Salsa y psicología junguiana (parte II de IV)

La salsa y  la herencia africana

La salsa es una expresión de fusión, mestizaje y sincretismo cultural que se han vivido en América por más de 5 siglos, en la que las supervivencias de aspectos culturales africanos han sido fundamentales.  

Desde el Siglo XVI hasta el siglo XIX fueron sacados violentamente de su continente natal, por parte de traficantes europeos, cerca de 60 millones de africanos para ser esclavizados en América, llegando con vida unos 12 millones.   

A modo de resistencia contra los colonialistas y esclavistas, quienes lograron huir conformaron diversas formas de agrupamiento y organización como los palenques o quilombos, en donde consiguieron sobrevivir y reeditar algunas de sus prácticas culturales originarias.  

La Rebelión (1986), una de las canciones de salsa más populares en Colombia, del compositor y cantante cartagenero Álvaro José “ el Joe” Arroyo, narra con bellísimos versos y sonidos, un poco de esta historia “negra” de  esclavitud, maltrato, herencia africana, resistencia y emancipación. 

La tradición vocal y los ritmos de tambores que hacían parte de las prácticas religiosas y sociales de los africanos, dejaron importantes legados en la música de toda América, en géneros como el soul, el blues,  el jazz, el merengue, el reggae, la cumbia entre otros. El vocablo Tango llegó a significar en algunos lugares de América y las Islas Canarias “reunión de negros para tocar el tambor”.

El coro/pregón, presente en la salsa y otros ritmos, durante el cual los coristas repiten un estribillo fijo que se alterna con la voz del cantante solista —que además puede improvisar—, está relacionado con las prácticas religiosas africanas en la que los cantos eran dirigidos por un líder social o religioso.   

La polirritmias —combinación entre dos o más patrones de ritmo tocados al mismo tiempo— y los sincopados —la acentuación no de los tiempos o pulsos sino entre ellos—, son otros de los rasgos de la influencia afroamericana en la salsa y otras músicas caribeñas.

Luego de su surgimiento, la Salsa arraigó fuertemente en países hispanoamericanos con una importante presencia afroamericana como Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador o Perú —además de hacerlo en Cuba y Puerto Rico, de donde provenían  la mayoría de los primeros músicos—. 

Los habitantes de los barrios populares de Cali, Caracas o Ciudad de Panamá no solo percibieron familiaridad en los ritmos con influencia africana, sino que se identificaron con las letras que narraban situaciones de marginación y exclusión, similares a las vividas por los latinos en el Bronx de Nueva York. En todos estos barrios era posible identificar un  “Pedro Navajas”, una “chica plástica” o algún “Preso” en la familia.    

La salsa y otros ritmos cubanos también se hicieron muy populares en el oeste de África. Surgieron orquestas locales de músicos que reconocieron ecos de sus cadencias bailables e interpretaron versiones fonéticas de artistas como Johnny Pacheco o Tito Puente. En 1989 surge el proyecto musical Africando, de músicos latinos y africanos que grabaron canciones latinas en lengua Wolof —de Senegal y Gambia—, y canciones tradicionales africanas reelaboradas con ritmos latinos. La salsa realizaba  entonces un viaje de vuelta a sus orígenes.

Jung y África

Jung plantea que el hombre moderno occidental, como parte del proceso que le impulsa al despliegue de individualidad y de conciencia, se ha identificado unilateralmente con la razón, el progreso ,el materialismo y el mecanicismo, distanciándose de su naturaleza animal, de la experiencia corporal, de la orientación y autorregulación que brinda el mundo interior de lo arquetípico, de lo simbólico. 

El interés por investigar de primera mano sobre el ámbito de lo arquetípico, lo condujo a realizar una serie de viajes a lugares en que consideraba que este aspecto aún se mantenía vivo. Fuera de las fronteras europeas, pasó una temporada con los Indios Pueblo en Nuevo México. También estuvo en la India y en dos ocasiones en África.

