir y adaptar un personaje público de acuerdo con las circunstancias, cierto carisma y habilidad para seducir, persuadir o manipular, y una particular facilidad para identificar las vulnerabilidades y puntos débiles de los demás y utilizarlos en beneficio propio

Con respecto a la psicología de los tiranos, Jung plantea:

«Su estado mental corresponde al de un grupo de población colectivamente excitado, dominado por prejuicios afectivos y fantasías desiderativas. En un medio así son ellos los adaptados y quienes se mueven a sus anchas. Saben por experiencia íntima cómo lidiar con esas circunstancias cuyo lenguaje dominan. Sus quimeras, impulsadas por fanáticos resentimientos, apelan a la irracionalidad colectiva y hallan en ella suelo fértil: expresan aquellos motivos y resentimientos que en las personas más normales dormitan bajo la capa de la razón y la comprensión. Son por lo tanto peligrosos focos infecciosos pese a su número reducido respecto a la población total».

La reflexión de Jung sobre la psicología de Hitler en Después de la catástrofe, resulta particularmente significativa para comprender algunos de los rasgos narcisistas y psicopáticos que pueden manifestarse en las figuras del bufón tiránico 

 “Todos estos rasgos patológicos, esta total ceguera respecto al propio carácter, la autoadmiración y autodisculpa autoeróticas, denigrar y aterrorizar a los semejantes (¡con qué desprecio habla Hitler de su propio pueblo!), la proyección de la propia sombra, la falsificación embustera de la realidad, «darse importancia» y querer imponerse, fanfarronear y engañar, se dan cita en aquel hombre al que se catalogó clínicamente como histérico y a quien un singular destino convirtió durante doce años en el exponente político, moral y religioso de Alemania. ¿Es pura casualidad?  Un diagnóstico más exacto de Hitler debería ser el de pseudologia phantastica, una forma de histeria caracterizada por la especial capacidad de creerse las propias mentiras. Este tipo de personas suelen tener durante un tiempo un éxito sensacional, por lo que son socialmente peligrosas. Nada resulta tan convincente como la mentira que uno mismo se cree, o la acción o la mala intención que uno mismo tiene por buena. En todo caso es mucho más convincente que el hombre simplemente bueno o la buena acción, o que el malvado y sus actos malos sin más.,,En el rostro de este demagogo estaban escritos la triste falta de formación y el engreimiento hiperbólico hasta el delirio correspondiente, la inteligencia mediocre, la astucia histérica y las fantasías adolescentes de poder. Todos sus movimientos eran artificiales, porque eran movimientos estudiados por el cerebro de un histérico sólo atento a causar impresión. Se comportaba en público como quien escribe su propia biografía, en este caso la de la figura siniestra, «férrea», «demoníaca» propia del héroe de novela barata y del mundo imaginario de un público infantil que conoce las figuras de los dioses a través de películas de pésima calidad”


El bufón titánico: la soberbia y desconsideración de los límites

El narcisismo y la soberbia exacerbados que manifiestan los bufones titánicos pueden leerse simbólicamente como un estado de hybris, de endiosamiento. En el plano colectivo, los bufones tiránicos encarnan la soberbia de una civilización que se resiste a reconocer límites a su idea de progreso, a la explotación de los recursos naturales y a la necesidad de convivir con los otros sin someterlos. Expresan, en su forma más extrema, la hybris de una cultura que se identifica con su capacidad de transformar, dominar y controlar la naturaleza, desatendiendo las consecuencias de esa actitud unilateral.

Esta actitud puede extenderse también al desarrollo tecnológico, cuando la fascinación por la innovación y el poder de transformación lleva a subestimar la necesidad de establecer límites y regular sus efectos. La tecnología, al igual que cualquier instrumento de enorme poder, puede convertirse en un factor autodestructivo cuando su desarrollo supera la capacidad de la consciencia para comprender y gobernar sus consecuencias. De persistir esta dinámica sin una transformación profunda, corremos el riesgo de deteriorar las condiciones ecológicas que hacen posible la vida humana o de desarrollar tecnologías y conflictos bélicos cuyos efectos resulten devastadores para nuestra propia especie.

