Sobre la culpa prometeica o la “buena” culpa

Lo prohibido

A medida que crecemos y nos socializamos se nos va indicando -a través de la aprobación o desaprobación de nuestros actos-, cuál es el territorio de lo apropiado, de lo bueno y de lo conveniente. Aprendemos de esta manera qué es lo que debemos hacer o dejar de hacer para ser aceptados en la sociedad que nos desenvolvemos.

Construimos entonces una especie de cerca o valla que establece una frontera con el territorio de lo prohibido. Lo que se encuentra afuera de la cerca es entonces catalogado como malo, loco, peligroso o marginal. Aquello que es definido con estas connotaciones es relativo a cada época y lugar.

La culpa y el mantenimiento de lo establecido

La culpa es el sentimiento de malestar que surge cuando interpretamos que hemos salido del territorio permitido. La primera y más relevante autoridad que condiciona nuestro comportamiento es la familia. En muchas ocasiones no somos conscientes del “deber ser” que modela nuestra forma de conducirnos ya que las normativas se han interiorizado.       

El psicoanalista junguiano Lawrence Staples plantea que intelectualmente podemos hacer una distinción entre una norma religiosa, secular o parental, sin embargo, emocional y visceralmente la transgresión a cualquiera de ellas es experimentada de manera equivalente. Es decir, como una falta o “pecado” que nos lleva a sentirnos excluidos, con una sensación interna de malestar y con la necesidad de reparar el daño infringido. 

El punto de vista convencional sobre la culpa considera que este sentimiento nos ayuda a permanecer en los límites de lo aceptable ya que nos disuade de hacer cosas que podrían afectar negativamente intereses individuales o colectivos. La culpa, desde esta perspectiva, tiene un rol importante en el mantenimiento de la vida convencional.

No hay crecimiento sin culpa

Desde el punto de vista de la psicología desarrollada por el psiquiatra suizo Carl Jung, la culpa, además de cumplir con la función de reproducción de lo aceptado socialmente, es considerada como un factor inherente al proceso de crecimiento y despliegue de nuestras potencialidades psíquicas. 

Esto quiere decir que no es posible desplegar una vida creativa y auténtica sin la transgresión de una norma, un tabú o un mandato y sin asumir los sentimientos de malestar que emergen concomitantes a dicha transgresión.

Se plantea entonces la existencia de un conflicto entre el despliegue de autenticidad del individuo y las normas colectivas. “Individuación y colectividad son dos pares de opuestos, dos destinos divergentes. Ellos están relacionados el uno al otro por la culpa” afirmó Jung.

La sombra: lo rechazado

Los aspectos que rechazamos de nosotros mismos en el proceso de socialización, aquello que deseamos NO SER, configuran una instancia psíquica que la psicología junguiana ha denominado como nuestra Sombra.

Jung plantea que en la Sombra no solo se encuentran contenidos reprobables, sino que también se hallan potenciales no realizados, talentos y recursos que, si no nos atrevemos a manifestar, mutilamos una parte esencial de nuestra personalidad.

Para Jung, la sombra es “el estrecho pasaje, la ventana angosta, cuya dolorosa constricción resulta inevitable para todo aquel que aspire llegar a la fuente más profunda”

El llamado a la aventura: la integración de la sombra

Si solo nos permitimos expresar cualidades que son valoradas de manera positiva como la alegría, la extroversión, la fortaleza; la otra mitad de nosotros mismos, nuestra sombra, queda desterrada generando un desequilibrio, ya que la psique posee una tendencia inherente hacia el despliegue de la totalidad. “Prefiero ser un individuo completo que una persona buena”, enunció Jung en su autobiografía.

En muchas historias míticas, la necesidad de integrar aspectos de nuestra sombra se manifiesta como el llamado a una aventura a un territorio prohibido. Para ingresar a este territorio es necesario transgredir el mandato de alguna autoridad.

En sueños, la necesidad de integrar contenidos de nuestra sombra se puede manifestar con situaciones en la que nos vemos inevitablemente relacionados con aspectos que conscientemente catalogamos como sucios, “pecaminosos” o vergonzantes.

Para desarrollar nuestra personalidad de manera plena es necesario saltar la cerca, transcender las definiciones parentales o sociales de lo que es bueno, exitoso o productivo, adentrarnos en la sombra, “pecar” y experimentar culpa en diversos grados. 

La culpa prometeica

El punto de vista junguiano sobre la culpa resuena con el mensaje implícito en el mito de Prometeo, quien robó el fuego de los dioses y lo puso a disposición de los humanos sufriendo por su transgresión. Zeus lo castigó, encadenándolo a una roca donde un águila picoteaba y rasgaba diariamente su hígado que se renovaba de manera continua. El castigo, por lo tanto, nunca lo mataba, sino que lo mantenía en un estado de constante agonía. Con el tiempo, Zeus permitió que Hércules lo liberara de su sufrimiento.