Jung se planteó estos viajes como la oportunidad de tener un punto de vista externo sobre su propia cultura. “Al viajar a África para hallar un lugar psíquico al margen del europeo quiero con ello hallar en mi inconsciente aquella parte de la personalidad que se ha hecho imperceptible bajo la influencia y presión del modo de ser del europeo. Quería saber cómo África actuaría sobre mí y lo supe”.

Jung relaciona a África con “el fondo primigenio oscuro, materno, terrenal, de nuestro ser”. En su autobiografía describe una visión en la que percibe el viaje a África como un viaje de regreso a ese fondo primigenio “Cuando el primer rayo de sol anunció el comienzo del día me desperté. En este momento el tren, envuelto en una roja nube de polvo sobre nuestras cabezas, bordeaba una escarpada pendiente de rocas rojas. Sobre un pico rocoso había, inmóvil, una figura delgada y negra, apoyada sobre una larga lanza, que miraba el tren. Junto a él se alzaba un enorme cactus en forma de candelabro. Quedé fascinado por esta visión. Era una imagen extraña, jamás vista y a la vez como un sentimiento de déjá vu muy vivo, la sensación de haber vivido ya este momento y como si hubiera conocido de siempre aquel mundo separado de mí sólo por el tiempo. Me parecía como si regresara al país de mi juventud y como si conociera a aquellos hombres de piel oscura que me aguardaban desde hacía cinco mil años. No sospechaba qué fibra de mi ser haría vibrar la visión del solitario cazador negro. Sólo sabía que su mundo era el mío desde hacía incontables milenios”.

Jung plantea que, para la mente occidenal, África representa también una proyección de su Sombra, de aquello que ha rechazado de sí misma:  lo emocional, el cuerpo, lo instintual; catalogado en ocasiones como lo bárbaro, lo salvaje.  

En su autobiografía, Jung describe su experiencia participando en  una danza negra n’goma: “ fue una escena salvaje y apasionante, bañada por el resplandor del fuego y la mágica luz de la luna. Mi amigo y yo nos levantamos de un salto y nos mezclamos entre los danzantes. Como única arma que poseía blandí mi látigo y dancé también. Vi por la expresión radiante de sus caras que nuestra participación era bien acogida. Su frenesí se multiplicó y todos pateaban, cantaban, gritaban y sudaban a mares. Paulatinamente fue acelerándose el ritmo de la danza y de los tambores. En esta danza y música los negros caen fácilmente en una especie de estado de locura. Lo mismo pasó aquí. Hacia las once comenzó a desorbitarse la situación y tomó un aspecto extraño. Los danzantes formaban todavía una horda de salvajes y sentí miedo de cómo iba a terminar”.

Jung temió verse avasallado por su experiencia africana. Para Jung el proceso de maduración psíquica, requiere de un diálogo creativo con la Sombra, con lo Inconsciente, pero no sucumbir a la identificación ingenua con ella, ya que puede ser devastador para la conciencia. Su psicología promueve siempre el soportar la tensión de los opuestos.

En su Torre de Bollingen —que fue construyendo a partir de 1923 al lado del  lago de Zurich—, buscó recrear el lugar primigenio. Allí, sin electricidad, sin teléfono, preparando sus alimentos con leña, a modo de útero simbólico, pasaba temporadas escribiendo, esculpiendo piedra y meditando.  

La Salsa como expresión de una necesidad anímica colectiva

Para Jung el alejamiento de la perspectiva simbólica ha generado un desequilibrio, una crisis colectiva que exige la transformación de principios y símbolos básicos. Lo anterior se manifiesta como un estado de escisión, de fragmentación, que es a la vez síntoma y expresión de la transición a un nuevo orden. “El ser humano se siente aislado en el cosmos. Ya no está arropado por la naturaleza y ha perdido su participación emocional en los acontecimientos naturales, que hasta ahora habían tenido un significado simbólico para él”.

Para Jung, las personas entregadas a la actividad creativa funcionan como  una especie de médium y contribuyen con sus obras a “compensar del modo más eficaz las carencias y unilateralidades del espíritu de la época”.

