¿Y si fuera ella? La proyección del “alma” en el amor y el desamor

Ella  me peina el alma y me la enreda,

va conmigo pero no sé dónde va. 

Mi rival, mi compañera, que está tan dentro de mi vida 

y, a la vez, está tan fuera.

Alejandro Sanz

El arte como revelador de aspectos inefables

A las expresiones artísticas, como la poesía y la música, se les ha atribuido la facultad de ser reveladoras de aspectos inefables y, también, la de aproximarnos a aquellos matices de la experiencia que escapan a las conceptualizaciones de la racionalidad. 

La canción ¿Y si fuera ella? del cantautor español Alejandro Sanz, puede ser interpretada como un canto al alma gemela, a la contraparte femenina del hombre, al Ánima propuesta por la psicología junguiana que, como se sugiere poéticamente en la canción, se experimenta como una imagen interna que se posa en las mujeres externas y que es a la vez guía, musa y rival.    

El mito del alma gemela: la lectura simbólica

En El banquete, Platón popularizó el mito del ser humano originario que era redondo, con dos caras, cuatro brazos y cuatro piernas y que, como consecuencia de los celos que sintieron los dioses por el poder que había conseguido, fue dividido en dos mitades. De aquella división surgió una parte femenina y otra masculina que desde aquel día han buscado reencontrarse con su otra mitad, con su alma gemela.

La interpretación literal de este mito promueve a buscar el complemento, la otra mitad, en una pareja a nivel externo; sin embargo, lo que la historia representa de manera simbólica es un proceso psíquico interno. 

La atracción hacia otra persona puede ser entendida entonces como el deseo de integración a un aspecto psíquico inconsciente, en una dinámica en la que la pareja es tomada como sustituta de una experiencia interior. 

De una manera similar, la bestia y el sapo que se transforman en diferentes historias no corresponden a personajes externos sino a aspectos internos, a nuestra propia Sombra. Comprender esto de manera plena puede contribuir a tomar distancia de relaciones en las que existe maltrato físico o psicológico y se tiene la esperanza ingenua de transformar a la “bestia” a través del amor.

El creador de la psicología analítica, el psiquiatra suizo Carl Jung, denominó a la contraparte femenina del hombre Ánima, que significa alma en latín, y para la contraparte masculina de la mujer utilizó el término Ánimus.

El Anima: la mujer interior 

“Ella se hace fría y se hace eterna. Un suspiro en la tormenta”.

Se describe el Ánima como una estructura psíquica mediante la cual los hombres penetran y se adaptan a los niveles más profundos de su naturaleza psicológica. Es considerada como uno de los principales arquetipos propuesto por Jung. 

Los arquetipos son entendidos como estructuras psíquicas connaturales que promueven determinado tipo de pensamientos, sentimientos y conductas en el individuo; se pueden entender también como el correlato humano de los instintos en los animales. 

Un arquetipo con funciones opuestas a la del Ánima es el de la Persona o la Máscara cuya función es contribuir con las necesidades de adaptación externa (es la que da la cara hacia el mundo social); por su parte el Ánima ayuda al individuo a adaptarse y a confrontarse con su mundo interno, con sus intuiciones, sentimientos e imágenes interiores. 

Los diferentes rostros del ánima: el enamoramiento como proyección

“Sé que volveré a encontrarla, pero con otro rostro diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo… ella”.

Joseph Campbell plantea que lo inconsciente en el hombre se personifica como femenino y se experimenta primero como paradisíaco, luego como peligroso y fascinante y luego como enemigo. El Ánima como la personificación de lo inconsciente en el hombre, puede ser vivido entonces de estas maneras en una misma mujer o en diferentes mujeres. 

Los múltiples rostros y expresiones del Ánima los podemos encontrar en la literatura, el cine, la pintura (dentro del movimiento prerrafaelista se encuentra muy presente) y demás expresiones artísticas. Puede manifestarse como diosa, bruja, ángel, doncella, compañera, prostituta. Una de sus expresiones paradigmáticas es la Beatriz de la Divina comedia que guía a Virgilio en el descenso a los infiernos.

Los aspectos del Ánima pueden ser proyectados de tal manera que para el hombre aparezcan como las cualidades de una mujer concreta. Es la presencia del Ánima la que genera que un hombre se enamore cuando ve a una mujer por primera vez y tenga la certeza de que es “ella”, teniendo además la impresión de haberla conocido íntimamente desde siempre.

Se considera que las mujeres con un carácter indefinido, que se comportan como “hadas”, suelen atraer especialmente las proyecciones del Ánima ya que se les puede atribuir casi de todo y por lo tanto se puede continuar fantaseando en torno a ellas.

