Los conflictos en la relación de pareja como camino de transformación interior

Desde la perspectiva de la psicología junguiana, las relaciones de pareja se consideran como un “lugar” en el que se fomenta la transformación y maduración de la personalidad del individuo así como de la pareja misma.  Este proceso se describe como conflictivo y en ocasiones doloroso.  

La aproximación hacia las relaciones de pareja como un contenedor para el refinamiento de nuestra personalidad se aleja del anhelo predominante que pretende asumirlas como espacios de felicidad y armonía.   

Jung concibe la psique como un conjunto de fuerzas opuestas. De la tensión y antagonismo entre estas fuerzas se genera la energía vital. La psique tiende y aspira a abarcar e integrar todos los opuestos de la existencia —masculino/femenino, luz/oscuridad, debilidad/fortaleza, consciente/inconsciente, etc.—, impulsada por esta energía que Jung denominó Líbido.  

Las fricciones y conflictos propios de la vida de pareja se consideran entonces como la energía y el impulso para desplegar mayores niveles de complejidad con respecto a las polaridades internas. Subyacente a la atracción que nos produce nuestra pareja se encuentra entonces el anhelo de integralidad y totalidad a la que aspira nuestra psique.    

Es entonces a partir de la frustración y la tensión inherentes a las relaciones íntimas  que nos motivamos a evolucionar. Las fricciones actúan como una piedra que muele y refina nuestra personalidad desplegando así nuestro mayor potencial. A este proceso de crecimiento y maduración lo denominó Jung Proceso de individuación. 

La sombra en las relaciones

En una relación íntima nos confrontamos inevitablemente con nuestros aspectos sombríos y con los de nuestra pareja. La Sombra es el sótano oscuro de nuestra psique, en donde habita lo que hemos devaluado, negado, suprimido, ignorado y rechazado de nosotros mismos. Es todo aquello que hemos evitado manifestar con el objetivo de ser aceptados y reconocidos.  

La Sombra se puede entender también como la instancia psíquica que contiene la huella de nuestras experiencias dolorosas, los patrones de relación no conscientes, nuestros rasgos infantiles y también potenciales creativos, facultades y talentos no manifestados. Es el dragón con el que debemos batallar de tanto en tanto para poder ir desplegando el tesoro de nuestra propia realización. 

El contenido de la Sombra busca abrirse paso constantemente en nuestra conciencia, exigiendo, a través de las frustraciones y tropiezos que se nos presentan en la vida, una nueva configuración psíquica, una postura más amplia y más compleja que la anterior.   

Es así que, en una relación íntima, salen a la luz nuestras mayores virtudes pero también nos exponemos y nos confrontamos con nuestros aspectos más egoístas, inadecuados e infantiles. Puede emerger lo más primitivo, irracional e incontrolable de uno mismo y de nuestra pareja. Estos aspectos se constituyen en la materia prima que puede ser “alquímicamente” transformada, esto es, refinada, a través de una relación profunda con un otro. 

Enamoramiento y proyección

La Sombra es por naturaleza inconsciente, es decir, no somos conscientes de su contenidos. Una de las maneras en que se manifiesta la Sombra es a través del mecanismo de la Proyección, esto es, cuando atribuimos a los otros características que no reconocemos como propias. 

La elección de pareja se considera mediatizada por este mecanismo de Proyección. Nos relacionamos íntimamente con otra persona en la medida que nos sirve de espejo de nuestra dinámica interna. Es así que elegimos a una persona en particular, entre muchas otras, porque nos permite experimentar los conflictos internos pendientes a resolver, las potencialidades no desplegadas y la cura para nuestras heridas. Se puede afirmar entonces que en cada relación una persona le da a la otra la oportunidad de descubrir su propia alma.

Ambos miembros de la pareja proyectan de manera simultánea sobre el otro temas inconscientes comunes. Nos podemos sentir atraídos, por ejemplo, por personas muy sentimentales o extrovertidas, seguras de sí mismas o con capacidad de acción o con cualquier otro aspecto que no hemos desplegado o hecho consciente en nosotros mismos. Nos relacionamos entonces con alguien que nos permite compensar o complementar nuestras carencias o debilidades. 