La Salsa como producto cultural emerge condicionada por los mismos vientos y olores —mediados de los años 60 y comienzos de los 70—, que incidieron en el surgimiento del movimiento hippie, del Rock, del Punk, de la psicología arquetipal de James Hillman y López Pedraza. 

Una atmósfera vitalista, telúrica —referida a la tierra, al cuerpo, a lo emocional—, contenedora de lo marginal y lo diverso. Una energía de transgresión, y resistencia, relacionada con la conciencia trágica.  

Varias de las cualidades de esta atmósfera particular, que no solo tiene incidencia en las expresiones artísticas, sino en la filosofía, en la ciencia, en todo lo que emerge de lo humano, se pueden relacionar  con la interpretación que hace Nietzsche sobre lo dionisiaco. Esa energía subterránea que surge para compensar la enquistada predominancia de los valores apolíneos con los que se ha identificado la humanidad desde que ha catapultado a la razón como esencia de lo humano, en detrimento de su emocionalidad, de los valores relacionados con lo natural y lo primigenio.  

Nietzsche, cuyos planteamientos sentaron las bases de la psicología profunda de Freud y Jung,  planteó el imperativo ético de construir nuevos valores que debían reemplazar a una moralidad tradicional negadora de la vida en cuanto  experiencia natural y mundana. Critica la amputación del conocimiento que proviene de la sensibilidad y de la intuición, generando una ruptura con la propia naturaleza humana y  con la naturaleza como totalidad.

El retorno de lo dionisiaco

Lo apolíneo para Nietzsche se encuentra referido a la consciencia, a la luz, a la mesura, al estar libre de emociones salvajes, a la solemnidad, a la razón, a la fuerza de la voluntad, al ansia de inmortalidad. Estos valores se encuentran representados en las artes en la escultura, lo que permanece fijo.

Lo dionisiaco por su parte hace referencia al caos, al contrasentido, a lo inconsciente, a la oscuridad, a lo emocional, a lo exuberante, al cuerpo, a la conciencia de muerte. Estos principios se encuentran representados en las artes en la música, lo dinámico. 

Desde la lógica apolínea  la mujer y lo femenino fueron vistos como la personificación de las fuerzas irracionales y destructivas de la naturaleza que era necesario rechazar y contener. 

En la cosmogonía Yoruba es posible relacionar a Dionisos con Changó, a quien se menciona en varios temas emblemáticos del género: ¡Que viva Changó!, Changó Ta Vení, Charangano y Yemaya, Para Changó. 

De colores rojo y blanco, Changó es  considerado el gobernante de los truenos, el fuego, los tambores y la danza. Es una deidad amante de los placeres del mundo: del baile, la comida, las mujeres y los cantos, posee un temperamento irascible. Es el espíritu de la naturaleza que se renueva.  

Changó se corresponde en la santería cubana con Santa Bárbara. Patrona de la artillería y la minería —del mundo subterráneo—. Santa Bárbara era  hija de un gobernante despótico romano que la asesinó por no acceder a un matrimonio convenido y por convertirse al cristianismo —para aquella época, grandes transgresiones de lo establecido, de los valores predominantes—.

Lo dionisiaco emerge entonces como compensación al distanciamiento paulatino del ser humano con la naturaleza, que le ha hecho olvidar la red de interdependencia que nos vincula con todos los seres que habitan el planeta. Viene a romper con el pedestal en el que nos hemos ubicado, pretendiendo el sometimiento, la explotación o la negación de todo aquello que se considera inferior en algún sentido: la naturaleza, el cuerpo, las emociones, la intuición, lo femenino. 

Bajo la magia de lo dionisiaco, para Nitzche, “no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre”. 

En el Libro Rojo, Jung plasmó sus experiencias imaginativas que posteriormente se constituyeron en la semilla de los fundamentos de su propuesta psicológica. En él se describe como el espíritu de las profundidades, relacionado con lo irracional, con lo no evidente, lo simbólico, lo femenino, viene a desestabilizar el espíritu de la época que se ha identificado unilateralmente con la luz, la racionalidad, lo concreto, lo unívoco.