En términos arquetípicos, la soberbia y el endiosamiento de los bufones tiranos y de la propia civilización pueden relacionarse con el titanismo. En la mitología griega, los Titanes eran una generación de divinidades anteriores a los dioses olímpicos, caracterizadas por su enorme poder y por su enfrentamiento con el nuevo orden civilizatorio encabezado por Zeus. 

La hybris —la soberbia que lleva a transgredir los límites— termina convocando a Némesis, la fuerza que restaura la medida y castiga la desmesura. 

La Némesis puede entenderse así como el movimiento compensatorio que emerge cuando una actitud individual o colectiva se aparta excesivamente de los límites  y de la armonía  que sostiene la vida.

El analista junguiano Rafael López-Pedraza describió la actitud «titánica» como un rasgo característico de la cultura contemporánea, marcado por la sobrevaloración del ego, la velocidad, el crecimiento y lo empírico, mientras se relegan lo simbólico, la emocionalidad, el cuerpo y la naturaleza. Esta mentalidad alimenta la fantasía de lo ilimitado y una búsqueda compulsiva de éxito, perfección y entretenimiento, favoreciendo un modo de vida cada vez más desconectado de los ritmos naturales y de la experiencia reflexiva.

Según López-Pedraza, esta «actitud triunfalista» altera el ritmo de la vida humana, imponiendo una experiencia acelerada del tiempo que deja poco espacio para la lentitud, la contemplación y la elaboración psíquica. En estas condiciones, la imagen tiende a ser reducida a su dimensión literal e inmediata, desplazando a la imagen simbólica, cuya profundidad, ambivalencia y dinamismo permiten a la psique elaborar sentido, integrar tensiones y mantener un diálogo más fecundo con las dimensiones profundas y misteriosas de la existencia

La falta de reflexión, la búsqueda constante de entretenimiento superficial, el empobrecimiento de la actitud simbólica y la exaltación contemporánea del ego, la conquista y el crecimiento crean un terreno propicio para la emergencia de liderazgos titánicos, que se sitúan por encima de cualquier límite, desconocen la interdependencia entre los pueblos y niegan la necesidad de reconocer el tejido de vida que nos sostiene y del que formamos parte

El titanismo contemporáneo puede comprenderse como parte de una fase necesaria en el desarrollo de la conciencia colectiva.

Se plantea que, tanto a nivel individual como colectivo, la conciencia egoica emerge desde un estado de inconsciencia  indiferenciada, por lo que en sus fases tempranas, las sociedades y pueblos necesitan constituirse como entidades singulares, lo que se traduce en la afirmación identitaria y la diferenciación respecto de los otros y de la propia naturaleza. 

Esto se expresa en el establecimiento de fronteras, la exaltación patriótica o de las propias concepciones religiosas y una relación predominantemente instrumental tanto con el mundo natural como con quienes no se reconocen como del propio “clan”. 

En esta etapa, el otro tiende a percibirse como competidor o potencial invasor, mientras que la naturaleza o el cuerpo aparece como una fuerza que debe ser conquistada, reprimida o explotada. 

Esta etapa —marcada por el afán de dominio, el sometimiento del otro, la expansión ilimitada y la confianza desmedida en el poder humano— se ha desplegado con particular intensidad desde la modernidad. Sin embargo, parece haber alcanzado hoy su cenit, generando profundos desequilibrios en múltiples ámbitos de la existencia.

El Loco en el tarot: el Trickster,  aquello que cuestiona el ego inflado

Desde la perspectiva de la psicología junguiana el proceso de desarrollo de la consciencia se expresa en diversos lenguajes simbólicos como la alquimia, la astrología o el tarot. 