La complementariedad, que en un principio es el aliciente para el enamoramiento —tenemos la ilusión de que el otro llene nuestros vacíos—, a la larga  aumenta la polarización y se constituye en la semilla para la transformación mutua. Es común en este sentido que lo que en principio nos resultó más atractivo y admirable de nuestra pareja se convierta con el tiempo en lo que más nos irrita y sea fuente de tensión. A cada parte se le presenta entonces la oportunidad de aceptar esos contenidos proyectados como propios y de relacionarse con ellos interiormente. 

La decepción con nuestra pareja es directamente proporcional al grado de idealización con la que la hemos revestido en un principio. El desmonte paulatino de las proyecciones permite el conocimiento de nuestra pareja desde su singularidad y cada vez menos como la portadora de nuestros propios fantasmas. 

El enamoramiento y las proyecciones facilitan y promueven el establecimiento del vínculo con nuestra pareja a partir de nuestras fantasías, sin embargo, el desarrollo y la profundidad del vínculo dependerán de la capacidad de las personas para hacer frente a la frustración que surge cuando la realidad se impone. 

Los conflictos como desajustes creativos

Los vínculos afectivos pueden rodearse de sentimientos tan dolorosos como melancolía, celos, miedo a la separación, desilusión, pérdida de afecto, inseguridad, angustia, rabia, falta de identidad, sensación de sofocación, entre muchos otros. 

Estas disrupciones y aparentes patologías que surgen en las interacciones de pareja pueden ser consideradas, desde la perspectiva junguiana, como desajustes creativos, es decir, las vías en las que el alma rompe nuestras defensas habituales en la búsqueda de su realización. 

Para Jung, “el conflicto genera fuego, el fuego de los afectos y de las emociones, y como todos los otros fuegos, este también tiene dos aspectos, el de la combustión y el de la creación de luz… las emociones son la principal fuente de consciencia. No hay transición de la oscuridad a la luz o de la inercia al movimiento sin la participación de la emoción”. 

Las emociones intensas abren grietas que permiten el acceso a aspectos desconocidos de nosotros mismos desvaneciendo las certidumbres disfuncionales sobre nosotros y sobre los otros.

Los celos por ejemplo, plantea Tomas Moore, pueden funcionar para algunas personas como un “caminar sobre  brasas”, un rito de pasaje en el que se aprende a estar adecuadamente dependiente y comprometido con la persona que se quiere. Los celos nos permiten conectar con nuestra vulnerabilidad e inseguridades,  nos compelen a  asumir la incertidumbre que una relación conlleva.

Los periodos en los que en lugar de intensidad hay un enfriamiento y distancia al interior de la pareja,  quizás también ausencia de deseo o actividad sexual, pueden ser movilizadores de una comunicación más íntima y profunda.  Pueden servir también para reconocer en nuestro cuerpo, la psique y la pareja misma, los ritmos y ciclos de expansión y contracción que rigen a todos los fenómenos de la naturaleza. Pueden ser vistos como una especie de invierno interno en el que, desde la aparente quietud, se encuentran germinando sensibilidades más sutiles.

La melancolía, por su parte, nos ubica en un estado psíquico que brinda apertura a aspectos que son imposibles de percibir con ánimos más exaltados o alegres. Nos convoca a que el aislamiento, el frío, la oscuridad y la lentitud que la rodean, aporten su contribución a la textura de nuestra vida cotidiana.

La ira que en ocasiones surge en las interacciones de pareja puede ser necesaria para la autoprotección. Cuando no se reprime o se descarga de manera cruda sino que se descompone en sentimientos más sutiles, puede asimilarse como firmeza, fortaleza, autoridad, autoconocimiento y confianza. Es un recurso que nos proporciona contundencia y vitalidad, nos da las herramientas para no tolerar  hechos inadmisibles para nuestra vida o la de otros.  

