El cuento de Barba Azul en alusión al bufón titánico: el depredador carismático

Vemos a Barba Azul  «el depredador carismático» y sus tácticas vampíricas: buscar primero a una población vulnerable; luego engañarla deliberadamente emocionándola con afirmaciones de que puede devolverle sus sueños; después usar esa energía de idealización del salvador para alcanzar un poder malicioso sobre los demás; y luego, con un séquito de matones de su misma calaña, enviar a los inocentes a la muerte

Clarissa Pinkola Estés

En un texto anterior (Sobre el bufón titánico) se describió la figura de los bufones titánicos como la de líderes de carácter soberbio, provocador, histriónico y en apariencia transgresor, que destacan por sus fuertes rasgos narcisistas y, en algunos casos, psicopáticos, y que han ascendido al poder ejecutivo en distintas regiones del mundo. Se señaló que sustituyen el debate político por golpes de efecto emocional, que recurren a la intimidación y al matoneo como forma de comunicación, que construyen una imagen de rebeldes ajenos al sistema aunque provengan de las redes de poder que dicen cuestionar, y que difunden deliberadamente noticias falsas, deshumanizan a sus adversarios y exaltan un «nosotros» idealizado frente a un «ellos» amenazante. Siguiendo a Christian Salmon, se habló de un «poder grotesco», en el que la provocación y el espectáculo se vuelven una estrategia política.

Desde la psicología junguiana, se propuso leer este fenómeno como la constelación colectiva del trickster en una época de profunda transición: una figura ambivalente que encarna la hybris titánica de una civilización que desconoce sus límites, pero que, al llevarla al extremo, puede actuar como un catalizador involuntario de la maduración psíquica, al hacer visible aquello que necesitamos dejar atrás.

La llegada de Donald Trump al primer plano de la política estadounidense en 2016 fue recibida con inquietud y desconcierto por una parte importante de la comunidad junguiana. Esa perplejidad queda reflejada en A Clear and Present Danger: Narcissism in the Era of Donald Trump (Cruz y Buser, 2016), una obra colectiva publicada por Chiron Publications y compilada por los psiquiatras y analistas Leonard Cruz y Steven Buser en plena campaña presidencial, cuando aún no se conocía el resultado de las elecciones. Los editores invitaron a analistas, psiquiatras y académicos, en su mayoría formados en la tradición de la psicología analítica, a reflexionar sobre el narcisismo desde distintos ángulos: sus orígenes psicológicos y sus raíces mitológicas, la diferencia entre el narcisismo sano y el maligno, su relación con lo masculino y lo femenino, su papel en el ascenso del fascismo y sus efectos en la política y la sociedad contemporáneas. Su propósito declarado fue aprovechar la coyuntura para reflexionar sobre el narcisismo individual y colectivo, y ver en esa exposición una oportunidad para confrontarlo. Para ello recurrieron a conceptos centrales de Jung, como el inconsciente colectivo, el complejo cultural, la inflación del yo y la función trascendente. Su título, tomado de una célebre sentencia de la Corte Suprema, expresa la gravedad con la que una parte de los autores percibió la situación.

Entre los textos de la sección dedicada al narcisismo en la era de Trump se encuentra el de Clarissa Pinkola Estés, analista junguiana conocida mundialmente por su libro Mujeres que corren con los lobos, titulado «Waking Up! Malignant Narcissism: How Bluebeard and Hitler Came To Power». En él, a partir de la versión del cuento de Barba Azul que conservó su familia de refugiados de Europa del Este, Estés interpreta a este personaje como un depredador carismático y lo compara con los mecanismos por los que Hitler alcanzó el poder, los cuales son aplicables a las figuras de los bufones titánicos contemporáneos.

El cuento de Barbazul titánico

La versión del cuento de Barbazul que aparece en el artículo es la siguiente:

Barba Azul era un hombre con un rasgo distintivo muy peculiar: el cabello de su cabeza y de su barba, abundante y cuidadosamente peinado, tenía un extraño e inconfundible color azul. Su piel también reflejaba un tono azulado, como de leche azul. Esto se debía a que era incapaz de conservar suficiente sangre para sí mismo. La perdía a causa de sus excesos, sus arrebatos de ira desmedida y sus astutos planes. Así pues, era una especie de vampiro apenas disimulado, un ser necesitado de sangre.