El Trickster encuentra una de sus representaciones simbólicas más sugerentes en la figura de El Loco del tarot

El Loco ocupa un lugar singular dentro de los arcanos mayores: no posee un número fijo —en algunas tradiciones aparece como 0 y en otras carece de numeración— y puede desplazarse libremente a través de la secuencia. Esta condición expresa su carácter marginal, cambiante y difícil de encasillar. 

Es, además, un antecedente simbólico del comodín (joker) de las barajas posteriores, una carta capaz de adoptar diferentes valores y funciones según el juego. Esta cualidad guarda una estrecha relación con la naturaleza camaleónica del Trickster y, en nuestro contexto, con la capacidad de los bufones titánicos para transformarse y representar el papel que en cada momento les resulta más conveniente.

El bufón ocupaba  un rol  singular frente al poder en las cortes medievales. Desde una posición aparentemente marginal podía burlarse del rey, cuestionar sus excesos y expresar verdades que otros no podían decir. La risa y la locura le otorgaban una cierta libertad para transgredir las convenciones. 

El bufón titánico presenta, sin embargo, una particularidad significativa: aglutina en una misma figura al bufón y al tirano titánico. Adquiriendo como el joker la imagen conveniente.  Ya no se limita a cuestionar el poder desde fuera, sino que aspira a ocuparlo o lo ejerce mientras conserva la imagen del rebelde, del transgresor y del personaje ajeno al sistema.

La constelación colectiva del trickster  puede entenderse como una compensación necesaria frente al titanismo contemporáneo.  Aparece cuando la consciencia necesita recordar que no somos omnipotentes, que nuestros sistemas de conocimiento tienen límites y que los referentes que nos han permitido organizar el mundo —la razón, la ciencia, la voluntad y la técnica—, aunque fundamentales, no pueden explicarlo ni controlarlo todo. El Loco introduce humildad allí donde existe inflación, incertidumbre allí donde pretendemos tener certezas y apertura allí donde el yo cree poseer el control.

Pero la paradoja de los bufones tiranos es que ellos mismos encarnan la hybris que necesita ser cuestionada. Su soberbia, sentimiento de excepcionalidad y desprecio por los límites expresan, de forma exaltada, aquello que el Loco simbólicamente viene a relativizar. De este modo, la figura del bufón tirano puede leerse como una compensación paradójica del titanismo colectivo: al llevar la actitud titánica hasta el extremo, hace visible su carácter insostenible y nos confronta con la necesidad de recuperar el sentido de los límites, la conciencia de interdependencia y el reconocimiento del otro como un otro legítimo. 

Los bufones titánicos permiten tocar fondo: la consciencia de muerte

La resistencia al cambio genera síntomas que movilizan la aceptación. Los bufones titánicos, al representar aspectos, actitudes y lógicas que necesitan ser superados, integrados y refinados,  al ocupar posiciones de poder, e implantar políticas desde la lógica caduca,  intensifican las crisis y llevan sus efectos nocivos hasta tal extremo que resulta imposible seguir ignorándolos. 

Al llevar al extremo la soberbia, la polarización, el desprecio por los límites, la explotación de la naturaleza, la lógica de la eficacia y el rendimiento, el predominio de los intereses económicos, las relaciones de sometimiento y el recurso a la fuerza estas figuras hacen visible el costo de aferrarse a una manera de habitar el mundo que ha dejado de ser sostenible. Lo que parecía inocuo o tolerable se vuelve tan evidente que exige una transformación. 

El bufón titánico, así, puede actuar como un catalizador involuntario de conciencia: no porque represente aquello hacia lo que debemos avanzar, sino porque, al exacerbarlo, revela con crudeza aquello que necesitamos dejar atrás.