El Ánima también es la responsable de que muchos hombres vivan en ciclos permanentes de enamoramiento y desilusión, esperando encontrar en la realidad, una mujer ideal que sólo existe como imagen interna.

La fascinación por lo inconsciente  

“…que es pregunta y es respuesta, que es mi oscuridad, mi estrella”.

Muchos hombres buscan encontrar en las mujeres un alivio a su angustia existencial, un vínculo con lo trascendente, y estos son ámbitos que ninguna persona puede llegar a encarnar.

En el enamoramiento se idealiza a la otra persona, quien por sus rasgos físicos o psicológicos sirve como “cebo” de nuestros Ánima o Ánimus, atribuyéndole a la otra persona un carácter más divino que terrenal.

Lo que se proyecta en el Ánima y que produce fascinación por una mujer concreta son aquellos aspectos que se encuentran marginados en el yo masculino (dulzura, capacidad de expresar sentimientos, de actuar, de decidir, de relacionarse). Entre más inconscientes sean los aspectos que se proyectan, mayor será el contraste entre la personalidad del hombre y la mujer en la que recae su deseo.

Las relaciones que se establecen a partir de una complementariedad excesiva, es decir, cuando se deposita en el otro la responsabilidad de ciertas funciones que permanecen inconscientes o poco desarrolladas en la propia persona, pueden generar vínculos de fuerte dependencia emocional y estancamiento interno.

La posesión del ánima

“A veces siente compasión por este loco, ciego y loco corazón”.

Los arquetipos se encarnan en los individuos a través de los llamados complejos afectivos, estos últimos, además de verse influidos por la energía del arquetipo, se nutren de las vivencias personales relacionadas con la misma temática (en el caso del Ánima, de la experiencia con su madre, hermanas y otras mujeres significativas en su vida). Los complejos se comportan como una especie de subpersonalidades que perturban las actitudes conscientes.

Cuando se está bajo el efecto del arquetipo del Ánima, los contenidos inconscientes alteran  las actitudes y funcionalidades  de la  conciencia. No hay objetividad, ni creatividad, se vive bajo una vaporosa irrealidad y se mengua la capacidad de discernimiento. El yo se inunda de emocionalidad y no hay posibilidad de relación genuina ya que lo exterior proyectado domina la propia vida interior.   

La posesión del Ánima promueve una confrontación que no se suele librar al interior sino  que se expresa en discusiones con la pareja o el medio ambiente (celos, pensamientos paranoicos, obsesiones) evitando así el combate interno que es el que corresponde. 

La mitología describe asiduamente batallas de héroes con dragones que hacen alusión simbólica a las batallas que el hombre tiene que enfrentar con su propia Ánima.

Cuando se desvanece la ilusión

“Y la perderé de nuevo. Y otra vez preguntaré mientras se va y no habrá respuesta, y si esa que se aleja, la que estoy perdiendo… ¿Y si esa era? ¿Y si fuera ella?”

“¿Y si fuera ella?” es el cuestionamiento y el remordimiento que emerge ante otra relación que termina en desilusión, cuando luego de un tiempo se desvanece la proyección. El hombre se da cuenta entonces que la mujer real no es como se la imaginaba o como la deseaba.  Emergen entonces reproches hacia uno mismo y el otro, a quien se acusa de no haber mostrado su verdadera naturaleza.

La proyección de aspectos positivos (diosa, ángel, hada) es reemplazada entonces por aspectos negativos (bruja, prostituta, embaucadora, traicionera), y donde hubo sobrevaloración se emplazan minusvaloración y desprecio. Emerge de manera paralela el lado oscuro de lo que parecía  amor,  que  ahora se presenta como un simple deseo de posesión y control.

La desilusión puede conducir a rupturas conflictivas pero también, si se supera la decepción inicial, es posible llegar a construir relaciones sobre bases más sólidas y genuinas. 

La desilusión como motor para la maduración psíquica

“¿Y si la vida es una rueda y va girando y nadie sabe cuándo tiene que saltar?

Las relaciones afectivas no suelen ser ámbitos apacibles o armoniosos, más bien se configuran como experiencias generadoras de conflicto, donde las personas entran en tensión con respecto a algunos aspectos de sí mismas y de la pareja. A partir de los rechazos, frustraciones y gratificaciones las personas se ven motivadas o exigidas a realizar transformaciones y a madurar psíquicamente. Este proceso, denominado en la psicología junguiana como proceso de individuación, requiere paciencia, decisión y coraje.