Barba Azul buscaba una aldea donde reinara la discordia, donde los jefes y jefas estuvieran enfrentados temporalmente, donde la gente ya no practicara las labores espirituales y el trabajo en el campo se hubiera detenido. Es precisamente allí donde Barba Azul se instala y comienza a seducir a mujeres, hombres, niñas y niños ingenuos y necesitados, así como a personas mayores, con promesas vacías y dulces palabras. Se jacta de las hazañas heroicas que llevará a cabo en el futuro y promete convertirse en el amado líder de todos, desplazando a quienes ahora los gobiernan, a los que presenta como unos necios indiferentes

Se aprovecha de los sueños frustrados de pequeños grupos. La gente olvida que un mentiroso también puede decir verdades y repetir críticas legítimas, pero que lo hace únicamente para atrapar a un grupo de seguidores a los que utilizará más adelante con propósitos perversos.

Barba Azul  basa su estrategia de encantamiento  en discursos exaltados y promesas vacías. Agasaja a sus presas, las halaga, las anima y les asegura que las llevará a una posición más elevada o las devolverá al lugar de privilegio que merecen. Se dedica deliberadamente a ridiculizar a quienes buscan la verdad y a quienes la expresan sin fomentar divisiones, presentándolos como enemigos del grupo.

Barba Azul difunde rumores sobre sus propias extravagancias, pues sabe que los chismosos de la aldea se encargarán de darle una enorme publicidad. Y así sucede, porque no comprenden que, tal como él desea, los rumores sobre sus excentricidades desarman las sospechas y hacen que todos lo consideren un bufón inofensivo.

Pero entonces, él y su grupo de vampiros atraen a diez jóvenes (en algunas versiones, hombres y mujeres) a su oscuro castillo con el pretexto de contraer matrimonio y ofrecerles una vida mejor. Barba Azul y sus compañeros vampiros entregan a las doncellas las llaves de las numerosas puertas de los almacenes, diciéndoles que pueden abrirlas y disfrutar de todo lo que hay detrás de ellas, excepto…

Esta pequeña llave: esa no deben utilizarla. Barba Azul y sus compañeros vampiros han prohibido a las ingenuas visitantes entrar por una puerta pequeña, detrás de la cual yacen los cadáveres de otras personas jóvenes y confiadas que creyeron las mentiras del grupo de vampiros de Barba Azul y cayeron bajo su hechizo.  Se convirtieron en donantes de sangre involuntarios para su insaciable necesidad de placer sangriento, que utilizaba para empoderarse y justificar ante sí mismo, sus actos perversos y sentirse, aunque sea vagamente, vivo.

Las ingenuas visitantes del castillo de Barba Azul, cubierto de moho, se hacen una pregunta crucial mientras él está ausente y deciden utilizar la pequeña llave para abrir la puerta prohibida. La pregunta es: ¿Qué se está ocultando aquí? Así, utilizan la llave y la puerta prohibida se abre para revelar los engaños, las trampas, las mentiras y los horrores de la verdadera vida de Barba Azul.

Cuando Barba Azul regresa y descubre que la pregunta que hace sangrar ha sido formulada y respondida, ve que la pequeña llave llora sangre y que esta no deja de brotar. En otras palabras, sus víctimas ya no pueden dejar de ver aquello que ahora saben sobre los actos destructivos cometidos por él y su grupo de vampiros. Entonces, Barba Azul se levanta bramando, agitando los brazos y chillando, dispuesto a castigarlas y matarlas a todas, como hizo con las anteriores, para alimentarse de su sangre… y preparar una nueva ronda de víctimas sin revelar que es un agente de muerte, no un portador de nueva vida.

Pero quienes son sabios de corazón y de mente se levantan para enfrentarlo. Desde las almenas del castillo llaman a sus hermanos para que acudan en su ayuda. Y entonces llegan sus hermanos, al galope furioso de sus caballos, en sucesivas oleadas de jinetes. Al final, acorralan a Barba Azul, el mentiroso; Barba Azul, el embaucador; Barba Azul, el vampiro que arrebata a los demás lo que no le pertenece y no tiene derecho a tomar… y lo reducen a sus verdaderas dimensiones.