Algo semejante ocurre en los procesos de adicción o en ciertos patrones de relación autodestructivos. Una conducta puede mantenerse mientras sus consecuencias son minimizadas, racionalizadas o negadas, hasta que el deterioro alcanza un punto en el que resulta imposible continuar como antes. Tocar fondo puede convertirse entonces en el momento en que se rompan los autoengaños o ilusiones ingenuas y aparece la necesidad de un cambio profundo.

No basta con saber intelectualmente que algo es dañino: hace falta la experiencia concreta y a menudo dolorosa de una actitud  llevada a sus últimas consecuencias para que se produzca un cambio real de posición psíquica. 

Es relevante  en este sentido, que según una parte importante de la comunidad científica, la gravedad de la crisis ecológica y la magnitud de los cambios necesarios para afrontarla aún no han sido suficientemente asimiladas por la mayoría de la población, y las políticas necesarias para hacerle frente tampoco son acogidas con la contundencia requerida, ni siquiera por los partidos políticos más receptivos a estas preocupaciones.  

Tocar fondo puede leerse como una experiencia relacionada con la conciencia de la muerte, el memento mori, que la tradición sapiencial vincula con la madurez y la sabiduría, pues permite reconocer lo esencial y discernir las verdaderas prioridades de la vida. Del mismo modo que el individuo maduro es capaz de integrar su propia finitud sin negarla ni quedar paralizado por ella, una civilización que toca fondo —que se confronta con el colapso de sus propias estructuras— puede encontrar ahí, paradójicamente, la condición necesaria para su propia maduración colectiva. 

La siguiente cita de Jung en Civilización en transición es significativa con respecto a cómo el deterioro de las condiciones de vida colectivas se constituye en motor para la transformación y maduración de la humanidad «Este proceso de deterioro será largo y doloroso, y me temo que inevitable. No obstante, demostrará a la larga ser el único camino por el que la lastimosa inconsciencia del hombre, su infantilismo y su debilidad individual puedan ser sustituidos por un hombre futuro que sepa que es él quien configura su destino y que el Estado es su servidor y no su amo. Pero no alcanzará este estadio mientras no llegue a tener claro que, debido a su inconsciencia, ha dejado escapar los droits de l’homme fundamentales». 

También menciona como una exigencia moral el procurar dar a entender la situación psicológica del mundo, lo que permitiría salir de lo que llama la «popular mentira»: «No tiene sentido formular acaso como exigencia moral la tarea a la que nuestra época y nuestro mundo nos obligan. En el mejor de los casos sólo puede esclarecerse la situación psicológica del mundo de manera tal que pueda verla hasta el más miope y se expresen aquellas palabras y conceptos que hasta los sordos puedan oír. Puede esperarse que haya quien los entienda y personas de buena voluntad que no se cansen de exponer una y otra vez las ideas y razones necesarias. Finalmente, puede que alguna vez se difunda la verdad y no sólo la popular mentira». 

Enantiodromia: la vuelta al contrario, la profundización de la democracia

Es relevante observar que el ascenso al poder de los bufones titánicos y la creciente fuerza de sus narrativas se hayan producido con posterioridad a la llegada a espacios de poder de personas y grupos que históricamente habían tenido una representación limitada en ellos, y que procuraron impulsar agendas progresistas orientadas a ampliar derechos y transformar estructuras sociales profundamente arraigadas. 

Jung observó que la psique, como muchos otros sistemas, está regida por dinámicas de compensación. Cuando una actitud o una posición se lleva al extremo, su unilateralidad termina generando un movimiento hacia su contrario, con una intensidad similar a aquella a la que fue sometida anteriormente. Este fenómeno, cuyo origen se encuentra en la filosofía de Heráclito, es denominado enantiodromia.

La extrema precarización de la democracia a la que conduce la llegada al poder de los bufones titánicos, podría generar, a modo de compensación, las condiciones necesarias para favorecer la formación de una masa crítica de ciudadanos y actores sociales conscientes de la necesidad de promover los cambios que permitan una profundización y maduración de la democracia, como respuesta a la crisis que estamos atravesando. 