Para el analista junguiano Erich Neumann, el proceso de la evolución de la Conciencia colectiva en la cultura occidental ha pasado de la inconsciencia matriarcal con predominancia de lo instintivo, el animismo y lo colectivo, al escepticismo patriarcal en el que han primado la racionalidad y la  individualidad. Para Neumann, la necesaria etapa patriarcal —que permitió el despliegue de la tecnología y la conciencia—, está viviendo su ocaso por agotamiento. El espíritu de la época corresponde entonces a la necesidad de una perspectiva en la que se incluya lo femenino, lo inefable, lo colectivo.  

James Hillman —creador junto con el cubano-venezolano Rafael Lopez-Pedraza, de la psicología arquetipal, continuadora de los planteamientos junguianos—, resalta el retorno de lo dionisiaco como la revalorización de lo femenino, de la experiencia corporal, de lo que está más allá de nuestro control, de lo inferior, de los valles. Todos estos, estados del alma, que no tienen cabida en la identificación cultural con la conciencia heroica del querer es poder, de la conquista, de la explotación. Lo dionisiaco, al igual que la psicología arquetipal, enfatiza en lo múltiple, lo mutable y lo dinámico.                                                                                                                                                                                                                                               

Varios investigadores sociales contemporáneos son cercanos a esta línea de pensamiento, se destaca entre ellos el destacado sociólogo francés Michel Maffesoli, que propone el retorno en la sociedad de principios relacionados con lo dionisiaco como: el paganismo, el politeísmo, la imaginación, el nomadismo y la vinculación en comunidades emocionales.

Estos principios emergen, según Maffesoli, como reacción compensatoria a la saturación de la lógica prometeica del progreso que caracteriza a la modernidad, con sus rígidas estructuras y fronteras limitantes de la diversidad. Para Maffesoli el retorno a la energía dionisiaca no es un retroceso sino un descenso sistemático que ha hecho parte de sociedades en períodos de transición.

Danza Dionisiaca

La coreógrafa Isadora Duncan, pionera de la danza contemporánea, homenajeada en una canción interpretada por Celia Cruz, del compositor de salsa puertorriqueño Tite Curet, quizás porque su filosofía con respecto al baile se encontraba muy cercana al espíritu de la salsa, rompe a principios del Siglo XX con las formas promovidas por el ballet, al que consideraba promotor de una estética y unos movimientos antinaturales. 

Promueve entonces el retorno a la belleza natural exaltada por el arte griego, evocando entonces como inspiración para sus coreografías el movimiento ondular de los árboles, el arremolinarse de las hojas, el vuelo de los pájaros, el movimiento de las nubes. En este sentido escribió: “Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas”. Para Duncan, “…todo arte está conectado íntimamente con la naturaleza en sus raíces; el pintor, el poeta, el escultor y el dramaturgo no hacen más que fijarla para nosotros por medio de su trabajo y de acuerdo a su habilidad para observar la Naturaleza. La Naturaleza siempre ha sido y debe ser la gran fuente del arte”.

El “blanqueamiento” de la salsa 

La identificación de lo virtuoso en la sociedad con los valores apolíneos, expresados en el autocontrol, el orden, la pureza, la represión de los instintos; condujo al exilio de lo dionisiaco, que fue considerado inmoral, bárbaro, demoníaco. Lo sensual, los deseos del cuerpo, la espontaneidad, el juego, las emociones, se asociaron entonces con el Diablo, con el pecado, con el mal, con lo femenino. 

Las músicas afroamericanas y los bailes asociadas a ellas, han sido  entonces rechazadas o censuradas en un principio por parte de las clases dominantes, relacionándolos con lo ordinario y lo primitivo. Pero con el tiempo  han sufrido un proceso de “blanqueamiento” y comercialización pasando a hacer parte de la oferta de la llamada world music o músicas del mundo.

