La psicoterapia junguiana y la crisis de la mitad de la vida: del crecimiento a la profundidad

El inicio de una psicoterapia

Una derrota es una buena imagen para describir las circunstancias que suelen rodear el inicio de una psicoterapia. Llegamos a la consulta arrastrando alguna desilusión, alguna frustración, algo o alguien se ha interpuesto entre nosotros y nuestros deseos o planes y nos ha generado un malestar que nos resulta insoportable. Sentimos entonces la necesidad de buscar apoyo, bien sea para aliviar nuestro sufrimiento o para encontrar alguna solución a nuestras dificultades.

El malestar  que nos acompaña puede haberse instalado como un ruido crónico durante largo tiempo, puede haberse intensificado en épocas recientes o también puede haber llegado en forma de estruendo, alterando la vida de manera contundente. 

Se puede dar el caso, también, de que no sea posible identificar una fuente generadora de malestar, y a pesar de que las circunstancias exteriores puedan ser consideradas como adecuadas o incluso privilegiadas, hay presente un sentimiento de vacío, un sinsentido que hace que la vida deje de ser lo suficientemente satisfactoria.

Una decepción amorosa, una enfermedad, cambios en las condiciones del trabajo, el fracaso de un emprendimiento, suelen ser reconocidos como los motivos para la frustración y el sufrimiento emocionales. En algunos casos el desconcierto puede ser intenso y puede venir acompañado de deseos de morir, o de  dormir horas y horas para no tener que confrontarse más con la fuente de la frustración.

El sentido de los síntomas

Para la psicología junguiana, síntomas como la depresión, la ansiedad, e incluso las ideas de suicidio, suelen ser intentos y caminos de la psique para su propia sanación y transformación. Desde esta perspectiva es necesario considerar la idea de morir como un  deseo legítimo de la psique hacia su curación, como una orientación con respecto a potenciales psíquicos que están en búsqueda de realización. Lo anterior no quiere evidentemente decir que es conveniente dejarse llevar por aquellos impulsos o pensamientos y acabar literalmente con nuestra vida, sino que dichos pensamientos son un indicativo, hay algo en nosotros mismos, en nuestra psique, que es necesario dejar atrás. Estos síntomas son una señal de que existe en nosotros algún aspecto caduco que es necesario que muera, para que así puedan emerger nuevos recursos, nuevas perspectivas.

La tristeza profunda, el desgano, el ensimismamiento, el pesimismo que rodean a la depresión, son  evidentemente una limitación y una traba en ciertos aspectos, pero son también un modo en que la psique nos ubica ante una posición particular ante la vida y nos invita a percibir facetas que no pueden ser reconocidas si estamos inmersos en una actividad frenética o en estados de euforia. Nos permite reconocer los claroscuros, las sombras, los aspectos densos, aquellos sentimientos que se suelen relacionar con el azul, nos evocan y nos permiten vivir todo aquello que rodea la atmósfera de la música blues, y sin los cuales la vida sería plana, superficial, insulsa.  

La ansiedad, por su parte, nos moviliza, puede ser un impulso para la acción, la energía para emprender acciones concretas que permitan transformar las condiciones insatisfactorias de nuestras vidas. Todos los síntomas por lo tanto tienen su lugar y la intención en una psicoterapia es que estos síntomas puedan ser comprendidos y se asuman las actitudes que nos están promoviendo. Para la psicología junguiana, los síntomas nos cuidan y nos conducen hacia la mejor versión de nosotros mismos.

El sentimiento de derrota es entonces el que nos moviliza para un cambio de perspectiva, para abandonar nuestros planes y para acoger y responder a las demandas de realización de nuestra psique.

La crisis de la mitad de la vida

La psicología junguiana resalta que la primera mitad de la vida está encaminada hacia el crecimiento y el cumplimiento de las metas exteriores del individuo, a cumplir —desde su particularidad—, con las expectativas sociales de éxito y progreso. Sin embargo, llega un momento —que se suele ubicar entre los 35 a 50 años—, en que la búsqueda de las metas exteriores deja de ser una prioridad, un momento en que lo convencional deja de ser satisfactorio.

A este periodo se le suele denominar como la “crisis de la mitad de la vida”. Así, bien sea por que sucede algo que nos impida seguir con nuestra vida de la misma manera —enfermedad, cambio en las condiciones del trabajo, despido, separación—, o por un sentimiento interno de insatisfacción, emerge la necesidad de replantearnos lo que hemos hecho de nuestras vidas hasta ese momento. Ni el trabajo exitoso, ni el dinero, ni la bonita familia que hemos construido nos resultan satisfactorios y emerge la búsqueda “de algo más”.

Carl G Jung —basado en la experiencia clínica y en imágenes de mitología comparada—, denominó esta búsqueda de “algo más” como Proceso de individuación. Este puede ser entendido como la necesidad de desarrollar aspectos singulares y genuinos de la personalidad cuando lo convencional resulta insuficiente. Es un proceso que implica la apertura hacia elementos inconscientes y su concienciación. Es una búsqueda de “totalidad”, de realización. Es también un reconocimiento de las potencialidades creativas  del conflicto, de la tensión. 