 Esta masa crítica podría abrir el camino hacia nuevos consensos, no solo en el ámbito nacional, sino también a escala internacional, que permitan la reformulación de marcos constitucionales y acuerdos globales capaces de responder a los desafíos contemporáneos. Podría favorecer, asimismo, un consenso amplio en torno al rechazo firme de cualquier forma de totalitarismo y de los principios de carácter fascista que lo sustentan. Esto implicaría también cuestionar la posición de un «extremo centro» que, en nombre de la moderación o la neutralidad, termina relativizando aquello que requiere un rechazo firme y contundente, equiparando posiciones que no son moral ni políticamente equivalentes.

Una democracia madura requiere ciudadanos activos y reflexivos, capaces de reconocer la legitimidad de puntos de vista diferentes y abiertos a dejarse afectar y transformar por ellos. No se trata de eliminar el conflicto y la diversidad, sino de desarrollar la capacidad de gestionarlos creativamente dentro de un marco común de derechos, límites y respeto por el otro 

 Las polaridades, para mantenerse vivas, necesitan relacionarse y darse el tiempo necesario para que cada una cumpla su función. Su poder radica en energizar y transformar la vida, en hacer “que el mundo gire”. Para no volverse destructivas, requieren alternarse rítmicamente, como un péndulo que oscila sin perder su centro; sostener ese punto de equilibrio permite que los opuestos se vinculen de forma armónica. 

Para la psicología junguiana el desarrollo de la consciencia, la madurez de la personalidad se encuentra relacionado  con la capacidad de asumir paradojas cada vez de una mayor complejidad;  de poder percibir la unidad que subyace a las polaridades; lo uno y lo otro relativos e interdependientes.   

Entre la transformación y la aniquilación

En sistemas altamente polarizados, si no ocurre una transformación que restablezca el equilibrio, pueden volverse inviables y desintegrarse. La polarización no sólo actúa como una fuerza creativa, sino también como una potencia potencialmente destructiva. 

La radicalización de las políticas, actitudes y perspectivas promovidas por los bufones titánicos puede tener una doble consecuencia. Por un lado, al llevar hasta sus extremos dinámicas potencialmente nocivas, puede contribuir a generar una masa crítica capaz de reconocer sus efectos y promover nuevos consensos, preservando los avances alcanzados en el reconocimiento de los derechos sociales, pero incorporando aquellos aspectos que fueron desatendidos y reformulándolos de una manera menos unilateral. Por otro, existe el riesgo de que la profundización de estas tendencias reaccionarias nos conduzca a un punto de no retorno, con consecuencias potencialmente irreversibles para la convivencia democrática y para nuestra propia supervivencia

Tres factores resultan especialmente preocupantes de las agendas políticas de los bufones titánicos : la negación de los efectos ambientales del actual modelo de desarrollo, que puede acelerar el deterioro de los ecosistemas y aproximarnos al colapso ecológico; la legitimación del uso de la fuerza y de la lógica del sometimiento del más fuerte, que puede desencadenar una escalada de conflictos con consecuencias catastróficas dadas las capacidades de la tecnología militar actual; y la ausencia de límites y regulaciones frente al desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial, cuyos efectos podrían resultar impredecibles y difíciles de revertir. 

Llevar una dinámica hasta sus últimas consecuencias puede favorecer el reconocimiento de la necesidad de un cambio, pero también puede conducir a la destrucción de las condiciones que hacen posible ese cambio. Entre la transformación y la aniquilación existe un límite que depende, en buena medida, de nuestra capacidad para reconocerlo a tiempo.

Desde la psicología junguiana, las transformaciones sociales auténticas y sostenibles comienzan por el trabajo de transformación de los individuos y el desarrollo de su consciencia. Los cambios colectivos no pueden sostenerse indefinidamente sobre estructuras externas si quienes las habitan permanecen dominados por los mismos patrones de inconsciencia, proyección, polarización y búsqueda de poder.