Los sentimientos relacionados con ser víctima que pueden surgir ante ciertas circunstancias que vivimos con nuestras parejas pueden también ser madurados y refinados. Cuando los acogemos sin reprimirlos o identificarnos con ellos, nos pueden indicar  el camino al reconocimiento de nuestra vulnerabilidad. Esos sentimientos se transmutan entonces en receptividad, en la capacidad de ser afectados y de estar abiertos a la influencia, lo cual no tiene que estar asociado a la pasividad.     

Una infidelidad o una traición puede ser una de las vías más dolorosas para desvanecer la idealización de nuestra pareja y para comenzar a verla desde su singularidad dinámica y compleja. Puede dar lugar a un replanteamiento y una actualización de muchos aspectos de la pareja o puede también movilizar una separación definitiva que hasta el momento no se había querido afrontar.  

En el camino hacia el despliegue de nuestra singularidad es inevitable traicionar las expectativas de los otros para responder a una fidelidad más profunda que es la de nuestra propia autenticidad. Traicionar y ser traicionados en nuestras expectativas puede ser visto entonces como una necesidad del alma en su proceso de maduración, lo cual, por supuesto, no tiene por que expresarse necesariamente como traiciones o infidelidades literales.   

Para Jung, el movimiento en nuestra psique se produce cuando no nos identificamos con alguna de las polaridades internas sino que soportamos la tensión entre ellas. De esta tensión surge un tercero que es una síntesis más compleja que el estado anterior. El objetivo entonces en las relaciones de pareja no es reprimir ni identificarse con la emociones que se suscitan, sino sostenerlas, esto es, acogerlas en nuestra psique para que transmuten en facultades con niveles superiores de integralidad.  

Cuando aceptamos y reconocemos las irracionalidades en nosotros, podemos ser más tolerantes con las “locuras” de nuestra pareja y las de otras personas. 

 El eterno retorno

Cuando se presentan grandes desencuentros y la otra persona deja de corresponder a las expectativas que nos habíamos creado, emerge la tentación de dejar la relación en busca de una vida menos agitada sin los desafíos que supone relacionarnos. Sin embargo, lo anterior puede conllevar a que inevitablemente nos encontremos con aquello que pretendemos evitar en la siguiente relación.    

De la misma manera, hace parte de la generosidad que exige una relación el no procurar evitar conflictos inhibiendo aspectos esenciales de nuestra personalidad. Lo anterior en la medida en que la frustración que le podemos generar al otro hace parte de sus necesidades de desarrollo. Es así que, si evitamos manifestarnos auténticamente podemos mantener la calma por un tiempo pero estamos impidiendo el crecimiento mutuo.

Lo anterior no quiere decir que sea conveniente mantener una relación a toda costa en pos del crecimiento. Hay también, por supuesto, relaciones en las que los conflictos se presentan con una cualidad enquistada y repetitiva. Conflictos en los que no hay “alquimia” sino que se fomenta el estancamiento y la involución. 

En este mismo sentido, en ocasiones, el momento clave de transformación puede tener lugar cuando una relación termina o atraviesa un cambio tan dramático que un final es posible. Así mismo, los periodos de no estar en pareja pueden llegar a ser también muy instructivos para el alma. 

Muerte y renacimiento 

Para Jung, el proceso de  individuación implica una serie de muertes y renacimientos simbólicos a lo largo de la vida. Una ruptura amorosa puede ser el desencadenante  de una crisis que conduzca a la persona a replantearse de manera radical el sentido que ha dado a su vida hasta ese momento; puede invitarle a incluir perspectivas que no se habían tenido en cuenta, a actualizar prioridades y necesidades, también a renunciar a ilusiones y fantasías infantiles de perfección que suelen ser uno de los aspectos que más le hacen daño a una relación. 

Después de una gran crisis, la persona deja de ser la misma, ha muerto algo dentro de ella, ha nacido algo nuevo dentro de ella. Si una  relación sobrevive a una gran crisis, también será otra, quizás más compleja, integrando aspectos que antes no estaban presentes.  

Podemos vivir exteriormente el fin de una relación o una gran crisis como un fracaso pero puede ser el momento en el que nuestra alma está construyendo su verdadero temple. Para el alma la experiencia de muerte es siempre la semilla de un nuevo nacimiento. Estas transiciones suelen ser dolorosas y exigentes, como si de un parto psíquico se tratara. 