Este blanqueamiento de la salsa brava puede percibirse en la salsa en línea, que es más estilizada y estructurada, no tiende hacia la tierra y a la circularidad, sino hacia las alturas y las líneas rectas. Se encuentra  más cercana a cierta lógica apolínea, menos arrebatada, más contenida. 

La salsa romántica que surge en los años 90, por su parte, deja de aludir en sus letras a los temas de exclusión y marginación de los primeros tiempos, predominando las historias de amor y de despecho. 

La salsa entonces deja de ser una manifestación de barrios populares de latinoamérica, para hacer parte de una oferta comercial desterritorializada más fácilmente consumible, atravesando las estructuras sociales de los países y ciudades en los que es acogida.    

El duende y el “sabor”

Para Lopez-Pedraza —probablemente el analista junguiano latinoamericano más prolífico y destacado—, lo dionisiaco es “experiencia viva: emociones, sentimientos, quejidos, llantos, expresiones corporales”.   Lo relaciona en la música principalmente con el flamenco y el jazz que, como mencionamos, guardan importantes relaciones con la salsa. “Para mí, el jazz ha sido la gran epifanía de Dionisos en este siglo. Sus comienzos evocan una imagen que es la expresión moderna de la música satírica dionisíaca de los tiempos antiguos”, manifestó. 

Relaciona también lo dionisiaco con estados de posesión y trance. Resalta  en este sentido como en la cultura andaluza se habla de “el duende”, esa magia que a veces sucede en medio de un cante o un baile flamenco, y que evoca una emoción particular en las personas que lo presencian.  También se habla de personas con duende, capaces de evocar esa emoción particular. 

En la salsa podemos relacionar el duende con el “sabor”, esa cualidad que se le atribuye  a ciertas personas, que va más allá de la correcta ejecución en el baile y que le permite  transmitir o expresar una emocionalidad particular. Se puede decir de una persona que tiene sabor, cuando su ritmo, sus movimientos, poseen una cadencia que expresa naturalidad, vida, alma. Movimientos que nos son mecánicos, que tienen sabrosura,  “tumbao”.  

Fascinación por el alma y la emoción

Ante la sobresaturación de lo artificial, de lo mecánico, de lo digital, padecemos colectivamente de un hambre de alma, de vida, de autenticidad, de emoción, de vinculación íntima, de “sabor”. La desconexión con el cuerpo, con la emocionalidad, puede verse reflejada en la fascinación contemporánea por la figura del psicópata, de los vampiros, de los muertos vivientes. Imágenes que suelen estar muy presentes también en los sueños. 

El hambre de excitación emocional puede estar relacionado con el auge de los deportes extremos. También por la llamada telerrealidad, que entretiene e hipnotiza a millones de personas al ver personas discutiendo, emocionandose, agrediéndose, sacando y aireando públicamente los trapos sucios, aunque sea evidente que se trate de simulaciones. El ansia de alma se ve reflejada en el interés creciente en las prácticas y tradiciones ancestrales y orientales, en la astrología, el tarot etc. 

Jung vio en la fascinación de la conciencia moderna por el alma, por el cuerpo, por la espiritualidad oriental no sólo como un síntoma de la desconexión y desorientación del hombre moderno sino  también como el germen esperanzador de una posible transformación. “La época quiere experimentar por sí misma el alma. Quiere una experiencia primigenia, rechazando todos los presupuestos y a la vez sirviéndose de ellos como medios para un fin, incluyendo las religiones conocidas y la ciencia propiamente dicha”, argumentó. 

Consideró que la proclamación del dogma de la asunción de la Virgen María por parte de la Iglesia Católica en 1951 era un indicio de un movimiento de la conciencia colectiva que le comenzaba a dar al Sagrado Femenino el lugar que le correspondía. Lo vio como la expresión de los primeros pasos en el camino hacia la conjunción materia-espíritu.

Sugirió que instituciones internacionales como la sociedad de naciones, precursora de las Naciones Unidas, eran expresiones de la búsqueda del reconocimiento de la unidad que subyace a la diversidad de todos los pueblos.