La desunión con uno mismo genera el descontento que se proyecta en la otra persona. La labor psicológica que es necesario realizar para la maduración psíquica consiste en relacionarse de manera consciente con el arquetipo del Ánima, diferenciarla de las proyecciones e integrarlo dentro de uno mismo.

Los celos patológicos, por ejemplo, nos promueven de manera dolorosa a darnos cuenta de que no podemos basar nuestro centro, nuestra seguridad en el otro, y que lo tenemos que buscar en nosotros mismos.

La tensión de opuestos como energía psíquica

La psicología junguiana entiende que la energía psíquica emerge de la antítesis interna sin la cual no podría existir.  Para Jung, toda la vida es energía y depende por consiguiente de las fuerzas situadas en posición antagónica. 

La unidad y la plenitud que anhela nuestra psique sólo pueden lograrse a través de la reconciliación de los opuestos que combaten en nuestro interior (consciente-inconsciente, pasivo-activo, masculino-femenino).

La integración de los aspectos inconscientes, los no vividos, es lo que nos hace plenamente humanos permitiéndonos desarrollar nuestros potenciales al máximo.

La meta del proceso de individuación es la androginia psicológica, esto es, la capacidad de desplegar nuestros aspectos masculinos y femeninos de manera armónica y cooperativa.

La integración del Ánima

Al integrarse el Ánima, las personas reconocen que la fascinación que ejercía la otra persona procedía del aspecto no reconocido y no aceptado de la propia personalidad arquetípica.  De esta manera, el deseo del otro pierde urgencia y se renuncia a buscar que otros llenen las carencias de nuestro propio ser.   

La sensación de soledad,  inherente a la condición humana, deja de ser un estado de angustia que procura ser anestesiado, y emerge la llamada maternidad o paternidad psicología, esto es, la capacidad de contenernos a nosotros mismos (sin buscar sustitutos de nuestros padres en otras personas), también  una capacidad creativa que va más allá de la productividad o el rendimiento social.

Se considera que en el hombre lo femenino es la creatividad, es su capacidad de dar a luz, mientras que  su masculinidad es la que le puede dar forma para estructurarla en el mundo externo.

El Ánima integrada se constituye en una guía interna que, como Ariadna, sirve como mediadora y orientadora para que Teseo pueda sumergirse sin extraviarse en el laberinto, en el mundo interior, en el Hades, en el ámbito de las emociones y los instintos y  de los arquetipos.

El amor consciente

Las relaciones a un nivel profundo trascienden  el enamoramiento superficial narcisista, en el que las personas comienzan enamorándose de su Ánima o Ánimus proyectados en la pareja, exaltándola o rebajándola exageradamente sin lograr verla en su realidad como persona humana. 

Sin embargo, el enamoramiento no se puede considerar necesariamente como un problema -para algunas culturas indígenas es considerado como si fuera un estado de  intoxicación o posesión maligna-, sino que puede verse como una  fase con aspectos positivos, ya que nos brinda entusiasmo, revitalización y nos incita al vínculo.

La fascinación por el otro nos indica que se han activado aspectos inconscientes que vemos reflejados en esa persona y que necesitamos desplegar a nivel interno. Es también un estado que reactiva temas que no hemos resuelto con el fin de que logremos ser conscientes de ellos.

El amor liberado de proyecciones permite en la persona una entrega consciente, sin alejarla  del mundo pero sí creando una distancia precisa con él. Permite vincularse a los otros sin prevenciones, ya que su mismidad no se percibe como amenazada en el encuentro con los  otros. Se desvanecen igualmente los deseos de posesión y control, amando y promoviendo el desarrollo y bienestar del otro, independientemente de hacia dónde se dirija.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

«La tez pálida del verdadero amor». Eleanor Fortescue Brickdale, 1899

Referencias bibliográficas

Las frases entre comillas pertenecen a la canción ¿Y si fuera ella? Sanz, A (1997). Álbum «Más». Warner Music Group

Johnson, R. A(2006). Él: Para entender la psicología masculina. Madrid: Gadir Editorial.

Jung, C. G. (2010). Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Madrid: Trotta.

Jung, C. G., & Murmis, M. (2012). Psicología y simbólica del arquetipo. Barcelona: Paidós.

Jung, E. (1934). Sobre la naturaleza del animus.

Sharp, D. (1994). Lexicón Junguiano. Santiago de Chile: Cuatro Vientos Editorial

Stein, M. (2004) El mapa del Alma según Jung. Barcelona: Ediciones Luciérnaga.

Von Franz, M. L. (1995). El Proceso de Individuación. p. 158-229. En El Hombre y sus Símbolos. C. Jung, J.Henderson, A. Jaffé, J. Jacobi. Barcelona: Editorial Paidós.

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