Lo trascendente 

En una relación profunda nos confrontamos con la singularidad del otro, cuya misión en la vida no es satisfacer nuestras necesidades sino, al igual que es la nuestra, desplegar su mayor autenticidad.

Una autenticidad que es misteriosa, dinámica y que se resiste a acomodarse a nuestras expectativas. Por lo tanto, en el discurrir de las relaciones de pareja, se nos  compele a complementar nuestro espíritu heroico de control, conquista y voluntad de poder, con el de la rendición y aceptación a las circunstancias que nos trascienden y escapan a nuestra comprensión racional. 

Es así que, el amor, el enamoramiento y la sexualidad han sido vías de acceso arquetípicas para la relación con el misterio, con el potencial infinito y trascendente. El encuentro con un otro es un camino de conocimiento hacia el gran Otro, el arquetipo de la totalidad denominado por Jung como el Sí mismo o Self

Como todos los grandes y profundos fenómenos de la existencia, la relación de pareja contiene diversas paradojas. En ella hay la necesidad de satisfacer dos necesidades: ser uno con otra persona y a la vez poder mantener la propia identidad como individuo autónomo. Así mismo, exige dos desafíos difíciles: uno, llegar a conocerse a sí mismo y, dos, reconocer la singular y dinámica riqueza de la psique del otro. A medida que llegamos a conocer al otro profundamente descubrimos también mucho de nosotros mismos. 

Conclusión

El viaje a nuestra profundidad al que nos convocan las relaciones de pareja puede ser en ocasiones muy exigente y doloroso. Requiere de nuestra parte altas dosis de  coraje, paciencia y perseverancia, a veces incluso de un acompañamiento.   

Es un camino con alto grado de imprevisibilidad que nos invita a percibir cada relación como única y singular, exigiendo la construcción de un modelo propio, dinámico y flexible. Nos convoca a asumir que las relaciones se resisten a acomodarse a nuestros ideales. Que son complejas, con momentos que nos brindan felicidad y otros en que nos mortifican. Que son fuente de ilusión y motivación pero también implican renuncias y decepciones. Que poseen sus propios ritmos, que pasan por diferentes fases, que conllevan muertes y renacimientos; que pueden incluso llegar a finalizar de una manera tan misteriosa como comenzaron. Y, sobre todo, que su objetivo no es hacernos felices sino movilizarnos al despliegue de nuestra profundidad y autenticidad.

Para darle apertura al sentido transformador e iniciático de los conflictos en las relaciones de pareja podemos preguntarnos ¿qué busca darse vida en mi ante estas circunstancias que están resultando tan exigentes y dolorosas? ¿Qué necesita morir en mi?

Daniel Ulloa Quevedo

Psicólogo Clínico – Psicoterapeuta Junguiano

Contacto

“El beso”, Gustav Klimt. 1907-1908

Referencias bibliográficas

Caetano, A. A. M., Nejme, C., Robles, D. R. T., de Barros Agostinho, I., de Araujo, I. C. R., de Siqueira, J. E. S., … & Tagliari, M. (2015). Terapia de casal e de família na clínica junguiana: Teoria e prática. Summus Editorial.

Jung, C.G. (1925). “Marriage as a Psychological Relationship” en C.G. Jung. Development of Personality. New York.: Princeton University Press. 

Jung, C. G. (1974). Los complejos y el inconsciente (Vol. 155). Alianza Editorial.

Jung, C. G. (2002). Obra Completa, Volumen 9/1. Los arquetipos y lo Inconsciente Colectivo.

Moore, T. (2016). Soul Mates: Honoring the Mysteries of Love and Relationship. HarperCollins.

Pessoa, M. S. C. (2017). Os sonhos na terapia junguiana de casal. Appris Editora e Livraria Eireli-ME.

Roesler, C. (2016). The significance of conflicts in couples: Jung-based therapy approach. Fides et Ratio-Revista de Difusión cultural y científica de la Universidad La Salle en Bolivia, 11, 37.

Stein, M. (2004). El mapa del alma según Jung. Luciérnaga.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s