Identificó signos de la revaloración del cuerpo y lo emocional en los deportes, en el cine, y también como López-Pedraza, en el Jazz. “El deporte es una inhabitual valoración del cuerpo que el baile moderno subraya aún más. Por su parte, el cine y la novela policiaca permiten una vivencia sin peligro de aquellas emociones, pasiones y fantasía que en una época humanitaria deberían ser víctimas de la represión”. 

Consideró que el interés por la interioridad se manifestaba en el creciente interés por la psicología y en temas relacionados con el espiritismo, la astrología, la teosofía, la parapsicología. “La fascinación por el alma no es otra cosa que una nueva reflexión sobre uno mismo, una nueva reflexión sobre la naturaleza humana fundamental. No tiene nada de sorprendente que vuelva a descubrirse el cuerpo, durante tanto tiempo menospreciado frente al espíritu”, manifestó.                                       

Jung propone una psicología con alma, que tiene en cuenta los estudios neurológicos del cerebro y el sistema nervioso, de la mente como conciencia, de las aproximaciones estadísticas, pero no se reduce a ellos. Considera imprescindible para la comprensión de la complejidad de lo humano el estudio de las costumbres y hábitos de los diferentes pueblos y culturas, de la mitología, de lo simbólico, del arte, de las religiones comparadas.  

Su propuesta de transformación, de sanación, de maduración y de hacer consciencia en la psicoterapia, incluye inevitablemente el atravesar el conflicto y afrontarlo emocionalmente y no solo de manera intelectual, “el conflicto genera fuego, el fuego de los afectos y de las emociones y, como todos los otros fuegos, este también tiene dos aspectos, el de la combustión y el de la creación de luz”, manifestó. 

Quizás esa cualidad de la salsa de servir de instrumento de compensación  para nuestra alma colectiva, de funcionar como puente con la fuente africana que nos vincula con lo dionisiaco, con la experiencia corporal, con la emoción y la fluidez, ha contribuido para que se haya mantenido vigente por más de cinco décadas propagándose por todo el planeta.

Puede que incluso la masiva expansión a nivel mundial del reguetón y el trap, como nunca antes había sucedido con alguna música, se pueda entender en parte, por esa misma necesidad anímica colectiva. El “chis-pun-pan” del reguetón, que invita a mover el cuerpo y que resulta fascinante a millones de personas de las más diversas culturas, se encuentra emparentado con la clave, con el ritmo de la salsa, esa expresión de la música primordial que nos vincula a todos los humanos como especie.

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

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Referencias Bibliográficas

Eli Rodríguez, Victoria, 2OO9 Influencias musicales africanas: su impacto en la música popular del Caribe Cuadernos de música iberoamericana Núm. 16 Pág. 43-58

ISADORA DUNCAN. 2020. El arte de la danza y otros escritos. [S.l.]: Ediciones Akal.

Jung, C. G. 1966. Recuerdos, sueños y pensamientos. Barcelona: Seix Barral.

Jung, C. G. 2014. Civilización en transición. Madrid: Editorial Trotta.

López Pedraza, Rafael. 2004. Dionisios en exilio: sobre la represión de la emoción y el cuerpo. México: Fata Morgana.

López-Pedraza, Rafael. 2000. Ansiedad cultural.

Nietzsche, Friedrich,  2018. El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo. Madrid: Alianza Editorial.

Nietzsche, Friedrich. 2011. Asi hablo Zaratustra. Esfera De Los Libros.

Maffesoli, Michel. 2001. El instante eterno: el retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas. Buenos Aires [etc]: Paidós.

Marín, Jefferson & Serrudo, Nelson. (2015). Salsa y cultura popular en Colombia.

TAPIA, J (2020) Mitología Yoruba. Pluton Ediciones

Wurzba, Lilian. 2008. «Quien Danza, ¿qué Alcanza?». Escritura E Imagen 4 diciembre, 147 -68. 

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