Para algunos este cambio de perspectiva es radical y es frecuente que este sea un momento de cambios vocacionales, de una modificación en la manera como abordamos el ámbito laboral, del fin de una larga relación de pareja, de la decisión de tener un hijo si aún no se ha tenido. Puede ser también el momento en que eclosionan potenciales creativos o artísticos a los cuales no se les había dado la suficiente atención por no ser “productivos”. 

Un elemento catalizador para la crisis de la mitad de la vida, es nuestra relación con el cuerpo. Este es un elemento implacable para recordarnos que los años no pasan en vano.  Con la salida de las primeras arrugas, es imposible ignorar que ya no se resisten largas y extenuantes jornadas de trabajo, ni tampoco largas y abundantes jornadas de ocio, los excesos se suelen pagar más caro. El deterioro del cuerpo es también un  golpe para la vanidad. El percatarnos de que cada vez resultamos menos atractivos o atractivas físicamente según los criterios predominantes nos exige empezar a construir nuevos valores de relación hacia nosotros mismos y los demás.

El culto al crecimiento indefinido

El culto a la juventud, al progreso, a ciertos estándares de belleza, se encuentran  firmemente instaurados en nuestra sociedad. Hay una constante presión por ser cada vez mejores, por mantenernos jóvenes dispuestos a crecer indefinidamente, para acumular no solo posesiones materiales, sino también virtudes, conocimientos, viajes, amigos, experiencias, momentos, títulos. En el mercado espiritual hay toda una oferta de servicios con la promesa de ser más sabios, más felices, más exitosos, más amorosos, más iluminados, más sanos, más prósperos. Este culto al progreso y a la voluntad se manifiesta en frases como “el querer es poder” o creencias como esa de que las visualizaciones y el pensamiento construyen la realidad; simplificaciones de aspectos mucho más complejos que son imposibles de resumir en slogans y frases cliché.

El crecimiento indefinido resulta problemático en el individuo no solo a nivel psíquico sino también a nivel biológico. Si hay células que siguen creciendo cuando el cuerpo ha llegado a su tope de crecimiento, sólo pueden considerarse como tumores —cuando no cáncer—. No hay nada positivo en seguir creciendo cuando ya no corresponde. Socialmente son cuestionables también las ansias de crecimiento desaforado en un modelo productivo que ha generado daños irreparables para el ecosistema.

Al igual que con los síntomas, solemos ver la llegada de los años únicamente como déficit, como pérdidas irreparables, sin percatarnos del sentido y el valor de los diferentes ritmos y variaciones inherentes a la vida. Cada época tiene su riqueza. En el declive, en los valles, también hay frutos para disfrutar y nutrir el alma. Uno de los síntomas de la neurosis es el aferrarse a etapas o momentos que no nos corresponden.

Con respecto al tesoro presente en cada etapa de la vida, el psicoanalista junguiano James Hillman resalta que, si a los 30 años alguien se encuentra viviendo su sexualidad como si tuviera 20 años, se está perdiendo de algo, y si a los 50 años se encuentra viviendo la sexualidad como si tuviera 40 años también se está perdiendo de algo.

La segunda mitad de la vida

Lo que anhela la psique en la segunda mitad de la vida —antes que seguir adquiriendo y acumulando—, es abandonar cargas, presiones, ataduras, condicionamientos. Deseamos poder quitarnos y/o flexibilizar las máscaras que nos hemos puesto para ir por el mundo durante la primera mitad de la vida. Existe la tentación de cambiar unas máscaras por otras, y empezar hacer obsesivamente talleres de crecimiento personal para ser más iluminados, más sabios, en el fondo más vanidosos. Más que crecer, lo que desea la psique es decrecer, disminuir la importancia personal y el grado de dependencia del reconocimiento y aceptación de los demás. La disminución de la importancia personal de nuestro ego nos permite acercarnos al presente sin las culpas del pasado ni las ansiedades de lo que pueda suceder en el futuro incierto.

En la segunda mitad de la vida, la psique busca la real emancipación de los padres —o mejor, de su registro en nosotros—, para poder, por fin, responder a nuestros deseos más genuinos y no a sus expectativas o vivir actuando en reacción a ellas. Se nos convoca entonces a reconocer y empezar a dialogar con nuestros personajes internos, a ser conscientes de las voces e identificaciones que nos han limitado y condicionado. El llamado de la segunda mitad de la vida es para desarrollar la habilidad de tomar decisiones que respondan más allá de las necesidades de seguridad, estabilidad y reconocimiento de nuestro ego. 

La segunda mitad de la vida es una preparación para la más trascendental de las mutaciones, donde es imposible llevar con nosotros títulos, dinero, reconocimientos, posesiones. No es un camino hacia la “felicidad” sino más bien a algo cercano a lo que evocan las palabras serenidad, sosiego, profundidad…

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

“El caracol protegido”. Viviana Fernández Pringles (2010) en https://www.artelista.com/autor/vivianafernandezpringles

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