Cuando un número significativo de personas realiza un proceso de maduración, reconoce su sombra, asume responsabilidad por sus actos y desarrolla formas más conscientes de relación consigo mismas, con los otros y con la naturaleza, esa transformación individual comienza a adquirir una dimensión colectiva.

Jung advierte que el desarrollo del potencial autodestructivo alcanzado por la humanidad mediante la tecnología no ha ido acompañado de un desarrollo equivalente de su madurez psicológica y moral. En La lucha contra la sombra plantea esta inquietante cuestión: «La potencia destructiva de nuestras armas ha crecido más allá de toda medida, y esto obliga a la humanidad a plantearse una cuestión psicológica: ¿Está el estado mental y moral de los hombres que deciden sobre la utilización de estas armas a la altura de la enormidad de sus posibles consecuencias?». 

Pone en evidencia además cómo los movimientos de masa de nuestra época se pueden comportar como epidemias psíquicas con un inmenso poder autodestructivo 

“Las catástrofes de gigantescas proporciones que nos amenazan no son acontecimientos elementales de índole física o biológica sino sucesos psíquicos. Las guerras y revoluciones que nos amenazan tan pavorosamente son epidemias psíquicas. En cualquier momento puede apoderarse de millones de seres una idea delirante, y tendremos otra vez una guerra mundial o una revolución devastadora. En vez de estar expuesto a animales salvajes, a rocas que se desprenden, a inundaciones, está ahora expuesto el hombre a sus fuerzas anímicas elementales. Lo psíquico es una gran potencia que supera con mucho a todos los poderes de la Tierra.

Jung resalta en Civilización en transición que los aspectos arquetípicos poseen siempre una dimensión positiva y otra negativa, por lo que el resultado de su constelación no puede determinarse de antemano, sino que depende de la manera en que la consciencia se relaciona con ellos

“Los arquetipos, contenido de lo inconsciente colectivo que se manifiesta en los fenómenos psíquicos de masas, son siempre bipolares, tienen un lado positivo y otro negativo. La aparición de un arquetipo es siempre algo crítico que no permite saber de antemano por dónde seguirá el camino. Depende por regla general de la actitud que al respecto adopte la consciencia. Cuando los arquetipos se presentan de manera colectiva existe el gran peligro del movimiento de masas, que no acabará en catástrofe únicamente si existe una mayoría de individuos capaces de interceptar su efecto o si existe al menos un cierto número de individuos cuya influencia pueda aún hacerse notar”

La conciencia emergente: la madurez de la humanidad

Se propone que la conciencia emergente no se encuentra contenida en los marcos ideológicos actuales, sino que está en proceso de gestación, como una síntesis superior que emerge de la tensión entre los polos en conflicto.

Aunque todavía no podamos definirla con precisión, parece orientarse hacia el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos, más allá de su condición económica, origen nacional, género o diversidad sexual, y hacia su garantía y protección por parte de las instituciones, tanto locales como plurinacionales. Esta transformación se articula con el reconocimiento de nuestra profunda interdependencia y con la necesidad de superar la competencia como principio organizador de la vida social, avanzando hacia formas de colaboración y cooperación y cuidado mutuo.

Para Jung, en este sentido,  “el amor al congénere es el que más sufre como consecuencia de la falta de entendimiento provocada por las proyecciones. Es, pues, del máximo interés para la sociedad libre interesarse, desde la comprensión psicológica, por la cuestión de la relación humana, pues en ella reside su verdadera cohesión y también, por lo tanto, su fuerza. Donde acaba el amor comienzan el poder, la violación y el terror”

Esta nueva conciencia supone reconocer la insostenibilidad de un modelo basado en el consumo desmedido y la explotación indiscriminada de los recursos naturales, así como desarrollar una ética del cuidado y la responsabilidad, fundada en la conciencia de que nuestras acciones afectan a los demás y al mundo que habitamos. Cuidar de nosotros mismos, de los otros y de la trama de relaciones que sostiene la vida se convierte así en un principio de convivencia y una responsabilidad colectiva.