Derriban a Barba Azul y, como dice el relato, su sangre riega las rosas. Finalmente, las mujeres y los hombres que gobiernan la aldea, junto con sus habitantes, aprenden la lección y se reúnen para hablar de cómo reparar las condiciones nocivas que, desde el principio, habían creado un terreno propicio para la aparición de un vampiro.

Hitler, el fascismo y los bufones titánicos

Para Estés, Hitler irrumpió cuando las élites de su país estaban divididas y la población, humillada por la derrota y la crisis, anhelaba una restauración. Se ofreció como el salvador de ese pueblo herido, explotó la xenofobia y el orgullo nacional con grandes concentraciones, banquetes y canciones, y utilizó la prensa y el cine para engrandecerse mientras silenciaba toda voz crítica. Estés recuerda además que los nazis nunca fueron la mayoría de los alemanes: dominaron mediante el terror y la propaganda, y a quien los cuestionaba lo trataron como a un traidor.

Su lectura permite reconocer una lógica de ascenso que se despliega en pasos reconocibles, y que reaparece en las prácticas de los bufones titánicos contemporáneos. Primero se explotan el miedo, la pérdida y el resentimiento, y se señala a un «ellos» como responsable del daño. Luego se ofrece una promesa de restauración, la de devolver un orden perdido y una dignidad arrebatada. Finalmente, el líder se propone como el único capaz de cumplirla y exige a cambio lealtad incondicional. Quien cuestiona al salvador deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo o un traidor. Esta lógica, que alimenta precisamente aquello de lo que dice proteger, es la que ha permitido el auge del fascismo.

Otros autores del mismo libro la confirman desde ángulos complementarios. McClain muestra que el fascismo italiano nació de un malestar semejante, hecho de ansiedad, decepción con el presente y resentimiento hacia el pasado reciente, y que se definió más por aquello a lo que se oponía que por un programa propio. Singer, por su parte, describe cómo un líder puede aliar la sombra del grupo con la imagen que este tiene de sí mismo, y dar así licencia para que el odio se actúe en nombre de un ideal.

Desde la psicología junguiana, esta dinámica puede leerse como la activación del arquetipo del salvador en tiempos de liminalidad, cuando los referentes que organizaban la vida colectiva han dejado de funcionar y otros aún no se han consolidado. En esos momentos la psique queda predispuesta a proyectar la figura de un héroe o mesías que ofrezca dirección y sentido, y al mismo tiempo surge el adversario sobre el cual descargar la amenaza y el mal. El bufón titánico reproduce esta lógica con las herramientas de su época: la provocación permanente, el espectáculo y las redes sociales, que amplifican el miedo y la indignación. Si Hitler utilizó los desfiles, la prensa y el cine, los bufones titánicos recurren a la comunicación digital, a los algoritmos y a la desinformación para mantener encendido el resentimiento.

La sombra colectiva

Jung vio en Hitler la encarnación hiperbólica de la sombra colectiva, y advirtió que el mayor riesgo consiste en no reconocer en esas figuras lo que representan en cada uno de nosotros. En Después de la catástrofe advirtió:

«Al igual que el resto del mundo, no entendieron que Hitler simbolizaba algo en cada uno de ellos y que en eso consistía su significado. Era la sorprendente encarnación de todas las inferioridades humanas. Tenía una personalidad psicopática, totalmente incapaz, inadaptada, irresponsable, llena de fantasías infantiles, pero poseía también el agudo olfato de una rata o de un marginado social, cual si cargara con una maldición. Representaba la sombra, la parte inferior de la personalidad de cada cual en grado hiperbólico, y ésta fue otra razón por la que se dejaron atrapar por él. ¿Qué podrían haber hecho? En Hitler habría tenido que reconocer todo alemán su propia sombra, su propio mayor peligro. A cada uno de nosotros nos ha tocado en suerte cobrar consciencia de nuestra propia sombra y debatirnos con ella. ¿Cómo podría esperarse que los alemanes lo entendieran cuando nadie en el mundo es capaz de entender una verdad tan sencilla? Nunca alcanzará el mundo un estado de orden hasta que se entienda esta verdad general».