La sociedad humana se habría perdido del fuego, esto es, de la conciencia, del desarrollo de su autonomía, creatividad e individualidad, si Prometeo no se hubiera atrevido a hacer algo que estaba prohibido.

El mito de Prometeo sugiere la importancia de transgredir una norma e incurrir en culpa cuando se necesita obtener algo que no está permitido. En ocasiones “ser malo” es lo que exigen las circunstancias para poder salir de una situación que nos está impidiendo crecer o evolucionar.

El anhelo irrefrenable para desplegar mayores dosis de autonomía y libertad en nuestra psique implica una perseverante irreverencia hacia lo establecido que se resiste al cambio. El espíritu prometeico es la fuente de la creatividad, del crecimiento y la transformación.

A nivel social es fácil observar cómo a lo largo de la historia muchos de los grandes avances relacionados con el reconocimiento de la dignidad humana fueron posible gracias al desacato y transgresión de algunas personas que se atrevieron a ir más allá de lo convencional y fueron castigadas por ello.

La “buena” culpa

La culpa puede entonces emerger cuando estamos cometiendo actos que pueden traer algo valioso o incluso indispensable para nuestra vida.  Podemos experimentar culpa cuando tomamos distancia de parejas o amistades que están limitando nuestro crecimiento; cuando abandonamos profesiones dictadas por la familia; también al vincularnos con parejas que no son concordantes con los juicios familiares en cuestión de raza, género o estatus social. 

La culpa puede emerger también cuando expresamos cualidades previamente rechazadas como inaceptables, como la ira, el egoísmo, debilidad, independencia o tristeza; o cuando nos comportamos de una manera que no corresponde a lo establecido de manera tradicional para un hombre o una mujer.

Quizá no podemos considerar estos actos como beneficiosos en el momento de la transgresión, sino que es retrospectivamente que conseguimos identificar los efectos positivos en nuestro desarrollo.

La “buena” culpa entonces es la que sentimos cuando seguimos el camino de lo auténtico y singular para cada uno de nosotros. Camino que nos lleva inevitablemente fuera de la valla de lo convencional hacia el reino de los comportamientos, pensamientos y sentimientos inaceptables.

La culpa por abandonar ideales elevados

El desarrollo de nuestra personalidad real a menudo exige el sacrificio de ideales elevados o de perfección que se han instalado en nosotros procurando satisfacer expectativas parentales o sociales. Si perseguimos ideales que no corresponden a nuestra singularidad arrastraremos una insatisfacción constante, un sentimiento de que nunca nada es suficiente sin importar cuánto reconocimiento externo recibamos.

Es necesario descubrir qué pertenece a nosotros y qué pertenece a nuestros padres, no es posible ser fiel a ambos; no es una tarea sencilla conseguir esa diferenciación.

Experimentar sentimientos de culpa al abandonar el ideal de niños buenos, obedientes y perfectos que anhelaban nuestros padres es inevitable; pero es a partir de la renuncia a ese ideal que podemos expresar nuestra compleja, paradójica y dinámica autenticidad.

Para alcanzar la plenitud debemos liberarnos del poder del psiquismo colectivo y del entorno que nos rodea estando dispuestos a parecer inútiles, mediocres, tontos, excéntricos, locos o malos. El despliegue de autenticidad implica por lo tanto el desarrollo de la capacidad de no gustar a los demás, de traicionar sus expectativas y de vivir a pesar de ello.

Culpa y reparación

Para Jung, al abandonar el camino de la vida convencional desplegando su singularidad, el sujeto rompe con ideales estéticos y morales colectivos. La sociedad defiende entonces su Yo colectivo generando un desprecio hacia el individuo que le genera sentimientos de soledad y aislamiento.

Para aliviar el sufrimiento, los sujetos se ven forzados a hacer una retribución con valores equivalentes a los transgredidos. En palabras de Jung “el primer paso en la individuación es una culpa trágica. La acumulación de culpa demanda expiación”.

La culpa entonces, según Lawrence Staples, es un aliciente para que el individuo no se quede para sí con el fuego obtenido; es decir, que los frutos de su creatividad, talentos, y experiencias que transgreden lo convencional, no solo sirvan para el enaltecimiento de su ego sino que la sociedad en su conjunto pueda beneficiarse de ello.

Sin culpa, plantea el autor, quizás no habría la necesidad de redimirnos, no habría necesidad de mejorar o de devolver algo como expiación. Para poder redimir nuestra culpa tenemos que buscar lo que necesitamos desarrollar en nosotros mismos para convertirnos en las personas completas a las que estamos llamados a ser.