Esta nueva conciencia supone relacionarnos con lo diferente no como una amenaza, sino como una oportunidad de enriquecimiento y transformación. El encuentro con aquello que no somos puede ampliar nuestra mirada, cuestionar nuestras certezas y mostrarnos aspectos de la realidad que permanecían fuera de nuestro campo de comprensión, favoreciendo una visión más amplia, compleja e integrada de nosotros mismos y del mundo.

Implica, finalmente, desarrollar una conciencia de los límites frente al poder tecnológico. Como en el mito de Prometeo, el fuego representa tanto la posibilidad de creación y transformación como el riesgo de utilizar un poder que puede escapar a nuestro control. El desafío contemporáneo no consiste en renunciar al conocimiento ni al desarrollo tecnológico, sino en aprender a regular y orientar capacidades cuyo alcance puede superar nuestra propia capacidad para comprender sus consecuencias. La inteligencia artificial, la biotecnología, la manipulación genética y el creciente poder sobre los sistemas naturales nos sitúan ante una responsabilidad inédita: el fuego que hemos robado a los dioses puede iluminar y transformar nuestra existencia, pero también convertirse en instrumento de autodestrucción. La nueva conciencia requiere, por tanto, que el poder tecnológico esté acompañado de prudencia, responsabilidad ética y capacidad de autorregulación.

Desde la perspectiva junguiana, el trabajo de autoconocimiento, la disminución de las proyecciones y la integración de la sombra no solo contribuyen a la maduración individual, sino que también tienen repercusiones en la vida colectiva

 “alguien que alcanza una comprensión de sus propios actos, encontrando por lo tanto un acceso a lo inconsciente, ejerce sin proponérselo una influencia en su entorno. La profundización y ampliación de la consciencia genera el efecto que los primitivos conocen como mana. Se trata de una influencia involuntaria en lo inconsciente de otros, en cierto modo un prestigio inconsciente que sin embargo sólo conserva su efecto si no se perturba con una intención deliberada. El esfuerzo de autoconocimiento tampoco es estéril, pues existe un factor hasta ahora totalmente inadvertido y que viene al encuentro de nuestras expectativas: es el espíritu inconsciente de la época que compensa la actitud de la consciencia y anticipa, presintiéndolos,los cambios futuros”

La nueva conciencia estaría relacionada con la complementación de la perspectiva patriarcal de la razón, el progreso y la conquista mediante una perspectiva simbólica y poética que nos permita reconocer intuitivamente que el malestar de ciertos segmentos de la población, el maltrato animal, la deforestación o la contaminación ambiental nos conciernen de manera directa, como si afectaran elementos esenciales de nuestro propio ser y de nuestro propio hogar.

A ello apuntan las perspectivas que consideran el espíritu de la época como un retorno de lo femenino, que emerge de manera compensatoria ante la saturación de la lógica patriarcal. Lo femenino entendido como la recuperación del valor de lo imaginario y lo inefable, la sabiduría de la naturaleza y nuestra corporalidad; la intuición, los ritmos y ciclos internos y externos que requieren ser respetados, y la capacidad de acoger la diversidad del mundo y nuestras propias polaridades.

Para Jung la conciliación de lo opuestos se manifiesta como una paradoja que  no ocurre como efecto de la voluntad del ego,  sino que emerge a partir de la disposición para soportar la tensión interna. Al sacrificar la tendencia de nuestro ego infantil de refugiarse en una de las polaridades,  se asume entonces  el tránsito por la angustia de la incertidumbre, se acepta la incomodidad de la ambigüedad, el dolor del desgarramiento de lealtades aparentemente incompatibles, el miedo por lo desconocido. Nace entonces en nuestra psique, el tercero que trasciende el conflicto, el orden superior que se encontraba latente en el estado previo. 

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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