La epidemia psíquica que promueven los bufones titánicos

La difusión masiva de bulos, noticias falsas y narrativas que apelan al miedo, el odio y la indignación puede comprenderse, desde una perspectiva junguiana, como una suerte de epidemia psíquica. Al movilizar afectos intensos, estos contenidos dejan de ser recibidos de manera reflexiva y comienzan a propagarse de persona en persona, como si se tratara de un contagio emocional. La repetición constante termina otorgándoles una apariencia de verdad, incluso cuando carecen de todo  fundamento.

En este proceso, las personas pueden convertirse en vehículos inconscientes de contenidos que no han elaborado, reproduciendo con creciente vehemencia afirmaciones cuya veracidad no han comprobado. El afecto colectivo refuerza así la convicción individual: cuanto más se repite una determinada narrativa y mayor es la indignación que suscita, más difícil resulta cuestionarla.

Como ocurre con una epidemia, el contagio no depende únicamente del contenido transmitido, sino de la vulnerabilidad del organismo que lo recibe. En el plano psíquico, el miedo, la frustración, el resentimiento y la sensación de amenaza crean un terreno especialmente favorable para la propagación de estas narrativas. Los algoritmos de las redes sociales pueden amplificar además este proceso al privilegiar aquellos contenidos capaces de generar mayor reacción emocional.

Desde esta perspectiva, la epidemia psíquica no consiste simplemente en la circulación de información falsa, sino en la propagación colectiva de afectos, proyecciones y representaciones no elaboradas. El resultado puede ser una pérdida progresiva de la capacidad de discernimiento, en la que el individuo ya no distingue entre aquello que sabe, aquello que cree y aquello que simplemente ha escuchado repetirse. La tarea de la consciencia consiste, por tanto, en interrumpir el contagio mediante la reflexión, la verificación de los hechos y la capacidad de tolerar la incertidumbre sin quedar sometido al miedo colectivo.

Para Jung en este sentido “La argumentación racional sólo es posible y prometedora mientras la emocionalidad de una situación dada no sobrepase cierto punto crítico. Si la temperatura afectiva supera este nivel, cesa la posibilidad efectiva de la razón, sustituida por eslóganes y quimeras de la imaginación desiderativa, es decir, una especie de estado de obsesión colectiva que se desarrolla progresivamente hasta convertirse en epidemia psíquica”

Jung resaltó el riesgo de destrucción que pueden conllevar las epidemias psíquicas “Las catástrofes de gigantescas proporciones que nos amenazan no son acontecimientos elementales de índole física o biológica sino sucesos psíquicos. Las guerras y revoluciones que nos amenazan tan pavorosamente son epidemias psíquicas. En cualquier momento puede apoderarse de millones de seres una idea delirante, y tendremos otra vez una guerra mundial o una revolución devastadora”

La autodestrucción o la ampliación de la consciencia

El narcisismo y la soberbia exacerbados de los bufones titánicos pueden leerse, en clave simbólica, como una manifestación de la hybris, es decir, del endiosamiento y la pretensión de situarse por encima de los límites que rigen la existencia. En el plano colectivo, estas figuras encarnan la soberbia de una civilización que se resiste a reconocer límites: a su idea de progreso, a la explotación de los recursos naturales y a la necesidad de convivir con los otros sin someterlos. Son la expresión extrema de la hybris de una cultura que se identifica con su poder de transformar, dominar y controlar la naturaleza, mientras desatiende las consecuencias de esa actitud unilateral.

La hybris y sus consecuencias pueden conducir a la autodestrucción, pero también a una transformación profunda de la conciencia.

Cuando el individuo o la colectividad se identifican con un poder que creen ilimitado, corren el riesgo de precipitarse en el abismo de su propia omnipotencia. Sin embargo, la confrontación con las consecuencias de esa actitud también puede propiciar el reconocimiento de los propios límites y de la vulnerabilidad, abriendo el camino hacia un nuevo nivel del ser.

Desde una perspectiva junguiana, esta encrucijada remite a la posibilidad de que el ego renuncie a su pretensión de ocupar el centro de la totalidad psíquica y reconozca una realidad más amplia que lo trasciende. El desenlace dependerá, en buena medida, de la capacidad de integrar aquello que una conciencia unilateral ha excluido y de restablecer una relación más equilibrada con los otros, con la naturaleza y con las fuerzas de la psique que escapan al control consciente.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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Referencias bibliográficas

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