Solo entonces tenemos la capacidad de devolver lo máximo que somos capaces de dar. Nos construimos para que tengamos algo valioso que dar. La culpa en este sentido está relacionada con la necesidad imperiosa de sentirnos útiles, de brindar nuestro aporte singular al mundo. De esta manera, la sociedad crece a partir del crecimiento del individuo que es motivado por su deseo de reparación.

Función autorreguladora de la culpa

Staples destaca cómo nos podemos sentir culpables cuando trabajamos mucho o cuando lo hacemos muy poco, si somos demasiado sinceros o demasiado poco. Sugiere entonces que en muchas ocasiones el propósito de la culpa es movernos hacia el opuesto que se ha dejado de lado.

En estos casos se puede observar que el sentimiento de malestar no está promoviendo el mantenimiento de una moral sino la inclusión de los opuestos de la totalidad psíquica. La culpa nos promueve el punto medio, nos advierte de una unilateralidad, cumpliendo así una función de autorregulación.  

Inclusión de los opuestos y conciencia

Sin la experiencia de los opuestos no hay experiencia consciente. Nuestra vida consciente y, por lo tanto, nuestra vida, es la tensión producida entre los opuestos. El comer la fruta prohibida desvanece la inocencia paradisíaca y nos permite darnos cuenta de los opuestos.

Todo incremento de conciencia constituye una traición, a la humanidad y a los “dioses”. Cuando nos hacemos conscientes nos sentimos culpables, los dioses sienten que les han robado su fuego.

Somos conscientes del frío porque reconocemos el calor, de la alegría porque experimentamos tristeza, reconocemos lo bueno porque nos exponemos al mal. Es una ambivalencia en que se experimenta el valor de cada uno de los opuestos como relativo en lugar de absoluto.

En este sentido, la culpa es el precio que debemos pagar por el privilegio de experimentar la vida como seres humanos. “Si rompes una regla importante, ya no hay vuelta atrás, no eres el mismo, ha sucedido algo en ti, te has hecho consiente de una polaridad” plantea Stapless.

La ambivalencia de la culpa

La culpa puede ser ambivalente y difícil de interpretar. Los hechos que nos generan culpa y que  son beneficiosos para nuestro desarrollo no siempre se distinguen fácilmente de los que no lo son. Hay transgresiones que son destructivas pero también hay transgresiones que  inevitablemente debemos cometer en pos de un crecimiento personal. A veces esto depende del momento vital en que se llevan a cabo.

La adaptación a las normas sociales que la culpa promueve en la primera etapa de nuestra vida sienta las bases para poder desplegar nuestra singularidad. Para Jung “antes de que la individuación pueda ser tomada como una meta, el objetivo educacional de adaptación a un mínimo necesario de normas colectivas debe ser primero conseguido. Si una planta desarrolla su naturaleza al máximo, primero debe ser capaz de crecer en el suelo en el que está plantada”

Para Jung la culpa es inevitable. Nos sentimos culpables si no cumplimos con los requerimientos sociales pero también si no desplegamos nuestra individualidad. Es necesario un equilibrio, una negociación entre los requerimientos del mundo externo y los del mundo interno. La ambivalencia de la culpa llevó a Jung a señalar que “en última instancia no existe el bien que no puede producir el mal, y el mal que no puede producir el bien”.

El no convencionalismo en la forma de ser de una persona no necesariamente es expresión de una vida auténtica, sino que puede ser un signo de inadaptación e infantilidad.  Es posible estar enajenado por los requerimientos sociales pero también por los requerimientos del inconsciente. Nos podemos identificar, por ejemplo, con los arquetipos, por definición colectivos, del salvador, la víctima o el bufón transgresor, en cuyo caso tampoco estamos expresando nuestra individualidad.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

«Prometeo encadenado». Peter Paul Rubens y Frans Snyders, 1618.

Referencias Bibliográficas

Brooke, Roger. (1985). Jung and the Phenomenology of Guilt. The Journal of analytical psychology. 30. 165-84. 10.1111/j.1465-5922.1985.00165.x

Jung, C. G. (1990). Las relaciones entre el Yo y el Inconsciente. Barcelona: Editorial Paidós. 

Jung, C. G. (1991). Arquetipos e Inconsciente Colectivo. Barcelona: Editorial Paidós 

Jung, C. G. (2001). Los complejos y el inconsciente. Barcelona: Alianza Editorial 

Jung, Carl Gustav. 2002. Recuerdos, sueños y pensamientos. Barcelona: Seix Barral.

Jung, C. G.. 2009. La Vida simbólica: escritos diversos. Madrid: Trotta.

Staples, Lawrence H. 2008. Guilt with a twist: the Promethian way.  Fisher King Press.

Pennington, Nancy Carter, and Lawrence H. Staples. 2011. The guilt cure. Carmel, CA: Fisher King Press.

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